Tema 68 · Lengua Castellana y Literatura
La poesía española a partir de 1940
Epígrafe oficial: La poesía española a partir de 1940.
Tema desarrollado siguiendo la estructura habitual de la oposición. La información es orientativa: verifica siempre el temario oficial, la normativa y el currículo vigentes en tu convocatoria y tu comunidad autónoma.
Índice
- 0. Introducción: una poesía marcada por la historia
- 1. Relación con el currículo
- 2. El marco y la periodización
- 3. Los años 40: poesía arraigada y desarraigada
- 4. Los años 50: la poesía social
- 5. La generación del 50: la experiencia y el conocimiento
- 6. Los novísimos (1970)
- 7. La poesía desde 1975: la experiencia y la pluralidad
- 8. Aplicación didáctica
- 9. Conclusión
- Esquema
- Bibliografía
0. Introducción: una poesía marcada por la historia
La poesía española escrita a partir de 1940 sigue, como la novela del mismo período (tema 66), una evolución profundamente marcada por la historia del país. El punto de partida es el mismo corte de la Guerra Civil: muertos (Lorca, Miguel Hernández) o exiliados (Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Alberti, Guillén, Salinas) los grandes poetas anteriores, la lírica hubo de rehacerse en un país empobrecido y sometido a censura. Y, a partir de ahí, desplegó una trayectoria riquísima, que va de la angustia existencial de la posguerra al compromiso social, y de este a la renovación estética y a la pluralidad de nuestros días.
El hilo que ordena esa evolución es un vaivén —el mismo que recorre toda la literatura del siglo— entre una poesía volcada hacia el hombre y sus problemas (existenciales, sociales) y una poesía atenta sobre todo al arte, al lenguaje y a la belleza. De la poesía desarraigada de los años cuarenta a la social de los cincuenta, el péndulo se inclina hacia lo humano y lo colectivo; con la generación del 50 y, sobre todo, con los novísimos de 1970, vuelve hacia lo estético y lo culto; y la poesía de la democracia buscará, por fin, una síntesis. Comprender ese movimiento es la clave del tema.
Conviene advertir de entrada una delimitación: este tema trata la poesía española de la segunda mitad del siglo; la lírica del 27 se estudia en el tema 63, la renovación de fin de siglo en el 61, y la poesía hispanoamericana del siglo XX (Neruda, Vallejo, Paz) en el 69. Aquí importa la sucesión de tendencias y de generaciones —arraigada y desarraigada, social, del 50, novísimos, de la experiencia— que jalonan la poesía española desde la posguerra hasta hoy.
Conviene subrayar la riqueza del período: en estas décadas la poesía española dio algunos de sus nombres mayores del siglo (Miguel Hernández, Blas de Otero, Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Valente, Gimferrer) y varios de sus libros más memorables. Lejos de ser una época menor, la posguerra fue, también en poesía, un tiempo de intensa creación, en el que la lírica cumplió una función insustituible: dar voz al dolor, a la protesta, a la memoria y a la belleza en un país que atravesaba su hora más difícil. Estudiar esta poesía es escuchar la voz íntima de la España contemporánea.
1. Relación con el currículo
Verificado línea a línea en el BOE (Real Decreto 243/2022), la educación literaria de Lengua Castellana y Literatura II (2.º) organiza la lectura «en torno a tres ejes»: (1) la Edad de Plata (1875-1936); (2) la guerra civil, el exilio y la dictadura; (3) la literatura española e hispanoamericana contemporánea. La poesía española a partir de 1940 cae de lleno en los ejes segundo y tercero: es, precisamente, la lírica de «la guerra civil, el exilio y la dictadura» —la poesía desarraigada, la social— y de la época «contemporánea».
🔎 Lo que dice el decreto y lo que añaden las comunidades. El RD estatal ancla esos ejes y períodos, pero no nombra a ningún autor: ni «Blas de Otero», ni «los novísimos», ni «poesía de la experiencia» aparecen en él. Son las orientaciones autonómicas y de acceso a la universidad las que concretan los autores y fijan las lecturas. La distinción entre lo que dice el decreto (ejes y períodos) y lo que concretan las comunidades (autores y lecturas) se mantiene.
El tema tiene, además, un gran valor formativo: la poesía social permite trabajar el compromiso y la memoria democrática; la poesía existencial, las grandes preguntas del ser humano; y toda ella, la educación estética y el gusto por el poema. Leer y decir en voz alta a Blas de Otero, a Gil de Biedma o a García Montero es una de las mejores vías para que el alumnado descubra que la poesía habla de su propia vida.
2. El marco y la periodización
La poesía española de la segunda mitad del siglo XX comparte el marco histórico de la novela (tema 66): la Guerra Civil como corte brutal, la censura, el aislamiento de la posguerra y la ausencia de los grandes maestros —muertos o en el exilio—. Pero la poesía tuvo también sus cauces propios: las revistas (que agrupaban tendencias y daban a conocer a los jóvenes) y las colecciones y premios (el Adonáis, sobre todo) fueron decisivos para su vida y su difusión.
Conviene no olvidar la otra orilla: la poesía del exilio. Los grandes poetas desterrados —Juan Ramón Jiménez (Premio Nobel en 1956), Antonio Machado (muerto en Colliure en 1939), Cernuda, Alberti, Guillén, Salinas, León Felipe— siguieron escribiendo fuera de España una poesía de gran altura, marcada por la nostalgia de la patria perdida y por la meditación. Aunque su obra pertenece en buena parte a la tradición del 27 (tema 63), su prolongación en el destierro forma parte también de la historia de la poesía española de estos años.
Entre esos poetas del destierro, algunos alcanzaron en el exilio sus obras más altas: Luis Cernuda prolongó su La realidad y el deseo con libros de honda meditación (Desolación de la Quimera, 1962); León Felipe dio voz, en un tono profético y desgarrado, al dolor de los vencidos; Rafael Alberti cantó la nostalgia del mar de su infancia; y Juan Ramón Jiménez recibió el Premio Nobel en 1956, pocos días antes de morir su esposa Zenobia. La poesía española de estos años tuvo, así, dos orillas: la del interior, bajo censura, y la del exilio, libre pero desarraigada de su tierra.
Dentro de España, la evolución se ordena por etapas, en un desarrollo muy paralelo al de la novela:
- Años 40 — poesía arraigada y desarraigada. Frente a una poesía serena y clásica, afín al régimen (la «arraigada»), surge una poesía existencial y angustiada (la «desarraigada»), que da voz al malestar de la posguerra.
- Años 50 — la poesía social. La atención se desplaza del individuo a la colectividad: la poesía quiere ser testimonio, comunicación y arma de transformación de la sociedad.
- Los años 60 — la generación del 50. Un grupo de poetas supera la poesía social hacia una lírica más personal, del conocimiento y de la experiencia, con lenguaje elaborado e ironía.
- 1970 — los novísimos. Una nueva generación rompe con lo social y con lo realista y vuelve la mirada al esteticismo, al culturalismo y a la vanguardia.
- Desde 1975 — la experiencia y la pluralidad. Con la democracia, triunfa la «poesía de la experiencia» y estallan múltiples tendencias.
Un rasgo propio de la vida poética de estos años son las revistas, que agruparon y dieron a conocer las tendencias: Garcilaso y Espadaña en los cuarenta, Cántico (Córdoba) y el Postismo como vías minoritarias. Y, sobre todo, el Premio Adonáis (creado en 1943), que lanzó a casi todos los poetas jóvenes de la posguerra: por él pasaron José Hierro, Claudio Rodríguez, Valente, Brines, Ángel González y, más tarde, Blanca Andreu. Conocer estos cauces —revistas, premios, colecciones— ayuda a entender cómo se organizó y se difundió la poesía en un país sin apenas libertad de prensa.
Como se ve, la poesía recorre el mismo vaivén que la novela: de lo existencial (años 40) a lo social (años 50), de ahí a la renovación formal (del 50 a los novísimos) y, por fin, a la pluralidad democrática. Es la prueba de que ambos géneros respondían a una misma historia.
Una diferencia con la novela conviene señalar: la poesía es un género más minoritario y menos sujeto al mercado, lo que le permitió a veces mayor libertad y experimentación (las revistas y las pequeñas colecciones eran fáciles de sostener). Pero también sufrió con dureza la censura y el aislamiento, y su público, siempre reducido, se hizo aún menor en la posguerra. La historia de la poesía de estos años es, así, la de un género humilde en medios y en lectores, pero de una riqueza creadora extraordinaria: pocas veces se ha escrito en español tanta y tan buena poesía como en esta época difícil.
Una advertencia final sobre el método: las etiquetas generacionales («generación del 36», «del 50», «novísimos») son útiles para ordenar la historia, pero deben manejarse con cautela. No son compartimentos estancos: los poetas evolucionan, se solapan y a veces desbordan cualquier rótulo (Gamoneda, Hierro). Lo esencial no es encasillar, sino comprender la lógica de la evolución —cada tendencia como respuesta a la anterior— y conocer bien unos cuantos nombres y obras clave, con su fecha y su corriente. Con ese esqueleto firme, el detalle encuentra su sitio.
3. Los años 40: poesía arraigada y desarraigada
La poesía de la primera posguerra se ordena en torno a una distinción clásica, acuñada por Dámaso Alonso (en Poetas españoles contemporáneos, 1952): la poesía arraigada y la poesía desarraigada. La primera es la de quienes sienten el mundo como un orden armónico; la segunda, la de quienes lo viven como caos y angustia. Son las dos caras de la lírica de los años cuarenta.
Conviene precisar que la distinción no es una frontera rígida ni, sobre todo, una valoración: hay poesía excelente en ambos lados (Rosales es un gran poeta arraigado; Dámaso Alonso, un gran desarraigado). Lo que las separa es una actitud ante el mundo: la confianza serena frente a la angustia; el orden frente al caos; Dios como amparo frente a Dios como ausencia o silencio. Y una diferencia de forma: la arraigada prefiere el molde clásico y cerrado (el soneto); la desarraigada, el verso libre y el versículo, más aptos para el grito. Con esos dos ejes —actitud y forma— se orienta uno en la poesía de los cuarenta.
3.1. La poesía arraigada
La poesía arraigada es serena, clasicista y formalista, de temas tradicionales —Dios, la patria, la familia, el amor, el paisaje castellano— y tono religioso y confiado, afín al nuevo régimen. Se agrupó en torno a la revista Garcilaso (Madrid, 1943, la «Juventud Creadora»), que cultivaba el soneto y la perfección formal. Sus poetas —que forman el núcleo de la llamada «generación del 36»— son Luis Rosales (cuya obra maestra es La casa encendida, 1949, memoria intimista del hogar), Leopoldo Panero (Escrito a cada instante, 1949), Luis Felipe Vivanco y Dionisio Ridruejo. Es una poesía de gran corrección, pero que daba la espalda al drama del presente.
La obra más lograda de la arraigada es La casa encendida (1949), de Luis Rosales: un largo poema en el que la memoria del hogar y de los seres queridos ilumina, como una casa encendida en la noche, la soledad del presente. Es una poesía de calidad y de sincera emoción religiosa e intimista, que hoy se valora más allá de su adscripción ideológica. Pero, en conjunto, la arraigada eludía el dolor colectivo de la posguerra y se refugiaba en un mundo de valores eternos: por eso la poesía viva y renovadora vendría de la otra corriente, la desarraigada.
La poesía arraigada estuvo ligada al proyecto cultural del primer franquismo: la revista Escorial (1940), de la Falange, y la propia Garcilaso promovían un arte de exaltación de los valores tradicionales y del pasado imperial, con Garcilaso de la Vega como modelo (de ahí el nombre de la revista). Fue una poesía oficialista, de formas cerradas y contenido confortador, que hoy se lee sobre todo como documento de una época, salvo en sus mejores voces (Rosales, algún Panero). Su serenidad, en un país en ruinas, resultaba tan hermosa como irreal.
A los poetas de la arraigada, y a algunos de la desarraigada, se los agrupa a veces bajo el rótulo de «generación del 36»: la de los nacidos hacia 1910, cuya juventud quedó partida por la guerra, y que hubieron de escribir su obra madura en la posguerra. A ella pertenecen Rosales, Panero, Vivanco, Ridruejo, y también —desde el otro bando y con muy distinto destino— Miguel Hernández. Es una generación trágica, marcada por la fractura del país y repartida entre el interior y el exilio, que sirve de puente entre el 27 y las promociones de posguerra.
3.2. La poesía desarraigada
Frente a esa serenidad, la poesía desarraigada da voz al malestar existencial de la posguerra: la angustia, la duda, el dolor, el reproche a Dios ante un mundo hecho pedazos. Es una «poesía como grito», de verso libre o versículo y lenguaje directo. Su gran hito es Hijos de la ira (1944), de Dámaso Alonso —poeta del 27 que «reaparece» en el interior—, un libro estremecedor que abre con el poema «Insomnio». Ese mismo año, 1944, aparecen la revista Espadaña (León; Victoriano Crémer y Eugenio de Nora), cauce de esta corriente, y Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre, cuya casa fue un foco de magisterio para los jóvenes poetas.
📖 «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres…» — comienzo del poema «Insomnio», de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso. Un arranque brutal y célebre, que expresa como pocos el horror y la desolación de la posguerra: la ciudad entera vista como un inmenso cementerio. Con él nace la poesía desarraigada.
Hijos de la ira supuso una conmoción: en un panorama de sonetos serenos y religiosidad confortable, Dámaso Alonso lanzó un libro de versículos torrenciales, de lenguaje crudo y violento (el «tremendismo» poético, hermano del de Cela en la novela), que gritaba la angustia del hombre ante un mundo absurdo y ante un Dios que calla. Su ejemplo, y el magisterio del Aleixandre de Sombra del paraíso, abrieron el camino a una poesía humana y existencial que desembocaría, ya en los cincuenta, en la poesía social. La desarraigada fue el gran revulsivo de la lírica de posguerra.
Merece subrayarse el papel de Vicente Aleixandre (poeta del 27 que se quedó en España): con Sombra del paraíso (1944) —evocación luminosa de un mundo edénico anterior al dolor— recordó a los jóvenes que existía una gran poesía distinta de la oficial, y su casa madrileña se convirtió en un foco de acogida y de magisterio para casi todos los poetas de posguerra, de los desarraigados a los sociales y a la generación del 50. Su evolución posterior hacia una poesía «de comunicación» y solidaria (Historia del corazón, 1954) acompañó, además, el giro social de la lírica. Aleixandre fue, así, el gran puente vivo entre el 27 y la posguerra, y recibiría el Premio Nobel en 1977.
La revista Espadaña agrupó a los poetas de la desarraigada y de la incipiente poesía social: Victoriano Crémer y Eugenio de Nora, sobre todo, que ensayaron una poesía humana, crítica y directa, atenta al dolor y a la injusticia. Fue el puente entre la angustia existencial de Hijos de la ira y el compromiso social de los cincuenta: en sus páginas empezó a fraguarse la idea de una poesía solidaria, dirigida a los demás y a la realidad del país. Por eso se considera a la desarraigada la antesala directa de la poesía social.
3.3. Miguel Hernández, el poeta puente
Aparte, y por encima de estas corrientes, hay que situar a Miguel Hernández (1910-1942), figura de transición entre el 27 y la posguerra (se le ha llamado «genial epígono del 27» y miembro de la «generación del 36»). Poeta de fuerza telúrica y honda emoción, escribió antes de la guerra El rayo que no cesa (1936); durante la contienda, una poesía combativa y solidaria (Viento del pueblo, 1937; El hombre acecha, 1938); y, ya encarcelado, la poesía desnuda y desgarradora de Cancionero y romancero de ausencias (escrito en la cárcel entre 1938 y 1941, publicado póstumo en 1958), donde figuran las conmovedoras «Nanas de la cebolla», escritas para su hijo. Murió de tuberculosis en la cárcel de Alicante en 1942.
La poesía de Miguel Hernández es de una autenticidad conmovedora. Pastor de Orihuela y casi autodidacta, unió la fuerza de la tierra y del pueblo con el dominio de las formas cultas (el soneto de El rayo que no cesa). Su evolución —del amor y la naturaleza al compromiso con los humildes, y de ahí al dolor desnudo de la cárcel y la ausencia— lo convierte en un puente perfecto entre el 27 y la poesía comprometida de posguerra. Las «Nanas de la cebolla», escritas al saber que su hijo y su mujer pasaban hambre, son uno de los poemas más estremecedores de la lengua: la ternura y la miseria en un mismo canto.
Junto a estas dos grandes corrientes, los años cuarenta conocieron algunas vías minoritarias de gran interés. El Postismo (1945), fundado por Carlos Edmundo de Ory, prolongó de modo lúdico y provocador la herencia del surrealismo y las vanguardias, a contracorriente del realismo dominante. Y el grupo Cántico de Córdoba (en torno a la revista del mismo nombre, 1947, con Pablo García Baena) cultivó una poesía esteticista y sensual, heredera de Guillén y de Cernuda, que sería redescubierta y reivindicada por los novísimos. Ambos son eslabones que anuncian, ya en plena posguerra, la futura vuelta a lo estético.
🔎 Precisiones que el tribunal vigila. Los términos «arraigada/desarraigada» son de Dámaso Alonso (1952). Garcilaso (1943) = arraigada; Espadaña (1944) = desarraigada (no al revés). Miguel Hernández no es del 27 (es del 36) y murió en 1942 en la cárcel (no en el frente); su Cancionero y romancero de ausencias es póstumo (1958).
4. Los años 50: la poesía social
En los años cincuenta, la poesía da un giro decisivo: de la angustia individual pasa al compromiso colectivo. Es la poesía social, corriente dominante de la década. Concibe la poesía como comunicación (frente a la poesía «pura» como conocimiento) y como instrumento de transformación de la sociedad: una poesía dirigida «a la inmensa mayoría», de lenguaje coloquial y claro, tono solidario y de denuncia de la injusticia y la falta de libertad. Su base teórica está en la idea de la poesía como comunicación (Vicente Aleixandre, sistematizada por Carlos Bousoño en 1952) y en la influyente Antología consultada de la joven poesía española (Francisco Ribes, 1952).
Conviene entender la polémica de fondo. La poesía social defiende la poesía como comunicación: un mensaje que el poeta dirige a la mayoría para conmoverla y moverla a la acción; lo importante es el contenido (la denuncia, la solidaridad), y la forma debe ser clara y sencilla para no estorbar. Frente a ella, la idea de la poesía como conocimiento —heredada de la poesía «pura» de Juan Ramón y de Guillén, y sostenida por el grupo Cántico de Córdoba— entiende el poema como una indagación en lo real a través del lenguaje, no como un vehículo de mensajes. De esa segunda vía saldría, por reacción, la generación del 50.
La poesía social tuvo, sin embargo, una paradoja dolorosa: quería llegar «a la inmensa mayoría», pero la mayoría no leía poesía, y la censura impedía difundir sus mensajes más directos. Fue, así, una poesía de intención popular pero de público real minoritario, leída sobre todo por otros intelectuales y estudiantes. Con el tiempo, la canción le dio el alcance que el libro no lograba: cantautores como Paco Ibáñez pusieron música a Blas de Otero y a Celaya, y llevaron sus versos, ya en los años sesenta y setenta, a un público amplísimo. La poesía social cumplió entonces, por otra vía, su vieja aspiración.
4.1. Blas de Otero
La gran figura de la poesía social es Blas de Otero (1916-1979). Su trayectoria resume la de toda la época: partió de una poesía existencial y desarraigada, de angustia religiosa y búsqueda desesperada de Dios (Ángel fieramente humano, 1950, y Redoble de conciencia, 1951, luego fundidos y reelaborados en Ancia, 1958); y giró después hacia la poesía social, solidaria y comprometida, con Pido la paz y la palabra (1955), su libro más célebre, dedicado «a la inmensa mayoría». En él, tras haberlo perdido todo, al poeta le queda lo esencial: la palabra, para dar testimonio y luchar.
📖 «…me queda la palabra.» — verso final de «En el principio», de Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero. Es la divisa de la poesía social: aunque se pierdan la vida, el tiempo, la voz, al poeta le resta la palabra como último instrumento de resistencia y de comunicación con los demás. 🔎 La dedicatoria «a la inmensa mayoría» invierte, a propósito, la de Juan Ramón Jiménez, que escribía «a la inmensa minoría».
El poema «En el principio» resume su ética: aunque el poeta lo pierda todo —la vida, el tiempo, la voz—, le queda la palabra para nombrar el mundo, denunciar la injusticia y comunicarse con los demás. La palabra no es aquí un adorno, sino un acto, casi un arma, y también un último asidero frente a la desesperación. En esa fe en el poder de la palabra —con eco bíblico («en el principio era el Verbo») y puesta al servicio del hombre— está el corazón de la poesía social y de toda la obra de Blas de Otero.
La grandeza de Blas de Otero está en la tensión de su poesía: incluso en su etapa social, nunca abandonó del todo la angustia existencial ni el trabajo del lenguaje (era un maestro del soneto y del juego verbal). Su poesía une, así, la hondura humana y el compromiso con una notable calidad formal, lo que la salva del prosaísmo en que cayó buena parte de la poesía social. Sus grandes temas —Dios, España, el hombre, la palabra— y su voz grave y sincera hacen de él uno de los poetas mayores del siglo.
Su trayectoria suele resumirse en tres etapas: la existencial (el hombre frente a Dios y a la muerte), la social (el hombre frente a los demás y a España) y una tercera, más experimental, en la que ensayó formas nuevas y una mayor libertad verbal (Que trata de España, 1964). Esa evolución —del yo angustiado al nosotros solidario— refleja, en la biografía de un solo poeta, el camino de toda la lírica de posguerra: de la desarraigada a la social. Por eso Blas de Otero es, a la vez, el gran nombre de la poesía social y una de sus figuras más completas.
4.2. Gabriel Celaya
El otro gran nombre es Gabriel Celaya (1911-1991) —seudónimo de Rafael Múgica—, cuya cima social es Cantos iberos (1955). En él figura el poema-manifiesto más famoso de toda la corriente, «La poesía es un arma cargada de futuro», que defiende una poesía útil, «necesaria como el pan de cada día», al servicio del pueblo y frente a los «neutrales» que la conciben como un lujo. Celaya llevó al extremo la idea de la poesía como compromiso y acción.
📖 «La poesía es un arma cargada de futuro.» — Gabriel Celaya, título y estribillo del poema de Cantos iberos. El verso se convirtió en el lema de la poesía social española: la poesía no como adorno, sino como herramienta de lucha y de esperanza colectiva.
La poesía social contó con muchos otros cultivadores —Eugenio de Nora, Ramón de Garciasol, Victoriano Crémer, José Agustín Goytisolo en sus inicios— y con una atmósfera de época que la hizo dominante durante toda la década. Fue, más que un grupo, una actitud compartida: la de creer que, en la España de la dictadura, escribir poesía era ya un modo de resistir, y que el poeta tenía el deber de dar voz a los que no la tenían.
La obra de Celaya es, en realidad, muy amplia y desigual: además de la poesía social, cultivó una vena existencial y vanguardista (bajo el nombre de «Juan de Leceta») y una poesía experimental en su última etapa. Pero su nombre quedó unido para siempre a la poesía social y a aquel verso-lema. Con el tiempo, la crítica ha discutido si el compromiso pesó más que la calidad; en todo caso, Cantos iberos es el documento más representativo de una época en que muchos poetas creyeron, de verdad, que la poesía podía cambiar el mundo.
4.3. José Hierro
Caso singular es José Hierro (1922-2002), que atraviesa toda la posguerra con una voz personalísima, entre lo testimonial y lo íntimo. Ganó el primer Premio Adonáis (1947) con Alegría, y en Quinta del 42 (1952) —el título alude a su reemplazo militar, su generación, no a un lugar— dio testimonio de su tiempo y de su experiencia de la cárcel. Distinguía en su obra los «reportajes» (poemas narrativos, realistas) de las «alucinaciones» (más visionarios y oníricos). Poeta ya puente hacia la generación siguiente, cerraría su carrera, medio siglo después, con la deslumbrante Cuaderno de Nueva York (1998) y el Premio Cervantes de 1998.
La longevidad creadora de Hierro es admirable: medio siglo después de sus inicios, ya anciano, sorprendió a todos con Cuaderno de Nueva York (1998), un libro deslumbrante y renovado, de gran libertad imaginativa, escrito a partir de su experiencia de la ciudad. Con él ganó el reconocimiento unánime y el Premio Cervantes. Su trayectoria, que va de la posguerra al fin de siglo, es un puente vivo entre todas las etapas del tema: pocos poetas encarnan mejor la continuidad y la evolución de la lírica española contemporánea.
Los tres grandes de la poesía de estos años tuvieron destinos distintos ante la posteridad. Blas de Otero ha crecido con el tiempo: hoy se lo considera un poeta mayor, por la hondura y la calidad que sostienen su compromiso. Celaya, en cambio, ha quedado algo desdibujado, prisionero de su verso-lema y del carácter fechado de la poesía social. Y José Hierro, que nunca se dejó encasillar, es hoy unánimemente admirado. Sus trayectorias enseñan una lección: en poesía, el compromiso perdura cuando va unido a la calidad, y se marchita cuando la sacrifica.
Hacia el final de la década, la poesía social empezó a mostrar sus límites: la insistencia en el mensaje y el descuido de la forma llevaban al prosaísmo y a la monotonía, y la censura impedía, además, que el mensaje llegara con toda su fuerza. Como en la novela, la fórmula se agotó, y la generación siguiente —la del 50— reaccionaría buscando una poesía más elaborada y personal, sin renunciar del todo a la conciencia social. El péndulo volvía a moverse: de lo colectivo hacia lo íntimo, de la comunicación hacia el conocimiento.
🔎 Precisiones que el tribunal vigila. «La poesía es un arma cargada de futuro» es de Celaya (no de Blas de Otero). Ancia (1958) no es un libro nuevo, sino la fusión reelaborada de los dos primeros de Otero (su título junta ANgel y conCIA). Y «Gabriel Celaya» es seudónimo de Rafael Múgica.
5. La generación del 50: la experiencia y el conocimiento
Hacia 1955-1960, un grupo de poetas nacidos en torno a 1925-1930 —los «niños de la guerra», la misma generación del medio siglo que en la novela— supera la poesía social sin renunciar del todo a su fondo ético. Es la generación del 50 (o del medio siglo). Comparten el rechazo del panfleto y de la retórica social, y buscan una poesía más personal, del conocimiento y de la experiencia: parten de la vida propia (la infancia, el amor, el tiempo, la ciudad) para reflexionar sobre la condición humana, con un lenguaje elaborado aunque de apariencia coloquial, tono reflexivo, distancia e ironía.
El grupo recibe varios nombres, que conviene conocer: «generación del 50» o «del medio siglo» (por la fecha en que empiezan a publicar), «segunda generación de posguerra» (tras la de los años cuarenta) o «promoción del 60» (por la década de su plenitud). Todos designan a los mismos poetas, nacidos hacia 1925-1930. Se los ha llamado también «los niños de la guerra», porque la vivieron en la infancia: esa experiencia temprana del horror, y luego del gris franquismo, marca su tono desengañado y su rechazo, a la vez, del triunfalismo del régimen y de la ingenuidad revolucionaria.
Su figura más influyente es Jaime Gil de Biedma (1929-1990), maestro del tono conversacional y de la reflexión moral e irónica sobre la propia vida. Escribió poco y con exigencia extrema: Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) y los brevísimos Poemas póstumos (1968), que incluyen el celebérrimo «No volveré a ser joven». Reunió toda su obra —apenas un centenar de poemas— bajo el título Las personas del verbo (1975), tras el cual prácticamente dejó de escribir.
📖 «Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde…» — Jaime Gil de Biedma, «No volveré a ser joven» (Poemas póstumos). Dos versos que condensan la poética de toda su generación: la mirada desengañada y lúcida sobre el paso del tiempo y sobre la propia experiencia.
La poesía de Gil de Biedma es aparentemente sencilla —parece que un hombre habla, sin más—, pero está construida con un arte extremo: cada poema es una escena, una confesión, una reflexión sobre el amor, el tiempo o la propia identidad, dicha con la naturalidad de la conversación y la precisión de un orfebre. Bajo la ironía y la elegancia late siempre una honda melancolía. Su magisterio sobre la poesía posterior —sobre todo sobre la «poesía de la experiencia» de los años ochenta— ha sido enorme: casi toda la poesía española reciente desciende, de un modo u otro, de él.
Sus grandes temas son el paso del tiempo y la pérdida de la juventud, el amor (vivido con lucidez y desencanto), la ciudad de Barcelona y la propia identidad —hasta el punto de crear un «personaje» llamado Jaime Gil de Biedma, distinto del hombre real—. Su poesía es una larga reflexión, irónica y melancólica, sobre lo que significa vivir y envejecer. Nadie ha dicho con más elegancia y verdad el desencanto de una generación y de una edad: por eso «No volveré a ser joven» se ha convertido en uno de los poemas más citados de la lengua.
Junto a él brillan otros nombres mayores. Ángel González (1925-2008), de ironía tierna y crítica desde el yo cotidiano (Áspero mundo, 1956; Tratado de urbanismo, 1967). Claudio Rodríguez (1934-1999), de una deslumbrante poesía casi mística de la contemplación, que escribió con solo diecinueve años una obra maestra, Don de la ebriedad (Premio Adonáis de 1953). José Ángel Valente (1929-2000), que evolucionó hacia una honda «poesía del silencio», metafísica y esencial (A modo de esperanza, 1955). Y Francisco Brines (1932-2021), de tono elegíaco, meditación sobre el tiempo y la caducidad (Las brasas, 1960; Premio Cervantes en 2020).
Detengámonos en Ángel González, uno de los más queridos de la generación: su poesía une la crítica social y política (heredada de los cincuenta) con la ironía, la ternura y el humor, y con una mirada desengañada sobre el amor y el tiempo. Bajo la aparente sencillez y el tono coloquial, esconde un arte sutilísimo del doble sentido y de la sorpresa final. Fue, además, un maestro reconocido para los poetas posteriores. Su obra prueba que se podía ser comprometido sin caer en el panfleto, y emotivo sin caer en el sentimentalismo.
📖 «Siempre la claridad viene del cielo…» — arranque de Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez. Un verso luminoso que abre uno de los libros más asombrosos de la poesía española del siglo, escrito por su autor cuando aún era casi un adolescente.
Estos poetas exploraron caminos muy diversos dentro de una misma exigencia. Claudio Rodríguez hizo una poesía de la contemplación extasiada, casi panteísta, de una intensidad verbal deslumbrante. Valente se adentró en una poesía cada vez más desnuda y metafísica, en busca de lo esencial y lo inefable (la «poesía del silencio», que influirá en las generaciones siguientes). Y Brines cultivó una elegía serena sobre la fugacidad de la vida y del placer. Junto a la ironía moral de Gil de Biedma y de Ángel González, componen un abanico de voces de altísimo nivel, unidas por el rechazo del panfleto y por la fidelidad al poema como forma de conocimiento.
El caso de Valente anuncia ya el futuro: su evolución hacia una poesía esencial y metafísica, cada vez más despojada y atenta al misterio del lenguaje y de lo sagrado, fundó la «poesía del silencio» que florecería en las décadas siguientes. Valente sostenía que el poema no expresa un conocimiento previo, sino que es él mismo un acto de conocimiento, una exploración de lo desconocido. Su obra, exigente y honda, es una de las más influyentes de la segunda mitad del siglo, y prueba la fecundidad de aquella generación, capaz de dar a la vez la ironía de Gil de Biedma y el misticismo de Valente.
A ellos se suman José Manuel Caballero Bonald (de lenguaje denso y barroco; Premio Cervantes en 2012), Carlos Barral —editor decisivo, en torno a quien se formó la «Escuela de Barcelona»—, José Agustín Goytisolo y otros. Fue una generación de altísimo nivel, que devolvió a la poesía española la hondura y la exigencia formal, y cuyo magisterio pesaría de modo decisivo en la poesía posterior.
La generación del 50 comparte, en efecto, unos rasgos: la superación del prosaísmo social hacia un lenguaje más cuidado; el inconformismo ético y político (casi todos fueron de izquierda), pero expresado con distancia e ironía en lugar de con proclamas; la centralidad de la experiencia personal (la infancia, el amor, el paso del tiempo, la ciudad) como materia de reflexión; y una honda conciencia del oficio y de la tradición (leyeron a los clásicos, al 27, a la poesía europea). Fue, seguramente, la generación poética más equilibrada y de mayor influencia de toda la posguerra.
Otras voces enriquecen el grupo. José Manuel Caballero Bonald (1926-2021) cultivó una poesía de lenguaje denso y barroco, de raíz andaluza y honda meditación moral (Premio Cervantes en 2012). Y, aunque a veces se los sitúa aparte, cabe recordar también a poetas como Gloria Fuertes —de tono coloquial, irónico y popular, muy leída y querida— o a Ángel Crespo. La generación del 50 fue, en suma, un conjunto amplio y diverso, unido menos por un programa que por una época, una edad y una alta idea de la poesía.
Dentro de la generación se distingue a veces la «Escuela de Barcelona», formada por Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo, unidos por la amistad, la ciudad, la burguesía culta de la que procedían y un mismo magisterio (el de la poesía europea y el de Machado y Cernuda). Barral fue, además, un editor capital —desde Seix Barral— para la difusión de la poesía y de la novela del momento (el boom hispanoamericano, tema 67). La generación del 50 tuvo, así, en Barcelona uno de sus grandes focos, junto al de Madrid.
🔎 Precisiones que el tribunal agradece. Las personas del verbo (1975) no es un poemario nuevo, sino la poesía reunida de Gil de Biedma. Áspero mundo (1956) fue accésit del Adonáis, no ganador. Y la «poesía de la experiencia» de esta generación no debe confundirse con el movimiento homónimo de los años ochenta (García Montero), que la tomará como modelo.
La generación del 50 es, para muchos, la cumbre de la poesía española de posguerra: superó el prosaísmo social sin renunciar a la conciencia moral, y devolvió a la lírica la hondura, la ironía y el cuidado del lenguaje. Su influencia sobre la poesía posterior —los novísimos primero reaccionaron contra ella, pero la poesía de la experiencia la reivindicó como modelo— la convierte en el eje de toda la segunda mitad del siglo. Leer a Gil de Biedma o a Claudio Rodríguez es, todavía hoy, una de las mejores puertas de entrada a la poesía contemporánea.
Un último rasgo distingue a la generación del 50: su relación consciente y lúcida con la tradición. A diferencia de los sociales, que a veces despreciaron la forma, estos poetas fueron grandes lectores —de los clásicos españoles, del 27, de la poesía europea y anglosajona (Eliot, Auden)— y trasladaron a su obra esa cultura sin pedantería, integrada en la experiencia. Concibieron el poema como un objeto trabajado, en el que nada es casual. Esa alianza de emoción, pensamiento y oficio explica que su poesía haya envejecido tan bien y siga siendo hoy un modelo.
6. Los novísimos (1970)
En 1970, una nueva generación irrumpe con una ruptura radical. El crítico José María Castellet la presentó en una antología decisiva y polémica, Nueve novísimos poetas españoles (1970), que da nombre al grupo. Los «novísimos» (también llamados «generación del 68» o «del 70») rompen tanto con la poesía social —a la que consideran agotada y prosaica— como con el realismo, y vuelven la mirada al esteticismo, a la vanguardia y a la cultura.
Los novísimos son la primera generación que no vivió la Guerra Civil (habían nacido durante o después de ella) y que se formó ya en una sociedad de consumo y de medios de masas, más abierta al exterior. De ahí su desdén por la memoria de la guerra y por la poesía social —que les parecía un arte del pasado, pobre y provinciano— y su vuelta a la cultura, a la vanguardia y a Europa. Se los ha llamado también «generación del lenguaje», porque para ellos el poema es, ante todo, un artefacto verbal, autónomo, sin más finalidad que la belleza y la exploración del idioma.
6.1. La antología y sus nueve poetas
Los nueve antologados fueron Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, José María Álvarez (los tres mayores, que Castellet llamó «los seniors»), y Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero (los seis más jóvenes, «la coqueluche»). Ana María Moix fue la única mujer de la antología.
El nombre «novísimos» procede del propio título de Castellet, y ha hecho fortuna, pero se usan también otros: «generación del 68», «generación del 70» o «los venecianos» (por su gusto veneciano y decadente). Conviene saber que la antología fue polémica y parcial —dejó fuera a poetas notables y respondía a una determinada idea de la poesía—, pero acertó a nombrar un cambio real de sensibilidad, y fijó para siempre la etiqueta con que se conoce a esta generación.
Conviene recordar que la nómina de Castellet fue selectiva: quedaron fuera poetas de la misma generación y sensibilidad —Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena, Jenaro Talens, Jaime Siles— que hoy se estudian junto a los novísimos o como su prolongación. La antología, más que un censo, fue una propuesta crítica, la de un determinado modo de entender la nueva poesía. Por eso conviene manejar la lista de «los nueve» con conciencia de que la generación fue, en realidad, más amplia.
Entre los antologados hay figuras que luego serían más conocidas por otros géneros: Manuel Vázquez Montalbán (que sería el gran novelista de la novela negra, tema 66), Félix de Azúa y Vicente Molina Foix (novelistas y ensayistas), Leopoldo María Panero (poeta maldito, de vida trágica). Es un rasgo de la época: la porosidad entre los géneros y la condición de intelectuales «totales» de muchos de estos autores. Pero en 1970 todos ellos compartían una misma apuesta por una poesía nueva, culta y rupturista, que rompía con veinte años de realismo.
6.2. Los rasgos y las figuras mayores
Los novísimos comparten unos rasgos inconfundibles: el culturalismo (una densa red de referencias a la mitología, el arte, la música, el cine, las ciudades y los personajes históricos, con citas y a veces en otras lenguas); el «venecianismo» (el gusto por la belleza decadente y suntuosa, la Venecia crepuscular, el esteticismo fin de siglo); la incorporación de la cultura de masas (el cine, el cómic, la publicidad); las técnicas de vanguardia (el collage, la escritura automática, el surrealismo); y una radical autonomía del arte frente a cualquier utilidad social.
Su figura más emblemática es Pere Gimferrer, que con solo veintiún años obtuvo el Premio Nacional de Poesía (1966) por Arde el mar, cima del culturalismo y del venecianismo; poco después pasaría a escribir en catalán. A su lado, Guillermo Carnero (Dibujo de la muerte, 1967), de culturalismo intelectual y metapoético, y Antonio Colinas prolongarían esa vena. Los novísimos abrieron la poesía española a Europa y a la modernidad, y marcaron el fin del predominio del realismo social.
Sus influencias son cosmopolitas y variadas: los simbolistas franceses (Mallarmé, Rimbaud), los poetas malditos, las vanguardias (el surrealismo), el modernismo hispanoamericano, y también la cultura pop del momento (el cine, la música, el cómic, la publicidad). Mezclan sin complejos la alta cultura y la de masas, la cita erudita y el eslogan, en un collage deliberado. Frente a la España cerrada de la posguerra, los novísimos son la primera generación plenamente europea y contemporánea, en sintonía con la modernidad internacional. Su ruptura fue, también, una forma de libertad.
Un rasgo intelectual de los novísimos es la metapoesía: muchos de sus poemas hablan de la poesía misma, del acto de escribir y del lenguaje, en una reflexión que es a la vez creación y crítica. Guillermo Carnero es su gran cultivador, y su obra —culta, fría, autoconsciente— lleva al extremo esa dimensión especulativa. Es una poesía «para iniciados», exigente y a veces hermética, que reclama un lector culto capaz de reconocer sus alusiones. En ello se ve, una vez más, su ruptura con la poesía social, que quería llegar a la «inmensa mayoría»: los novísimos escriben, deliberadamente, para una minoría.
El éxito de los novísimos fue fulgurante, pero también suscitó pronto la reacción: ya en los años setenta, muchos de ellos evolucionaron hacia formas más sobrias, y la crítica les reprochó a veces el exceso de culturalismo y una cierta frialdad. Con todo, su aportación fue decisiva: renovaron el lenguaje poético, ampliaron sus referencias y devolvieron a la poesía española la ambición estética y la conexión con la modernidad europea. Sin ellos no se entiende la variada poesía de las décadas siguientes, que en buena parte nace como respuesta —a favor o en contra— a su ejemplo.
En perspectiva, los novísimos representan el fin de la posguerra poética y el comienzo de la poesía contemporánea propiamente dicha: con ellos, la lírica española se despide definitivamente del realismo social y de la obsesión por España, y se incorpora, sin complejos, a la modernidad internacional. Su culturalismo pudo ser excesivo, y su hermetismo, limitante; pero su libertad y su ambición reabrieron el horizonte de la poesía española y prepararon la rica pluralidad de las décadas siguientes. Fueron, a su manera, una revolución.
🔎 Precisiones que el tribunal vigila. La antología es de 1970 (Castellet). Arde el mar es de Gimferrer, 1966. Y cuidado con dos homónimos: Leopoldo María Panero (novísimo) es hijo del poeta Leopoldo Panero (de la generación del 36, arraigada); y Ana María Moix (la poeta novísima) no debe confundirse con su hermano Terenci Moix (novelista, no antologado).
7. La poesía desde 1975: la experiencia y la pluralidad
Con la llegada de la democracia, la poesía española se abre a una gran pluralidad de tendencias, sin una escuela hegemónica. Pero de entre todas descuella, como corriente dominante de los años ochenta y noventa, la llamada «poesía de la experiencia», que devuelve al primer plano una poesía figurativa y realista, cercana al lector.
7.1. La poesía de la experiencia
La poesía de la experiencia es de tono coloquial y conversacional, de escenarios urbanos y cotidianos, estructura narrativa, un «yo» dramatizado, ironía y emoción contenida. Se declara heredera de Cernuda y, sobre todo, de Jaime Gil de Biedma y la generación del 50 (el marbete procede del ensayo The Poetry of Experience, de Robert Langbaum, 1957). Su figura central es Luis García Montero (n. 1958), cuyo libro Habitaciones separadas (1994) obtuvo el Premio Nacional de Poesía (en 1995). El movimiento había nacido en Granada, hacia 1983, como «la otra sentimentalidad» (con García Montero, Javier Egea y Álvaro Salvador), que entendía los sentimientos como una construcción histórica, no natural, y recuperaba a Machado, a Gil de Biedma y a Alberti.
La poesía de la experiencia conectó con un público amplio y devolvió a la lírica lectores que la habían abandonado, gracias a su claridad, su emoción y su cercanía a la vida cotidiana. Sus temas son los de siempre —el amor, el paso del tiempo, la ciudad, la memoria—, tratados con un tono de confidencia y una ironía que evita el sentimentalismo. Se la ha acusado, en cambio, de cierta facilidad y de un realismo poco ambicioso; pero, en sus mejores representantes, alcanza una hondura y una perfección notables. Es, sin duda, la corriente más influyente de la poesía española de fin de siglo.
García Montero ha explicado su poética como una manera de «normalizar» la poesía: sacarla de la torre de marfil de los novísimos y devolverla a la vida común, a las calles, a los sentimientos de la gente corriente, sin renunciar a la calidad. Su poesía habla del amor, de la ciudad moderna, del compromiso cívico, con un tono coloquial y una emoción contenida heredados de Gil de Biedma y de Cernuda. Ha sido, además, un activo animador cultural. Su enorme influencia explica que la poesía de la experiencia dominara el panorama durante dos décadas.
7.2. Las otras tendencias
Junto a la experiencia, y a menudo enfrentadas a ella, conviven muchas otras vías:
- La poesía del silencio (o neopurismo): metafísica y minimalista, que adelgaza la palabra hasta lo esencial y desconfía del lenguaje, heredera de Juan Ramón, del misticismo y del último Valente (Andrés Sánchez Robayna, Jaime Siles, Clara Janés, Amparo Amorós).
- El culturalismo y el clasicismo, prolongación depurada de los novísimos: Antonio Colinas (Sepulcro en Tarquinia, 1975), Luis Antonio de Villena.
- La poesía metafísica y elegíaca, de meditación sobre el tiempo y la muerte, con raíz en la generación del 50: Francisco Brines (La última costa, 1995), Antonio Gamoneda (Libro del frío, 1992), Caballero Bonald.
- La «poesía de la diferencia», reacción cordobesa de comienzos de los noventa contra el predominio de la experiencia, que reivindica la pluralidad y una poesía más visionaria.
La poesía del silencio merece un apunte, por su radicalidad. Frente a la charla de la experiencia, propone una poesía despojada hasta el hueso, que desconfía de las palabras y busca, en el silencio y en el vacío, lo que el lenguaje no puede decir. Su maestro es el último Valente, y su raíz, la poesía «pura» de Juan Ramón y la mística de San Juan de la Cruz. Es una poesía difícil y minoritaria, casi religiosa en su exigencia, que representa el polo opuesto —el del hermetismo esencial— frente al realismo comunicativo de la experiencia. Entre ambos extremos se despliega toda la poesía actual.
A comienzos de los años ochenta hubo también un breve pero intenso neosurrealismo —a veces llamado de los «postnovísimos»—, que recuperó la imagen irracional y el lenguaje visionario, con notable presencia femenina: su libro emblemático es De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall (1980), de Blanca Andreu, de título ya elocuente. Fue una reacción contra el prosaísmo realista y una vuelta al deslumbramiento verbal de la vanguardia. Aunque efímero como escuela, dejó algunos libros memorables y confirmó que, en la poesía de la democracia, ninguna tendencia lograría imponerse sobre las demás.
Mención aparte merece Antonio Gamoneda (n. 1931), una voz inclasificable y tardíamente reconocida: su poesía, densa, sombría y visionaria, ajena a todas las escuelas, indaga en la memoria, el dolor y la muerte con un lenguaje de gran fuerza (Descripción de la mentira, Libro del frío, 1992). Recibió el Premio Cervantes en 2006. Su caso —el de un gran poeta que trabajó durante décadas al margen de las modas y los grupos— recuerda que la mejor poesía escapa a menudo a las etiquetas con que la crítica ordena su historia.
El culturalismo de los novísimos no desapareció con ellos: se prolongó, más sereno y clásico, en poetas como Antonio Colinas, cuyo Sepulcro en Tarquinia (1975) es una de las cimas de esa vena —una meditación sobre la belleza, la muerte y la historia, de verso amplio y musical, poblada de referencias a la Antigüedad y al arte—. Junto a él, Luis Antonio de Villena y otros mantuvieron viva la tradición esteticista. Es una poesía culta y decantada, que dialoga con los clásicos y con la tradición europea, en el polo opuesto al realismo cotidiano de la experiencia.
Estas tendencias no convivieron siempre en paz: a mediados de los años noventa estalló una sonada polémica entre los partidarios de la poesía de la experiencia (con García Montero a la cabeza) y los de la poesía de la diferencia, que denunciaban su predominio y reclamaban una lírica más imaginativa y plural. El debate —a veces más ruidoso que fecundo— reflejaba una verdad: que la poesía de la democracia es un territorio diverso y sin dueño, donde caben el realismo y el hermetismo, la claridad y el silencio, la emoción y el experimento.
Es también decisiva la consolidación de la voz femenina, que ocupa por fin el primer plano: el neosurrealismo de Blanca Andreu (De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, Premio Adonáis de 1980), el erotismo culturalista de Ana Rossetti (Devocionario, 1985), y la poesía del pensamiento de Chantal Maillard (Matar a Platón, Premio Nacional de 2004) o de Olvido García Valdés (Premio Nacional de 2007), entre otras muchas.
La «poesía de la diferencia», surgida en Córdoba a comienzos de los noventa, reunió a poetas que se sentían marginados por el predominio de la experiencia y reclamaban una lírica más imaginativa, visionaria y plural. Más allá de la polémica —a veces teñida de rivalidades de grupo—, su reivindicación tenía fondo: recordaba que la poesía no se agota en un solo modelo, y que la diversidad es su estado natural. El propio debate contribuyó, paradójicamente, a que la poesía española de fin de siglo fuera consciente de su riqueza y de su pluralismo.
La consolidación de la voz femenina es, quizá, el cambio más profundo de la poesía española reciente. Durante siglos, las poetas habían sido excepciones toleradas al margen del canon; desde los años ochenta, en cambio, ocupan el centro, ganan los grandes premios y renuevan los temas y las formas (el cuerpo, el deseo, la maternidad, la mirada femenina sobre el mundo). No es una «poesía de mujeres» aparte, sino poesía sin más, que ha ensanchado y enriquecido la tradición. Es uno de los signos de que la poesía, como la sociedad, ha ganado en libertad y en pluralidad.
7.3. El panorama actual
El panorama de las últimas décadas es plural y atomizado: sin canon único, conviven el realismo de la experiencia, la poesía del silencio, el neosurrealismo, la poesía del pensamiento y una masiva «poesía de las redes» (de gran éxito comercial y valor discutido), junto a jóvenes de corte más literario. El prestigio de la mejor poesía de posguerra quedó consagrado, en fin, por los grandes premios: el Cervantes reconoció a José Hierro (1998), Antonio Gamoneda (2006), Caballero Bonald (2012) y Francisco Brines (2020), entre los poetas de este arco. La poesía española llega, así, a nuestros días viva, diversa y en diálogo con toda su rica tradición.
Conviene, por último, no ver este panorama como un caos: bajo la diversidad hay una lógica. La poesía de la democracia oscila entre dos polos —el realismo comunicativo (la experiencia) y el hermetismo esencial (el silencio)—, con el culturalismo, la voz femenina y otras vías entre ambos. Es la libre convivencia de todas las tradiciones que la poesía española había ido acumulando a lo largo del siglo. Nunca hubo tanta variedad; y esa variedad, lejos de ser una debilidad, es el signo de una poesía madura y en plena libertad.
Un hilo secreto recorre toda esta historia: la creciente influencia de Luis Cernuda, el poeta del 27 más leído por las generaciones de posguerra. Su tono meditativo y elegíaco, su ironía, su mirada desengañada sobre la vida y su fusión de la emoción y el pensamiento inspiraron primero a la generación del 50 (que lo reivindicó) y después a la poesía de la experiencia. Frente a la retórica y el brillo, Cernuda enseñó una poesía de la verdad y de la experiencia, hablada casi en voz baja. Buena parte de la mejor poesía española contemporánea es, en el fondo, cernudiana.
Un fenómeno reciente y muy comentado es el de la llamada «poesía joven» difundida por las redes sociales: autores muy leídos, sobre todo por un público adolescente, cuyos libros alcanzan tiradas impensables para la poesía. Su valor literario es objeto de vivo debate —unos ven un saludable acercamiento de la poesía a nuevos lectores; otros, una banalización sentimental—. Junto a ella, y con menos ruido, escriben jóvenes poetas de corte más exigente y culto. Sea cual sea el juicio, el fenómeno prueba que la poesía sigue teniendo, en pleno siglo XXI, una insospechada capacidad de convocatoria.
El balance de este último tramo es el de una poesía viva y en libertad, que ha recuperado lectores y prestigio, y que dialoga con toda su tradición —del Siglo de Oro al 27, de la poesía social a la del silencio—. Falta la perspectiva del tiempo para juzgar qué nombres quedarán; pero la sola nómina de los grandes maestros aún recientes (Brines, Gamoneda, Caballero Bonald, García Montero) basta para afirmar que la poesía española llega al siglo XXI en un momento de notable salud. La palabra poética, tantas veces amenazada, sigue encontrando quien la escriba y quien la necesite.
🔎 Cautelas de fecha. Habitaciones separadas ganó el Premio Nacional en 1995 (en 1994 obtuvo el Loewe): no confundir. El Premio Cervantes se data por el año del fallo (se entrega el 23 de abril siguiente). Y Vicente Aleixandre ganó el Nobel (1977), no el Cervantes.
8. Aplicación didáctica
La poesía es, para muchos alumnos, el género más temido, y por eso el reto didáctico de este tema es doble: enseñar su historia y, a la vez, hacer que el poema se sienta como algo vivo y cercano. La poesía española de posguerra es idónea para lograrlo, porque habla —con emoción y a menudo con lenguaje sencillo— de la vida, del amor, del compromiso y del tiempo.
La clave está en desactivar los prejuicios: la poesía no es un jeroglífico que hay que «descifrar» buscando un mensaje oculto, sino una experiencia —de sonido, de emoción, de sentido— que se ofrece a quien la escucha. Conviene empezar por poemas accesibles y conmovedores (Miguel Hernández, la poesía de la experiencia), y solo después abordar los más complejos. Y conviene, sobre todo, que el propio profesor disfrute del poema y lo transmita: el entusiasmo se contagia, y una buena lectura vale más que cien análisis.
- Decir el poema. La lectura en voz alta y el recitado son insustituibles: la poesía es, antes que nada, sonido y ritmo. Un poema de Blas de Otero o de Gil de Biedma dicho en voz alta convence más que cualquier explicación.
- Comparar tendencias. Enfrentar tres poemas —uno desarraigado, uno social y uno de la experiencia— hace ver, mejor que nada, cómo cambia la manera de escribir de una época a otra.
- Poesía e historia. La poesía social permite trabajar la memoria democrática y el valor de la libertad; conectarla con su contexto (la censura, la dictadura) enriquece la lectura.
- Escribir poesía. Proponer la escritura de un breve poema —a la manera de la «poesía de la experiencia», sobre un episodio cotidiano— acerca el género desde dentro y desactiva el miedo.
- Poesía y canción. Muchos de estos poemas fueron musicados (Paco Ibáñez cantó a Blas de Otero y a Celaya; Serrat, a Miguel Hernández): la canción es una puerta de entrada excelente.
Es también el tema idóneo para enseñar el comentario de un poema: los textos de posguerra —de forma variada (el soneto arraigado, el versículo de la desarraigada, el verso libre de la experiencia)— permiten trabajar la métrica, las figuras, el tono y la relación entre forma y sentido. Y como muchos de ellos dialogan con la historia, el comentario se enriquece con el contexto. Aprender a comentar un poema de Blas de Otero o de Gil de Biedma es adquirir una destreza que el alumnado usará ante cualquier texto lírico.
Un proyecto especialmente fértil es el de una antología comentada: que cada alumno elija, lea en voz alta y comente el poema de posguerra que más le haya gustado, justificando su elección. La tarea combina la lectura, el análisis, la expresión oral y el gusto personal, y suele revelar que hay un poema —de Miguel Hernández, de Blas de Otero, de Gil de Biedma, de García Montero— para cada sensibilidad. También el recital colectivo, o la musicación de un poema, convierten el estudio en una experiencia memorable.
La evaluación será competencial: situar un poema en su tendencia, reconocer sus rasgos e interpretar su sentido y su forma. Y el tema ofrece una gran educación en valores —el compromiso, la libertad, la empatía— y en sensibilidad estética. Enseñar bien esta poesía es regalar al alumnado un puñado de poemas para toda la vida.
9. Conclusión
La poesía española a partir de 1940 es la historia de una sucesión de tendencias que se relevan al compás de la historia del país. Tras el corte de la Guerra Civil, la lírica se rehízo por etapas: la angustia existencial de la poesía desarraigada de los años cuarenta (con Hijos de la ira como hito), el compromiso de la poesía social de los cincuenta (Blas de Otero, Celaya, Hierro), la experiencia y el conocimiento de la generación del 50 (Gil de Biedma, Ángel González, Claudio Rodríguez), el esteticismo culturalista de los novísimos (1970) y, con la democracia, el triunfo de la «poesía de la experiencia» y de una gran pluralidad.
Conviene retener el mapa con sus hitos: años 40, Hijos de la ira (Dámaso Alonso, 1944); años 50, Pido la paz y la palabra (Blas de Otero, 1955) y Cantos iberos (Celaya, 1955); generación del 50, Moralidades (Gil de Biedma, 1966) y Don de la ebriedad (Claudio Rodríguez, 1953); novísimos, Nueve novísimos poetas españoles (Castellet, 1970) y Arde el mar (Gimferrer, 1966); desde 1975, Habitaciones separadas (García Montero, 1994). Con esa media docena de obras y fechas se domina la columna vertebral del tema.
Ese recorrido no es un mero catálogo de escuelas: es el reflejo, en la manera de escribir poesía, de lo que España fue viviendo —la posguerra, el compromiso, el desencanto, la libertad—. La poesía fue, en cada etapa, conciencia y voz del país: grito existencial, arma social, indagación en la propia vida y, al fin, palabra libre. Y en ese camino dejó algunos de los poemas más hermosos y necesarios de la lengua española del siglo XX.
De todo el período emergen, además, unos cuantos nombres mayores —Dámaso Alonso, Blas de Otero, Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Pere Gimferrer, Luis García Montero— y unas cuantas obras imprescindibles que todo opositor debe saber situar con precisión de fecha y de tendencia. A ordenarlos se ha dedicado este tema, en la convicción de que la poesía de posguerra es uno de los capítulos más vivos y conmovedores de la literatura española contemporánea.
Y encierra una lección última: que la poesía, aun en los tiempos más oscuros —la censura, la miseria, la falta de libertad—, no calla. Al contrario: en la posguerra española, la poesía fue a menudo la voz que dijo lo que nadie más podía decir, el consuelo de los vencidos y la conciencia despierta de un país. Enseñarla es, por eso, enseñar también el valor de la palabra libre. Esa es, quizá, la mejor razón para amar y transmitir la poesía española de estos años.
Esquema
LA POESÍA ESPAÑOLA A PARTIR DE 1940
│
├─ 0. IDEA: poesía marcada por la HISTORIA (corte de 1939). VAIVÉN humano/social <-> estético,
│ igual que la novela (tema 66)
│
├─ 1. CURRÍCULO (RD 243/2022, LCL II, cotejado en el BOE): ejes 2 (guerra civil, exilio y dictadura)
│ y 3 (contemporánea). El RD NO nombra autores (eso es autonómico/PAU)
│
├─ 2. MARCO: censura, exilio (JRJ Nobel 1956, Machado, Cernuda, Alberti, Guillén); revistas y premios
│ (Adonáis). Periodización paralela a la novela
│
├─ 3. AÑOS 40 (Dámaso Alonso, 1952): ARRAIGADA (rev. Garcilaso 1943; Rosales "La casa encendida" 1949,
│ Panero, Vivanco, Ridruejo; serena, clásica, religiosa) vs DESARRAIGADA (existencial; "HIJOS DE LA
│ IRA", Dámaso Alonso 1944 + rev. Espadaña 1944). MIGUEL HERNÁNDEZ (gen. del 36, † cárcel 1942;
│ "Cancionero y romancero de ausencias" póstumo 1958, "Nanas de la cebolla")
│
├─ 4. AÑOS 50 — POESÍA SOCIAL (comunicación, "a la inmensa mayoría"): BLAS DE OTERO ("Ángel fieramente
│ humano" 1950 -> "Ancia" 1958; "Pido la paz y la palabra" 1955, "me queda la palabra") · CELAYA
│ ("Cantos iberos" 1955, "La poesía es un arma cargada de futuro"; = Rafael Múgica) · José HIERRO
│
├─ 5. GENERACIÓN DEL 50 (experiencia/conocimiento): GIL DE BIEDMA ("Moralidades" 1966, "No volveré a ser
│ joven"; "Las personas del verbo" 1975 = reunida) · Ángel GONZÁLEZ · Claudio RODRÍGUEZ ("Don de la
│ ebriedad", Adonáis 1953) · VALENTE (poesía del silencio) · BRINES (Cervantes 2020)
│
├─ 6. NOVÍSIMOS (1970): antología de CASTELLET "Nueve novísimos poetas españoles". Culturalismo,
│ VENECIANISMO, cultura de masas, vanguardia. GIMFERRER ("Arde el mar" 1966, luego catalán), Carnero.
│ ⚠ L.M. Panero (novísimo) = HIJO de Leopoldo Panero (36)
│
├─ 7. DESDE 1975: POESÍA DE LA EXPERIENCIA (GARCÍA MONTERO "Habitaciones separadas" 1994/Nac. 1995;
│ "la otra sentimentalidad", Granada 1983) · poesía del SILENCIO (Valente) · culturalismo (Colinas) ·
│ metafísica (Gamoneda, Cervantes 2006) · voz femenina (Rossetti, Maillard) · poesía de las redes
│
├─ 8. DIDÁCTICA: DECIR el poema; comparar tendencias; poesía e historia (memoria); poesía y canción
└─ 9. CONCLUSIÓN: la poesía como CONCIENCIA y VOZ del país, tendencia a tendencia
Bibliografía
- Real Decreto 243/2022, de 5 de abril, por el que se establecen la ordenación y las enseñanzas mínimas del Bachillerato (BOE-A-2022-5521): saberes básicos de Lengua Castellana y Literatura II.
- ALONSO, D., Poetas españoles contemporáneos, Madrid, Gredos (la distinción arraigada/desarraigada).
- GARCÍA DE LA CONCHA, V., La poesía española de 1935 a 1975, Madrid, Cátedra.
- RUBIO, F. y FALCÓ, J. L., Poesía española contemporánea (1939-1980), Madrid, Alhambra.
- CASTELLET, J. M.ª, Nueve novísimos poetas españoles, Barcelona, Barral (antología, 1970).
- BOUSOÑO, C., Teoría de la expresión poética, Madrid, Gredos.
- Ediciones de Cátedra (Letras Hispánicas) de Hijos de la ira, Pido la paz y la palabra y antologías de la poesía de posguerra.
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