Tema 63 · Lengua Castellana y Literatura
La lírica en el grupo poético del 27
Epígrafe oficial: La lírica en el grupo poético del 27.
Tema desarrollado siguiendo la estructura habitual de la oposición. La información es orientativa: verifica siempre el temario oficial, la normativa y el currículo vigentes en tu convocatoria y tu comunidad autónoma.
Índice
- 0. Introducción: la reconciliación de los contrarios
- 1. Relación con el currículo
- 2. El grupo: nombre, nómina y cohesión
- 3. La síntesis del 27: tradición y vanguardia
- 4. La evolución del grupo en tres etapas
- 5. Los poetas: Salinas, Guillén, Diego, Cernuda, Aleixandre
- 6. Federico García Lorca
- 7. Alberti, Dámaso Alonso, Prados y Altolaguirre. Miguel Hernández
- 8. El 27 y la Guerra Civil
- 9. Balance y proyección
- 10. Aplicación didáctica
- 11. Conclusión
- Esquema
- Bibliografía
0. Introducción: la reconciliación de los contrarios
La Generación del 27 es, por consenso casi unánime de la crítica, el grupo poético más brillante de la literatura española desde el Siglo de Oro. En una sola promoción coincidieron poetas de la talla de Lorca, Alberti, Cernuda, Guillén, Salinas, Aleixandre o Gerardo Diego, y en apenas quince años —de comienzos de los años veinte a la Guerra Civil— produjeron un puñado de libros que están entre las cumbres de la lengua. Su época, la de la Edad de Plata, culmina y se cierra con ellos.
El rasgo que mejor los define, y el que conviene poner en el centro del tema, es la síntesis: el 27 fue el grupo capaz de reconciliar los contrarios. Donde las vanguardias europeas habían proclamado la ruptura total con el pasado, ellos no renegaron de la tradición: al contrario, la reivindicaron. Supieron ser, a la vez, vanguardistas y clásicos; escribir un poema surrealista y un romance popular sin sentir contradicción; unir lo culto (Góngora, la metáfora difícil) y lo popular (el cante, el Romancero), lo intelectual (la poesía pura) y lo humano (el amor, la muerte, el compromiso), lo minoritario y lo mayoritario. Esa capacidad de sumar en vez de destruir es su genialidad y su lección.
El 27 es, además, el heredero natural de los dos temas anteriores. Recoge la renovación de la lírica de fin de siglo (tema 61) —el magisterio de Juan Ramón Jiménez y su «poesía pura», la huella de Bécquer— y asimila las vanguardias (tema 62) —la imagen, el verso libre y, sobre todo, el surrealismo—. Pero funde ambas herencias con la mejor tradición española, redescubierta a la luz de Góngora, de quien celebraron en 1927 el tercer centenario y de quien tomaron el nombre. De esa triple raíz —vanguardia, poesía pura y tradición clásica y popular— nace su voz.
Un rasgo humano ayuda a entenderlos: el 27 fue, ante todo, una generación de la amistad. No fueron un grupo de teóricos enfrentados, sino un puñado de amigos que se admiraban, se leían y se ayudaban —se editaban los libros unos a otros, se dedicaban poemas, viajaban juntos—. Esa camaradería, forjada en la Residencia de Estudiantes y en las revistas, explica su cohesión sin necesidad de un jefe ni de un manifiesto. Y hace más punzante su final: la guerra no solo dispersó a unos poetas, sino que rompió una hermandad, sembró de muertos y de exiliados a un grupo de amigos que se querían.
Su historia tiene, en fin, un final trágico. La Guerra Civil (1936-1939) rompió el grupo en pedazos: Lorca fue asesinado en 1936, y casi todos los demás hubieron de marchar al exilio, esa «España peregrina» que llevó su poesía por América y Europa. Con ellos se cierra la Edad de Plata y se abre el largo desierto de la posguerra. Este tema recorrerá, pues: el grupo y su cohesión (2), su síntesis de tradición y vanguardia (3), su evolución en tres etapas (4), sus grandes poetas uno a uno (5 a 7) y el final que les impuso la guerra (8). Conviene advertir, como siempre, una división de tareas: el teatro de Lorca se estudia en el tema 65 y las vanguardias en el 62; aquí el foco es la lírica del grupo.
1. Relación con el currículo
Verificado en el BOE (Real Decreto 243/2022, de enseñanzas mínimas del Bachillerato), los saberes básicos de Lengua Castellana y Literatura II (2.º) organizan la lectura de obras «del último cuarto del siglo XIX y de los siglos XX y XXI», con la «Edad de Plata» de la cultura española (1875-1936) como primer eje. La Generación del 27 es la cumbre poética de esa Edad de Plata: el momento en que la lírica española alcanza, tras la renovación de fin de siglo y las vanguardias, su plenitud.
🔎 El lugar del tema. El 27 es el destino al que conducían los dos temas anteriores: la renovación de la lírica (tema 61) y las vanguardias (tema 62) desembocan aquí. Como es habitual, el decreto no nombra el grupo ni a sus autores; ancla el período. Pero las orientaciones autonómicas y de acceso a la universidad suelen fijar como lectura obligatoria alguna obra del grupo —muy a menudo La casa de Bernarda Alba de Lorca—, prueba de su centralidad en el currículo real.
El tema es, además, uno de los más agradecidos del temario. La poesía del 27 se ha cantado mucho (Paco Ibáñez, Serrat y tantos otros pusieron música a Lorca, Alberti o Hernández), lo que la acerca a la sensibilidad del alumnado; su vínculo con las artes (Lorca y Dalí, la Residencia de Estudiantes, el cine de Buñuel) abre el trabajo interdisciplinar; y la recuperación de las mujeres del grupo, las «Sinsombrero», y la lectura de su compromiso cívico y de la tragedia del exilio lo hacen idóneo para la educación literaria y ciudadana (apartado 10).
Vale la pena subrayar un dato: aunque este tema es de lírica, la obra del 27 más presente en las aulas y en la PAU es, a menudo, una obra de teatro —La casa de Bernarda Alba de Lorca (tema 65)—. No hay contradicción: es prueba de que el 27 es un grupo total, en el que la poesía y el teatro se alimentan mutuamente, y de que su centralidad en el currículo desborda cualquier compartimento. La lírica del grupo, por su brevedad y su belleza, es el complemento ideal de esa lectura dramática.
2. El grupo: nombre, nómina y cohesión
2.1. El nombre y el acontecimiento generacional
El nombre «Generación del 27» procede del tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora (murió en 1627; trescientos años después, en 1927). El acontecimiento que soldó al grupo fue el homenaje a Góngora celebrado en el Ateneo de Sevilla los días 16 y 17 de diciembre de 1927, al que acudieron varios de sus miembros. Reivindicar a Góngora —el poeta más difícil y «culto» del barroco, denostado durante siglos— era toda una declaración de principios: proclamaba el gusto por la metáfora audaz y por la palabra trabajada, y unía, en un mismo gesto, la tradición clásica y la sensibilidad moderna.
🔎 Una trampa muy repetida. Suele decirse que el torero Ignacio Sánchez Mejías «costeó» el homenaje de Sevilla; según el propio archivo del Ateneo, eso es una leyenda: fue el Ateneo quien organizó y pagó los actos, y Sánchez Mejías, gran amigo de los poetas, fue su anfitrión (los agasajó), no su financiador. Sí es cierto que Gerardo Diego fue uno de los grandes promotores del centenario.
2.2. ¿Generación o grupo? La nómina
La nómina canónica la forman diez poetas: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Se discute si son propiamente una «generación» o más bien un «grupo». Aplicándoles la teoría de las generaciones de Petersen, cumplen varios requisitos —nacimientos próximos (todos entre 1891 y 1905), formación semejante (casi todos universitarios y cultísimos), relaciones personales estrechas, un acontecimiento generacional (el homenaje de 1927) y unas revistas comunes—; pero fallan en otros dos decisivos: no tuvieron un caudillo o maestro único, y no rompieron con el pasado (al contrario, lo reivindicaron). Por eso Dámaso Alonso, su gran teórico, prefería hablar de «grupo poético».
Conviene tener presente el balance de los requisitos de Petersen aplicados al 27:
- Nacimientos próximos: sí (todos entre 1891 y 1905).
- Formación semejante: sí (cultos, casi todos universitarios; la Residencia).
- Relaciones personales: sí, muy estrechas (la amistad, las revistas, los viajes).
- Un acontecimiento generacional: sí, el homenaje a Góngora de 1927.
- Un lenguaje o estilo común: a medias (comparten la síntesis y el gusto por la metáfora, pero cada voz es distinta).
- Un guía o caudillo: no (ausencia de maestro único; a lo sumo, magisterios compartidos).
- Rechazo de la tradición anterior: no (al contrario: la reivindican).
Faltan, pues, los dos últimos —caudillo y rechazo del pasado—, justamente los que definen a una generación «combativa». De ahí que muchos prefieran el término más flexible de «grupo».
En el fondo, la discusión «generación o grupo» importa menos que lo que revela: el 27 fue una promoción real, con fuerte conciencia de equipo, pero sin la rigidez de una escuela. No obedecían a un caudillo ni firmaban manifiestos colectivos; cada uno tenía su voz. Lo que los unía no era una doctrina, sino una época, unos maestros comunes (Juan Ramón, Ramón, Góngora) y una amistad. Por eso el término más prudente, y el que hoy se prefiere, es el que da título a este tema: «grupo poético del 27».
2.3. La cohesión: la Residencia y las revistas
Lo que de verdad unió al 27 fue la amistad y una serie de lugares y publicaciones compartidos. El foco principal fue la Residencia de Estudiantes de Madrid (dirigida por Alberto Jiménez Fraud), aquel hervidero cultural donde coincidieron Lorca, Buñuel y Dalí, y por el que pasaron a dar conferencias Juan Ramón, Ortega o el propio Einstein (1923). A ello se sumaron las revistas: Litoral (Málaga, 1926, de Prados y Altolaguirre), Carmen (de Gerardo Diego), Gallo (de Lorca, en Granada), Verso y prosa (Murcia) o Mediodía (Sevilla), a las que se añadió, como gran plataforma de difusión, la Revista de Occidente de Ortega.
La Residencia de Estudiantes merece detenerse, porque fue mucho más que un colegio mayor: fue el corazón de la Edad de Plata. Inspirada en la Institución Libre de Enseñanza, ofrecía una educación abierta, europea y humanística, y se convirtió en un hervidero donde convivían la poesía, la pintura, la ciencia y la música. Allí nació la amistad —y la rivalidad— de Lorca, Dalí y Buñuel, de la que saldrían el Romancero gitano, la pintura surrealista y Un perro andaluz; allí se daban conferencias, conciertos y sesiones de cine; y por sus salas pasaron desde Einstein (1923, con Ortega de intérprete) hasta Marie Curie, Stravinski o Le Corbusier. En ese ambiente cosmopolita y exigente se formó la sensibilidad del 27: por eso su poesía es, a la vez, tan culta y tan libre.
Las revistas fueron el otro gran aglutinante. En una época sin grandes editoriales para la poesía joven, las pequeñas revistas —hechas muchas veces por los propios poetas, como Litoral, imprenta y revista de Prados y Altolaguirre— eran el lugar donde se publicaba, se debatía y se hacía grupo. En ellas aparecieron por primera vez muchos poemas hoy clásicos, y su lista es casi el mapa del 27: Litoral en Málaga, Carmen en Santander, Gallo en Granada, Verso y prosa en Murcia, Mediodía en Sevilla. Fueron el tejido vivo de la generación.
🔎 Las «Sinsombrero»: las mujeres del 27. La nómina de «los diez» olvida a las mujeres del grupo, plenamente integradas en la vanguardia y borradas del canon por el exilio y el olvido: la pintora Maruja Mallo, las poetas Concha Méndez, Ernestina de Champourcín y Josefina de la Torre, la novelista Rosa Chacel, la escritora María Teresa León, la escultora Marga Gil Roësset… El nombre «Sinsombrero» es moderno (acuñado en 2015) y alude al gesto de quitarse el sombrero en la Puerta del Sol como provocación. Recuperarlas es hoy una exigencia de rigor y de perspectiva de género.
3. La síntesis del 27: tradición y vanguardia
Ya se ha dicho que el rasgo definitorio del 27 es la síntesis, la capacidad de armonizar lo que en otros era incompatible. Conviene ahora desplegarla, porque es el corazón del tema. El 27 hereda, y funde, tres grandes corrientes.
De la tradición toma mucho más de lo que las vanguardias europeas habrían tolerado: de Góngora, la metáfora deslumbrante y el rigor de la forma; de Bécquer y de la lírica romántica, el intimismo y el símbolo; del Romancero, del cancionero y de la lírica popular, el neopopularismo (el romance, la copla, la canción); y de los clásicos (Manrique, Garcilaso, Lope, San Juan), el amor a la lengua bien hecha. De las vanguardias (tema 62) toma la libertad: la imagen audaz, el verso libre, los hallazgos del creacionismo y el ultraísmo y, sobre todo, la revolución del surrealismo. Y de la poesía pura de Juan Ramón Jiménez (tema 61) —y de Valéry— toma el ideal de depuración, la exigencia de la palabra esencial.
🔎 La fórmula del 27. El grupo reconcilia los contrarios: lo culto (Góngora, la metáfora difícil) y lo popular (el cante, el Romancero); lo intelectual (la poesía pura) y lo humano (el amor, la muerte, el compromiso); la tradición y la vanguardia; lo minoritario y lo mayoritario; lo universal y lo español. Por eso usan con la misma naturalidad el soneto clásico y el versículo surrealista. Esa capacidad de sumar, y no de destruir, es su gran lección y lo que los distingue de la vanguardia europea.
Conviene precisar cada una de esas raíces tradicionales, porque los tribunales lo valoran. De Góngora —a quien homenajearon en 1927— tomaron la fe en la metáfora como corazón del poema y el gusto por la palabra difícil y trabajada. De Bécquer y del Romanticismo intimista, el símbolo y la emoción contenida (Alberti y Cernuda le dedicaron libros y versos). Del Romancero, del cancionero medieval y de la lírica popular andaluza, la música del romance, la copla y la canción, que alimenta el neopopularismo de Lorca y Alberti. Y de los grandes clásicos —Manrique, Garcilaso, Fray Luis, San Juan, Lope, Quevedo— el amor a las formas y a la lengua bien hecha. No fue erudición muerta: fue una tradición viva, releída con ojos nuevos.
Esa doble fidelidad se ve muy bien en la métrica. El 27 maneja con igual soltura las formas tradicionales —el romance (octosílabo), el soneto, la décima, la copla, la seguidilla— y las nuevas —el verso libre, el versículo largo de raíz surrealista, el poema en prosa—. Un mismo poeta escribe un romance popular y un poema en versículos sin cambiar de piel. Ese dominio simultáneo de lo viejo y lo nuevo es, quizá, el rasgo técnico más característico del grupo, y la mejor prueba de su síntesis.
Un ejemplo hace tangible esa síntesis. Lorca escribe un romance —la forma más popular y antigua de la poesía española— pero lo llena de metáforas tan audaces como las de Góngora o las del surrealismo (el caballo, la luna y el viento se vuelven símbolos de la muerte): tradición y vanguardia en el mismo verso. Alberti canta el mar de su infancia con la música de la canción popular, pero desde el Madrid interior y con una técnica sabia. Guillén depura el poema a la manera de Juan Ramón, pero con la rotundidad de un clásico. En todos ellos, lo viejo y lo nuevo no se suceden: se funden. Esa fusión —y no una simple mezcla— es lo que hace del 27 un momento único.
El 27 es, en suma, una generación-puente: el punto donde la larga tradición de la poesía española y la revolución de la modernidad se dan la mano en vez de darse la espalda. Ni ruptura total (como las vanguardias europeas) ni mero clasicismo: continuidad y renovación a la vez. Ahí residen su equilibrio y su grandeza, y la razón de que su poesía haya envejecido tan bien: por muy nueva que fuera, nunca perdió las raíces.
4. La evolución del grupo en tres etapas
Aunque cada poeta siguió su propio camino, la crítica suele describir una evolución común del grupo en tres etapas, marcadas por dos fechas: la irrupción del surrealismo (hacia 1928-1929) y la Guerra Civil (1936).
La primera etapa, hasta 1927 aproximadamente, está dominada por dos tendencias que conviven: la poesía pura (el magisterio de Juan Ramón y de Valéry: depurar, esencializar; Guillén, Salinas) y el neopopularismo (la vuelta a la lírica tradicional y al Romancero: Lorca con el Romancero gitano, Alberti con Marinero en tierra), con el fondo de Bécquer y algún tanteo vanguardista. Es una etapa de equilibrio y de gozo formal.
El neopopularismo de esa primera etapa merece una palabra, porque es muy característico del 27: consiste en volver a la lírica tradicional —el romance, la canción, la copla, la seguidilla, con su métrica breve y su musicalidad— pero reelaborándola con una técnica moderna y una sensibilidad nueva. No es folclore ni imitación arqueológica: es tomar la forma popular y llenarla de metáfora contemporánea. Lo cultivaron sobre todo Lorca (el Romancero gitano, Canciones) y Alberti (Marinero en tierra), y es una de las caras más luminosas y accesibles del grupo.
La segunda etapa, de 1928 a la Guerra Civil, está sacudida por la irrupción del Surrealismo y por lo que se ha llamado la «rehumanización»: la poesía se abre al sufrimiento, a la angustia, al deseo y a la protesta. Son los años de Poeta en Nueva York (Lorca), Sobre los ángeles (Alberti), La destrucción o el amor (Aleixandre) y la poesía del deseo de Cernuda; y, al final, de un creciente compromiso político y social, al compás de la Segunda República y de la tensión que desembocará en la guerra.
Esa «rehumanización» —el término es de la crítica, por oposición a la «deshumanización» que Ortega había visto en la vanguardia— es una de las claves del período. Cansados de la pureza y del juego, y sacudidos por el surrealismo y por la tensión política de los años treinta, los poetas del 27 devolvieron a su obra lo humano: el sufrimiento, el amor carnal, la injusticia social, la muerte, la angustia. La poesía volvió a hablar del hombre y de sus dramas. En algunos, ese giro se hizo abiertamente político: la proclamación de la Segunda República (1931) y el avance del fascismo empujaron a Alberti, a Lorca o a Cernuda hacia una poesía de compromiso, que la guerra convertiría en poesía de combate.
La tercera etapa se abre con la Guerra Civil (1936-1939) y significa la dispersión del grupo (apartado 8): la muerte de Lorca, el exilio de la mayoría y el «exilio interior» de los que se quedaron. Cada poeta continuará su obra en solitario —Guillén con Clamor, Cernuda con la poesía del destierro, Alberti con la nostalgia, Aleixandre con Sombra del paraíso—, pero el grupo, como tal, ha dejado de existir.
5. Los poetas: Salinas, Guillén, Diego, Cernuda, Aleixandre
El 27 no tuvo un estilo único, sino un abanico de voces personalísimas, unidas por la amistad y la época más que por una doctrina. Conviene recorrerlas una a una. En este apartado, cinco de ellas; Lorca merece capítulo aparte (apartado 6), y los demás cierran la nómina (apartado 7).
Puede ayudar una ordenación aproximada, aunque ningún poeta cabe del todo en un cajón. Hay unos poetas más «puros» e intelectuales —Guillén y Salinas, la vía de Juan Ramón—; otros más «surrealistas» y desatados —Aleixandre, Alberti y Cernuda en su etapa central, y el Lorca de Nueva York—; y una vena popular que atraviesa a casi todos —el neopopularismo de Lorca y Alberti, la copla, el Romancero—. Pero lo característico del 27 es que estas vías no se excluyen: conviven en el grupo y a menudo en un mismo poeta, que pasa de la poesía pura al surrealismo y de este al compromiso sin dejar de ser él mismo. Retengamos, pues, la diversidad, pero sin perder de vista la unidad de fondo.
5.1. Pedro Salinas
Pedro Salinas (1891-1951) es el poeta del amor y, con Guillén, el más intelectual del grupo. Su poesía huye de lo sentimental y de lo decorativo para buscar, con la inteligencia, la esencia de las cosas: un verso desnudo, aparentemente sencillo pero cargado de agudeza conceptual, sin rima ni ornato. Empezó cerca de la poesía pura y de la vanguardia —Presagios (1923, prologado por Juan Ramón), Seguro azar (1929), Fábula y signo (1931)—, con algún guiño lúdico a los objetos de la vida moderna (la máquina de escribir, la bombilla).
Su cima es la gran trilogía amorosa: La voz a ti debida (1933) y Razón de amor (1936), a las que se sumaría, ya póstumo, Largo lamento. En ellas, el amor no es efusión romántica, sino aventura del conocimiento: amar es descubrir a la persona amada —el «tú»— y, a través de ella, el propio yo y el mundo. Es una de las mayores poesías amorosas del siglo XX. Salinas, catedrático y crítico, marchó al exilio a los Estados Unidos, donde murió.
Lo original de Salinas es su idea del amor: no como sentimiento efusivo, sino como búsqueda intelectual. En La voz a ti debida, amar es un modo de conocer —descubrir el yo verdadero de la amada más allá de las apariencias, y descubrirse a sí mismo en ese encuentro—. El «tú» no es una mujer concreta y descrita, sino una presencia que el poeta explora con asombro y agudeza. Su verso, breve y sin rima, parece coloquial, pero está lleno de paradojas y hallazgos conceptuales, herencia lejana del Barroco. Salinas fue también un gran profesor y crítico, y un delicado autor de cartas y de teatro.
🔎 Dos precisiones. El título La voz a ti debida es un verso de Garcilaso (Égloga III), buen ejemplo de cómo el 27 hunde sus raíces en los clásicos. Y Largo lamento cierra la trilogía por su concepción, pero se publicó póstumamente (1981): no es un libro «de los años treinta».
5.2. Jorge Guillén
Jorge Guillén (1893-1984) es el máximo representante de la poesía pura en español: la más intelectual, esencial y densa del grupo, heredera directa de Juan Ramón y de Valéry. Su poesía celebra, con entusiasmo casi filosófico, el puro hecho de ser y de estar en el mundo: la realidad le parece perfecta, plena, jubilosa. Toda su obra la concibió como un solo libro en marcha, titulado Aire nuestro, que integra varios grandes ciclos.
El primero y más famoso es Cántico (primera edición de 1928, que fue creciendo hasta la definitiva de 1950): un himno al gozo de existir, cuyo verso más citado —«el mundo está bien hecho»— resume su optimismo esencial. Le siguen Clamor, donde entran por fin la historia, el mal, el dolor y la muerte —lo que Cántico había dejado fuera—, y Homenaje. Guillén, también catedrático, se exilió a los Estados Unidos y fue, en 1976, el primer galardonado con el Premio Cervantes.
La poesía de Guillén es la más optimista y afirmativa de todo el 27, casi un caso único en la lírica moderna. En Cántico, el poeta se maravilla ante la realidad —la luz, la mañana, los objetos, el propio cuerpo— y celebra la plenitud de estar vivo y consciente: el mundo le parece perfecto y suficiente. Su lenguaje es esencial, denso, de sustantivos rotundos y exclamaciones, casi sin anécdota: la «poesía pura» llevada a su forma más rigurosa. Con el tiempo, sin embargo, la historia y el dolor entraron en su obra: Clamor es la respuesta del poeta al mal, a la guerra y a la muerte, la sombra que Cántico había mantenido a raya.
🔎 Cuidado. Cántico no es un libro de una sola fecha: 1928 es solo su primera versión (75 poemas); la definitiva, de 1950, tiene 334. Y Aire nuestro no es un poemario suelto, sino el título global de toda su obra (Cántico + Clamor + Homenaje…).
Guillén concibió, como Juan Ramón, su obra como un todo orgánico y en marcha, Aire nuestro, que fue ampliando durante décadas hasta sumar miles de poemas. Es una de las arquitecturas poéticas más ambiciosas de la lengua: un edificio en el que Cántico (el ser), Clamor (el tiempo y la historia) y Homenaje (los otros, la cultura) se completan como las caras de una misma visión del mundo. Pocos poetas han sido tan coherentes y tan fieles a un proyecto único.
5.3. Gerardo Diego
Gerardo Diego (1896-1987) es el poeta más versátil del grupo, y el que mejor encarna su famosa síntesis, porque la practicó en su propia obra manteniendo, a la vez, dos vías. Por un lado, una poesía de vanguardia y de «creación», plenamente creacionista (Imagen, 1922; Manual de espumas, 1924). Por otro, una poesía de tradición, clásica y de forma cuidada —el soneto, la décima, el romance—: Versos humanos (1925), Alondra de verdad (1941, un bellísimo libro de sonetos), Soria. Nunca vio contradicción entre ambas: «poesía de creación» y «poesía de expresión» convivían en él.
Su papel en la historia del grupo fue, además, decisivo como antólogo: preparó la célebre antología que fijó el canon del 27. A diferencia de sus compañeros, Gerardo Diego no se exilió: permaneció en España tras la guerra. Versos humanos le valió, en 1925, el Premio Nacional de Literatura, ex aequo con Marinero en tierra de Alberti.
Gerardo Diego es un caso singular: en él no hay una evolución de una etapa a otra, sino la convivencia permanente de dos maneras. Podía publicar el mismo año un libro creacionista, de imágenes libres y sin puntuación, y un libro de sonetos clásicos de perfecta factura, sin ver en ello contradicción alguna, sino riqueza. Fue, además, un enorme conocedor de la música y de la tradición métrica española, y su Alondra de verdad (1941) está entre los mejores libros de sonetos del siglo. Su labor como antólogo del 27 lo convierte, de paso, en uno de sus principales historiadores.
🔎 La antología son DOS. La primera edición (1932), Poesía española. Antología 1915-1931, es la generacional, la que reunió y consagró al grupo (con las poéticas que cada autor escribió para ella). La segunda (1934), retitulada Poesía española. Antología (Contemporáneos), es más amplia e histórica (de Rubén Darío en adelante). No son una «reedición», sino dos libros distintos.
5.4. Luis Cernuda
Luis Cernuda (1902-1963) es el poeta del deseo y de la rebeldía, y quizá el de mayor influencia en la poesía posterior. Toda su obra gira en torno a un solo conflicto, que dio título al libro único en que la reunió: La realidad y el deseo (primera edición de 1936, luego ampliada). El deseo —de belleza, de amor, de plenitud— choca siempre con una realidad hostil y mezquina, y de ese choque nace una poesía de romanticismo doliente, de tono cada vez más grave y meditativo, y de una honestidad radical: Cernuda fue de los primeros en expresar sin máscaras su homosexualidad (Los placeres prohibidos).
Su trayectoria recorre casi todas las etapas del grupo: la poesía pura de Perfil del aire (1927, luego titulado Primeras poesías), el surrealismo de Un río, un amor (1929) y Los placeres prohibidos (1931), la elegía romántica de Donde habite el olvido (1933) y, ya en el largo exilio (Reino Unido, Estados Unidos, México, donde murió), la poesía reflexiva y desengañada de Las nubes o Desolación de la Quimera. Su ensayo Estudios sobre poesía española contemporánea es, además, de lectura obligada. Los poetas de los años sesenta —los «novísimos»— lo reivindicaron como maestro.
La trayectoria de Cernuda es la de un desengaño creciente y una honestidad cada vez más desnuda. Del entusiasmo juvenil pasó a la rebeldía surrealista, y de ahí, en el largo exilio, a una poesía meditativa, de tono grave y casi prosaico, en la que dialoga con la muerte, con la España perdida y con su propia vida (Las nubes, Desolación de la Quimera). Cultivó también el monólogo dramático —poner el poema en boca de un personaje— y una prosa poética memorable (Ocnos). Su influjo en la poesía española posterior —los «novísimos» y buena parte de la lírica actual— ha sido, con el tiempo, el mayor de todo el grupo, por su tono antirretórico y su verdad moral.
🔎 Títulos que son citas. Donde habite el olvido es un verso de Bécquer (Rima LXVI: «donde habite el olvido, / allí estará mi tumba»): otra prueba de la deuda del 27 con la tradición. Y Perfil del aire (1927) es el mismo libro que Cernuda retituló luego Primeras poesías: no son dos obras distintas.
5.5. Vicente Aleixandre
Vicente Aleixandre (1898-1984) es el gran poeta surrealista del grupo y el único que alcanzó el Premio Nobel (1977). Su poesía, torrencial y visionaria, canta el amor como una fuerza cósmica que une al hombre con la naturaleza entera —los bosques, el mar, los animales— en un abrazo panteísta que es, a la vez, comunión y aniquilación (de ahí el título, tan revelador, de su obra maestra: La destrucción o el amor). El hombre no es en él el centro del mundo, sino un elemento más de la materia amorosa del universo.
Su obra evoluciona de la contención inicial de Ámbito (1928) al surrealismo desatado de Pasión de la tierra (prosa poética escrita hacia 1928-1929), Espadas como labios (1932) y La destrucción o el amor (1935), y de ahí, tras la guerra, a la nostalgia del paraíso perdido de Sombra del paraíso (1944) —libro capital para los jóvenes de la posguerra— y a la mirada solidaria de Historia del corazón (1954). Aleixandre no se exilió: enfermo, se quedó en Madrid, y su casa de Velintonia fue durante décadas el refugio y el magisterio de casi todos los poetas españoles de posguerra.
La obra de Aleixandre no se detuvo con la guerra: es de las más largas y evolutivas del grupo. Del panteísmo cósmico y surrealista de los años treinta pasó, en Sombra del paraíso (1944), a la nostalgia de un mundo edénico anterior al dolor —libro que fue una revelación para los jóvenes de la posguerra—; y de ahí, en Historia del corazón (1954), a una mirada más solidaria y humana, la del hombre entre los hombres. Su magisterio, ejercido con generosidad desde su casa de Velintonia, y el Premio Nobel de 1977 lo convirtieron en el gran puente vivo entre el 27 y la poesía española de la segunda mitad del siglo.
🔎 Quién se quedó y quién se fue (la trampa más frecuente): se exiliaron Salinas, Guillén, Cernuda, Alberti, Prados y Altolaguirre; se quedaron en España (el «exilio interior») tres: Gerardo Diego, Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso. Y no cruzar los premios: el Nobel del 27 es Aleixandre (1977); el primer Cervantes, Guillén (1976).
Cinco voces, cinco mundos —el amor pensado de Salinas, el júbilo de Guillén, la doble vía de Diego, el deseo de Cernuda, el amor cósmico de Aleixandre— y una sola generación. Falta la mayor de todas, la que resume y desborda a las demás: la de Federico García Lorca, a quien dedicamos el apartado siguiente.
6. Federico García Lorca
Federico García Lorca (1898-1936) es el poeta más popular y universal del 27, y uno de los mayores de la literatura española de todos los tiempos. Fue a la vez gran poeta y gran dramaturgo (su teatro se estudia en el tema 65; aquí, su lírica). Toda su obra brota de una misma raíz: la fusión de lo popular —el folclore y el cante andaluces, el mundo del gitano, la copla— con lo culto —la metáfora audaz, la lección de Góngora y de la vanguardia—. Y toda ella está atravesada por un mismo tema trágico: el destino que frustra al hombre, el amor imposible, la muerte siempre acechante, y el dolor de los marginados (el gitano, el negro, la mujer sin hijos). Un puñado de símbolos recurre en sus versos: la luna (la muerte), el agua (la vida o, estancada, la muerte), la sangre, el caballo y los metales (la pasión y el peligro), el verde (el deseo y la muerte).
Conviene recordar al hombre detrás de la obra. Granadino, músico (fue amigo y discípulo de Falla, y gran pianista), dibujante y actor, Lorca era un ser de una vitalidad y un magnetismo arrolladores, el alma de cualquier reunión. Vivió en la Residencia de Estudiantes, donde trabó amistad con Dalí y Buñuel; y durante la Segunda República dirigió La Barraca, un teatro universitario ambulante que llevó los clásicos por los pueblos de España. En su obra, esa alegría luminosa convive siempre con una honda obsesión por la muerte y por la frustración del deseo: bajo la fiesta del color, un fondo trágico.
Esos símbolos son la clave para leer a Lorca, porque su poesía no dice, sugiere. La luna, casi siempre, anuncia la muerte; el agua que corre es vida, y estancada, muerte; la sangre es la vida derramada y la pasión; los metales —el cuchillo, la navaja— traen el presagio de la sangre; el caballo es la pasión desbocada que corre hacia la muerte; y el verde es a la vez el color del deseo, de la naturaleza y de lo mortuorio. El drama lorquiano se cifra en un choque constante entre el deseo de vivir, de amar y de ser libre, y unas fuerzas —la sociedad, el honor, el destino, la muerte— que lo frustran. Esa tensión, y esos símbolos, están lo mismo en su lírica que en su teatro.
Un rasgo lo distingue de todos: la musicalidad. Formado en la música antes que en la poesía, Lorca hace del ritmo, la repetición y el estribillo el alma de su verso, tan próximo a la canción que muchos de sus poemas se cantan como si fueran coplas populares. A esa fuerza casi mágica que arranca del arte hondo la llamó él mismo «duende» —lo explicó en una célebre conferencia—: el poder oscuro y verdadero que emociona de raíz, distinto del ángel (la gracia) y de la musa (la inteligencia). El duende, esa emoción que sube desde la tierra y la sangre, es la clave de su poesía y del cante que tanto amó.
Su primera etapa, la de la fusión de lo popular y lo culto, da sus grandes libros «andaluces»: Libro de poemas (1921), el Poema del cante jondo (escrito hacia 1921, publicado en 1931), Canciones (1927) y, sobre todos, el Romancero gitano (1928), que le dio una fama inmensa. En sus dieciocho romances, Lorca eleva al gitano a la categoría de mito —símbolo del hombre libre, natural y perseguido— y funde la vieja forma del romance con la metáfora más moderna. Están en él el «Romance de la luna, luna» (la luna que viene a llevarse al niño), el «Romance sonámbulo» y el «Romance de la Guardia Civil española», donde la autoridad destruye la fiesta gitana.
📖 «Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas…» — Federico García Lorca, «Romance sonámbulo», Romancero gitano (1928): la musicalidad de la copla y el misterio de un verde que es a la vez deseo, naturaleza y muerte. El poema no se «entiende» del todo: se siente, como el cante.
Los tres romances más célebres muestran su arte. En el «Romance de la luna, luna», la luna, personificada, baja a la fragua y se lleva a un niño gitano a la muerte: el mito antiguo y el símbolo lunar se funden en una escena de terror y belleza. El «Romance sonámbulo», el más misterioso, cuenta —sin contarla del todo— una historia de amor, sangre y muerte bajo el estribillo verde, con esa lógica de sueño que tanto debe a la vanguardia. Y el «Romance de la Guardia Civil española» narra la destrucción de la ciudad gitana por la fuerza brutal de la autoridad: el gitano, símbolo de la libertad natural, aplastado por el orden. En los tres, lo popular (el romance, el tema andaluz) y lo culto (la metáfora deslumbrante) se dan la mano.
Conviene no olvidar los libros que rodean al Romancero. El Poema del cante jondo es un homenaje al cante hondo andaluz —la siguiriya, la soleá—, esa «pena negra» que Lorca sentía como el alma trágica de su tierra; con él y con el músico Manuel de Falla organizó en 1922 un célebre concurso para dignificar el flamenco. Y Canciones reúne poemas breves, en apariencia ligeros y juguetones, de raíz popular pero de una modernidad exquisita. En todos ellos late ya el gran tema lorquiano: el destino trágico, la muerte que acecha bajo la fiesta, la frustración del deseo. Bajo la alegría del color y del ritmo, Lorca es siempre un poeta de la pena.
La segunda etapa nace de una crisis personal y artística. Cansado del éxito del Romancero y en plena crisis íntima, Lorca viajó a Nueva York (1929-1930), donde vivió el crac de la Bolsa y la deshumanización de la gran ciudad. De esa experiencia nació Poeta en Nueva York (escrito allí, publicado póstumo en 1940): un libro surrealista, de imágenes alucinadas y verso libre torrencial, en el que denuncia con angustia la civilización de la máquina y el dinero, la injusticia (los negros de Harlem) y el vacío espiritual. Es una de las cumbres del surrealismo en español y la prueba de que la vanguardia sirvió al 27 para expresar la protesta y la angustia, no solo el juego.
Vale la pena detenerse en ese libro extraordinario. Estructurado en secciones que van de la llegada a la ciudad al regreso, Poeta en Nueva York es un grito contra la deshumanización: la ciudad de hierro y cristal aplasta al hombre, el dinero lo corrompe todo, la naturaleza agoniza. Lorca se identifica con los oprimidos —los negros de Harlem, a quienes dedica una «Oda al rey de Harlem»— y busca en su sufrimiento una autenticidad que la civilización del rascacielos ha perdido. En «La aurora», el amanecer de Nueva York no trae luz ni esperanza, sino angustia y monedas. Es una poesía visionaria, de imágenes irracionales encadenadas, que necesitó del surrealismo para poder decir tanto horror; incluye también la «Oda a Walt Whitman», canto al poeta norteamericano y a una fraternidad soñada.
Su última etapa vuelve a un tono más clásico y depurado, sin perder la hondura trágica. Su obra maestra de estos años es el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935), elegía en cuatro partes por su amigo torero, muerto en la plaza: una de las mayores elegías de la lengua, presidida por un estribillo que golpea como una campana.
📖 «A las cinco de la tarde. / Eran las cinco en punto de la tarde…» — Federico García Lorca, «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías» (1935): el estribillo obsesivo de «La cogida y la muerte» convierte la hora del percance en el tañido fatal del destino.
El Llanto tiene cuatro partes, de emoción creciente y luego serenada: «La cogida y la muerte» (el momento del percance, con el estribillo obsesivo), «La sangre derramada» (el rechazo horrorizado a ver la sangre del amigo), «Cuerpo presente» (la meditación ante el cadáver) y «Alma ausente» (la despedida y la promesa de cantarlo para que no muera del todo). Es un modelo de elegía moderna que une la tradición (la elegía clásica, el planto medieval) con la imagen vanguardista, y una de las cumbres de la poesía funeral en español, comparable a las Coplas de Manrique.
A estos años pertenecen también el Diván del Tamarit (de inspiración arábigo-andaluza) y los Sonetos del amor oscuro, poesía amorosa intensísima que la censura y el pudor mantuvieron inéditos durante décadas. Y entonces llegó la tragedia: al estallar la Guerra Civil, Lorca fue detenido y fusilado en agosto de 1936, cerca de Granada, a los treinta y ocho años. Su asesinato se convirtió en el símbolo del destino trágico de toda su generación.
Los Sonetos del amor oscuro, escritos en sus últimos años y ocultos durante casi medio siglo, son un testimonio conmovedor: poesía amorosa de una pasión intensa y doliente, en la forma clásica del soneto pero con el fuego de la vanguardia, en la que Lorca vuelve, ya maduro, al amor como herida y como salvación. Su tardía publicación (en los años ochenta) reveló una dimensión íntima que la época le había obligado a callar, y confirmó que, hasta el final, convivieron en él la tradición más pura (el soneto) y la modernidad más audaz.
Conviene recordar que en Lorca la lírica y el teatro (tema 65) son la misma voz: los mismos temas —el deseo reprimido, la mujer, la muerte, el honor, la Andalucía trágica—, los mismos símbolos y la misma mezcla de lo popular y lo culto pasan del poema al drama. Por eso sus obras teatrales están escritas, en buena parte, en verso, y sus poemas tienen a menudo una fuerza dramática. Esa unidad, y su genio para fundir el folclore con la vanguardia, han hecho de Lorca el escritor español más universal del siglo XX —traducido y representado en el mundo entero— y el símbolo mismo de la cultura española segada por la intolerancia.
🔎 En vida y póstumos. En vida, Lorca solo publicó Libro de poemas, Poema del cante jondo (en singular, «Poema»), Canciones, Romancero gitano y el Llanto. Son póstumos Poeta en Nueva York (1940), el Diván del Tamarit (1940) y los Sonetos del amor oscuro (no editados como conjunto hasta los años ochenta). Y su gran romancero se titula, con precisión, Primer romancero gitano.
7. Alberti, Dámaso Alonso, Prados y Altolaguirre. Miguel Hernández
7.1. Rafael Alberti
Rafael Alberti (El Puerto de Santa María, 1902 – 1999) es, con Lorca, el poeta de mayor virtuosismo y versatilidad del grupo: recorrió casi todas las tendencias con una facilidad y una gracia asombrosas. Empezó en el neopopularismo con Marinero en tierra (1924, Premio Nacional de Literatura ex aequo con Gerardo Diego), delicada evocación, desde el Madrid interior, de la nostalgia del mar de su Cádiz natal. Siguió con el gongorismo vanguardista de Cal y canto (1929) y, sobre todo, con la crisis surrealista de su obra maestra, Sobre los ángeles (1929): tras una honda crisis personal, el poeta se ve expulsado del paraíso y vaga, con verso libre y visionario, por un mundo deshabitado poblado de ángeles caídos.
Militante comunista, Alberti evolucionó luego hacia una poesía cívica y de compromiso (El poeta en la calle) y, tras la Guerra Civil, hacia la de un largo exilio (Argentina y Roma) traspasado por la nostalgia de España: Retornos de lo vivo lejano, Roma, peligro para caminantes. Regresó a España en 1977, tras la muerte de Franco, y recibió el Premio Cervantes en 1983. Su longevidad hizo de él el último gran superviviente del 27.
Ninguna trayectoria del 27 es tan proteica como la de Alberti: pasó del mar de la infancia al gongorismo, del surrealismo a la agitación política, y del destierro a la vuelta, siempre con una facilidad y una musicalidad asombrosas. En el exilio, su gran tema fue la nostalgia de España —de su Cádiz, de su pueblo, de sus amigos muertos—, cantada con una emoción que hizo de él uno de los poetas del destierro más queridos. Fue, además, dibujante y hombre de teatro: un artista total y el último gran superviviente de una generación segada.
7.2. Dámaso Alonso
Dámaso Alonso (1898-1990) fue miembro del grupo más como crítico y filólogo que como poeta: el gran estudioso de Góngora (a quien reivindicó en 1927) y uno de los fundadores de la estilística española (Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos, 1950). Fue, además, director de la Real Academia Española. Pero su nombre pertenece también a la historia de la poesía por un libro tardío y decisivo, Hijos de la ira (1944), una de las obras capitales de la posguerra: poesía «desarraigada», existencial y airada, en verso libre, que da voz al horror y a la angustia de la España de 1944.
📖 «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)…» — Dámaso Alonso, «Insomnio», Hijos de la ira (1944): el arranque brutal de la poesía existencial de posguerra, tan lejos ya del gozo puro de un Guillén.
Como filólogo, Dámaso Alonso fue una figura capital del siglo: sus estudios sobre Góngora —al que devolvió el prestigio— y sus métodos estilísticos (la relación entre el «significante» y el «significado», la busca de la «forma interior» del poema) renovaron la crítica española y formaron a generaciones de profesores. Fue, además, quien mejor teorizó el propio grupo del 27, al que dedicó ensayos fundamentales. Poeta tardío y gran maestro, encarna como nadie esa doble condición —creador y estudioso— tan característica del 27.
7.3. Emilio Prados y Manuel Altolaguirre
Los dos poetas malagueños del grupo, Emilio Prados (1899-1962) y Manuel Altolaguirre (1905-1959), fueron además sus impresores: fundaron la Imprenta Sur y la revista Litoral (Málaga, 1926), uno de los órganos clave del 27, y dieron a la imprenta muchos de los primeros libros de sus compañeros. Prados, de poesía cada vez más honda y solitaria, dio su cima en el exilio mexicano con Jardín cerrado (1946). Altolaguirre fue el poeta más intimista del grupo, de voz delicada y espiritual. Ambos partieron al exilio; su labor de editores es tan importante como su obra.
🔎 Un matiz. Aunque ambos se exiliaron a México, Altolaguirre murió en España (en un accidente de coche, en 1959), adonde había vuelto de visita: no falleció en el destierro. Su labor con la imprenta y con Litoral fue tan decisiva para el grupo como su propia poesía.
7.4. Miguel Hernández, el «genial epígono»
Miguel Hernández (1910-1942) está a caballo entre el 27 y la llamada Generación del 36; Dámaso Alonso lo llamó, con acierto, «genial epígono» del 27. Pastor de Orihuela y casi autodidacta, llegó a la poesía culta y pronto la dominó: su Perito en lunas (1933) es un alarde gongorino, y El rayo que no cesa (1936) —dominado por el soneto— canta el amor y el dolor con una fuerza telúrica. En él está la célebre elegía a la muerte de su amigo Ramón Sijé.
📖 «Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, / compañero del alma, tan temprano.» — Miguel Hernández, «Elegía» a Ramón Sijé, en El rayo que no cesa (1936): el dolor de la amistad rota por la muerte, en tercetos de una emoción desbordante.
La Guerra Civil hizo de Miguel Hernández un poeta del pueblo: Viento del pueblo (1937) es poesía de combate, escrita en el frente republicano. Preso al terminar la guerra, en la cárcel compuso su obra más desnuda y desgarradora, el Cancionero y romancero de ausencias, con las inolvidables «Nanas de la cebolla», escritas para su hijo tras una carta de su mujer que le decía que solo comía pan y cebolla. Murió de tuberculosis en la prisión de Alicante en 1942, a los treinta y un años: la última víctima ilustre de la tragedia que se llevó a Lorca.
Toda la poesía de Miguel Hernández gira, según su propia imagen, en torno a tres heridas: la de la vida, la del amor y la de la muerte. Poeta de una fuerza telúrica y de una autenticidad conmovedora, unió como nadie la tradición (el gongorismo, el soneto, la copla) con el grito directo del pueblo. Su vida —de pastor a poeta, de la gloria a la cárcel y a la muerte temprana— y su obra, que va del amor a la solidaridad y de esta a la ternura desnuda de las «Nanas de la cebolla», hacen de él una de las figuras más puras y trágicas de la literatura española, el eslabón entre el 27 y la poesía comprometida de posguerra.
🔎 Un error de forma muy socorrido. La «Elegía» a Ramón Sijé no es un soneto, aunque el libro (El rayo que no cesa) esté lleno de ellos: está escrita en tercetos encadenados (endecasílabos con rima ABA BCB…), y suele citarse como el ejemplo escolar de esa estrofa. Confundirla con un soneto es un cebo de examen clásico.
8. El 27 y la Guerra Civil
La Guerra Civil (1936-1939) fue el final del grupo y una de las mayores catástrofes de la cultura española. El primer golpe, y el más simbólico, fue el asesinato de Federico García Lorca en agosto de 1936, en los primeros días de la contienda, cerca de Granada: la muerte del más luminoso de todos se convirtió en el emblema del destino trágico de su generación y de toda España. Con la derrota de la República, la mayoría de los poetas hubo de partir al exilio —esa «España peregrina» que llevó su voz por América y Europa—: se marcharon Salinas, Guillén, Cernuda, Alberti, Prados y Altolaguirre. Otros tres se quedaron en un «exilio interior», bajo la dictadura: Dámaso Alonso, Aleixandre y Gerardo Diego. Y en la cárcel murió, en 1942, el «genial epígono» Miguel Hernández. Con ellos se cierra la Edad de Plata y empieza el largo y gris desierto de la posguerra (tema 68).
El exilio fue una herida que marcó para siempre a los supervivientes. Salinas y Guillén enseñaron en universidades de los Estados Unidos; Cernuda peregrinó de Inglaterra a México; Alberti pasó casi cuarenta años entre Argentina y Roma; Prados y Altolaguirre echaron raíces en México. Lejos de España, siguieron escribiendo una poesía teñida de nostalgia y de memoria, la de la «España peregrina» que llevó lo mejor de la cultura española por el mundo. Y dentro de España, bajo la censura, la obra de los que se quedaron y la de los muertos hubo de abrirse paso a duras penas: durante años, nombrar a Lorca o a Alberti fue casi un acto de resistencia.
Pero el 27, aun roto y disperso, no calló. Los exiliados siguieron creando lejos —Cernuda, Alberti, Guillén, Prados dieron en el destierro algunos de sus mejores libros—, y los que se quedaron mantuvieron viva la llama dentro de España: la casa de Aleixandre en Velintonia y su Sombra del paraíso (1944), o los Hijos de la ira (1944) de Dámaso Alonso, fueron el puente que unió al 27 con los jóvenes poetas de la posguerra. La generación más brillante desde el Siglo de Oro fue segada en plena madurez; pero su obra, ya escrita, era ya inmortal.
La Guerra Civil no solo acabó con un grupo de poetas: cerró una época, la Edad de Plata, una de las más fecundas de la cultura española. Lo que vino después —la larga dictadura, el exilio, la censura, la penuria— fue, en poesía, un tiempo mucho más pobre y difícil, que tardaría décadas en recuperarse. Por eso la fecha de 1936 marca una de las grandes fracturas de nuestra historia literaria, y por eso el 27, la generación que la guerra segó, quedó para siempre como el símbolo de un esplendor interrumpido.
9. Balance y proyección
La Generación del 27 es la cumbre de la Edad de Plata y uno de los momentos más altos de toda la poesía en lengua española. Su gran lección —y su gran legado— es haber demostrado que se puede ser plenamente moderno sin renegar del pasado: que la tradición y la vanguardia, lejos de excluirse, se enriquecen. Frente al «hay que quemar los museos» de las vanguardias europeas, el 27 puso a Góngora, al Romancero y a Bécquer al servicio de una poesía nuevísima. Ese equilibrio es un modelo que la poesía española no ha olvidado.
Se ha comparado muchas veces al 27 con el Siglo de Oro, y la comparación no es exagerada: por la concentración de talento en una sola promoción, por la calidad media altísima y por la variedad de registros, es el momento más brillante de la poesía española desde Garcilaso, Fray Luis, San Juan, Góngora, Lope y Quevedo. No es casual que fueran ellos quienes rescataran a Góngora: se sabían, en cierto modo, sus herederos. Si a aquello se lo llamó «Siglo de Oro», a esto se lo ha llamado, con acierto, «Edad de Plata»: no por ser menor, sino por venir después de una cima ya alcanzada.
Su proyección fue inmensa. Marcó toda la poesía de posguerra (tema 68): a través de Aleixandre y de Dámaso Alonso, de la que se quedó dentro; a través de Cernuda, Alberti y Guillén, de la del exilio. Cernuda, en particular, sería el maestro reconocido de los «novísimos» de los años sesenta y setenta. Y su popularidad no ha dejado de crecer: Lorca es hoy el poeta español más leído y representado del mundo, y los versos de Alberti, de Miguel Hernández o del propio Lorca, cantados por tantos músicos, forman parte de la memoria colectiva. Queda, eso sí, la herida de lo que pudo ser: una generación deslumbrante, truncada por la guerra y el exilio en el momento de su plenitud.
Conviene concretar esa proyección. La poesía de posguerra (tema 68) nace, en buena medida, del 27: la vía «desarraigada» y existencial arranca de los Hijos de la ira de Dámaso Alonso (1944); la rehumanización y el compromiso social de los años cincuenta tienen su raíz en el Alberti y el Lorca de los años treinta y en el magisterio de Aleixandre desde Velintonia; y la vuelta a la intimidad y a la palabra depurada de la generación del medio siglo (Gil de Biedma, Ángel González) debe mucho a Cernuda y a Guillén. No hay poeta español de la segunda mitad del siglo que no dialogue, de un modo u otro, con el 27.
El 27 es hoy, además, un lugar de memoria. El asesinato de Lorca —cuyos restos ni siquiera se han encontrado— y el exilio de tantos convirtieron al grupo en el símbolo de lo que la Guerra Civil destruyó: la España culta, abierta y creadora de la Edad de Plata. Recordarlos y leerlos es, por eso, algo más que un ejercicio literario: es un acto de justicia con una generación a la que la historia trató con crueldad, y una defensa de los valores —la libertad, la cultura, la convivencia— que ellos encarnaron.
10. Aplicación didáctica
Pocos temas hay tan agradecidos en 2.º de Bachillerato. La poesía del 27 es bella, a menudo accesible y muy cantada, lo que la acerca de inmediato al alumnado, y encaja de lleno con el enfoque de la educación literaria del currículo (RD 243/2022), que sitúa al grupo en la Edad de Plata.
- Recitar y cantar. Oír y comparar las versiones musicadas (Paco Ibáñez, Serrat, Camarón cantando a Lorca) y recitar en voz alta: la poesía del 27 nació muy cerca de la canción y del cante.
- Ver la síntesis. Leer en paralelo tres textos —un romance popular de Lorca, un poema puro de Guillén y un poema surrealista de Aleixandre o Alberti— para tocar con la mano la variedad y la unidad del grupo.
- Puente con las artes. La Residencia de Estudiantes, la amistad de Lorca, Dalí y Buñuel: un pequeño proyecto interdisciplinar con Historia del Arte y Cine.
- Recuperar a las «Sinsombrero». Dar su lugar a las mujeres del grupo es una vía excelente de perspectiva de género y de revisión crítica del canon.
- Memoria y ciudadanía. El asesinato de Lorca y el exilio abren la reflexión sobre la Guerra Civil, la libertad y la memoria histórica: una lección cívica de primer orden.
Una secuencia posible: (1) Activar —oír «La leyenda del tiempo» de Camarón o a Serrat cantando a Machado y a Hernández, y preguntar qué hace que un texto sea poesía—; (2) Situar —una línea de tiempo del grupo con las tres etapas y la Guerra Civil, en diálogo con Historia—; (3) Leer y comparar —tres poemas breves (Guillén puro, Lorca popular, Aleixandre surrealista) para ver la síntesis—; (4) Crear —escribir un breve romance «a lo Lorca» o un poema «puro» a lo Guillén—; (5) Investigar —en grupos, elaborar una ficha de una «Sinsombrero» y exponerla—; y (6) Leer una obra —la lectura completa de La casa de Bernarda Alba o de una antología del grupo—.
La evaluación será competencial: reconocer los rasgos del grupo y de cada poeta, interpretar un poema situándolo en su etapa y su tendencia, analizar su métrica y sus símbolos, y valorar la síntesis de tradición y vanguardia. Una atención especial a la dimensión oral (recitado, canción) y a la lectura de una obra completa —muy a menudo, en la PAU, La casa de Bernarda Alba de Lorca— completa el tratamiento.
Conviene, por último, aprovechar la enorme presencia cultural del 27: es un grupo que sigue vivo en canciones, películas, series y conmemoraciones. Partir de lo que el alumnado ya conoce —una canción de Lorca, una imagen de Dalí, el nombre de una calle o un instituto— para llegar al poema es una vía segura de motivación. Y trabajar su tragedia con tacto y rigor —el exilio, la muerte de Lorca— enseña, además del valor literario, una lección de memoria democrática que el currículo pide expresamente. Pocos temas conjugan tan bien la belleza, la emoción y la formación cívica.
11. Conclusión
La Generación del 27 es el grupo poético más brillante de la literatura española desde el Siglo de Oro, y la cumbre de la Edad de Plata. Su rasgo definitorio es la síntesis: supieron reconciliar la tradición (Góngora, cuyo centenario les dio el nombre en 1927; Bécquer; el Romancero) con la vanguardia (la imagen, el surrealismo, el verso libre) y con la poesía pura de Juan Ramón; lo culto con lo popular, lo intelectual con lo humano. De ese equilibrio nacieron voces irrepetibles —la inteligencia amorosa de Salinas, el gozo puro de Guillén, la doble vía de Diego, el deseo doliente de Cernuda, el amor cósmico de Aleixandre, la versatilidad de Alberti y, sobre todos, la fusión de pueblo y vanguardia de Lorca—.
Cada uno de ellos aportó, además, una lección que sigue viva: Salinas, que el amor puede ser una forma de inteligencia; Guillén, que la realidad, bien mirada, es un motivo de júbilo; Cernuda, que la poesía es una forma de verdad y de rebeldía; Aleixandre, que el hombre es parte de la naturaleza; Lorca, que lo más popular puede ser lo más moderno y que la poesía es, en el fondo, un canto contra la muerte. Juntos formaron una de las constelaciones más luminosas de la literatura universal.
Su historia terminó en tragedia: la Guerra Civil los segó en plena madurez, con el asesinato de Lorca, el exilio de la mayoría y el silencio interior de los que se quedaron. Pero su obra fundó la poesía española contemporánea y sigue viva y cantada. Enseñar el 27 es, por eso, enseñar el momento en que la lírica española alcanzó de nuevo la plenitud del Siglo de Oro, y aprender de ellos su mayor lección: que el arte más nuevo se hace, también, con la mejor memoria.
Esquema
LA LÍRICA EN EL GRUPO POÉTICO DEL 27 │ ├─ 0. IDEA: el grupo más brillante desde el Siglo de Oro. Rasgo = SÍNTESIS (reconcilia contrarios: │ tradición+vanguardia, culto+popular, intelectual+humano). Heredero de T61 (lírica) y T62 (vanguardias) │ ├─ 1. CURRÍCULO (RD 243/2022): LCL II, "Edad de Plata (1875-1936)"; el 27 = su CUMBRE poética. │ PAU suele fijar "La casa de Bernarda Alba" (Lorca) │ ├─ 2. EL GRUPO │ ├─ NOMBRE: 3.er centenario de GÓNGORA (1627->1927); homenaje ATENEO DE SEVILLA (16-17 dic 1927). │ │ ⚠ Sánchez Mejías fue ANFITRIÓN, NO financiador (lo pagó el Ateneo) │ ├─ ¿generación o GRUPO? Petersen con reservas (sin caudillo, sin rechazo del pasado). Dámaso: "grupo" │ ├─ NÓMINA (10): Salinas, Guillén, G.Diego, Lorca, D.Alonso, Aleixandre, Alberti, Cernuda, Prados, Altolaguirre │ └─ COHESIÓN: RESIDENCIA de Estudiantes (Jiménez Fraud; Lorca/Buñuel/Dalí); revistas (Litoral 1926, │ Carmen, Gallo, Verso y prosa); LAS SINSOMBRERO (M.Mallo, C.Méndez... término de 2015) │ ├─ 3. SÍNTESIS: TRADICIÓN (Góngora=metáfora, Bécquer, Romancero, clásicos) + VANGUARDIA (imagen, surrealismo, │ verso libre) + POESÍA PURA (JRJ, Valéry). Soneto clásico Y versículo surrealista │ ├─ 4. TRES ETAPAS: (a) ~hasta 1927: poesía pura + NEOPOPULARISMO (Romancero gitano, Marinero en tierra); │ (b) 1928-36: SURREALISMO y "rehumanización" (Poeta en NY, Sobre los ángeles); (c) tras la guerra: DISPERSIÓN │ ├─ 5. POETAS: SALINAS (amor+inteligencia; La voz a ti debida 1933) · GUILLÉN (poesía PURA; Cántico/Aire │ nuestro; "el mundo está bien hecho"; 1.er Cervantes 1976) · G.DIEGO (DOBLE VÍA; antología del 27) · │ CERNUDA (deseo/realidad; La realidad y el deseo 1936) · ALEIXANDRE (surrealista; amor cósmico; NOBEL 1977) │ ├─ 6. LORCA: el más popular; POPULAR+CULTO; símbolos (luna=muerte, verde). Romancero gitano (1928) · │ Poeta en Nueva York (1929-30/1940 póstumo) · Llanto por I.Sánchez Mejías (1935, "A las cinco de la tarde"). │ ASESINADO ago-1936. ⚠ póstumos: Poeta en NY, Diván del Tamarit, Sonetos del amor oscuro │ ├─ 7. OTROS: ALBERTI (Marinero en tierra 1924/25; Sobre los ángeles 1929) · DÁMASO ALONSO (crítico; Hijos de │ la ira 1944; ⚠ DIRECTOR de la RAE) · PRADOS/ALTOLAGUIRRE (impresores, Litoral) · M.HERNÁNDEZ (genial │ epígono; El rayo que no cesa 1936; ⚠ Elegía a R.Sijé = TERCETOS ENCADENADOS, no soneto; murió cárcel 1942) │ ├─ 8. LA GUERRA CIVIL: asesinato de Lorca (1936); EXILIO de 6 (Salinas, Guillén, Cernuda, Alberti, Prados, │ Altolaguirre); "exilio interior" de 3 (D.Alonso, Aleixandre, G.Diego). Cierra la Edad de Plata -> T68 ├─ 9. BALANCE: cumbre de la Edad de Plata; moderno SIN renegar del pasado; proyección en posguerra y novísimos ├─ 10. DIDÁCTICA: recitar/cantar; ver la síntesis (3 textos); Residencia y las artes; Sinsombrero; memoria └─ 11. CONCLUSIÓN: la plenitud de la lírica española, segada por la guerra; el arte nuevo con la mejor memoria
Bibliografía
- Real Decreto 243/2022, de 5 de abril, por el que se establecen la ordenación y las enseñanzas mínimas del Bachillerato (BOE): saberes básicos de Lengua Castellana y Literatura II.
- DIEGO, G. (ed.), Poesía española. Antología 1915-1931 (1932) y Antología (Contemporáneos) (1934).
- ALONSO, D., Poetas españoles contemporáneos, Madrid, Gredos, 1952.
- CERNUDA, L., Estudios sobre poesía española contemporánea, Madrid, Guadarrama, 1957.
- GARCÍA DE LA CONCHA, V. (dir.), Historia y crítica de la literatura española, vol. 7, Época contemporánea: 1914-1939, Barcelona, Crítica.
- MORELLI, G., y otros, estudios sobre la Generación del 27; ediciones de Cátedra (Letras Hispánicas) de los poetas del grupo.
- BALLÓ, T., Las Sinsombrero. Sin ellas, la historia no está completa, Barcelona, Espasa, 2016.
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