Tema 56 · Lengua Castellana y Literatura
Formas originarias del ensayo literario. Evolución en los siglos XVIII y XIX. El ensayo en el siglo XX
Epígrafe oficial: Formas originarias del ensayo literario. Evolución en los siglos XVIII y XIX. El ensayo en el siglo XX.
Tema desarrollado siguiendo la estructura habitual de la oposición. La información es orientativa: verifica siempre el temario oficial, la normativa y el currículo vigentes en tu convocatoria y tu comunidad autónoma.
Índice
- 0. Introducción: el género que piensa en voz alta
- 1. Relación con el currículo
- 2. Formas originarias y teoría del género
- 3. La evolución en el siglo XVIII: el ensayo ilustrado
- 4. La evolución en el siglo XIX: el artículo y el problema de España
- 5. El ensayo en el siglo XX (I): el 98 y Ortega
- 6. El ensayo en el siglo XX (II): Zambrano, el exilio y la actualidad
- 7. Balance y proyección
- 8. Aplicación didáctica
- 9. Conclusión
- Esquema
- Bibliografía
0. Introducción: el género que piensa en voz alta
Si la novela cuenta el mundo y la lírica canta el yo, el ensayo lo piensa en voz alta, sin sistema y sin coartada. Es el género de la libertad intelectual y del yo que reflexiona: prosa de ideas, subjetiva, asistemática y de tema libre, escrita con voluntad de estilo, que se sitúa a medio camino entre el discurso científico-filosófico y la literatura. Su definición más feliz la dio Ortega y Gasset en 1914, y vale como hilo de todo el tema: «el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita». El ensayo tiene el rigor de fondo de la ciencia, pero renuncia a su aparato demostrativo: no demuestra, ensaya; no agota la materia, propone una perspectiva.
Conviene fijar de entrada un matiz que recorre el tema: el rasgo diferencial del ensayo no es la brevedad, sino la ausencia de voluntad de sistema y de exhaustividad. Un ensayo puede ser un libro entero (los de Ortega o Unamuno lo son); un tratado, en cambio, aunque sea breve, aspira a agotar y demostrar su asunto. Este tema recorre la historia de ese género —sus formas originarias y su evolución del siglo XVIII al XX—, con una tesis de fondo: en España el ensayo fue, sobre todo, el cauce del espíritu crítico, el instrumento con que el país se pensó a sí mismo, del «desengaño de errores comunes» de Feijoo al «problema de España» de Larra, del 98 y de Ortega.
1. Relación con el currículo
Este tema tiene una particularidad que lo distingue de casi todos los del bloque histórico: su objeto sí está nombrado en el currículo LOMLOE de Lengua Castellana y Literatura. Verificado en el texto del BOE (RD 217/2022, de ESO, y RD 243/2022, de Bachillerato): mientras que los autores (Larra, Unamuno, Ortega…) no aparecen en el articulado de Lengua Castellana, la palabra «ensayo» sí lo hace, y de dos maneras complementarias que son el mejor anclaje posible:
- Como género que se lee: entre las propuestas de lectura guiada de Bachillerato se incluye expresamente el «ensayo literario» (junto a «formas actuales de producción»). Es decir, el decreto pide leer ensayo literario, que es exactamente el objeto de este tema.
- Como tipo de texto que se produce: el currículo integra el «ensayo» entre los géneros académicos (con la disertación, el informe o el comentario crítico) y contempla la «indagación, lectura y producción de ensayo relacionado con las obras leídas», o su concreción «en una exposición oral, un ensayo o una presentación multimodal».
El tema, por tanto, no necesita buscar su anclaje: es el anclaje. Ofrece los modelos históricos (de Montaigne a Ortega) de un género que el alumnado de Bachillerato debe aprender a leer y a escribir, y enlaza de modo natural con la argumentación (tema 30) y con la escritura como proceso (tema 32). Es la ocasión de enseñar el pensamiento crítico practicándolo.
🔎 Un matiz de precisión: de las apariciones de «ensayo» en el currículo, una no cuenta como género —la de «planificación, producción, ensayo y revisión», donde «ensayo» significa borrador del proceso de escritura—. Las demás sí remiten al género literario y académico.
2. Formas originarias y teoría del género
2.1. Qué es (y qué no es) un ensayo
El ensayo se define mejor por oposición a sus géneros vecinos. Frente al TRATADO —sistemático, exhaustivo, impersonal y provisto de aparato probatorio, que agota y demuestra la materia—, el ensayo es parcial, digresivo, subjetivo y no exhaustivo. Y frente al ARTÍCULO periodístico —breve y ligado a la actualidad—, el ensayo tiene mayor aliento reflexivo, aunque en el XIX ambos lleguen a confundirse. El tratado «demuestra»; el ensayo «ensaya», es decir, tantea.
2.2. Las formas originarias
La prosa reflexiva es antiquísima; lo moderno es constituirla en un género con nombre propio. Sus formas originarias o antecedentes son clásicos: el DIÁLOGO filosófico (Platón; Cicerón, con el De oratore y las Tusculanae disputationes); la EPÍSTOLA moral (sobre todo las Epístolas morales a Lucilio de Séneca, y las Epístolas de Horacio, entre ellas la Epístola a los Pisones o Arte poética); el DISCURSO, la miscelánea y el aforismo o sentencia. Fuente capital de Montaigne fue Plutarco (las Moralia, leídas en la traducción de Amyot).
De todas esas formas, la más cercana al ensayo es la epístola moral. Cuando Séneca escribe a Lucilio sobre la brevedad de la vida o el buen uso del tiempo, hace ya lo que hará el ensayista: reflexionar en primera persona, con libertad de asunto y sin pretensión de sistema, sobre lo que le preocupa como hombre. Por eso el propio Bacon podía llamar «ensayos» a las cartas de Séneca: la cosa —la prosa reflexiva y personal— existía mucho antes que el nombre. Lo que faltaba, y aporta Montaigne, es la conciencia de género: escribir sabiendo que se cultiva una forma nueva, con su poética propia de la digresión, la duda y el yo.
2.3. Montaigne: el nombre y el yo
El género nace, con nombre y conciencia de sí, con Michel de Montaigne (1533-1592). La primera edición de sus Essais es de 1580 (Burdeos, Millanges) y contiene solo los libros I y II; el libro III aparece en la edición de 1588 (París), y la versión póstuma definitiva es la de 1595 (preparada por Marie de Gournay sobre el «ejemplar de Burdeos» que Montaigne siguió anotando hasta su muerte). El término essai significa intento, tentativa, prueba (de essayer, «probar»): nombra una escritura abierta, tanteante y digresiva. Y su gran novedad es hacer del yo la materia del libro —«yo mismo soy la materia de mi libro», avisa al lector—, en un autorretrato guiado por un escepticismo pirrónico (la suspensión del juicio) que cifra en su divisa «Que sais-je?» («¿Qué sé yo?»), de la «Apología de Ramón Sibiuda».
El método de Montaigne es tan revolucionario como su asunto. Escribe por acumulación —vuelve una y otra vez sobre sus textos, los amplía en los márgenes, los contradice sin borrarlos—, de modo que el ensayo se convierte en el registro de un pensamiento en movimiento, no en la exposición de una verdad ya fijada. Se sabe cambiante y contradictorio —para él, el hombre es un ser «ondulante y diverso»—, y esa inconstancia confesada es su honestidad: no promete un sistema, promete una compañía. De ahí que el ensayo nazca ya con sus rasgos definitivos: la digresión como forma de pensar, la cita de los clásicos como conversación, y la primera persona como garantía —lo que se dice no vale por autoridad, sino porque alguien concreto se atreve a firmarlo—. Montaigne no escribe para convencer, sino para ensayarse: probarse a sí mismo por escrito.
🔎 Dos matices que caen en el examen. (1) «Que sais-je?» es de Montaigne, no de Descartes, y es una pregunta escéptica (pirronismo), nada que ver con la duda metódica cartesiana, muy posterior (Discurso del método, 1637). (2) En 1580 salieron solo los libros I-II; datar ahí los Essais «completos» con el libro III es error.
2.4. Bacon: el otro modelo
Casi a la vez, en Inglaterra, Francis Bacon (1561-1626) publica sus Essays —1.ª ed. de 1597 (10 ensayos), ampliada en 1612 (38) y en la definitiva de 1625 (58), titulada The Essayes or Counsels, Civill and Morall—. Nace así la otra gran vertiente del género: el ensayo inglés, breve, sentencioso, aforístico, impersonal y utilitario (consejo práctico y pública utilidad), frente al francés de Montaigne, íntimo, personal y digresivo. Son los dos moldes que recorrerán toda la historia del género.
🔎 La trampa de la prioridad. Quien acuñó el término como título de género fue Montaigne (en francés, 1580); Bacon fue el primero en usarlo en inglés (1597). El nombre del género es, pues, francés y de Montaigne. El propio Bacon lo reconoció con una fórmula memorable: «The word is late, but the thing is ancient» («la palabra es reciente, pero la cosa es antigua»), y señalaba las epístolas de Séneca a Lucilio como ensayos antes del ensayo. La influencia directa de Montaigne sobre Bacon es, además, discutida.
2.5. La teoría del género (siglo XX)
La reflexión teórica sobre el ensayo es tardía y, significativamente, obra de dos filósofos. Georg Lukács, en «Sobre la esencia y forma del ensayo. Carta a Leo Popper» (pieza inicial de El alma y las formas, 1911), reivindica el ensayo como forma artística autónoma (la crítica como arte). Y Theodor W. Adorno, en «El ensayo como forma» (al frente de sus Notas de literatura, 1958), lo defiende como forma no metódica y anti-sistemática, rebelde frente a las reglas del método cartesiano. En español, la definición canónica es la ya citada de Ortega (1914).
🔎 No cruzar los títulos: «Sobre la esencia y forma del ensayo» es de Lukács; «El ensayo como forma», de Adorno. Y conviene recordar los antecedentes hispánicos anteriores a Feijoo: la prosa didáctico-moral áurea (Guevara, Saavedra Fajardo, la Silva de varia lección de Pedro Mexía) y, sobre todo, la prosa conceptista y aforística de Gracián (el Oráculo manual, 1647).
2.6. Del ensayo al periódico: el «essay» inglés del XVIII
Entre Bacon y la Ilustración española hay un eslabón que conviene no olvidar, porque explica por dónde entró el género en España: el ensayo periodístico inglés. A comienzos del XVIII, Joseph Addison y Richard Steele convirtieron el ensayo breve en el corazón de sus revistas The Tatler (1709) y The Spectator (1711), y crearon un modelo —el ensayo moral y de costumbres, ameno y dirigido a un público amplio— que se difundió por toda Europa. De ese molde nacen la prensa ilustrada española (El Pensador de Clavijo, hijo declarado del Spectator; véase el tema 55) y, un siglo después, el artículo de costumbres de Larra. El ensayo, así, viaja del libro (Montaigne) al periódico (Addison), y con el periódico se hace popular: esa doble vida —libro de ideas y artículo de prensa— es ya la del ensayo moderno.
3. La evolución en el siglo XVIII: el ensayo ilustrado
El ensayo moderno español nace en el siglo XVIII como cauce del espíritu crítico ilustrado (el marco de este siglo se desarrolla en el tema 55; aquí interesa el género). Sus tres nombres son Feijoo, Cadalso y Jovellanos.
FEIJOO (1676-1764), benedictino, es su iniciador con el Teatro crítico universal (8 tomos, 1726-1739, más un Suplemento en 1740) y las Cartas eruditas y curiosas (5 tomos, 1742-1760): el programa lo enuncia el subtítulo, «discursos varios en todo género de materias, para desengaño de errores comunes». CADALSO (1741-1782) le da forma literaria con las Cartas marruecas, ensayo epistolar de noventa cartas sobre el perspectivismo de Gazel, Ben-Beley y Nuño (modelo: las Cartas persas de Montesquieu). Y JOVELLANOS (1744-1811) lo aplica a la reforma en informes y memorias (el Informe sobre la Ley Agraria, 1795). Los rasgos del ensayo ilustrado son: finalidad crítica y utilitaria, apoyo en la razón y la experiencia, tono didáctico, y un yo subordinado a la materia y al público.
🔎 El matiz de género, decisivo en este tema. El XVIII funda la ensayística moderna española, pero aún sin el rótulo: Feijoo no llamó «ensayos» a sus textos, sino «discursos» (el Teatro crítico) y «cartas» (las Cartas eruditas). El nombre «ensayo» como género se consolida en España mucho después, en los siglos XIX y XX (con Larra, Unamuno y Ortega). Y el ensayo ilustrado español pertenece al polo objetivo y didáctico (línea Bacon), no al introspectivo de Montaigne: es «la ciencia menos la prueba» avant la lettre, no la confesión del yo.
Hay, con todo, una excepción que anuncia el futuro. En las Noches lúgubres (véase el tema 55), Cadalso ensaya un tono subjetivo, sombrío y confesional que ya no es el de la razón ilustrada, sino el de la sensibilidad prerromántica: es la otra rama del ensayo —la de Montaigne, la del yo— asomando dentro del siglo de la reforma. El siglo XIX heredará las dos: la vertiente crítica y pública desembocará en el artículo de Larra; la íntima y doliente, en la prosa lírica y en la confesión romántica. El ensayo español entra así en el XIX con sus dos almas ya formadas.
4. La evolución en el siglo XIX: el artículo y el problema de España
4.1. Larra y el artículo
En el siglo XIX el ensayo adopta como forma dominante el ARTÍCULO periodístico-literario —breve, subjetivo, en primera persona, digresivo y de actualidad—, al calor del auge de la prensa y del Romanticismo. Su maestro absoluto es Mariano José de Larra (1809-1837), que firmaba como «Fígaro». Larra clasificó sus artículos en tres grupos —de costumbres («El castellano viejo», «Vuelva usted mañana», sátira de la desidia administrativa), políticos y literarios (crítica teatral)—, y elevó el artículo a la categoría de ensayo breve, de crítica mordaz y estilo brillantísimo. Sus artículos «de 1836», los más pesimistas, preceden a su suicidio: «El día de difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio», que recorre un Madrid convertido en camposanto («Aquí yace media España; murió de la otra media»), y «La Nochebuena de 1836», donde su criado borracho le somete a un implacable examen de conciencia.
Larra es el primer intelectual moderno español: el escritor que, desde el periódico, ejerce la crítica de su sociedad con una libertad y una lucidez nuevas. Su artículo es un ensayo en miniatura —tesis, desarrollo, ironía, cierre— y su estilo, de una modernidad asombrosa: la frase ágil, el sarcasmo, la escena costumbrista al servicio de una idea. «Vuelva usted mañana», donde un extranjero se estrella durante meses contra la pereza de las oficinas españolas, sigue leyéndose hoy como una sátira vigente de la burocracia; y su fondo es amargo: bajo la comicidad late el diagnóstico de un país que no se moderniza. En Larra, el ensayo español encuentra por primera vez su gran asunto —España como problema— y su tono más eficaz: reír para no llorar, y hacer pensar riendo.
🔎 Dos precisiones. (1) Larra murió el 13 de febrero de 1837 (suicidio de un disparo, a los 27 años), no en 1836: el error lo induce el título de sus artículos más célebres. (2) No cruzar los seudónimos: Larra = «Fígaro»; Mesonero Romanos = «El Curioso Parlante»; Estébanez Calderón = «El Solitario».
4.2. El costumbrismo
Junto al artículo crítico de Larra florece el artículo de costumbres descriptivo, un ensayo breve que esboza tipos y usos sociales. Sus dos maestros, más amables y nostálgicos que críticos, son Ramón de Mesonero Romanos (Escenas matritenses, la vida de Madrid) y Serafín Estébanez Calderón (Escenas andaluzas, 1847, el color meridional). Son, pues, dos líneas: la reformista de Larra frente a la descriptiva de Mesonero y Estébanez.
4.3. El ensayo de ideas: krausismo y regeneracionismo
En la segunda mitad del siglo, el ensayo se hace vehículo de la reforma intelectual y educativa del país. El KRAUSISMO —la filosofía de Krause introducida por Sanz del Río— cristaliza en la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos en 1876, motor de un ensayo educativo y regenerador. Y el REGENERACIONISMO alumbra el gran tema del ensayo español contemporáneo: el «problema de España». Ángel Ganivet lo diagnostica como «abulia» nacional en su Idearium español (1897), y Joaquín Costa lo combate con su programa de «escuela y despensa» y su célebre «doble llave al sepulcro del Cid» —cerrar la gloria militar del pasado para europeizar España—.
🔎 Trampas. La ILE la fundó Giner en 1876, no Sanz del Río (muerto en 1869). El Idearium es de 1897, no de 1898; Ganivet es precursor del 98, no miembro (murió en Riga en 1898). Y Costa es regeneracionista, de la generación anterior, no del 98. Frente a este ensayo breve, la crítica erudita de Menéndez Pelayo (Historia de los heterodoxos españoles, 1880-1882) son tratados, no artículos.
5. El ensayo en el siglo XX (I): el 98 y Ortega
El siglo XX es la gran época del ensayo español, dentro de la Edad de Plata (1902-1939). Y conviene separar con nitidez dos hornadas que suelen confundirse: la Generación del 98 y la Generación del 14 o Novecentismo, la de Ortega.
5.1. El ensayo del 98
Para el 98, el ensayo fue el género predilecto y el cauce de su angustia y de su preocupación por España. Miguel de Unamuno es su cima. En En torno al casticismo (cinco ensayos de 1895) acuña la «intrahistoria» —la vida callada y permanente del pueblo, la «tradición eterna», bajo el oleaje ruidoso de los sucesos que llenan los libros de historia—, idea con la que resuelve a su modo el «problema de España»: la salvación no está en el pasado glorioso, sino en el fondo silencioso de lo cotidiano. En Del sentimiento trágico de la vida (1913), su obra mayor, libra la «agonía» —lucha, en su sentido etimológico— entre la razón, que niega la inmortalidad, y el ansia de no morir del «hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere —sobre todo muere—». Y en Vida de Don Quijote y Sancho (1905) relee el Quijote como un evangelio laico del «quijotismo», la fe en el ideal contra toda cordura. El ensayo de Unamuno no es sereno como el de Ortega: es contradictorio, paradójico y apasionado, porque para él pensar es debatirse, no demostrar.
Azorín (José Martínez Ruiz), que consagró el rótulo «generación del 98» (en unos artículos de 1913), fija en Castilla (1912) su estilo inconfundible: la frase breve y nominal, la mirada, el tiempo detenido. Y Ramiro de Maeztu evoluciona del regeneracionismo (Hacia otra España, 1899) al tradicionalismo (Defensa de la Hispanidad, 1934).
5.2. Ortega y Gasset, la cumbre
La cumbre del ensayo español es José Ortega y Gasset (1883-1955), que lo convirtió en un género de altísima calidad literaria y filosófica. Ya su primer libro, Meditaciones del Quijote (1914), da la fórmula que ordena el siglo —«yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo»— y la definición del género —«el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita»—. Después llegan España invertebrada (1921), que diagnostica el «particularismo» —la incapacidad española de articularse en un proyecto común— y reclama «minorías selectas»; El tema de nuestro tiempo (1923), donde formula la «razón vital»: no hay razón pura y desencarnada, sino una razón al servicio de la vida, que solo se ejerce desde una perspectiva concreta (cada vida ve el mundo desde su circunstancia, y esa parcialidad no es error, sino verdad); La deshumanización del arte (1925), sobre el arte nuevo de vanguardia; y su obra más influyente y traducida, La rebelión de las masas (1930), con el concepto del «hombre-masa». El estilo es la otra mitad de su grandeza: la metáfora luminosa, la claridad —«la claridad es la cortesía del filósofo»— y el diálogo directo con el lector; Ortega hizo de la filosofía literatura y del ensayo un género mayor. Fue, además, un gran dinamizador cultural: fundó la Revista de Occidente (1923), que abrió España a la ciencia y el pensamiento europeos. A su lado, Eugenio d'Ors («Xenius») cultivó la «glosa» (el ensayo brevísimo) desde su Glosari catalán (1906) y teorizó el Novecentismo.
🔎 Trampas de nota. (1) Ortega NO es del 98, sino de la Generación del 14 (Novecentismo): frente a la angustia, el subjetivismo y el tema de España del 98, el Novecentismo trae intelectualismo, europeísmo y culto a la forma. (2) Ortega no fundó el diario El Sol (lo fundó Urgoiti en 1917): fundó el semanario España (1915), El Espectador (1916) y la Revista de Occidente (1923). (3) El «hombre-masa» no es una clase baja, sino un tipo moral (el que no se exige nada a sí mismo, incluido el «señorito satisfecho»); y La deshumanización del arte es una descripción del arte nuevo, no una condena.
6. El ensayo en el siglo XX (II): Zambrano, el exilio y la actualidad
6.1. La estela de Ortega: Zambrano y Machado
De la Escuela de Madrid sale María Zambrano (1904-1991), discípula de Ortega que formula un concepto propio, la «razón poética» —un conocer que integra pensamiento y poesía—, en divergencia crítica de la «razón vital» de su maestro; su texto fundacional, Filosofía y poesía, se publicó ya en el exilio (Morelia, México, 1939), y fue la primera mujer en recibir el Premio Cervantes (1988). Por su parte, Antonio Machado dejó una de las cimas de la prosa ensayística y aforística en Juan de Mairena (libro de 1936): un «profesor apócrifo» a través del cual filosofa con ironía. Su lección más famosa desactiva todo dogmatismo: «La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero», a lo que el porquero replica «—No me convence».
🔎 No invertir los apócrifos machadianos: Abel Martín es el maestro (poeta-filósofo) y Juan de Mairena, su discípulo. Y la «razón poética» es concepto de Zambrano, no de Ortega.
También la Generación del 27 cultivó con brillo la prosa de ideas, casi siempre desde la propia condición de poetas: los aforismos de José Bergamín (El cohete y la estrella, 1923), la crítica de Pedro Salinas (El defensor, 1948) y de Jorge Guillén, y sobre todo la estilística de Dámaso Alonso, cuya Poesía española: ensayo de métodos y límites estilísticos (1950) es un clásico del ensayo crítico. Su gran plataforma fue, de nuevo, la Revista de Occidente de Ortega: el ensayo del primer tercio del siglo XX es un tejido de revistas, tertulias y amistades intelectuales, más que una suma de libros sueltos.
6.2. El ensayo del exilio: la polémica sobre España
El exilio republicano de 1939 dio al ensayo su debate más hondo: el de la identidad histórica de España. Américo Castro, en España en su historia. Cristianos, moros y judíos (1948, reelaborada como La realidad histórica de España, 1954), sostuvo que la identidad española se forjó en la Edad Media por la convivencia de las tres castas (con sus conceptos de «morada vital» y «vividura», y el vivir «desviviéndose»). Claudio Sánchez-Albornoz le respondió en España, un enigma histórico (1956) con la tesis contraria: la esencia hispana (el «homo hispanus») es anterior, latente ya en lo prerromano y configurada por Roma y los visigodos.
🔎 La trampa clásica. No invertir la polémica ni su orden: Castro (1948, la convivencia de las tres castas) es anterior; Sánchez-Albornoz (1956, el homo hispanus) responde. Atribuir la «convivencia» o «un enigma histórico» al autor equivocado es el error más penalizado.
La polémica trasciende con mucho la erudición: es la vieja pregunta del 98 —qué es España— llevada a su formulación más rigurosa por dos sabios que escriben desde el destierro, doloridos por la patria perdida en la guerra. Que el ensayo español culmine en esa pregunta, y que la respondan de forma opuesta dos historiadores exiliados, dice mucho del género y del país: el ensayo fue en España, más que en ningún otro sitio, el lugar donde una nación se interroga sobre su propio ser. Al lado de Castro y Sánchez-Albornoz, el exilio republicano dio otros grandes ensayistas —Francisco Ayala, sociólogo y crítico; Pedro Salinas (El defensor, 1948); José Gaos; Rosa Chacel—, que mantuvieron viva, fuera de España, la tradición del pensamiento libre.
6.3. La posguerra y el ensayo actual
En la España de la posguerra, el «problema de España» reaparece en la polémica entre España como problema de Laín Entralgo (1949) y España sin problema de Calvo Serer (1949), y sigue en la reflexión de Julián Marías, discípulo de Ortega, o en la ética de Aranguren. Con el tiempo, la forma más viva del ensayo se ha refugiado en la columna periodística como ensayo breve —de Umbral a Fernando Savater (Ética para Amador, 1991), Muñoz Molina o Javier Marías—, y en el ensayo de mujeres, con Carmen Martín Gaite y sus Usos amorosos de la postguerra española (1987). El género sigue, pues, vivísimo, y más leído que nunca en su formato breve.
🔎 No confundir los dos «Usos amorosos» de Martín Gaite: los de la postguerra española (1987, ensayo premiado) y los del dieciocho en España (1972, su tesis doctoral).
7. Balance y proyección
La historia del ensayo español es la historia de una conquista de la libertad intelectual. Nacido como forma con Montaigne, aclimatado en España por la Ilustración como «desengaño de errores», el género encontró en el «problema de España» —de Larra al 98, de Ganivet a Ortega, de Castro a Marías— su gran asunto y su mayor altura. Y su proyección es doble: por un lado, el ensayo académico y de ideas, hoy plenamente consolidado; por otro, el ensayo breve —la columna, el artículo de opinión, el ensayo divulgativo—, que es una de las formas más leídas de la prosa contemporánea y una escuela cotidiana de pensamiento crítico. El género que Ortega definió como «la ciencia menos la prueba» es, hoy, el que más nos ayuda a pensar la actualidad.
Conviene subrayar, además, una dimensión que este recorrido ilumina: el ensayo es el género de la democracia intelectual. A diferencia del tratado, que exige credenciales y autoridad, el ensayo solo pide una voz honesta y una razón que se atreva a argumentar en público. Por eso ha sido el cauce de la crítica —de Feijoo contra la superstición, de Larra contra la desidia, del 98 y de Ortega contra el atraso— y por eso es hoy, en su forma breve, la escuela cotidiana del pensamiento propio. Frente a la información que se consume y el eslogan que se repite, el ensayo enseña a dudar, matizar y argumentar: exactamente las competencias que el currículo pide formar. Enseñar a leer y a escribir ensayo no es, pues, un lujo humanístico, sino una tarea cívica.
8. Aplicación didáctica
Este tema tiene el anclaje curricular más firme de todo el bloque (apartado 1), y por eso su tratamiento didáctico puede ser muy directo y competencial.
- Leer ensayo literario. El decreto lo pide por su nombre. Un fragmento breve y motivador —un artículo de Larra («Vuelva usted mañana» engancha por su vigencia), una página de Juan de Mairena, una columna actual de Savater o Muñoz Molina— sirve para reconocer los rasgos del género: la voz personal, la tesis, la digresión, la ironía.
- Escribir ensayo. Es el objetivo central: que el alumnado produzca su propio ensayo argumentativo (enlaza con el tema 30) sobre un tema de su interés o un «error común» actual, a partir de un modelo histórico. Se enseña el pensamiento crítico ilustrado practicándolo.
- El «problema de España» como debate. El gran tema del ensayo español (Larra, el 98, Ortega, Castro) se presta a un debate en el aula sobre la identidad, la memoria histórica y la pertenencia, con textos enfrentados (la convivencia de Castro frente al enigma de Sánchez-Albornoz): una ocasión de leer discutiendo.
- Del ensayo clásico a la columna de hoy. Un itinerario intertextual que va de Montaigne a la columna de prensa muestra la continuidad del género y acerca la materia a los formatos que el alumnado ya consume (el articulismo, el vídeo-ensayo, el pódcast de ideas): alfabetización mediática.
La evaluación será competencial: medir la capacidad de producir un ensayo bien argumentado y de reconocer las notas del género, no la memorización de fechas. La perspectiva de género tiene aquí figuras propias (Zambrano, primera mujer Premio Cervantes; Martín Gaite; Rosa Chacel), que conviene incorporar al canon del tema.
9. Conclusión
El ensayo es el género de la modernidad pensante: la forma en que el yo, sin sistema ni coartada, se atreve a interpretar el mundo. Desde Montaigne, que le puso nombre y lo llenó de su propia vida, hasta la columna de hoy, el ensayo ha sido en España el cauce del espíritu crítico y el gran instrumento con que el país se ha pensado a sí mismo. Enseñarlo no es solo mostrar una galería de autores —Feijoo, Larra, Unamuno, Ortega, Zambrano—: es entregar al alumnado la herramienta con que se argumenta, se duda y se piensa por cuenta propia. Por eso este tema, además de historia literaria, es una lección de ciudadanía: el ensayo, «la ciencia menos la prueba», es también la escuela de la razón libre. Y es, no por casualidad, el único género de este bloque histórico que el currículo nombra por su nombre y pide escribir: enseñarlo bien es, a la vez, cumplir la ley y formar lectores que piensen.
Esquema
FORMAS Y EVOLUCIÓN DEL ENSAYO LITERARIO (XVIII-XX)
│
├─ 0. IDEA EJE: el género que PIENSA en voz alta (prosa reflexiva, subjetiva, ASISTEMÁTICA)
│ ⭐ Ortega: "el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita"
│ ⚠ el rasgo NO es la brevedad, sino la ausencia de sistema/exhaustividad
│ · en España = el cauce del ESPÍRITU CRÍTICO (el "problema de España")
│
├─ 1. CURRÍCULO ⭐⭐ (verificado BOE): "ensayo" SÍ está en LCL (autores no)
│ · "ensayo literario" en las lecturas de Bach · "ensayo" que se PRODUCE
│ · el tema ES su propio anclaje: leer + escribir ensayo (enlaza T30, T32)
│ ⚠ 1 de las apariciones = "ensayo"=borrador del proceso de escritura (no cuenta)
│
├─ 2. FORMAS ORIGINARIAS Y TEORÍA
│ · ensayo vs TRATADO (sistemático, demuestra) vs ARTÍCULO (breve, actualidad)
│ · antecedentes: diálogo (Platón/Cicerón) · epístola moral (Séneca a Lucilio) · aforismo
│ · MONTAIGNE, Essais 1580 (⚠ solo libros I-II; III en 1588; def. 1595 Gournay)
│ │ essai=intento · el YO como materia · "Que sais-je?" (⚠ de Montaigne, NO Descartes)
│ · BACON, Essays 1597 (10) / 1625 (58): breve, sentencioso, útil
│ │ ⚠ el término es de MONTAIGNE (francés); Bacon 1.º en INGLÉS ("word late, thing ancient")
│ · teoría s.XX: Lukács "Sobre la esencia y forma" 1911 · Adorno "El ensayo como forma" 1958
│ · antecedentes hispánicos: Gracián (Oráculo manual 1647)
│
├─ 3. EL XVIII (el ensayo ILUSTRADO, ver T55 el panorama)
│ · Feijoo (Teatro crítico 1726-39, "desengaño de errores") · Cadalso (Cartas marruecas) ·
│ Jovellanos (informes/memorias)
│ ⚠ AÚN SIN el rótulo: Feijoo escribe "discursos" y "cartas", no "ensayos"
│ · polo OBJETIVO/didáctico (Bacon), no el yo de Montaigne
│
├─ 4. EL XIX: el ARTÍCULO y el problema de España
│ · LARRA "Fígaro" (⚠ †13-feb-1837, no 1836): costumbres/políticos/literarios
│ │ "El día de difuntos de 1836" · "Vuelva usted mañana" · "La Nochebuena de 1836"
│ · costumbrismo: Mesonero "El Curioso Parlante" (Escenas matritenses) · Estébanez "El Solitario"
│ · krausismo: Sanz del Río → Giner, ILE 1876 · regeneracionismo: Ganivet Idearium 1897,
│ Costa "escuela y despensa"/"doble llave al sepulcro del Cid" (⚠ Ganivet/Costa = precursores)
│ · Menéndez Pelayo (Heterodoxos 1880-82) = TRATADOS, no artículos
│
├─ 5. EL XX (I): la gran época
│ · 98: Unamuno (En torno al casticismo 1895 "intrahistoria"; Del sentimiento trágico 1913) ·
│ Azorín (acuñó "98"; Castilla 1912, estilo nominal) · Maeztu
│ · ⭐ ORTEGA (Gen. del 14, NO del 98): Meditaciones del Quijote 1914 ("yo soy yo y mi
│ circunstancia"), La deshumanización del arte 1925, La rebelión de las masas 1930
│ ("hombre-masa" = tipo moral); Revista de Occidente 1923 (⚠ NO fundó El Sol) · d'Ors la glosa
│
├─ 6. EL XX (II): estela, exilio, actualidad
│ · Zambrano (RAZÓN POÉTICA, ⚠ propia, no de Ortega; Cervantes 1988, 1.ª mujer) ·
│ Machado Juan de Mairena 1936 (⚠ Abel Martín MAESTRO / Mairena DISCÍPULO)
│ · EXILIO: ⚠⚠ Américo Castro (España en su historia 1948, CONVIVENCIA tres castas) vs
│ Sánchez-Albornoz (España, un enigma histórico 1956, homo hispanus) — Castro ANTES
│ · posguerra/actual: Marías · Aranguren · la COLUMNA como ensayo (Savater, Muñoz Molina) ·
│ Martín Gaite (⚠ Usos amorosos de la POSTGUERRA 1987 ≠ del DIECIOCHO 1972)
│
├─ 7. PROYECCIÓN: el ensayo académico + el ensayo breve (columna) = escuela de pensamiento crítico
│
└─ 8. DIDÁCTICA: LEER ensayo literario + PRODUCIR ensayo (anclaje fuerte); el "problema de
España" como debate; de Montaigne a la columna; perspectiva de género (Zambrano, Chacel)
Bibliografía
- Gómez-Martínez, José Luis. Teoría del ensayo.
- Marichal, Juan. La voluntad de estilo. Teoría e historia del ensayismo hispánico.
- Aullón de Haro, Pedro. Los géneros ensayísticos en el siglo XVIII y Teoría del ensayo.
- Lukács, Georg. El alma y las formas («Sobre la esencia y forma del ensayo»); Adorno, Theodor W. Notas de literatura («El ensayo como forma»).
- Ortega y Gasset, José. Meditaciones del Quijote y La rebelión de las masas.
- Mainer, José-Carlos. La Edad de Plata (1902-1939).
- Abellán, José Luis. Historia crítica del pensamiento español.
- Historia y crítica de la literatura española (dir. F. Rico), vols. 5-8.
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