Tema 69 · Formación y Orientación Laboral
Primeros auxilios: principios generales en la aplicación. Prioridades de actuación. El botiquín en las empresas. Quemaduras. Hemorragias. Fracturas. La reanimación cardio-respiratoria. Transporte de accidentados
Epígrafe oficial: Los primeros auxilios en la empresa: principios (PAS), prioridades de actuación, botiquín, técnicas ante quemaduras, hemorragias y fracturas, reanimación cardiopulmonar y transporte de accidentados
Índice
- 1. Los primeros auxilios: concepto y principios generales
- 2. Prioridades de actuación
- 3. El botiquín en las empresas
- 4. Quemaduras, hemorragias y fracturas
- 5. La reanimación cardiopulmonar
- 6. El transporte de accidentados
Pese a todos los esfuerzos preventivos, los accidentes y las emergencias sanitarias pueden producirse en cualquier momento en el entorno de trabajo. En esos primeros minutos, la actuación de las personas presentes puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte o entre una recuperación completa y una secuela permanente. Los primeros auxilios son el conjunto de técnicas y actuaciones que permiten esa respuesta inmediata. Como cierre del bloque de prevención de riesgos laborales, este tema estudia sus principios generales, las prioridades de actuación, el botiquín de empresa y las técnicas básicas ante las lesiones más frecuentes —quemaduras, hemorragias y fracturas—, la reanimación cardiopulmonar y el transporte de los accidentados.
1. Los primeros auxilios: concepto y principios generales
Se entiende por primeros auxilios la asistencia inmediata, limitada y provisional que se presta a una persona accidentada o con una enfermedad repentina en el mismo lugar del suceso, hasta la llegada de la ayuda sanitaria especializada. No sustituyen la asistencia médica, sino que la preparan y complementan. Su fundamento legal se encuentra en el artículo 20 de la LPRL, que obliga al empresario a adoptar las medidas necesarias en materia de primeros auxilios, y en el RD 486/1997, que exige disponer del material y, en su caso, del personal y del local adecuados.
La actuación se rige por una conducta básica universalmente conocida como PAS, que ordena los tres primeros pasos: Proteger, Avisar y Socorrer. Proteger significa asegurar el lugar del accidente antes de actuar —eliminar o señalizar el peligro (cortar la corriente, apartar el tráfico), y protegerse uno mismo—, para no convertirse en una segunda víctima. Avisar es alertar cuanto antes a los servicios de emergencia (teléfono único 112), informando con precisión del lugar, el tipo de accidente y el número y estado de los heridos. Y Socorrer es atender a los accidentados una vez asegurada la zona y dada la alerta.
Junto a la conducta PAS, el socorrista debe respetar una serie de principios generales: mantener la calma y actuar con rapidez pero sin precipitación; hacer una composición de lugar antes de actuar; no mover al herido salvo peligro inminente, especialmente si se sospecha una lesión de columna; manejar al accidentado con precaución; no dar de comer ni de beber, ni administrar medicamentos; tranquilizar y abrigar a la víctima; y, sobre todo, actuar únicamente dentro de la propia competencia, sin realizar maniobras para las que no se está capacitado, que podrían agravar el daño. La máxima que resume todo ello es «ante la duda, no hacer nada que pueda perjudicar».
La eficacia de los primeros auxilios depende de la formación previa. Por eso el art. 20 LPRL obliga al empresario a designar y preparar al personal encargado de ponerlos en práctica —los socorristas de empresa—, y la formación en primeros auxilios y en reanimación se ha extendido como una competencia básica de la cultura preventiva. Conviene tener presente, junto a lo que hay que hacer, un breve catálogo de lo que nunca debe hacerse: no actuar sin haber protegido la zona, no mover innecesariamente a la víctima, no administrar alimentos, bebidas ni medicamentos, no dejar sola a la persona salvo para pedir ayuda, no aplicar remedios caseros y no realizar maniobras para las que no se está formado. Este «decálogo prohibido» evita que la buena intención se convierta en un daño mayor.
Los primeros auxilios persiguen tres objetivos fundamentales, en este orden: conservar la vida de la víctima, evitar el agravamiento de las lesiones y favorecer la recuperación, aliviando el dolor y previniendo complicaciones. A ellos se añade el de asegurar el traslado a un centro sanitario en las condiciones adecuadas. La importancia de la rapidez se expresa en el concepto de la «hora de oro»: el periodo inicial tras un accidente grave en el que una atención adecuada resulta decisiva para la supervivencia y el pronóstico. De ahí que la respuesta de los primeros intervinientes —los compañeros de trabajo formados— sea tan valiosa: actúan justo en ese intervalo crítico, antes de que llegue la asistencia especializada.
2. Prioridades de actuación
Una vez asegurada la zona y avisada la ayuda, el socorro exige establecer prioridades, porque no todas las lesiones revisten la misma urgencia. Se realiza una valoración de la víctima en dos fases. La valoración primaria busca detectar las situaciones que amenazan la vida de forma inmediata, siguiendo la secuencia ABC: la vía aérea (comprobar que está despejada), la respiración (ver, oír y sentir si respira) y la circulación (signos de vida, hemorragias graves). Solo cuando se ha garantizado que la víctima respira y no sufre una hemorragia masiva se pasa a la valoración secundaria, que consiste en una exploración más detallada, de la cabeza a los pies, para localizar otras lesiones (fracturas, heridas, quemaduras).
El primer paso de la valoración primaria es comprobar el nivel de consciencia: se pregunta a la víctima y se la estimula suavemente para ver si responde. Si está consciente, se la tranquiliza y se valora la lesión; si está inconsciente, se pide ayuda y se comprueban de inmediato la respiración y la circulación. La valoración se apoya en los signos vitales, que informan del estado de las funciones básicas: la respiración (frecuencia y características, observando el pecho), el pulso (frecuencia y ritmo), la temperatura y el aspecto de la piel (palidez, sudoración) y el estado de las pupilas (tamaño, simetría y reacción a la luz, que orientan sobre el estado neurológico). La observación de estos signos, sencilla y no invasiva, permite detectar el agravamiento de la víctima y priorizar la actuación.
El orden de prioridad atiende a la gravedad: son emergencias vitales la parada cardiorrespiratoria, la obstrucción de la vía aérea y las hemorragias graves, que deben atenderse antes que cualquier otra lesión. Cuando hay varias víctimas, se aplica el triaje: clasificarlas según la gravedad y las posibilidades de supervivencia para atender primero a quienes más lo necesitan y pueden beneficiarse de la ayuda, optimizando unos recursos limitados. La regla es clara: primero la vida (funciones vitales), después las lesiones que no comprometen la vida de forma inmediata.
En los incidentes con múltiples víctimas, el triaje suele emplear un código de colores que ordena la atención y la evacuación: el rojo identifica a las víctimas graves con posibilidad de supervivencia que requieren atención inmediata; el amarillo, a las que pueden esperar un tiempo; el verde, a los heridos leves que se desplazan por sí mismos; y el negro, a los fallecidos o sin posibilidad de recuperación. Este sistema, propio de las emergencias colectivas, traslada al terreno la lógica de destinar los recursos donde más vidas pueden salvarse, y es una de las decisiones más difíciles a las que se enfrenta quien socorre.
3. El botiquín en las empresas
El RD 486/1997 obliga a que todo lugar de trabajo disponga, como mínimo, de un botiquín portátil, y a que los centros con más de 50 trabajadores —o entre 25 y 50 según la peligrosidad y la lejanía de un centro sanitario— cuenten además con un local de primeros auxilios. El botiquín debe estar en un lugar accesible y señalizado, a cargo de una persona responsable, y su contenido debe revisarse periódicamente reponiendo lo usado y retirando lo caducado.
El contenido básico del botiquín comprende desinfectantes y antisépticos autorizados, gasas estériles, algodón hidrófilo, vendas, esparadrapo, apósitos adhesivos, tijeras, pinzas y guantes desechables. Es importante subrayar que el botiquín no debe contener medicamentos: los primeros auxilios no incluyen medicar, y la administración de fármacos corresponde al personal sanitario. El botiquín se adapta, en su dotación, a los riesgos específicos de cada empresa (por ejemplo, material específico frente a quemaduras químicas en la industria correspondiente).
El local de primeros auxilios, obligatorio en los centros de más de 50 trabajadores, debe estar dotado, como mínimo, de un botiquín, una camilla y agua potable, y estar próximo a los puestos de trabajo y señalizado, siendo de fácil acceso para las camillas. Cada vez es más frecuente, además, la instalación de desfibriladores externos automatizados (DEA) en los centros de trabajo, dentro de los programas de «espacios cardioprotegidos», junto con personal formado en su uso: una medida de enorme eficacia frente a la parada cardíaca. La disponibilidad de estos medios, su mantenimiento y su señalización forman parte de las medidas de emergencia que el empresario debe organizar conforme al art. 20 LPRL.
4. Quemaduras, hemorragias y fracturas
Las quemaduras son lesiones de los tejidos por el calor, la electricidad, los productos químicos o las radiaciones. Se clasifican por su profundidad en quemaduras de primer grado (afectan solo a la epidermis; enrojecimiento, como la solar), de segundo grado (aparecen ampollas) y de tercer grado (destruyen todo el espesor de la piel; aspecto acartonado, con menos dolor por destrucción de las terminaciones nerviosas). Su gravedad depende también de la extensión (estimada con la «regla de los nueve») y de la localización. La actuación general consiste en enfriar la zona con agua abundante a temperatura ambiente durante varios minutos, retirar anillos y ropa no adherida, cubrir con un apósito limpio y trasladar; nunca deben reventarse las ampollas ni aplicarse cremas, pasta de dientes o remedios caseros. Las quemaduras químicas se lavan con agua abundante; las eléctricas requieren especial atención por sus lesiones internas y la posible parada cardíaca.
Para valorar la gravedad de una quemadura se atiende a su extensión, su profundidad, su localización y la edad y el estado de la víctima. La extensión se estima con la regla de los nueve de Wallace, que asigna a cada región corporal del adulto un porcentaje de superficie múltiplo de nueve (cabeza 9 %, cada brazo 9 %, cada pierna 18 %, cara anterior y posterior del tronco 18 % cada una, genitales 1 %). Se consideran graves las quemaduras extensas, las de tercer grado, las que afectan a zonas críticas (cara, manos, pliegues, genitales o vías respiratorias) y las de personas muy jóvenes o mayores; todas ellas requieren traslado hospitalario urgente, cubriendo la zona con un apósito limpio y sin enfriar en exceso las de gran extensión para evitar la hipotermia.
Junto a las quemaduras conviene recordar el tratamiento de las heridas: la rotura de la piel por un agente mecánico. En las heridas leves, se limpia la zona con agua y jabón o suero desde el centro hacia fuera, se aplica un antiséptico y se cubre con un apósito, vigilando los signos de infección; las heridas graves (extensas, profundas, con cuerpos extraños clavados —que no deben retirarse— o que no dejan de sangrar) se cubren y se derivan al médico. Ante cualquier herida conviene comprobar el estado de vacunación antitetánica, dado el riesgo de tétanos.
Muchas de estas lesiones requieren técnicas de vendaje e inmovilización. Los vendajes sirven para sujetar apósitos, comprimir una hemorragia o inmovilizar una zona; deben aplicarse ni muy flojos ni tan apretados que corten la circulación (vigilando el color y la temperatura de los dedos). Para inmovilizar una fractura o una lesión articular se emplean férulas —rígidas o improvisadas— y, en las lesiones del brazo, el cabestrillo. En todos los casos la inmovilización debe abarcar las articulaciones situadas por encima y por debajo de la lesión y mantener el miembro en una posición cómoda, sin forzarlo. Estas técnicas, sencillas pero de gran utilidad, forman parte de la formación básica del socorrista de empresa.
Del mismo modo que el calor causa quemaduras, el frío puede provocar lesiones en los trabajos a la intemperie o en cámaras frigoríficas. La congelación es la lesión local de los tejidos por el frío (dedos, orejas, nariz), ante la que hay que retirar a la persona del frío y recalentar la zona de forma progresiva (nunca con calor directo ni fricción), cubriéndola. La hipotermia es el descenso general de la temperatura corporal, con temblor, torpeza y somnolencia; se abriga a la víctima, se la protege del frío y se la traslada, manejándola con suavidad. Estas lesiones, aunque menos habituales que las quemaduras, deben conocerse en las actividades con exposición al frío.
Las hemorragias son la salida de sangre por la rotura de un vaso. Pueden ser externas o internas, y según el vaso, arteriales (sangre roja brillante que sale a impulsos, las más peligrosas), venosas (sangre oscura y continua) o capilares (en sábana, leves). Ante una hemorragia externa se aplica presión directa sobre la herida con un apósito, se eleva el miembro si es posible y, si no cede, se comprime la arteria en un punto de presión; el torniquete se reserva como último recurso para hemorragias masivas en las extremidades que no se controlan de otro modo. La pérdida importante de sangre puede provocar un shock hipovolémico (palidez, sudor frío, pulso débil y rápido), ante el que hay que tumbar a la víctima, elevarle las piernas, abrigarla y trasladarla con urgencia.
Las fracturas son la rotura de un hueso; pueden ser cerradas (sin herida) o abiertas (el hueso asoma o hay herida, con riesgo de infección y hemorragia). Sus signos son el dolor intenso, la deformidad, la inflamación y la impotencia funcional (imposibilidad de mover la zona). La actuación consiste en inmovilizar la zona en la posición en que se encuentra, sin intentar recolocar el hueso, abarcando las articulaciones contiguas; en las fracturas abiertas se cubre la herida con un apósito limpio sin presionar sobre el hueso. Es esencial no mover al herido más de lo imprescindible, sobre todo ante la sospecha de fractura de columna vertebral, en la que cualquier movimiento inadecuado puede causar una lesión medular irreversible. Los esguinces (distensión de un ligamento) y las luxaciones (salida del hueso de la articulación) se tratan también con reposo, inmovilización y frío, sin forzar la articulación.
El entorno laboral presenta, además, otras urgencias frecuentes que conviene saber manejar. Ante una lipotimia o desmayo (pérdida breve de conocimiento por disminución del riego cerebral), se tumba a la persona con las piernas elevadas y se le facilita aire. Ante las convulsiones, se protege a la víctima de golpes sin sujetarla ni introducirle nada en la boca, y se la coloca de lado al terminar. Ante una electrocución —estudiada al tratar el riesgo eléctrico—, lo primero es cortar la corriente antes de tocar a la víctima, por la frecuencia de la parada cardíaca. Ante una intoxicación, se identifica el tóxico, se avisa al Instituto Nacional de Toxicología y no se provoca el vómito salvo indicación. Ante un golpe de calor (piel caliente y seca, confusión), se traslada a la persona a un lugar fresco, se la refresca y se la hidrata. Y ante un cuerpo extraño en el ojo, se lava con agua abundante sin frotar y sin extraer los objetos clavados.
Por su relación con la maquinaria, merecen mención las contusiones, los aplastamientos y las amputaciones traumáticas. La contusión es un golpe sin rotura de la piel, que produce hematoma y se trata con frío y reposo. En los aplastamientos prolongados de un miembro no debe liberarse bruscamente a la víctima sin control médico, por el riesgo de complicaciones al reanudarse la circulación. Y ante una amputación traumática —accidente frecuente con máquinas—, la prioridad es controlar la hemorragia del muñón mediante presión y, además, conservar la parte amputada por si puede reimplantarse: se envuelve en gasas limpias, se introduce en una bolsa y esta, a su vez, en otra con hielo, evitando el contacto directo del miembro con el hielo o el agua, y se traslada junto con el accidentado. Actuar con rapidez y correctamente en estos casos puede salvar no solo la vida, sino también el miembro.
5. La reanimación cardiopulmonar
La situación más grave es la parada cardiorrespiratoria (PCR): el cese de la respiración y del latido cardíaco. Ante ella, cada minuto sin actuar reduce drásticamente las posibilidades de supervivencia, de ahí la importancia de la cadena de supervivencia: alerta precoz, reanimación precoz, desfibrilación precoz y soporte avanzado. La reanimación cardiopulmonar (RCP) básica trata de sustituir artificialmente la respiración y la circulación hasta la llegada de la ayuda.
La secuencia de actuación comienza por comprobar la consciencia y, si la víctima no responde, pedir ayuda y abrir la vía aérea con la maniobra frente-mentón (inclinar la cabeza hacia atrás y elevar el mentón), que evita que la lengua obstruya el paso del aire. A continuación se comprueba la respiración durante unos segundos (ver, oír y sentir). Si la víctima no respira con normalidad, se activa el 112 —o se envía a alguien a por el DEA— y se inicia la RCP. Cuando el reanimador no está formado o no puede o no desea dar las insuflaciones, las guías actuales admiten la RCP solo con compresiones torácicas continuas, que es preferible a no hacer nada, pues mantiene algo de circulación. En los niños y lactantes la técnica presenta particularidades (se inicia con insuflaciones y se ajusta la profundidad y la fuerza), pero el principio es el mismo.
Se reconoce la PCR cuando la víctima está inconsciente y no respira con normalidad. Comprobado esto y avisado el 112, se inicia la RCP: 30 compresiones torácicas seguidas de 2 insuflaciones de aire (relación 30:2), repitiendo el ciclo. Las compresiones se realizan en el centro del pecho (sobre el esternón), con los brazos rectos, deprimiendo el tórax unos 5-6 cm a un ritmo de 100-120 por minuto, permitiendo que el pecho se reexpanda entre compresiones. La RCP no se interrumpe hasta que la víctima se recupera, llega la ayuda especializada o el reanimador se agota. Un elemento decisivo es el desfibrilador externo automatizado (DEA), cada vez más presente en los centros de trabajo y espacios públicos: es un aparato que analiza el ritmo cardíaco y, si procede, administra una descarga; su uso es sencillo, guiado por voz, y aumenta enormemente la supervivencia. Cuando la víctima está inconsciente pero respira con normalidad, se la coloca en posición lateral de seguridad para mantener despejada la vía aérea. Y ante un atragantamiento con obstrucción completa de la vía aérea (la persona no puede toser ni hablar), se aplica la maniobra de Heimlich (compresiones abdominales) para expulsar el cuerpo extraño.
Conviene detallar la actuación ante la obstrucción de la vía aérea por un cuerpo extraño (atragantamiento), muy frecuente al comer. Si la obstrucción es parcial y la persona tose con fuerza, se la anima a seguir tosiendo, sin interferir, porque la tos es el mecanismo más eficaz. Si la obstrucción es completa —la persona no puede toser, hablar ni respirar y se lleva las manos al cuello—, se actúa de inmediato: primero se dan hasta cinco golpes en la espalda, entre los omóplatos, y, si no se resuelve, se aplican hasta cinco compresiones abdominales (maniobra de Heimlich), abrazando a la víctima por detrás y comprimiendo con fuerza hacia dentro y hacia arriba; se alternan ambas técnicas. Si la víctima pierde el conocimiento, se inicia la RCP. En embarazadas y personas muy obesas, las compresiones se hacen sobre el tórax en lugar del abdomen.
Cuando se realizan, las insuflaciones o respiración de rescate se dan tras abrir la vía aérea y pinzar la nariz, soplando de forma sostenida durante alrededor de un segundo hasta ver que el pecho se eleva, sin excederse en el volumen. Durante la reanimación se vigilan los signos de recuperación —movimientos, tos, respiración espontánea—, momento en el que, si la víctima respira, se la coloca en posición lateral de seguridad y se sigue controlando. Es importante recordar que iniciar pronto la RCP y minimizar las interrupciones son los factores que más influyen en la supervivencia, y que una reanimación imperfecta pero temprana salva más vidas que una técnica perfecta iniciada tarde. Por ello, la difusión de la formación en RCP entre la población trabajadora es una de las medidas preventivas de mayor impacto.
6. El transporte de accidentados
La regla de oro del transporte es que, salvo peligro inminente (fuego, riesgo de explosión, derrumbe), no se debe mover al accidentado: lo correcto es atenderlo donde está y esperar a los servicios sanitarios, que disponen de los medios de inmovilización y traslado adecuados. Un transporte inadecuado puede agravar las lesiones, sobre todo las de columna. Solo cuando es imprescindible retirar a la víctima de una zona de peligro se recurre a las maniobras de movilización de emergencia, como el arrastre por los tobillos o las axilas o la maniobra de Rautek para extraer a un accidentado de un vehículo, tratando siempre de mantener alineado el eje cabeza-cuello-tronco. Para el traslado propiamente dicho se emplean camillas y dispositivos de inmovilización (collarín cervical, colchón de vacío, tablero espinal), y la posición de traslado se adapta a la lesión (semisentado en problemas respiratorios, tumbado con piernas elevadas en shock, posición lateral de seguridad en inconscientes que respiran).
Especial cuidado exige la sospecha de lesión de la columna vertebral (por caídas de altura, accidentes de tráfico o golpes en la espalda). En estos casos, si es imprescindible mover a la víctima, debe hacerse en bloque, manteniendo alineado el eje cabeza-cuello-tronco y con la colaboración de varias personas, para no provocar una lesión medular. Los servicios sanitarios utilizan el collarín cervical, el tablero espinal y el colchón de vacío para inmovilizar y trasladar con seguridad. Mientras llegan, lo mejor es no mover a la víctima y limitarse a controlar sus constantes y a tranquilizarla. La mayoría de las lesiones medulares irreversibles que se producen tras un accidente no se deben al golpe inicial, sino a una movilización incorrecta posterior, lo que subraya, una vez más, la regla de oro: ante la duda, no mover.
Con este tema se cierra el bloque de prevención de riesgos laborales y el conjunto del temario. Los primeros auxilios representan el último eslabón de la protección de la salud en el trabajo: cuando la prevención no ha podido evitar el daño, una respuesta rápida y competente puede salvar vidas. Por ello, la formación en primeros auxilios y en reanimación, la dotación de botiquines y desfibriladores y la designación y preparación del personal encargado forman parte del deber de protección del empresario y constituyen una inversión en seguridad que, llegado el momento, resulta insustituible. Saber actuar en los primeros minutos es, en definitiva, una competencia esencial de la cultura preventiva.
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Material de repaso 📐
Repasa el tema con el esquema de llaves y las flashcards de recuerdo activo.
Ver esquema de llaves
- 2Principios generales
- Asistencia inmediata, limitada y provisional (art. 20 LPRL); objetivos: conservar vida, evitar agravamiento, favorecer recuperación
- Conducta PAS: Proteger (asegurar zona) → Avisar (112) → Socorrer
- No mover salvo peligro, no medicar, actuar dentro de la competencia; "hora de oro"
- 3Prioridades y botiquín
- Valoración primaria ABC (aérea-respiración-circulación) → secundaria; signos vitales (pupilas)
- Vitales: PCR, obstrucción vía aérea, hemorragias graves; triaje (rojo/amarillo/verde/negro)
- Botiquín RD 486/1997 (sin medicamentos); local si >50 trab; DEA/espacio cardioprotegido
- 4Quemaduras, hemorragias, fracturas
- Quemaduras: grados 1/2/3, extensión (regla del 9); enfriar+cubrir, NO reventar ampollas/cremas
- Hemorragias: arterial/venosa/capilar; presión directa→elevación→punto de presión→torniquete (último); shock hipovolémico
- Fracturas: inmovilizar sin recolocar; NO mover (columna); amputación: controlar muñón + conservar miembro en frío indirecto
- 5Reanimación cardiopulmonar
- Cadena de supervivencia; reconocer PCR (inconsciente + no respira); abrir vía aérea (frente-mentón)
- RCP 30:2, centro del pecho, 5-6 cm, 100-120/min; solo compresiones si no se ventila
- DEA; posición lateral de seguridad (inconsciente que respira); atragantamiento: 5 golpes espalda + Heimlich
- 6Transporte de accidentados
- Regla de oro: NO mover salvo peligro inminente; esperar a los sanitarios
- Movilización de emergencia (arrastre, Rautek); eje cabeza-cuello-tronco alineado
- Columna: mover en bloque; collarín, tablero espinal, colchón de vacío; posición según lesión
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