Tema 75 · Administración de Empresas
Metodología del proyecto empresarial: análisis de mercado, plan de negocio, trámites de constitución y viabilidad
Epígrafe oficial: Metodología de diseño y desarrollo de un proyecto empresarial. Análisis del mercado. Definición de un plan de negocio. Análisis de creación de una empresa individual o social. Trámites de constitución legal de una empresa individual o social. Análisis de la viabilidad económica y financiera de la empresa.
Tema desarrollado siguiendo la estructura habitual de la oposición. La información es orientativa: verifica siempre el temario, la normativa y el currículo vigentes en tu convocatoria y tu comunidad autónoma.
Índice
- 0. Introducción
- 1. Relación con el currículo
- 2. Metodología de diseño y desarrollo de un proyecto empresarial
- 3. El análisis del mercado
- 4. La definición de un plan de negocio
- 5. Empresa individual o social: formas jurídicas y trámites de constitución
- 6. El análisis de la viabilidad económica y financiera
- 7. Conclusiones
- 8. Bibliografía y webgrafía
0. Introducción
Con este tema se cierra el temario de la especialidad, y lo hace de un modo muy adecuado: integrando en un proyecto empresarial concreto la mayoría de los conocimientos —de economía, marketing, producción, recursos humanos, contabilidad, finanzas y derecho— desarrollados a lo largo del programa. El emprendimiento es, además, un objetivo educativo transversal y una salida profesional de primer orden para el alumnado de Formación Profesional.
Estudiaremos la metodología para diseñar y desarrollar un proyecto empresarial, el análisis del mercado, la definición del plan de negocio, la elección de la forma jurídica (empresa individual o social) con sus trámites de constitución, y el análisis de la viabilidad económica y financiera, que es la prueba definitiva de que la idea puede convertirse en una empresa sostenible.
1. Relación con el currículo
Este contenido es el corazón del módulo profesional de Empresa e Iniciativa Emprendedora (EIE), común a todos los ciclos formativos, cuyo resultado de aprendizaje culminante es precisamente la elaboración de un plan de empresa. También vertebra los módulos de proyecto de los ciclos superiores y los específicos de gestión de la familia de Administración y Gestión.
Desarrolla de forma integral la competencia emprendedora —una de las competencias clave— y las capacidades de planificación, análisis y toma de decisiones. Se presta a un aprendizaje por proyectos, en el que el alumnado elabora su propio plan de empresa, y conecta con prácticamente todos los temas anteriores del programa.
2. Metodología de diseño y desarrollo de un proyecto empresarial
Un proyecto empresarial nace de una idea de negocio y de la iniciativa de un emprendedor. La idea puede surgir de la detección de una necesidad no satisfecha, de una mejora de productos existentes, de la experiencia profesional del promotor, de una afición o de las nuevas oportunidades tecnológicas o sociales. El emprendedor aporta las cualidades —iniciativa, creatividad, capacidad de asumir riesgos, constancia, liderazgo— que impulsan el proyecto.
La figura del emprendedor tiene, además, una gran importancia económica y social. El economista Joseph Schumpeter la situó en el centro del desarrollo capitalista al describir la «destrucción creativa»: los emprendedores innovadores introducen nuevos productos, procesos y modelos de negocio que desplazan a los antiguos e impulsan el progreso. Las nuevas empresas son, por ello, una fuente esencial de innovación, de creación de empleo y de dinamismo económico, especialmente las pymes, que constituyen la inmensa mayoría del tejido empresarial español. Fomentar la cultura emprendedora —y prevenir el temor al fracaso, entendiéndolo como aprendizaje— es un objetivo de las políticas económicas y del propio sistema educativo, en el que se inserta este contenido.
Existen distintos tipos de emprendimiento. Según su motivación, se distingue el emprendimiento por oportunidad (se detecta un negocio atractivo y se decide aprovecharlo) del emprendimiento por necesidad (se emprende ante la falta de alternativas laborales); el primero suele ser más sólido y ambicioso. Según dónde se ejerce, cabe hablar de intraemprendimiento —emprender dentro de una empresa ya existente, impulsando nuevos proyectos o líneas de negocio— y del emprendimiento social, cuyo fin primordial no es el lucro sino resolver un problema social o ambiental. En cuanto al perfil del emprendedor, la investigación destaca rasgos como la tolerancia a la incertidumbre, la orientación al logro, la proactividad, la capacidad de trabajo en equipo y la resiliencia para sobreponerse a los reveses. Un buen punto de partida del proyecto es, de hecho, el autoconocimiento: valorar con honestidad si las propias aptitudes, la motivación y la situación personal encajan con las exigencias de emprender.
El desarrollo del proyecto sigue una metodología por fases: (1) generación y selección de la idea, valorando su atractivo y viabilidad preliminar; (2) análisis del entorno y del mercado, para comprobar que existe demanda; (3) elaboración del plan de empresa, que concreta la idea en todas sus áreas; (4) búsqueda de financiación y de recursos; (5) constitución y puesta en marcha; y (6) gestión, seguimiento y control, una vez en funcionamiento. El instrumento que articula todo este proceso es el plan de empresa o plan de negocio, documento escrito que describe el proyecto y demuestra su viabilidad.
Conviene entender el plan de empresa como un documento vivo, no como un trámite que se archiva tras la puesta en marcha: se revisa y actualiza a medida que la realidad confirma o desmiente las previsiones. En su elaboración y en las primeras etapas, el emprendedor no está solo: puede apoyarse en viveros de empresas, incubadoras y aceleradoras, en los servicios de las cámaras de comercio y en los programas públicos de fomento del emprendimiento, que ofrecen asesoramiento, formación, espacios y, en ocasiones, financiación. En los últimos años se han popularizado, además, metodologías ágiles como el modelo Canvas (que resume el modelo de negocio en un lienzo de nueve bloques) y el enfoque Lean Startup (validar la idea con un producto mínimo viable antes de invertir en grande), que complementan al plan de empresa clásico.
Emprender conlleva inevitablemente riesgo, y las estadísticas muestran que una parte significativa de las nuevas empresas no supera los primeros años. Entre las causas de fracaso más habituales figuran la falta de una demanda real, la mala planificación financiera y los problemas de tesorería, el exceso de optimismo en las previsiones, la ausencia de diferenciación frente a la competencia o una gestión deficiente. Conocer estos riesgos no debe paralizar, sino prevenir: precisamente para eso sirve elaborar un buen plan de empresa antes de comprometer recursos. Además, la cultura moderna del emprendimiento reivindica el derecho al fracaso como parte del aprendizaje, y el ordenamiento jurídico lo acompaña con mecanismos como la Ley de Segunda Oportunidad, que permite a la persona emprendedora de buena fe reestructurar o exonerar determinadas deudas para poder volver a empezar. Normalizar el fracaso como experiencia formativa —y no como estigma— es uno de los cambios culturales que más favorecen el dinamismo emprendedor de un país.
3. El análisis del mercado
Antes de lanzarse, el emprendedor debe conocer el mercado en el que va a operar. El estudio o análisis del mercado recoge información sobre:
- El entorno general (factores económicos, tecnológicos, políticos-legales, socioculturales y medioambientales, el llamado análisis PEST).
- Los clientes: quiénes son, cuántos, qué necesitan, cuánto están dispuestos a pagar. Aquí es clave la segmentación del mercado (dividirlo en grupos homogéneos) y la elección del público objetivo.
- La competencia: qué empresas ofrecen productos similares, con qué precios y qué cuota de mercado, para identificar un hueco o una ventaja competitiva.
- Los proveedores y los canales de distribución disponibles.
Toda esta información suele sintetizarse en un análisis DAFO, que cruza los factores internos (Debilidades y Fortalezas de la empresa) con los externos (Amenazas y Oportunidades del entorno), y sirve de base para la estrategia. A partir del estudio de mercado, la empresa diseña su marketing mix o las «cuatro P»: producto, precio, distribución (place) y comunicación (promotion), las variables comerciales con las que competirá. El objetivo último es lograr un posicionamiento claro y una ventaja competitiva sostenible: ofrecer algo que los clientes valoren y que los competidores no puedan imitar fácilmente, ya sea por costes más bajos, por diferenciación (calidad, marca, servicio) o por especializarse en un nicho concreto, siguiendo las estrategias genéricas descritas por Michael Porter.
La información del estudio de mercado procede de dos tipos de fuentes. Las fuentes secundarias son datos ya existentes y elaborados por otros (estadísticas del INE, informes sectoriales, datos de asociaciones, estudios publicados); son baratas y rápidas, pero no siempre se ajustan a lo que se necesita. Las fuentes primarias son datos que la empresa recoge ex profeso mediante técnicas de investigación comercial: encuestas, entrevistas, observación o paneles. Precisamente aquí se aplican las técnicas de muestreo e inferencia del tema anterior: para conocer la opinión de miles de clientes potenciales se encuesta a una muestra representativa y se generalizan los resultados con su margen de error. Combinar bien ambas fuentes permite estimar la demanda potencial y afinar las previsiones de ventas, que son la base de todo el plan financiero.
La estimación de la demanda merece especial cuidado, porque de ella dependen todas las cifras posteriores. Se suele partir del mercado potencial (el total de clientes que podrían necesitar el producto), acotarlo al mercado objetivo (el segmento al que la empresa se va a dirigir realmente) y estimar la cuota de mercado que se aspira a captar, teniendo en cuenta la competencia y la capacidad propia. A partir de ahí se elabora la previsión de ventas, idealmente para los primeros tres años. El error más frecuente y peligroso del emprendedor novel es el exceso de optimismo: sobreestimar las ventas y subestimar los plazos y los costes. Por eso conviene apoyar la previsión en datos objetivos (ratios del sector, penetración de negocios similares) y ser prudente, ya que unas ventas infladas contaminan la cuenta de resultados y la tesorería y hacen que el plan pierda toda credibilidad ante los financiadores.
4. La definición de un plan de negocio
El plan de negocio o plan de empresa es el documento que describe el proyecto y analiza su viabilidad. Cumple una doble función: interna, como hoja de ruta que guía al emprendedor; y externa, como carta de presentación ante bancos, inversores y administraciones. Sus partes habituales son:
- Resumen ejecutivo: síntesis del proyecto y sus datos clave (suele redactarse al final, pero se coloca al principio).
- Presentación de los promotores y descripción de la idea y de la actividad.
- Plan de marketing: estudio de mercado y política comercial (las cuatro P).
- Plan de producción u operaciones: cómo se elabora el producto o se presta el servicio, con qué recursos e instalaciones.
- Plan de organización y recursos humanos: estructura, puestos y necesidades de personal.
- Plan jurídico-mercantil: forma jurídica elegida y trámites.
- Plan económico-financiero: inversión, financiación y previsiones que demuestran la viabilidad.
Un buen plan debe ser claro, realista y coherente entre sus partes: las previsiones de ventas del plan de marketing deben cuadrar con la capacidad del plan de producción y con las cifras del plan financiero.
Dentro del plan, el resumen ejecutivo merece una mención especial, porque es la puerta de entrada: es lo primero que leen los inversores o las entidades financieras y, a menudo, lo que decide si siguen adelante o no. Debe condensar en pocas páginas la esencia del proyecto —la idea, el mercado, el equipo, la ventaja competitiva y las cifras clave— de forma atractiva y convincente. A ello se añade, cada vez más, la capacidad de presentar oralmente el proyecto de manera breve y persuasiva (el llamado elevator pitch), una destreza muy valorada en los foros de inversión y en los concursos de emprendimiento. Saber comunicar el proyecto es tan importante como diseñarlo bien: una idea excelente mal presentada puede no llegar nunca a materializarse por falta de apoyos.
Un apartado especialmente sensible es el de la financiación del proyecto, pues muchas iniciativas viables fracasan por no conseguir los fondos necesarios. Las fuentes de financiación se combinan según el caso: los recursos propios (ahorros de los promotores, aportaciones de socios); los recursos ajenos tradicionales (préstamos y créditos bancarios, leasing, renting); las ayudas y subvenciones públicas al emprendimiento; y fórmulas más recientes como los business angels y el capital riesgo (inversores que entran en el capital de proyectos con alto potencial), el crowdfunding o financiación colectiva, y los préstamos participativos de organismos como ENISA. Elegir una estructura de financiación equilibrada, que no comprometa la solvencia con un exceso de deuda ni diluya en demasía a los promotores, es una de las claves del éxito.
Dos partes del plan que a veces se descuidan son el plan de operaciones y el de recursos humanos. El plan de operaciones o de producción concreta cómo se va a producir el bien o prestar el servicio: la localización (cercanía a clientes o proveedores, costes del local, visibilidad), la dimensión o capacidad productiva, el proceso y la tecnología, y la política de aprovisionamiento y de gestión de existencias. El plan de organización y recursos humanos define el organigrama, los puestos de trabajo y sus funciones, las necesidades de personal y su calendario de incorporación, la forma de contratación y la política retributiva, así como qué actividades conviene externalizar (subcontratar la contabilidad, la logística, etc.). Estas decisiones tienen un fuerte impacto en los costes y, por tanto, deben estar cuantificadas y perfectamente engarzadas con el plan económico-financiero.
5. Empresa individual o social: formas jurídicas y trámites de constitución
Una decisión crucial es la forma jurídica. La primera gran distinción es entre empresa individual y empresa social o societaria:
- El empresario individual (autónomo) es una persona física que ejerce la actividad en nombre propio. Es la forma más sencilla y barata de constituir, pero responde de las deudas con todo su patrimonio (responsabilidad ilimitada). Variantes son el emprendedor de responsabilidad limitada y la comunidad de bienes o la sociedad civil cuando hay varios socios sin personalidad jurídica plena.
- Las sociedades mercantiles tienen personalidad jurídica propia distinta de la de los socios. Las más frecuentes son la Sociedad de Responsabilidad Limitada (SL) —capital mínimo reducido, responsabilidad limitada al capital aportado, ideal para pymes— y la Sociedad Anónima (SA) —capital mínimo de 60.000 €, pensada para grandes empresas—. Existen además formas de economía social, como las sociedades laborales y las cooperativas, en las que los trabajadores participan en la propiedad y la gestión.
La elección depende de factores como el número de promotores, la responsabilidad que se quiera asumir, el capital disponible, la fiscalidad (el autónomo tributa por IRPF y la sociedad por el Impuesto sobre Sociedades) y la imagen frente a terceros. Los trámites de constitución y puesta en marcha varían: el autónomo apenas necesita el alta censal en Hacienda y el alta en el régimen de autónomos de la Seguridad Social; una sociedad, en cambio, requiere la certificación negativa de denominación, la escritura de constitución ante notario, la inscripción en el Registro Mercantil y la obtención del NIF, además de los trámites laborales, fiscales y municipales (licencias) comunes. Los Puntos de Atención al Emprendedor (PAE) y el sistema CIRCE permiten realizar muchos de estos trámites de forma telemática y ágil, mediante el Documento Único Electrónico (DUE).
La diferencia esencial que guía la elección es la responsabilidad. En la empresa individual, el patrimonio personal y el empresarial se confunden: si el negocio fracasa, el autónomo responde con sus bienes presentes y futuros, e incluso con los gananciales del matrimonio en ciertos casos. En las sociedades de capital (SL y SA), en cambio, la responsabilidad se limita al capital aportado, protegiendo el patrimonio personal de los socios; a cambio, son más costosas de constituir y mantener (escritura, registro, contabilidad más exigente, Impuesto sobre Sociedades). Como regla práctica, para actividades de poco riesgo e inversión reducida suele bastar el autónomo, mientras que a medida que crecen el riesgo, la inversión o el número de socios se hace aconsejable la SL, que es hoy la forma más extendida para las pymes españolas. Las formas de economía social (cooperativas y sociedades laborales) añaden, además, ventajas fiscales y de participación, a cambio de requisitos específicos de constitución y funcionamiento democrático.
El abanico de formas es más amplio: existen la sociedad limitada de formación sucesiva (una SL sin capital mínimo inicial, sujeta a ciertas cautelas hasta alcanzarlo), la cooperativa de trabajo asociado (los socios son a la vez trabajadores) o figuras como el autónomo colaborador y el autónomo societario. Conviene recordar, además, que la constitución no acaba con la puesta en marcha: la empresa asume obligaciones periódicas permanentes. En el plano fiscal, debe presentar las declaraciones trimestrales de IVA y los pagos a cuenta del IRPF o del Impuesto sobre Sociedades, y las declaraciones anuales; en el laboral, ingresar las cotizaciones a la Seguridad Social y cumplir la normativa de prevención de riesgos; en el mercantil y contable, llevar la contabilidad y, las sociedades, depositar las cuentas anuales en el Registro Mercantil; y cumplir la normativa de protección de datos. Conocer estas obligaciones desde el inicio evita sanciones y forma parte de una gestión profesional del negocio.
6. El análisis de la viabilidad económica y financiera
La parte decisiva del plan es demostrar que el proyecto es viable. Conviene distinguir tres dimensiones de la viabilidad. La viabilidad técnica comprueba que el proyecto se puede llevar a cabo con los medios y la tecnología disponibles. La viabilidad económica analiza si el negocio genera beneficios (si los ingresos superan a los gastos y la rentabilidad es suficiente). Y la viabilidad financiera verifica que la empresa dispondrá de la liquidez necesaria para atender sus pagos en cada momento: un negocio puede ser rentable a medio plazo y, sin embargo, morir por falta de tesorería si los cobros llegan más tarde que los pagos. El plan económico-financiero comprende:
- El plan de inversión (qué activos se necesitan: local, maquinaria, existencias) y su financiación (recursos propios y ajenos), que deben estar equilibrados.
- La previsión de tesorería (cobros y pagos mes a mes), que garantiza la liquidez para no quedarse sin dinero.
- La cuenta de resultados previsional (ingresos y gastos), que anticipa el beneficio de los primeros años.
- El balance previsional y el análisis mediante ratios (liquidez, endeudamiento, rentabilidad).
Dos herramientas clave son el umbral de rentabilidad (o punto muerto) y los criterios de selección de inversiones. El umbral de rentabilidad es el número de unidades que hay que vender para que el beneficio sea cero (los ingresos igualan a los costes): Q* = Costes Fijos / (Precio − Coste variable unitario). Por su parte, para valorar si la inversión inicial merece la pena se emplean el VAN (Valor Actual Neto) y la TIR (Tasa Interna de Retorno), estudiados en el bloque de inversiones.
Ejemplo (umbral de rentabilidad). Un negocio tiene unos costes fijos anuales de 30.000 €, vende su producto a 50 € y su coste variable unitario es de 30 €. El margen unitario es 50 − 30 = 20 €, de modo que el umbral de rentabilidad es Q* = 30.000 / 20 = 1.500 unidades al año. Vendiendo por encima de esa cifra, la empresa gana; por debajo, pierde. Este dato, contrastado con las ventas previstas del estudio de mercado, es una prueba de fuego de la viabilidad del proyecto. La diferencia entre las ventas previstas y el umbral es el margen de seguridad: si se esperan vender 2.000 unidades, el margen sobre las 1.500 del umbral (500 unidades, un 25 %) indica cuánto pueden caer las ventas antes de entrar en pérdidas.
El análisis se completa con los ratios, cocientes que relacionan magnitudes del balance y de la cuenta de resultados. Los de liquidez miden la capacidad de atender las deudas a corto plazo; los de endeudamiento o solvencia, la proporción y sostenibilidad de la deuda; y los de rentabilidad, el rendimiento obtenido. Entre estos últimos destacan la rentabilidad económica (ROI) —beneficio de explotación sobre el activo total, que mide la eficiencia del negocio con independencia de cómo se financie— y la rentabilidad financiera (ROE) —beneficio neto sobre los fondos propios, que mide lo que ganan los socios por su inversión—. Comparar estos ratios con los de referencia del sector permite juzgar si el proyecto es competitivo y sostenible en el tiempo.
Para la viabilidad financiera es capital el concepto de fondo de maniobra: la diferencia entre el activo corriente (existencias, clientes, tesorería) y el pasivo corriente (deudas a corto plazo). Un fondo de maniobra positivo indica que la empresa financia su actividad corriente con recursos permanentes y dispone de un «colchón» de seguridad; un fondo negativo suele ser señal de tensiones de liquidez. Está muy ligado al periodo medio de maduración, que es el tiempo que transcurre desde que se paga a los proveedores hasta que se cobra de los clientes: cuanto más largo es ese ciclo (mucho stock, clientes que pagan tarde), más recursos hay que inmovilizar para financiarlo. Un error clásico del emprendedor es olvidar estas necesidades de circulante y presupuestar solo la inversión en activos fijos, lo que provoca ahogos de tesorería en los primeros meses aunque el negocio sea rentable sobre el papel.
Dado que toda previsión encierra incertidumbre, es buena práctica presentar el análisis financiero en varios escenarios —optimista, realista y pesimista—, para mostrar cómo se comportaría el proyecto si las ventas fueran mayores o menores de lo esperado. Un análisis de sensibilidad de este tipo revela la solidez del negocio ante imprevistos y transmite credibilidad a los posibles financiadores, que valoran que el emprendedor haya anticipado los riesgos. En definitiva, el estudio de viabilidad no busca «adivinar» el futuro con exactitud, sino demostrar que el proyecto resiste un rango razonable de circunstancias y que el emprendedor conoce sus números y sus riesgos.
Un proyecto empresarial actual no puede ignorar dos dimensiones transversales. La primera es la responsabilidad social y la sostenibilidad: cada vez más, los clientes, los inversores y la propia normativa exigen que la empresa considere su impacto ambiental y social, alineándose con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y con modelos como la economía circular. Lejos de ser solo un coste, la sostenibilidad es hoy una fuente de oportunidades de negocio y de diferenciación. La segunda es la digitalización: la presencia online, el comercio electrónico, el marketing digital y las herramientas de gestión en la nube son prácticamente imprescindibles para cualquier empresa que nace, y transforman tanto el modelo de negocio como la relación con el cliente. Incorporar estas dimensiones desde el diseño del proyecto no solo responde a una exigencia ética y de mercado, sino que aumenta sus probabilidades de éxito y de perdurar en el tiempo.
7. Conclusiones
El proyecto empresarial transforma una idea en una empresa siguiendo una metodología por fases cuyo eje es el plan de negocio. Este integra el análisis del mercado (con el DAFO y el marketing mix), la elección de la forma jurídica —individual o societaria— con sus trámites de constitución, y, sobre todo, el análisis de la viabilidad económica y financiera, que mediante el plan de inversión-financiación, las previsiones y el umbral de rentabilidad demuestra que el negocio puede sostenerse y ser rentable.
Con este tema concluye el temario de la especialidad. Su carácter integrador lo convierte en un magnífico colofón, pues moviliza casi todos los conocimientos del programa y desarrolla la competencia emprendedora, clave tanto para el autoempleo del alumnado como para su desempeño en cualquier organización. Para el profesorado de Administración de Empresas, saber guiar la elaboración de un plan de empresa es una de las tareas docentes de mayor valor y proyección profesional.
Como cierre del programa, la mejor actividad es que el alumnado elabore en equipo su propio plan de empresa completo —de la idea de negocio al análisis de viabilidad económico-financiera— y lo defienda ante el grupo, integrando así los conocimientos jurídicos, contables, fiscales, financieros y de marketing adquiridos a lo largo de toda la especialidad. Este proyecto final, evaluado con rúbrica, es la mejor evidencia de que el alumnado ha desarrollado no solo saberes, sino la competencia emprendedora que el título persigue.
8. Bibliografía y webgrafía
- Real Decreto Legislativo 1/2010, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Sociedades de Capital.
- Ley 14/2013, de apoyo a los emprendedores y su internacionalización; y Código de Comercio.
- Manuales del módulo de Empresa e Iniciativa Emprendedora (McGraw-Hill, Editex, Paraninfo) y de creación de empresas.
- Webgrafía: Dirección General de Industria y de la Pyme (ipyme.org), plan de empresa y formas jurídicas; CIRCE y Puntos de Atención al Emprendedor (paeelectronico.es); y ENISA y portales de emprendimiento de las comunidades autónomas.
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Material de repaso 📐
Repasa el tema con el esquema de llaves y las flashcards de recuerdo activo.
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- 2Metodología del proyecto
- IDEA de negocio + EMPRENDEDOR (iniciativa, creatividad, riesgo) · Schumpeter: destrucción creativa, innovación y empleo
- Fases: idea → análisis mercado → PLAN DE EMPRESA → financiación → constitución → gestión/control
- Plan = documento VIVO · apoyos: viveros/aceleradoras, cámaras · métodos ágiles: Canvas, Lean Startup
- 3Análisis del mercado
- Entorno (PEST) · clientes (segmentación, público objetivo) · competencia · proveedores
- Fuentes secundarias (existentes) vs primarias (encuestas → muestreo/inferencia)
- Síntesis DAFO (D/F internas, A/O externas) · marketing mix 4P · ventaja competitiva (Porter)
- 4Plan de negocio
- Documento que describe el proyecto y prueba viabilidad · función interna (hoja de ruta) y externa (bancos/inversores)
- Partes: resumen ejecutivo · promotores · plan de marketing · producción/operaciones · RRHH · jurídico · económico-financiero
- Financiación: propios · ajenos (préstamos, leasing) · subvenciones · business angels, capital riesgo, crowdfunding, ENISA
- 5Formas jurídicas y trámites
- INDIVIDUAL (autónomo): simple, barato, responsabilidad ILIMITADA, IRPF · comunidad de bienes
- SOCIAL: personalidad propia · SL (capital reducido, resp. limitada, pymes) · SA (60.000€) · economía social (cooperativas, laborales) · Impuesto Sociedades
- Trámites sociedad: denominación → escritura NOTARIO → Registro Mercantil → NIF + alta censal/SS/licencias · PAE/CIRCE/DUE telemático
- 6Viabilidad económico-financiera
- 3 viabilidades: TÉCNICA (se puede hacer) · ECONÓMICA (beneficios) · FINANCIERA (liquidez)
- Plan inversión-financiación · previsión tesorería · cuenta resultados previsional · ratios (liquidez, endeudamiento, ROI/ROE)
- UMBRAL DE RENTABILIDAD Q*=CF/(P−CVu) · ej. 30.000/(50−30)=1.500 uds · VAN/TIR · escenarios y análisis de sensibilidad
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