
Consejo del día
En Derecho, no memorices el artículo suelto: entiende qué problema resuelve. Así no se olvida.

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Prácticos · Tema 45
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Comentario de un romance viejo: enunciado literal de examen
Enunciado literal de Extremadura (2021, parte práctica, opción A, texto 1). A partir del romance que comienza «—Afuera, afuera, Rodrigo, / el soberbio castellano. / Acordásete debría / de aquel tiempo ya pasado / cuando fuiste caballero / en el altar de Santiago, / cuando el rey fue tu padrino, / tú, Rodrigo, el ahijado; / mi padre te dio las armas, / mi madre te dio el caballo, / yo te calcé las espuelas / porque fueses más honrado, / que pensé casar contigo / mas no lo quiso mi pecado…»: (a) determine el tema, relacionándolo con los tópicos literarios o rasgos de época que puedan aparecer; (b) temporalice el texto, indique a qué corriente literaria pertenece e identifique a su autor, justificando su respuesta con referencia al propio texto; (c) analice y comente la métrica del texto, y contextualice esta selección métrica en la Historia de la Literatura Hispánica; (d) precise al menos dos procedimientos lingüísticos o dos recursos literarios imprescindibles para poner en marcha la función poética.
0. Las tres trampas del enunciado. Conviene detectarlas antes de escribir, porque cada una decide una pregunta entera. La primera está en «identifique a su autor»: un opositor apresurado busca un nombre y lo inventa. La respuesta correcta es que el romance viejo es anónimo, y decirlo con justificación vale la puntuación completa. La segunda está en «contextualice»: medir el verso es solo un tercio de esa pregunta. Y la tercera está en «función poética»: no se pide una lista de figuras, sino recursos que orienten el mensaje sobre sí mismo, cada uno con su efecto.
El tema es el reproche de doña Urraca al Cid desde la muralla de Zamora: la queja de quien recuerda unos beneficios prestados y una promesa incumplida. Se articula en dos planos entrelazados, y verlos es lo que da la nota.
Tópicos y rasgos de época: la materia épica nacional —ciclo del Cid, subciclo del cerco de Zamora, procedente de la gesta hoy perdida sobre Sancho II—; el código caballeresco de la honra, el vasallaje y la ingratitud; el epíteto épico heredado de la gesta; y el tema, muy medieval, del beneficio no correspondido.
Corriente. Romancero viejo, es decir, romancero tradicional castellano, dentro del ciclo del Cid y del subciclo del cerco de Zamora.
Temporalización. Hay que distinguir tres fechas distintas, y hacerlo demuestra método: la materia procede de la épica de los siglos XII y XIII; el romance como tal se compuso presumiblemente entre los siglos XIV y XV; y el testimonio escrito es del XVI, en cancioneros de romances y pliegos sueltos. Confundir la fecha del texto con la del testimonio es el error clásico.
Autoría: anónima y colectiva. Y esto se justifica con el texto, como exige el enunciado:
Romance viejo anónimo del ciclo del Cid; materia épica de los siglos XII-XIII, composición del XIV-XV, fijación escrita en el XVI.
Descripción. Serie indefinida de versos —no hay división estrófica: es una tirada— de ocho sílabas, con rima asonante en los pares, en á-o (castellano, pasado, Santiago, ahijado, caballo, honrado…), y los impares sueltos. Esquema: 8– 8a 8– 8a…
La doble notación. Conviene señalar que estos mismos versos pueden disponerse como versos largos de dieciséis sílabas partidos por una cesura, con rima al final de cada verso largo, que es como los traen muchos testimonios antiguos. No son dos métricas distintas: son dos maneras de escribir la misma.
Contextualización, que es lo que se cobra. Ese verso largo bimembre, con cesura central y asonancia única en tirada, es el verso de los cantares de gesta, con una sola diferencia: el épico era anisosilábico —de medida fluctuante, porque se acomodaba a la melodía— y el del romance se ha regularizado en dos hemistiquios de ocho. De ahí la tesis de Menéndez Pidal: el romance nace por fragmentación de las gestas, cuando los juglares repetían los pasajes que más gustaban y esos fragmentos se independizaron. Este romance es el caso de manual, porque pertenece al ciclo cidiano.
Y la consecuencia de largo alcance: por esta vía el octosílabo se convierte en el verso nacional del español. Del romance pasa al teatro del Siglo de Oro, a la copla, al romance de ciego, al flamenco y al Romancero gitano de Lorca; y sigue vivo en el corrido mexicano y en la canción narrativa actual.
Honestidad crítica que conviene añadir en una frase: la fragmentación explica bien los romances de tema épico como este, pero no todo el corpus —hay romances líricos, novelescos, carolingios y bretones sin gesta detrás—, de modo que hoy se habla de origen múltiple.
La cuestión pide «al menos dos»; conviene dar cuatro bien explicados, cada uno con localización y efecto.
Si se quiere apurar, cabe añadir el arcaísmo morfológico con valor estilístico —«desligallo», «discrepallo»—, que marca el registro antiguo y a la vez sirve a la asonancia, y la metáfora final de la saeta que traspasa el corazón, que traslada la herida física al plano sentimental y cierra el poema en clave amorosa.
Manrique: la copla de pie quebrado y la doctrina de las tres vidas
Analice la estrofa empleada por Jorge Manrique en las «Coplas a la muerte de su padre», explicando qué efecto produce el pie quebrado y en qué medida la forma sirve al sentido del poema. Exponga después la estructura de las cuarenta coplas y la doctrina de las tres vidas, valorando en qué sentido puede y no puede llamarse prerrenacentista a este poema.
1. La estrofa, con precisión. Las Coplas constan de cuarenta estrofas. Cada una es una doble sextilla de pie quebrado, llamada por antonomasia copla manriqueña. Su descripción exacta: doce versos en dos sextillas simétricas; dentro de cada sextilla, dos octosílabos seguidos de un tetrasílabo, repetidos, es decir el esquema silábico 8, 8, 4, 8, 8, 4; rima consonante con esquema abc abc en cada sextilla, lo que da abc abc def def en la estrofa completa. El verso de cuatro sílabas es el pie quebrado y da nombre a la forma.
Precisión que conviene no callar: Manrique no inventó la estrofa. La copla de pie quebrado ya se usaba antes de él; lo que hizo fue fijarla de tal modo que hoy lleva su nombre. Atribuirle la invención es un error frecuente y comprobable.
2. Qué hace el pie quebrado. Describir el esquema y no explicar su efecto es responder a medias. El tetrasílabo cumple tres funciones simultáneas:
La tesis que hay que enunciar: la copla manriqueña es una estrofa que imita métricamente lo que el poema dice. Dos versos largos y una interrupción, dos versos largos y una interrupción, cuarenta veces, en un poema que trata precisamente de cómo todo fluye y todo se interrumpe. Cuando la crítica habla de adecuación entre forma y sentido, este es el ejemplo canónico de la literatura española.
3. La estructura: un embudo. El movimiento del poema va de lo general a lo particular, de lo abstracto a un hombre concreto, en tres tramos:
Merece señalarse el final, que suele pasarse por alto: no hay apoteosis ni visión celestial ni llanto retórico. Don Rodrigo «dio el alma a quien gela dio» y la familia queda «con harto llanto». El poema se cierra en voz baja, y esa contención es la clave de su efecto.
4. La doctrina de las tres vidas. Es la aportación conceptual del poema y la expone la propia Muerte:
5. ¿Prerrenacentista? En qué sentido sí y en cuál no. Aquí está el juicio que el enunciado pide y donde se separa una respuesta buena de una excelente.
Sí, en que la vida de la fama es un valor renacentista: la gloria terrena aparece como bien legítimo y digno de buscarse, cosa que la ascética medieval estricta no concedía. Sí también en la sobriedad del estilo, en la ausencia de aparato macabro y en la serenidad ante la muerte, muy lejos del terror de las danzas.
No, o no del todo, y este es el matiz decisivo: la fama no sustituye a la salvación, se subordina a ella. Es un bien intermedio, un escalón. Manrique no dice que baste con ser recordado; dice que la buena fama es señal de una vida bien empleada y peldaño hacia la tercera vida. Presentar el poema como exaltación renacentista de la gloria lo fuerza; presentarlo como un contemptus mundi medieval que desprecia la vida, también.
La formulación exacta: el poema no desprecia la vida terrena, la relativiza. Y ese equilibrio, que no es medieval ni renacentista sino ambas cosas a la vez, es justamente lo que lo hace del siglo XV.
Lírica tradicional en el aula: itinerario, voz femenina y perspectiva de género
Diseñe una secuencia didáctica para 3.º o 4.º de ESO que trabaje la lírica tradicional del siglo XV y el romancero, justificándola con el currículo vigente. Explique cómo abordaría la cuestión de la voz femenina en el corpus tradicional y su contraste con la poesía de cancionero, y proponga instrumentos de evaluación.
1. El punto de partida honesto. Una secuencia sobre literatura medieval que no reconozca su dificultad de entrada no convence a ningún tribunal con experiencia de aula. Pero este tema tiene una ventaja de la que carecen los anteriores y hay que decirlo: es materia que se puede cantar. El romancero y la lírica tradicional entran por el oído, y eso resuelve el problema de motivación de partida.
2. Secuencia de seis sesiones.
3. La voz femenina, expuesta con honestidad. Este es el punto que exige más cuidado y el que más valor tiene bien resuelto.
El planteamiento correcto empieza por no afirmar de más. La pregunta «¿escribieron mujeres estas canciones?» está mal planteada: en una tradición anónima y colectiva no hay un autor cuyo sexo determinar. Lo que sí puede afirmarse, y es mucho, son dos cosas: que el corpus tradicional conserva una voz femenina de deseo que la literatura culta de su tiempo silenciaba; y que, fueran quienes fueran los autores primeros, estas canciones las cantaban y las transmitían mujeres —en el trabajo, en la boda, en el duelo—, y esa transmisión es una forma real de autoría colectiva.
El contraste que lo enseña todo es el que se propone en el aula, y no necesita comentario añadido: se leen dos textos en paralelo, una cancioncilla tradicional en la que habla una muchacha que desea y se queja, y una canción de cancionero en la que un poeta describe a una dama que no habla nunca y que es pura destinataria. La pregunta que ordena la discusión es directa: ¿quién tiene voz en cada texto? Es lectura con perspectiva de género hecha con textos y no con proclamas, y es más eficaz que cualquier discurso.
Conviene completar con Florencia Pinar, presente en el Cancionero General, presentándola con precisión: no como «la gran poetisa del siglo XV», que sería inflarla, sino como el testimonio conservado de que hubo mujeres escribiendo dentro del sistema cancioneril. Las dos cosas juntas —una autora con nombre y un corpus entero de voz femenina— dan una respuesta seria.
4. Justificación curricular. Y aquí conviene ser exacto, porque la comprobación arroja un dato que sorprende: «Manrique», «romancero», «cancionero», «lírica popular» y «tradición oral» no aparecen ni una sola vez en el RD 217/2022 ni en el RD 243/2022. La consecuencia hay que asumirla: si el decreto no menciona la tradición oral, la única garantía de que el romancero se enseñe es que el departamento lo decida, y eso convierte esta secuencia en una decisión de programación argumentada, no en un trámite. Lo que el currículo sí ofrece:
5. Evaluación. Instrumentos observables, coherentes con lo trabajado y que exigen aplicar y no recitar:
La secuencia entra por el oído, hace experimentar la variante en lugar de definirla, construye el código simbólico por inducción, recorre seiscientos años de un mismo verso y termina en producción propia; y aborda la perspectiva de género con textos contrastados, sin afirmar sobre la autoría más de lo que se sabe.
Pregunta corta
Analice métricamente un romance y contextualice esa métrica en la historia de la literatura hispánica.
Descripción. Serie indefinida de versos —sin división estrófica: es una tirada— de ocho sílabas, con rima asonante en los pares y los impares sueltos: esquema 8– 8a 8– 8a… La asonancia suele ser única para todo el poema.
La doble notación. Los mismos versos pueden escribirse como versos largos de dieciséis sílabas partidos por cesura, con rima al final de cada uno; muchos testimonios antiguos los traen así. No son dos métricas: son dos maneras de escribir la misma.
Contextualización, que es lo que se cobra. Ese verso largo bimembre con cesura y asonancia única en tirada es el de los cantares de gesta, con una diferencia: el épico era anisosilábico, de medida fluctuante porque se acomodaba a la melodía, y el del romance se ha regularizado en dos hemistiquios de ocho. De ahí la tesis de Menéndez Pidal sobre el nacimiento del romance por fragmentación de las gestas. Y de ahí, sobre todo, que el octosílabo se convierta en el verso nacional del español: pasa al teatro del Siglo de Oro, a la copla, al romance de ciego, al flamenco, al Romancero gitano y al corrido mexicano, que sigue componiéndose hoy. Matiz obligado: la fragmentación explica los romances épicos, pero el corpus tiene origen múltiple, porque hay romances líricos, novelescos, carolingios y bretones sin gesta detrás.
Pregunta corta
¿Qué es el fragmentarismo del romancero y por qué no debe explicarse solo como un accidente de la transmisión?
El romance entra ya empezado y termina antes de acabar: sus dos marcas son el comienzo ex abrupto —arranca en mitad de la acción, muchas veces con un adverbio o una conjunción, sin presentar personajes ni situación— y el final truncado o abierto.
La explicación genética es conocida: si el romance procede de un fragmento desgajado de un cantar de gesta, es natural que le falten el principio y el final. Pero quedarse ahí es explicar la mitad. La explicación que importa es la estética: el corte produce sugerencia. El Romance del conde Arnaldos se interrumpe justo en el momento en que el marinero va a revelar su secreto, y no lo revela; por eso lleva quinientos años inquietando a sus lectores, y por eso fascinó a los poetas del 27. La prueba de que es técnica y no accidente es que el procedimiento se mantiene en romances que nunca fueron fragmento de nada, como los líricos y novelescos.
La formulación que conviene llevar preparada: el romancero no cuenta menos por descuido, cuenta menos a propósito, y en lo que calla está su poder.
Pregunta corta
Explique el ideario del amor cortés cancioneril y por qué es un anacronismo llamarlo «frío y artificioso».
El código, como sistema de reglas. (1) La relación es feudal: el poeta es vasallo o siervo y la dama es su «señor» —en masculino, porque es el término feudal—, de donde todo el vocabulario: servir, merced, galardón, cativo, prisión. (2) La dama es inaccesible y no debe responder: el sistema es un ejercicio de deseo perpetuamente insatisfecho. (3) El sufrimiento ennoblece, de modo que el amante quiere sufrir y la queja es a la vez lamento y jactancia. (4) El secreto es obligado, con sus senhals y sus maldicientes. (5) Y el amor se expresa en lenguaje religioso —la «religión de amor»—, hasta el punto de que hay textos que parodian el credo o el oficio de difuntos en clave amorosa.
El lenguaje que produce: antítesis y paradoja sistemáticas, poliptoton y derivación, dilogía, alegorías personificadas (la Razón, el Seso, la Esperanza) y un léxico abstracto y muy reducido.
Por qué el reproche es anacrónico. Porque es poesía de sistema: su interés no está en la originalidad del sentimiento sino en la variación dentro de una convención estricta, exactamente como el jazz o como el soneto. Al lector formado en el romanticismo le desconcierta que un poema amoroso no exprese una experiencia personal, pero exigirle eso es el mismo error que reprocharle a don Juan Manuel ser didáctico: se le pide a un texto del siglo XV que cumpla una estética del XIX.
Pregunta corta
¿Qué dice el «Prohemio e carta» del marqués de Santillana y por qué resulta tan irónico?
Hacia 1449, Íñigo López de Mendoza envía al condestable don Pedro de Portugal, como pórtico de una colección de sus obras, el Prohemio e carta: el primer esbozo de historia de la poesía escrito en castellano. En él traza un panorama que abarca lo clásico, lo italiano, lo francés, lo provenzal, lo catalán, lo galaico-portugués y lo castellano; defiende la dignidad de la poesía en lengua vulgar; y establece una jerarquía de tres grados: el sublime, para lo escrito en griego y latín; el mediocre, para lo escrito en vulgar por hombres cultos; y el ínfimo, para lo de «aquellos que sin ningún orden, regla ni cuento facen estos romances e cantares de que las gentes de baja e servil condición se alegran».
La ironía es completa, y conviene explotarla porque se cuenta en treinta segundos y no se olvida: Santillana está despreciando el romancero justo en el momento en que el romancero es lo mejor que se está componiendo en castellano. De los tres grados que estableció, el sublime y el mediano solo los leen hoy los especialistas; el ínfimo se sigue cantando. Es la mejor lección posible sobre la distancia entre el juicio de una época y el veredicto del tiempo, y una advertencia permanente contra la tentación de decidir qué literatura merece conservarse.