Tema 38 · Lengua Castellana y Literatura
La lírica y sus convenciones
Epígrafe oficial: La lírica y sus convenciones.
Tema desarrollado siguiendo la estructura habitual de la oposición. La información es orientativa: verifica siempre el temario oficial, la normativa y el currículo vigentes en tu convocatoria y tu comunidad autónoma.
Índice
- 0. Introducción
- 1. Relación con el currículo
- 2. La lírica como género: teoría y rasgos
- 3. Las convenciones (I): la versificación
- 4. Las convenciones (II): la estrofa y el poema
- 5. Historia y evolución de las convenciones líricas
- 6. Los subgéneros líricos
- 7. Implicaciones didácticas
- 8. Conclusiones
- 9. Esquema
- 10. Bibliografía y webgrafía
0. Introducción
Tras la narrativa, el género de la objetividad y del relato (tema 37), el temario aborda su reverso: la lírica, el género de la subjetividad y de la palabra en su máxima densidad estética. Si el narrador cuenta un mundo exterior y el dramaturgo hace que los personajes lo representen, el poeta lírico expresa un mundo interior —una emoción, una intuición, una visión— condensándolo en un lenguaje trabajado hasta el límite, donde el cómo se dice es inseparable del qué se dice. La lírica es la manifestación más pura de la función poética del lenguaje (tema 1) y el terreno donde con más fuerza opera la literariedad (tema 33): el poema no informa ni narra, sino que hace ver y sentir, y su valor reside en la forma.
El enunciado del tema —«la lírica y sus convenciones»— orienta el enfoque: junto a la caracterización del género interesan de manera especial sus convenciones formales, es decir, el conjunto de reglas y modelos históricos que dan forma al poema, y muy señaladamente la métrica (la versificación, la rima, la estrofa). Estas convenciones no son un corsé exterior, sino el material mismo con que se construye el sentido lírico: el ritmo, la rima y la estrofa significan, crean expectativas, refuerzan o contradicen el contenido, y su dominio es imprescindible para leer y comentar poesía. El opositor debe manejar, por tanto, tanto la teoría del género lírico (de Aristóteles y Hegel a Käte Hamburger y la teoría de la enunciación) como el sistema métrico español con precisión técnica, pues su análisis es una destreza básica de la materia.
El desarrollo caracterizará la lírica como género (su estatuto teórico, sus rasgos y el problema del yo lírico); expondrá sus convenciones formales —la versificación (medida, ritmo, rima) y la estrofa y el poema—; recorrerá la evolución histórica de esas convenciones (de la métrica tradicional castellana al italianismo y al verso libre) y los subgéneros líricos; y cerrará con la didáctica de la poesía, umbral del estudio del teatro (tema 39).
1. Relación con el currículo
El currículo LOMLOE —Ley Orgánica 2/2006 (LOE) en la redacción de la LOMLOE, Real Decreto 217/2022 (ESO) y Real Decreto 243/2022 (Bachillerato), con los decretos autonómicos— integra el conocimiento del género lírico y de sus convenciones en la competencia específica de educación literaria (tema 35).
- Entre los saberes básicos figuran el reconocimiento de las convenciones del género poético (el verso, la estrofa, el ritmo, la rima, las figuras: temas 11 y 33), la lectura y recitado de poemas y la creación de textos con intención estética (tema 32).
- La poesía es un cauce privilegiado para trabajar la dimensión estética de la lengua, la musicalidad y la expresión de la afectividad, así como para la oralidad (el recitado, la memorización gozosa, la canción: tema 31).
- El género conecta con la conciencia y expresión culturales (la tradición poética como patrimonio) y con la educación emocional y de la sensibilidad que la LOMLOE valora en el Perfil de salida.
El conocimiento del sistema métrico y de las convenciones líricas es, además, herramienta indispensable para el comentario de textos poéticos (tema 34), destreza central de la materia y frecuente en las pruebas.
2. La lírica como género: teoría y rasgos
2.1. El estatuto teórico del género lírico
La lírica es, de los tres géneros mayores, el de estatuto teórico más problemático. Como vimos (tema 36), Aristóteles apenas la contempló: su Poética, centrada en la mímesis o imitación de acciones, encajaba bien la épica y el drama (que imitan hechos), pero no la lírica, que no imita una acción exterior, sino que expresa una interioridad. El término «lírica» procede de la lira, el instrumento con que se acompañaba el canto en Grecia (la poesía melica de Safo, Píndaro, Anacreonte), lo que recuerda su origen ligado a la música. Durante siglos, la reflexión clasificó la poesía por subgéneros (oda, elegía, égloga) sin una teoría unitaria del género.
Fue el Romanticismo quien dio a la lírica su lugar canónico en la tríada. Hegel la definió como el género de la subjetividad (frente a la objetividad de la épica y la síntesis del drama): la lírica expresa el mundo interior del yo, sus sentimientos e intuiciones, ante el mundo. La teoría posterior ha refinado esta idea. La germanista Käte Hamburger (La lógica de la literatura) sostuvo que la diferencia esencial de la lírica frente a la narrativa es de enunciación: mientras el enunciado de ficción narrativa crea un mundo imaginario (con personajes que no remiten a una realidad), el enunciado lírico es un enunciado de realidad emitido por un sujeto de enunciación (el yo lírico), lo que explica que leamos el poema como la voz de alguien que dice «yo». Jonathan Culler, en su Teoría de la lírica, ha subrayado como rasgos definitorios el apóstrofe (la invocación a un tú ausente: «oh muerte», «oh tú que me lees»), el presente lírico (un ahora que se repite en cada lectura) y la ritualidad del poema (más cercano al conjuro y al canto que a la ficción representacional). La lírica, en suma, no es un relato en verso, sino un acto de discurso singular: una voz que, en presente, expresa, invoca y celebra.
2.2. Los rasgos del discurso lírico
De ese estatuto derivan los rasgos caracterizadores del discurso lírico. Primero, la subjetividad y la expresividad: predominio de la función emotiva (la primera persona, la efusión del yo) y de la función poética (la atención a la forma del mensaje: tema 1). Segundo, la brevedad e intensidad: el poema lírico tiende a la concentración, condensa en pocos versos una emoción o una intuición (frente a la amplitud de la narrativa), lo que exige la máxima densidad de cada palabra. Tercero, la musicalidad: el ritmo, la rima y el juego de sonidos hacen del poema un objeto sonoro, heredero de su origen cantado; la lírica se dirige tanto al oído como a la inteligencia. Cuarto, la plurisignificación y la connotación (tema 33): el lenguaje poético sugiere más de lo que dice, abre sentidos, trabaja con símbolos e imágenes. Y quinto, la autorreferencialidad: el poema llama la atención sobre su propia forma, sobre las palabras mismas, en el grado más alto de todos los géneros.
El instrumento de todo ello es un lenguaje figurado de densidad máxima. Los recursos expresivos de todos los niveles (tema 33) —los fónicos (aliteración, ritmo, rima), los morfosintácticos (paralelismo, hipérbaton, encabalgamiento) y sobre todo los léxico-semánticos o tropos (metáfora, símbolo, sinestesia, imagen)— alcanzan en la lírica su máxima concentración y su función más plena. El poema es el lugar donde la lengua se vuelve, según la fórmula de Valéry, «una vacilación prolongada entre el sonido y el sentido»: forma sonora y significado se sostienen mutuamente.
Conviene añadir una reflexión sobre la función de la lírica y sobre el debate estético que la ha atravesado. Frente a la utilidad práctica de otros discursos, el poema reivindica un valor gratuito y a la vez hondísimo: la tradición ha visto en él una forma de conocimiento distinta de la racional (la «poesía como revelación» que Heidegger encontraba en Hölderlin, o el «arco y la lira» de Octavio Paz: el poema que nos devuelve el instante de plenitud, la unión con el ser). De ahí el debate, especialmente vivo en el siglo XX español, entre la poesía pura (la que aspira a la belleza autónoma, depurada de anécdota y sentimentalismo: Juan Ramón Jiménez, la primera Generación del 27) y la poesía comprometida o social (la que pone el verso al servicio de la denuncia y la solidaridad humana: la «rehumanización» de la posguerra, Blas de Otero, Gabriel Celaya y su «poesía como un arma cargada de futuro»). Este debate —¿la poesía es fin en sí misma o instrumento?— no tiene una respuesta única, y el docente hará bien en mostrar que la gran poesía puede ser, a la vez, forma perfecta y voz de lo humano, sin que la exigencia estética y el compromiso ético se excluyan.
2.3. El yo lírico y la enunciación
Una precisión teórica fundamental, exigible al opositor, es la distinción entre el autor y el yo lírico (o hablante lírico, o sujeto poético). El «yo» que habla en un poema no es necesariamente el autor de carne y hueso, sino una voz construida dentro del poema, un sujeto de enunciación ficticio o transfigurado, aunque parta de la experiencia del autor. Confundirlos —leer todo poema como confesión autobiográfica directa— es un error crítico grave (la falacia biografista: tema 34): Machado puede dar voz a un yo que no es exactamente él, Pessoa multiplicó su yo en heterónimos (Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, poetas inventados con biografía y estilo propios), y muchos poemas hablan por boca de personajes (el monólogo dramático). El yo lírico es, pues, una máscara (la persona latina), y su análisis es parte esencial del comentario de un poema.
La enunciación lírica organiza, además, un tú (el destinatario, a menudo invocado mediante el apóstrofe: la amada, la muerte, la patria, el propio corazón, el lector) y un aquí y ahora deícticos (tema 24) que instauran el «presente lírico». Esta estructura de comunicación singular —un yo que, en presente, se expresa o invoca a un tú— es lo que da al poema su carácter de voz viva que se reactualiza en cada lectura, y explica por qué la poesía pide ser dicha en voz alta.
3. Las convenciones (I): la versificación
3.1. El verso y la medida silábica
La convención formal por excelencia de la lírica tradicional es el verso: la unidad rítmica que fragmenta el discurso en líneas de una determinada medida, frente a la continuidad de la prosa. La métrica es la disciplina que estudia la estructura del verso, la estrofa y el poema. En español, la medida del verso se basa en el cómputo silábico: el número de sílabas que lo forman, con tres reglas capitales que hay que dominar.
Conviene situar el sistema español dentro de la tipología de los sistemas de versificación del mundo, para no dar por universal lo que es propio de nuestra lengua. Hay lenguas de versificación cuantitativa, basada en la oposición de sílabas largas y breves (el griego y el latín clásicos, con sus pies métricos: el hexámetro dactílico de la epopeya); lenguas de versificación acentual, basada solo en el número de acentos, con sílabas átonas variables (el verso germánico e inglés antiguo, con su aliteración); y lenguas de versificación silábica pura, basada solo en el número de sílabas (el francés). El español es de versificación silabo-acentual: cuentan tanto el número de sílabas como la distribución de los acentos, y por eso el ritmo depende de ambos factores. Comprenderlo evita errores frecuentes (aplicar a un poema español la escansión latina) y permite apreciar la originalidad de cada tradición: cuando se traduce un hexámetro griego al español, no se reproduce su cantidad, sino que se busca un equivalente acentual, lo que ilustra hasta qué punto la métrica está enraizada en la fonología de cada lengua (tema 11).
La primera es la sinalefa: cuando una palabra termina en vocal y la siguiente empieza por vocal (o h muda), ambas sílabas se cuentan como una sola («cuan-do_es-pi-ro»). Es un fenómeno casi obligatorio en español y esencial para medir bien. La segunda es el cómputo según la última sílaba acentuada: si el verso termina en palabra llana, se cuentan las sílabas tal cual; si termina en palabra aguda (o monosílabo), se suma una sílaba; si termina en esdrújula, se resta una. Así, un verso que gramaticalmente tiene diez sílabas pero acaba en aguda mide once, y uno de doce que acaba en esdrújula mide once: la razón es rítmica (el verso se mide hasta el último apoyo acentual más una sílaba de cierre). La tercera son las licencias métricas que el poeta puede usar para ajustar la medida: la diéresis (deshacer un diptongo en dos sílabas, marcada a veces con crema: «rü-i-do»), la sinéresis (unir en una sílaba dos vocales que normalmente van separadas: «hé-roe» como bisílabo) y el hiato (deshacer una sinalefa, contando separadas las vocales de dos palabras).
Según el número de sílabas, los versos se clasifican en arte menor (de dos a ocho sílabas: el más importante es el octosílabo, verso nacional del romance, la copla y buena parte de la lírica popular) y arte mayor (de nueve sílabas en adelante: destacan el endecasílabo, de once sílabas, verso de la poesía culta italianizante, el soneto y la silva; el alejandrino, de catorce sílabas divididas en dos hemistiquios de siete por una cesura; el heptasílabo y el dodecasílabo). La elección del metro no es indiferente: cada verso arrastra una tradición y unas connotaciones (el octosílabo, lo popular y narrativo; el endecasílabo, lo culto y reflexivo).
3.2. Acento, pausa, ritmo y encabalgamiento
La medida silábica es solo el esqueleto; el ritmo es el alma del verso. El ritmo nace de la distribución regular de los acentos: todo verso español lleva un acento fijo y estructurante en la penúltima sílaba (el acento estrófico), y en torno a él se organizan los demás acentos rítmicos, creando patrones (el endecasílabo, por ejemplo, admite varios tipos rítmicos según dónde caigan sus acentos internos: heroico, melódico, sáfico). A ello se suman las pausas: la pausa final de verso, la pausa estrófica y, en los versos largos, la cesura que los divide en hemistiquios (medios versos, como en el alejandrino 7+7). Completan la arquitectura rítmica el timbre (la rima) y los efectos de sonido (aliteraciones, tema 33).
Fenómeno rítmico de gran valor expresivo es el encabalgamiento: la falta de coincidencia entre la pausa versal y la pausa sintáctica, de modo que una unidad de sentido «cabalga» de un verso al siguiente, sin poder detenerse al final del primero (el verso encabalgante deja la frase en suspenso; el encabalgado la completa). El encabalgamiento tensa la relación entre el molde métrico y la sintaxis, crea efectos de aceleración, sorpresa o énfasis, y es un recurso central de la poesía de todos los tiempos (abundante ya en Garcilaso). Su presencia o ausencia define estilos: el verso de sintaxis coincidente con el metro suena sentencioso y pausado; el muy encabalgado, fluido y dramático.
3.3. La rima
La rima es la repetición de sonidos al final de dos o más versos, a partir de la última vocal acentuada. Se distinguen dos clases. La rima consonante (o total, o perfecta): coinciden todos los sonidos, vocales y consonantes, desde la última vocal tónica («amor / dolor», «viento / lamento»); es más exigente y de efecto más marcado. La rima asonante (o parcial, o vocálica): coinciden solo las vocales desde la última tónica, no las consonantes («sombra / rosa», «viento / cielo»); es más flexible y característica de la lírica popular y del romance. Los versos que no riman se llaman sueltos o libres, y el poema sin rima, en verso blanco (si mantiene la medida) o verso libre (si prescinde también de la medida regular).
La rima se representa con un esquema de letras: mayúsculas para los versos de arte mayor y minúsculas para los de arte menor, con la misma letra para los versos que riman entre sí, y un guion o el signo del cero para los sueltos. Así, un serventesio es ABAB y un cuarteto ABBA. La rima no es un mero adorno: crea expectativa y cierre, vincula semánticamente las palabras que hace coincidir (la rima «amor / dolor» sugiere una relación de sentido) y contribuye decisivamente a la memorabilidad del poema, razón de su fuerza en la lírica oral y popular.
4. Las convenciones (II): la estrofa y el poema
La estrofa es la agrupación de un número fijo de versos con un esquema métrico (medida y rima) determinado y repetible. El sistema estrófico español, fijado sobre todo en el Renacimiento, ofrece un rico repertorio. Entre las estrofas de arte menor destacan el pareado (dos versos, AA), el terceto (aunque el terceto encadenado es de arte mayor), la redondilla (cuatro octosílabos abba) y la cuarteta (abab), la copla y la seguidilla (populares), la quintilla (cinco octosílabos) y la décima o espinela (diez octosílabos abbaaccddc). Entre las de arte mayor: el cuarteto (cuatro endecasílabos ABBA) y el serventesio (ABAB), el terceto encadenado (ABA BCB CDC…), la octava real (ocho endecasílabos ABABABCC, estrofa épica) y la lira (cinco versos heptasílabos y endecasílabos aBabB, introducida por Garcilaso).
Más allá de la estrofa, los poemas se clasifican en estróficos (compuestos por estrofas iguales que se repiten) y no estróficos (de tirada continua). El poema estrófico más importante de la tradición culta es el soneto: catorce endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos (esquema clásico ABBA ABBA CDC DCD, con variantes en los tercetos), forma de origen italiano (Petrarca), aclimatada en España por Boscán y Garcilaso, que exige condensar un pensamiento o una emoción con máxima perfección, a menudo con una estructura de planteamiento en los cuartetos y resolución o giro en los tercetos. Entre los poemas no estróficos sobresalen el romance (serie indefinida de octosílabos con rima asonante en los pares y sueltos los impares: frontera lírico-narrativa, tema 37), la silva (combinación libre de heptasílabos y endecasílabos con rima a voluntad del poeta) y la canción, así como el poema de versos libres de la poesía moderna. Este repertorio de moldes es el conjunto de convenciones con que dialoga todo poeta: seguirlos, combinarlos o romperlos es ya una elección de sentido.
Junto a estas formas de la tradición culta hispánica, conviene tener presentes las formas fijas de otras tradiciones que la poesía en español ha adoptado, muy útiles además en el aula por su brevedad y su carácter casi lúdico. El haiku japonés (tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, sin rima, que captan un instante de la naturaleza con máxima concentración: cultivado en español por Machado, Juan Ramón o Benedetti) es un molde ideal para iniciar en la escritura poética. El villancico y la glosa (un estribillo que se comenta y amplía), la sextina provenzal, el rondel o el caligrama (el poema cuya disposición gráfica dibuja su tema: Apollinaire, la poesía visual) amplían el repertorio. La existencia de estos moldes de todas las culturas confirma una idea central del tema: la convención —lejos de coartar— es un estímulo creador, un reto que obliga al poeta a la invención dentro de un límite, y a menudo la restricción formal (contar sílabas, buscar la rima, respetar una estructura) es precisamente lo que dispara el hallazgo poético, como sabían los poetas del Oulipo y como intuye cualquiera que haya intentado cerrar un soneto.
5. Historia y evolución de las convenciones líricas
Las convenciones líricas no son eternas: forman un sistema histórico (tema 36) que ha evolucionado. La lírica tradicional castellana, popular y de raíz oral, se expresó en versos de arte menor (el octosílabo y el hexasílabo), con rima asonante y estructuras paralelísticas y de estribillo (el villancico, la jarcha, la cantiga de amigo, la copla), un caudal recogido y estilizado por la poesía culta. La lírica culta medieval (el mester de clerecía con la cuaderna vía; la poesía cancioneril del siglo XV) y la castellana del arte mayor (las Coplas de Jorge Manrique en pie quebrado) convivieron con ese fondo popular.
La gran revolución llegó en el Renacimiento con el italianismo: Garcilaso de la Vega y Juan Boscán aclimataron el endecasílabo y las formas italianas (el soneto, la lira, la octava, la canción petrarquista), renovando por completo el ritmo y los moldes de la poesía española y abriendo la vía culta que llega al Barroco (Góngora, Quevedo, Lope). Durante siglos, la métrica regular —medida, rima y estrofa— fue la norma indiscutida. La segunda gran revolución es moderna: a partir del Simbolismo y el Modernismo (Rubén Darío ensancha y flexibiliza el repertorio), y sobre todo con las vanguardias del siglo XX, se impone el verso libre (que prescinde de la medida regular, la rima y la estrofa, y busca el ritmo en otros recursos: el paralelismo, las imágenes, la disposición gráfica) y el versículo (verso largo de aliento bíblico, como en Whitman o en el Neruda de las Residencias). La poesía contemporánea se mueve con libertad entre la tradición métrica y su ruptura, y hasta el poema en prosa (Baudelaire, Juan Ramón Jiménez) disuelve la frontera del verso. Conocer esta evolución evita el error de identificar «poesía» con «verso rimado y medido»: la convención cambia, pero la función lírica permanece.
El siglo XX español ofrece un laboratorio riquísimo de esta dialéctica entre tradición y ruptura. La Generación del 27 —Lorca, Guillén, Salinas, Alberti, Cernuda, Aleixandre— fusionó de manera admirable la tradición (la métrica clásica, el neopopularismo del romance y la copla, Góngora) con la vanguardia (el verso libre, la imagen surrealista), demostrando que ambas no se oponen. Tras la Guerra Civil, la poesía osciló entre la rehumanización y el compromiso (la poesía social de los años cincuenta) y la vuelta a la experiencia y al lenguaje coloquial (la generación de los cincuenta, Ángel González, Gil de Biedma; y más tarde la «poesía de la experiencia» de los ochenta). Este vaivén ilustra que la historia de la lírica no es un progreso lineal, sino un diálogo permanente en el que cada generación redefine su relación con las convenciones heredadas: unas veces las recupera, otras las subvierte, pero siempre cuenta con ellas, aunque sea para negarlas. Por eso el conocimiento del sistema métrico tradicional sigue siendo imprescindible incluso para leer la poesía que lo rompe: no se puede percibir una transgresión sin conocer la norma transgredida.
6. Los subgéneros líricos
La tradición ha distinguido numerosos subgéneros líricos, definidos por su tema, su tono y su forma, muchos de origen grecolatino. Entre los mayores: la oda (poema de tono elevado que celebra o medita sobre un tema noble), la elegía (poema de lamento, especialmente por la muerte de alguien: las Coplas de Manrique, la Elegía de Miguel Hernández a Ramón Sijé), la égloga (poema pastoril, de amores idealizados en una naturaleza estilizada: las Églogas de Garcilaso), la canción (amorosa, de tradición petrarquista) y el himno (poema de exaltación colectiva). Entre los de tono menor o satírico: la sátira y el epigrama (breve y punzante), la letrilla y el madrigal (galante y breve). Y de raíz popular: la copla, la seguidilla, el villancico. La lírica moderna ha diluido estas etiquetas, pero su conocimiento sigue siendo útil para situar la tradición y para comprender las convenciones temáticas (los tópicos heredados: el carpe diem, el locus amoenus, el beatus ille, la descriptio puellae), que forman parte del intertexto del lector de poesía (tema 35).
Estos tópicos merecen atención especial por su enorme rendimiento didáctico y crítico: son lugares comunes que la tradición transmite de autor en autor y de época en época, de modo que reconocerlos permite leer un poema en diálogo con toda una genealogía. El carpe diem (Horacio: «aprovecha el día») recorre la lírica desde la Antigüedad hasta Garcilaso («coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto…») y más allá; el ubi sunt (¿dónde están los que fueron?) vertebra las Coplas de Manrique; el beatus ille (dichoso el que vive retirado) reaparece en fray Luis de León. Enseñar a un alumno a identificar un tópico es darle una llave que abre a la vez muchos poemas y le muestra la literatura como una conversación a través de los siglos (temas 34 y 35): cuando un poeta actual retoma el carpe diem en una canción, dialoga —lo sepa o no— con Horacio. Así, el estudio de los subgéneros y los tópicos, lejos de ser erudición muerta, es una herramienta para leer con la profundidad y la resonancia que solo da el conocimiento de la tradición.
7. Implicaciones didácticas
La poesía es, paradójicamente, el género más temido y peor tratado por la enseñanza tradicional, que a menudo lo redujo a un ejercicio de medir versos y etiquetar figuras —la métrica y la retórica como fin en sí mismas— que ha alejado a generaciones del placer del poema. La educación literaria (tema 35) reivindica un enfoque distinto: la poesía se enseña ante todo leyéndola, diciéndola y sintiéndola, y las convenciones (métrica, figuras) se estudian al servicio de la comprensión y del disfrute, para descubrir cómo el poema logra su efecto, nunca como una taxonomía que aplicar mecánicamente.
De ahí varias líneas de trabajo. La lectura en voz alta y el recitado: la poesía nació para el oído, y decirla —trabajar la entonación, el ritmo, las pausas (tema 31)— es la mejor manera de vivirla; la memorización gozosa de poemas amados, tantas veces denostada, devuelve al alumno un tesoro para toda la vida. La conexión con la música: la canción es lírica contemporánea (analizar y escribir letras, musicar poemas, tender el puente entre la tradición poética y la música que el alumnado ama) es una vía potentísima de acercamiento, que además revela la raíz cantada del género. La escritura creativa (tema 32): componer poemas jugando con las convenciones (escribir un caligrama, un haiku, versos con una estructura dada, greguerías), lo que hace comprender las reglas desde dentro y libera la expresión personal. Y el comentario de poemas (tema 34) entendido como desvelamiento del sentido a partir de la forma: mostrar cómo el ritmo, la rima, la imagen y la estructura construyen la emoción. La clave, en todo, es no matar el poema con el bisturí de la métrica, sino usar la métrica para oír mejor lo que el poema canta.
8. Conclusiones
El tema 38 ha estudiado la lírica y sus convenciones. Como género, la lírica es el de la subjetividad (Hegel) y de la palabra en su máxima densidad estética: expresa un mundo interior mediante un yo lírico (voz construida, no el autor: la máscara, los heterónimos) que, en un presente ritual, se expresa e invoca (Hamburger, Culler); sus rasgos son la subjetividad, la brevedad e intensidad, la musicalidad, la plurisignificación y la autorreferencialidad, con el lenguaje figurado en su grado máximo. Sus convenciones formales, el corazón del tema, son la versificación (la medida silábica con sinalefa y cómputo por la última acentuada, las licencias; el ritmo de acentos y pausas, el encabalgamiento; la rima consonante y asonante) y la estrofa y el poema (el repertorio de estrofas y poemas estróficos y no estróficos: soneto, silva, romance).
Ese sistema de convenciones es histórico: de la lírica tradicional castellana de arte menor al italianismo renacentista de Garcilaso (el endecasílabo, el soneto) y a la ruptura moderna del verso libre, el versículo y el poema en prosa; y se articula en subgéneros (oda, elegía, égloga...) y tópicos heredados. Para el docente, la lección es clara: la poesía se enseña leyéndola, diciéndola y creándola, con las convenciones al servicio del disfrute y del sentido, no como un ejercicio de medir y etiquetar. Estudiada la subjetividad de la lírica, el temario aborda el tercer gran género, la síntesis de la objetividad y la subjetividad en la acción representada: el teatro (tema 39).
9. Esquema
TEMA 38 · LA LÍRICA Y SUS CONVENCIONES
│
├─ GÉNERO: la SUBJETIVIDAD (Hegel) y la palabra en máxima densidad
│ estética. Función POÉTICA + EMOTIVA (T1). No imita una acción
│ → problemática en Aristóteles; origen en la LIRA (música)
│ ├─ Teoría: HAMBURGER (enunciado lírico = de realidad, SUJETO de
│ │ enunciación); CULLER (apóstrofe, presente lírico, ritualidad)
│ ├─ Rasgos: subjetividad · BREVEDAD/intensidad · MUSICALIDAD ·
│ │ plurisignificación/connotación (T33) · autorreferencialidad
│ └─ YO LÍRICO = voz construida, NO el autor (falacia biografista
│ T34); máscara/persona; heterónimos (Pessoa); apóstrofe al TÚ;
│ presente y aquí deícticos (T24)
│
├─ CONVENCIONES I · VERSIFICACIÓN
│ ├─ MEDIDA silábica: SINALEFA (vocal+vocal = 1 sílaba); cómputo por
│ │ la ÚLTIMA ACENTUADA (aguda +1, esdrújula -1); licencias
│ │ (diéresis, sinéresis, hiato). Arte MENOR (≤8: OCTOSÍLABO) /
│ │ MAYOR (≥9: ENDECASÍLABO, alejandrino 7+7)
│ ├─ RITMO: acento estrófico (penúltima); pausas y CESURA/hemistiquios;
│ │ ENCABALGAMIENTO (no coincide pausa versal/sintáctica: tensión)
│ └─ RIMA: CONSONANTE (todos los sonidos) / ASONANTE (solo vocales,
│ popular/romance); versos sueltos; verso BLANCO / LIBRE. Esquema
│ ABAB (mayúscula arte mayor)
│
├─ CONVENCIONES II · ESTROFA y POEMA
│ ├─ Estrofas: redondilla/cuarteta, décima (menor); CUARTETO/
│ │ SERVENTESIO, terceto encadenado, octava real, LIRA (mayor)
│ └─ Poemas: ESTRÓFICOS (SONETO 2 cuartetos + 2 tercetos, ABBA ABBA
│ CDC DCD; Petrarca→Garcilaso) / NO estróficos (ROMANCE, SILVA,
│ verso libre)
│
├─ HISTORIA: lírica TRADICIONAL castellana (arte menor, asonante,
│ paralelismo, estribillo) + culta medieval (cuaderna vía, cancioneril)
│ → ITALIANISMO renacentista (GARCILASO: endecasílabo, soneto, lira)
│ → ruptura MODERNA: VERSO LIBRE, versículo, poema en prosa
│
├─ SUBGÉNEROS: oda, ELEGÍA (lamento), égloga (pastoril), canción,
│ himno; sátira/epigrama, letrilla, madrigal; populares (copla,
│ seguidilla). TÓPICOS: carpe diem, locus amoenus, beatus ille
│
└─ DIDÁCTICA: NO reducir a medir versos/etiquetar (género temido).
LEER-DECIR-SENTIR: recitado y memorización gozosa (T31); CANCIÓN
= lírica actual (puente); escritura creativa (haiku, caligrama,
T32); comentario = forma al servicio del sentido → tema 39 (teatro)
10. Bibliografía y webgrafía
- DOMÍNGUEZ CAPARRÓS, J.: Métrica española / Diccionario de métrica española. Síntesis / Alianza.
- QUILIS, A.: Métrica española. Ariel.
- HAMBURGER, K.: La lógica de la literatura. Visor.
- CULLER, J.: Teoría de la lírica. Universidad Iberoamericana.
- FRIEDRICH, H.: Estructura de la lírica moderna. Seix Barral.
- BOUSOÑO, C.: Teoría de la expresión poética. Gredos.
- PAZ, O.: El arco y la lira. FCE.
- UTRERA TORREMOCHA, M. V.: Estructura y teoría del verso libre / Teoría del poema en prosa. Universidad de Sevilla / Cátedra.
- NAVARRO TOMÁS, T.: Métrica española. Reseña histórica y descriptiva. Guadarrama.
- Real Decreto 217/2022 y Real Decreto 243/2022 (currículos de ESO y Bachillerato), y decreto autonómico correspondiente. BOE.
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