Tema 14 · TCAE · Marco común
Toma y registro de las constantes vitales
Epígrafe: Las constantes vitales: temperatura, pulso, respiración, presión arterial y saturación de oxígeno. Valores normales y alteraciones (fiebre, hipotermia, taquicardia, bradicardia, hipertensión…). Técnica de medición y material. El registro en la gráfica del paciente y la comunicación de valores anómalos al equipo de enfermería.
Tema del bloque técnico del Marco común de TCAE dedicado a las constantes vitales. Tomar la temperatura, el pulso, la respiración, la tensión y la saturación es una tarea cotidiana del auxiliar, y su valor no está solo en obtener un número, sino en reconocer cuándo ese número es anormal y comunicarlo. Es un tema con muchos datos concretos (valores normales, alteraciones, técnicas) que se preguntan mucho. El contenido descansa en los manuales de enfermería, comunes a toda España; los valores de referencia pueden variar ligeramente entre fuentes y protocolos.
Índice
- 0. Los signos de que el cuerpo funciona
- 1. Concepto y generalidades
- 2. La temperatura
- 3. El pulso (frecuencia cardíaca)
- 4. La respiración
- 5. La presión arterial
- 6. Saturación de oxígeno y dolor
- 7. Registro y comunicación
- 8. Esquema de repaso
- 9. Ideas fuerza para el test
0. Los signos de que el cuerpo funciona
Las constantes vitales (o signos vitales) son los parámetros que reflejan el funcionamiento de las funciones básicas del organismo: la temperatura, la actividad del corazón (pulso), la respiración, la presión de la sangre y la oxigenación. Se llaman «vitales» porque son signos de vida: sus valores nos dicen, de un vistazo, si el cuerpo está manteniendo su equilibrio o si algo va mal. Por eso se miden de forma rutinaria en todos los pacientes ingresados y, con más frecuencia, en los que están graves o inestables.
El TCAE participa habitualmente en la toma de constantes (especialmente la temperatura, y según el centro y el protocolo, otras) y en su registro. Pero su papel más importante no es solo «apuntar el número»: es reconocer cuándo un valor se sale de lo normal y comunicarlo de inmediato al equipo de enfermería. Una fiebre alta, una tensión muy baja, una respiración muy rápida o una saturación que cae pueden ser la primera señal de un problema serio; detectarlas y avisar a tiempo salva situaciones. Por eso conviene conocer bien los valores normales y sus principales alteraciones.
1. Concepto y generalidades
Las constantes vitales clásicas son cuatro: temperatura, pulso (frecuencia cardíaca), respiración (frecuencia respiratoria) y presión arterial. A ellas se ha incorporado como una constante más la saturación de oxígeno (medida con el pulsioxímetro), y muchos protocolos consideran el dolor como la «quinta constante», por su importancia en la valoración del paciente.
La frecuencia con que se toman las constantes depende del estado del paciente: en un paciente estable de planta pueden tomarse una o varias veces al día (habitualmente por turnos), mientras que en un paciente grave o inestable, en una unidad de cuidados intensivos o tras una intervención, se controlan con mucha más frecuencia o de forma continua mediante monitores. También se toman en momentos concretos: al ingreso, antes y después de determinados procedimientos, cuando cambia el estado del paciente o cuando el propio paciente refiere encontrarse mal. Es la pauta del equipo la que determina cada cuánto se miden.
Al tomar las constantes conviene tener en cuenta que sus valores varían de forma fisiológica según numerosos factores: la edad (el niño tiene frecuencias más altas y el anciano puede tener valores distintos), el ejercicio y la actividad, las emociones (el nerviosismo sube el pulso y la tensión), la temperatura ambiente, la ingesta, el dolor, y muchas enfermedades y fármacos. Por eso las constantes se miden, siempre que sea posible, con el paciente en reposo y tranquilo, y un valor aislado se interpreta en su contexto y en comparación con los anteriores (su tendencia). Antes de cada medición se realiza higiene de manos, se informa al paciente y se comprueba que el material funciona.
Es fundamental tener presente que los valores normales dependen mucho de la edad. El recién nacido y el lactante tienen la frecuencia cardíaca y la respiratoria bastante más altas que el adulto (un bebé puede respirar 30-40 veces por minuto y tener 120-160 lpm de pulso, cifras que en un adulto serían claramente patológicas), y estas frecuencias van descendiendo a medida que el niño crece. La presión arterial, en cambio, es más baja en el niño y va aumentando con la edad. Por eso, un mismo número puede ser normal en un niño y alarmante en un adulto, o al revés; el TCAE valora siempre la cifra en función de la edad del paciente y de sus valores habituales. También el anciano presenta particularidades (mayor tendencia a la hipertensión, peor regulación de la temperatura), que conviene tener en cuenta.
La toma de constantes es, además, un momento de contacto y observación con el paciente: mientras se le toma la temperatura o el pulso, el auxiliar aprovecha para ver su estado general, su color, si está sudoroso, agitado o adormilado, y para preguntarle cómo se encuentra. Muchas veces, esa impresión global —«el paciente no tiene buen aspecto»— es tan valiosa como los propios números y debe transmitirse igualmente al equipo.
2. La temperatura
2.1. Valores y alteraciones
La temperatura corporal es el equilibrio entre el calor que el cuerpo produce y el que pierde. La cifra normal depende un poco de la vía de medición, pero de forma orientativa, en la axila, la temperatura normal está entre 36 y 37 ºC. Sus alteraciones tienen nombres propios que hay que conocer:
- Normotermia: temperatura normal (≈ 36-37 ºC axilar).
- Febrícula: temperatura ligeramente elevada, aproximadamente entre 37,1 y 37,9 ºC.
- Fiebre (hipertermia / pirexia): temperatura elevada, a partir de 38 ºC. La fiebre muy alta (por encima de unos 40 ºC) se denomina hiperpirexia.
- Hipotermia: temperatura por debajo de lo normal, por debajo de unos 35 ºC.
Conviene conocer también algunos términos asociados a la fiebre: los escalofríos (temblores que acompañan a la subida de la fiebre), la diaforesis (sudoración profusa, típica cuando la fiebre baja) y los distintos patrones (fiebre continua, intermitente, etc.). El TCAE observa además el aspecto del paciente (color, sudoración, tiritona) y comunica los valores altos, sobre todo si se acompañan de mal estado.
El cuerpo mantiene su temperatura gracias a la termorregulación, controlada por el hipotálamo, que actúa como un termostato equilibrando la producción de calor (metabolismo, actividad muscular) y su pérdida (sudoración, dilatación de los vasos de la piel). Cuando ese equilibrio se rompe —por una infección, por ejemplo— aparece la fiebre. Ante un paciente febril, el TCAE colabora en los cuidados que aportan confort y ayudan a bajar la temperatura: aligerar la ropa y las mantas, mantener una temperatura ambiente agradable, ofrecer líquidos para prevenir la deshidratación (la fiebre hace perder agua), cambiar la ropa de cama y la del paciente cuando suda, y aplicar, según la pauta, medios físicos (paños o compresas templadas). La medicación antitérmica la administra enfermería; el TCAE no la administra, pero cuida al paciente, vuelve a tomar la temperatura para comprobar la evolución y comunica cómo responde. Nunca se aplican medios físicos muy fríos de forma brusca, porque provocan escalofríos que, paradójicamente, hacen subir la temperatura.
Las variaciones fisiológicas de la temperatura también se preguntan: es algo más baja por la mañana y más alta por la tarde-noche (ritmo circadiano), sube ligeramente con el ejercicio y la digestión, y en la mujer varía a lo largo del ciclo. Todo ello se tiene en cuenta al interpretar una cifra.
2.2. Termómetros, vías y técnica
Hoy se usan sobre todo los termómetros digitales y los de infrarrojos (timpánicos o de frente), que han sustituido a los antiguos de mercurio (retirados por su toxicidad). La temperatura puede tomarse por varias vías:
- Axilar: la más habitual y cómoda; se coloca el termómetro en el hueco de la axila con el brazo pegado al cuerpo. Da una cifra ligeramente más baja que la central.
- Oral (sublingual): bajo la lengua, con la boca cerrada; no se usa en niños pequeños, pacientes inconscientes o desorientados (riesgo de que muerdan o traguen el termómetro).
- Rectal: la más exacta (refleja mejor la temperatura central) pero la más molesta; se reserva para casos concretos. Da una cifra ligeramente más alta que la axilar.
- Timpánica (oído) y frontal: rápidas y cómodas, con termómetro de infrarrojos.
La técnica básica: higiene de manos, informar al paciente, colocar el termómetro en el lugar y el tiempo adecuados, leer y registrar el valor, y limpiar o desechar la funda. Se anota siempre la vía usada, porque los valores no son idénticos entre unas y otras. Con los termómetros digitales, la lectura se obtiene cuando el aparato lo indica (unos segundos); es importante no medir la temperatura axilar justo después del aseo con agua caliente o si el paciente acaba de abrigarse mucho, y secar bien la axila antes, porque la humedad o el calor externos falsean la cifra. Para evitar contagios, se usa una funda desechable por paciente o se limpia y desinfecta el termómetro entre usos, siguiendo el protocolo del centro. El material de las constantes (termómetro, fonendoscopio, manguito, pulsioxímetro) se mantiene limpio y en buen estado, y se comprueba periódicamente su correcto funcionamiento.
3. El pulso (frecuencia cardíaca)
El pulso es la expansión rítmica de una arteria al paso de la sangre impulsada por cada latido del corazón; al medirlo obtenemos la frecuencia cardíaca (latidos por minuto). En el adulto en reposo, la frecuencia normal está entre 60 y 100 latidos por minuto (lpm). Sus alteraciones:
- Taquicardia: frecuencia por encima de 100 lpm.
- Bradicardia: frecuencia por debajo de 60 lpm.
Al tomar el pulso no solo se cuenta la frecuencia, sino que se valora también el ritmo (regular o irregular, «arritmia»: los latidos se suceden a intervalos iguales o no) y la amplitud o intensidad (pulso fuerte, normal o débil/filiforme, según la fuerza con que se percibe). Estas tres características —frecuencia, ritmo y amplitud— dan una información valiosa: un pulso irregular puede indicar una arritmia cardíaca, y un pulso débil y rápido, una situación de baja perfusión. El pulso puede palparse en varias localizaciones donde una arteria pasa cerca de la superficie: la radial (muñeca, la más usada), la carotídea (cuello, la que se busca en una emergencia), la braquial (flexura del codo, usada en lactantes y para la tensión), la femoral (ingle), la poplítea (detrás de la rodilla), la pedia (dorso del pie) y la temporal, entre otras.
La técnica del pulso radial: se colocan los dedos índice y medio (nunca el pulgar, que tiene pulso propio y puede confundir) sobre la arteria, se presiona suavemente y se cuentan los latidos durante un minuto (o 30 segundos y se multiplica por dos, aunque si el pulso es irregular se cuenta el minuto completo). Los niños tienen frecuencias más altas que los adultos (el recién nacido, en torno a 120-160 lpm), y estas van bajando con la edad hasta alcanzar los valores del adulto.
Existe también el pulso apical, que se ausculta directamente sobre el corazón con el fonendoscopio (en la punta cardíaca); se usa sobre todo en lactantes y cuando el pulso periférico es difícil de palpar. Cuando la frecuencia que se oye en el corazón (apical) es mayor que la que se palpa en la muñeca (radial), se habla de déficit de pulso, un dato que enfermería valora. Entre los factores que alteran el pulso están el ejercicio y las emociones (lo aceleran), la fiebre (por cada grado de temperatura el pulso sube), algunos fármacos, el dolor, las hemorragias (taquicardia) o determinadas enfermedades cardíacas. Un pulso muy débil y rápido (filiforme) puede ser signo de gravedad —por ejemplo, en un shock— y debe comunicarse de inmediato.
4. La respiración
La respiración es el proceso de entrada de aire (inspiración) y salida (espiración) que permite el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono. Al medirla obtenemos la frecuencia respiratoria (respiraciones por minuto). En el adulto en reposo, la frecuencia normal está entre 12 y 20 respiraciones por minuto (rpm). Sus alteraciones:
- Taquipnea: respiración rápida (por encima de 20 rpm).
- Bradipnea: respiración lenta (por debajo de 12 rpm).
- Apnea: ausencia de respiración.
- Disnea: dificultad para respirar, sensación de «falta de aire».
- Eupnea: respiración normal, tranquila.
Una particularidad importante: la respiración se puede controlar voluntariamente, de modo que si el paciente se da cuenta de que se la están contando, la modifica sin querer. Por eso la frecuencia respiratoria se cuenta de forma discreta, sin avisar, a menudo justo después de tomar el pulso y manteniendo la mano en la muñeca, para que el paciente crea que se le sigue tomando el pulso. Se observan también el ritmo, la profundidad y si hay ruidos o esfuerzo. Como el pulso, la frecuencia respiratoria es más alta en los niños.
Además de la frecuencia, conviene reconocer algunos patrones y signos respiratorios que aparecen en el examen: la respiración de Cheyne-Stokes (ciclos en los que la respiración aumenta y disminuye de profundidad y se sigue de una pausa de apnea, típica de situaciones graves y del final de la vida), la respiración de Kussmaul (profunda y rápida, propia de algunas alteraciones metabólicas como la cetoacidosis diabética), el tiraje (hundimiento de los espacios entre las costillas por el esfuerzo para respirar), el estridor o las sibilancias (ruidos), la ortopnea (dificultad para respirar tumbado, que obliga a incorporarse) y la cianosis (coloración azulada de labios, uñas o piel por falta de oxígeno), que es un signo de alarma. Ante disnea, tiraje o cianosis, el TCAE incorpora al paciente (posición de Fowler, que facilita la respiración) y avisa de inmediato. La administración de oxígeno la pauta el equipo; el TCAE colabora y no modifica el flujo por su cuenta.
5. La presión arterial
La presión (o tensión) arterial es la fuerza que ejerce la sangre contra la pared de las arterias. Se expresa con dos cifras:
- Presión sistólica («la alta»): la del momento en que el corazón se contrae y expulsa la sangre.
- Presión diastólica («la baja»): la del momento en que el corazón se relaja entre latidos.
Se mide en milímetros de mercurio (mmHg). Un valor orientativo de normalidad en el adulto es de en torno a 120/80 mmHg. Sus alteraciones:
- Hipertensión arterial (HTA): cifras elevadas de forma mantenida; se suele hablar de HTA a partir de 140/90 mmHg (los umbrales exactos varían según las guías).
- Hipotensión: tensión baja (orientativamente, por debajo de unos 90/60 mmHg), que puede causar mareo, sobre todo al incorporarse (hipotensión ortostática).
La presión arterial varía mucho con numerosos factores: sube con el ejercicio, el estrés, el dolor, el frío, la sal y algunos fármacos, y baja con el reposo, el calor, la deshidratación o una hemorragia. Un dato práctico muy relevante para el TCAE: la hipotensión ortostática —la bajada de tensión al pasar de estar tumbado a estar de pie— es una causa frecuente de mareo y caída en los pacientes encamados, sobre todo ancianos; por eso, al levantar a un paciente, se le sienta primero unos instantes en el borde de la cama y se observa cómo se encuentra antes de ponerlo de pie. La hipertensión, por su parte, es muy frecuente y a menudo silenciosa (no da síntomas), lo que hace importante su control periódico. Un valor de tensión aislado, alto o bajo, se interpreta en el contexto del paciente y de sus cifras habituales; ante una cifra muy alterada, el TCAE la comunica y no la da por buena sin más.
La medición se hace con un esfigmomanómetro (manual, con manguito y fonendoscopio, o electrónico/automático). Reglas básicas de la técnica: el paciente debe estar en reposo unos minutos, sentado o tumbado, sin haber fumado ni tomado cafeína justo antes; el brazo se coloca apoyado y a la altura del corazón, sin ropa que apriete; se usa un manguito de tamaño adecuado al brazo (un manguito pequeño da lecturas falsamente altas); y no se toma la tensión en un brazo con una vía, una fístula de diálisis o del lado de una mastectomía. Se registra como sistólica/diastólica (por ejemplo, 130/85).
En la medición manual, el manguito se coloca en el brazo (unos dos o tres centímetros por encima de la flexura del codo) y el fonendoscopio sobre la arteria braquial; se infla el manguito por encima de la presión sistólica y se desinfla despacio: el primer latido que se oye marca la presión sistólica y la desaparición de los latidos marca la diastólica (son los llamados ruidos de Korotkoff). Conviene no confundir la tensión con la frecuencia cardíaca: son cosas distintas. La diferencia entre la sistólica y la diastólica se llama presión de pulso. Los aparatos automáticos muestran directamente ambas cifras (y a menudo el pulso), lo que ha facilitado mucho la toma, aunque conviene comprobar que el manguito y la posición son correctos, porque los errores de técnica falsean el resultado: hablar durante la medición, el brazo colgando por debajo del corazón, la vejiga llena o un manguito mal ajustado dan cifras erróneas.
6. Saturación de oxígeno y dolor
La saturación de oxígeno (SatO₂) indica el porcentaje de hemoglobina de la sangre que va cargada de oxígeno. Se mide de forma sencilla e indolora con el pulsioxímetro, un aparato con una pinza que se coloca en un dedo (o en el lóbulo de la oreja). El valor normal es igual o superior al 95 %; por debajo de ese nivel se habla de hipoxemia (una saturación baja, especialmente por debajo del 90 %, es motivo de aviso). Para que la lectura sea fiable, el dedo debe estar caliente y con buena perfusión, sin esmalte de uñas oscuro que interfiera y sin movimiento. El pulsioxímetro suele mostrar, además de la saturación, la frecuencia del pulso, y en muchos pacientes ingresados es un dispositivo que permanece colocado de forma continua conectado a un monitor. Es importante recordar que una saturación baja se acompaña con frecuencia de signos visibles —dificultad para respirar, cianosis, agitación— que el TCAE observa; el pulsioxímetro es una ayuda, pero no sustituye a mirar al paciente.
El dolor se considera la «quinta constante»: valorarlo y registrarlo es esencial para el confort del paciente. Se valora preguntando al paciente y con escalas (por ejemplo, la escala numérica del 0 al 10, la escala visual analógica —EVA— o la de caras para niños y personas con dificultad para comunicarse). El TCAE, que está mucho tiempo con el paciente, observa y transmite las manifestaciones de dolor al equipo, porque el dolor es subjetivo y «lo que el paciente dice que le duele, le duele». En el paciente que no puede expresarse (inconsciente, con demencia) se valoran signos indirectos: gestos de la cara, quejidos, inquietud, aumento del pulso o la tensión.
Conviene añadir que la diuresis (la cantidad de orina) y el peso se controlan también con frecuencia como parte de la vigilancia del paciente, y que en muchos servicios se lleva un balance hídrico: el registro de los líquidos que entran (lo que bebe, los sueros) y los que salen (orina, vómitos, drenajes), cuya diferencia informa sobre el estado de hidratación. El TCAE colabora midiendo y anotando estos datos: recoge y mide la orina, pesa al paciente cuando se indica y comunica una diuresis escasa (oliguria) o ausente (anuria), que son datos relevantes.
7. Registro y comunicación
Los valores de las constantes se anotan en la gráfica del paciente (en papel o, cada vez más, en la historia clínica electrónica), donde se representan a lo largo del tiempo. La gráfica permite ver de un vistazo la evolución y la tendencia: no es lo mismo una fiebre aislada que una fiebre que sube cada día. Tradicionalmente se usan colores y símbolos convencionales (por ejemplo, la temperatura y el pulso en curvas de distinto color), y se registran también otros datos como la diuresis o las deposiciones. La gráfica es un documento clínico: forma parte de la historia del paciente, es confidencial y debe cumplimentarse con rigor. Cada anotación se hace en la casilla y la hora correctas, con letra o cifras claras, y sin tachaduras que hagan dudar del dato. Un registro bien hecho es la base de la continuidad de los cuidados entre turnos: el equipo que entra debe poder saber, con solo mirar la gráfica, cómo ha evolucionado el paciente.
El registro debe ser fiel, legible y puntual: se anota el valor real obtenido (nunca uno inventado o «redondeado por comodidad»), en la casilla correcta y sin demora. Pero, junto al registro, la obligación esencial del TCAE es la comunicación verbal inmediata al equipo de enfermería de cualquier valor anómalo o alarmante —una fiebre alta, una tensión muy baja o muy alta, una saturación que cae, una bradicardia o taquicardia marcada, una respiración muy dificultosa— y de cualquier cambio en el estado del paciente. Anotar un valor peligroso y no avisar sería un error grave: la gráfica documenta, pero es la voz a tiempo la que permite actuar.
8. Esquema de repaso
CONSTANTES VITALES = signos del funcionamiento básico del cuerpo = Clásicas: TEMPERATURA · PULSO · RESPIRACIÓN · PRESIÓN ARTERIAL · (+ SATURACIÓN O₂ y DOLOR = 5.ª) = Medir en REPOSO · varían con edad, ejercicio, emociones, fármacos · valorar la TENDENCIA TEMPERATURA (axilar 36-37 ºC) = Febrícula 37,1-37,9 · FIEBRE ≥38 (hiperpirexia >40) · HIPOTERMIA <35 = Vías: AXILAR (habitual, algo más baja) · ORAL (no en niños/inconscientes) · RECTAL (la más exacta, más alta) · timpánica/frontal (infrarrojos) = escalofríos (sube) · diaforesis/sudoración (baja) PULSO / FRECUENCIA CARDÍACA (adulto 60-100 lpm) = TAQUICARDIA >100 · BRADICARDIA <60 · valorar frecuencia + RITMO + amplitud = Localizaciones: RADIAL (muñeca, la más usada) · CAROTÍDEA (emergencia) · braquial · femoral · pedia... = Con índice y medio (NO pulgar) · 1 minuto · niños más alto RESPIRACIÓN (adulto 12-20 rpm) = TAQUIPNEA >20 · BRADIPNEA <12 · APNEA (ausencia) · DISNEA (dificultad) · EUPNEA (normal) = Contar SIN que el paciente lo note (es voluntaria) → tras el pulso, sin avisar PRESIÓN ARTERIAL (~120/80 mmHg) · esfigmomanómetro = SISTÓLICA (alta, corazón se contrae) / DIASTÓLICA (baja, se relaja) = HTA ≥140/90 · HIPOTENSIÓN <90/60 (mareo ortostático) = Reposo · brazo a la altura del corazón · manguito adecuado (pequeño = falsa alta) · NO en brazo con vía/fístula/mastectomía SATURACIÓN O₂ (pulsioxímetro, dedo) NORMAL ≥95 % · <90 % avisar (hipoxemia) · ojo esmalte/movimiento/frío DOLOR = 5.ª constante · escalas (0-10, caras) · «lo que el paciente dice que le duele, le duele» REGISTRO: gráfica (evolución/tendencia), valor REAL, legible; COMUNICAR de inmediato lo anómalo
9. Ideas fuerza para el test
- Las constantes vitales clásicas son temperatura, pulso, respiración y presión arterial; se añaden la saturación de oxígeno y el dolor (5.ª constante).
- Temperatura axilar normal: 36-37 ºC. Febrícula 37,1-37,9; fiebre ≥ 38 ºC; hipotermia < 35 ºC.
- La vía rectal es la más exacta (da un valor algo más alto); la oral no se usa en niños ni en inconscientes.
- Pulso normal del adulto: 60-100 lpm. Taquicardia >100; bradicardia <60. Se toma con los dedos índice y medio, no con el pulgar.
- La localización más usada del pulso es la radial (muñeca); en una emergencia se busca la carotídea (cuello). Del pulso se valoran la frecuencia, el ritmo y la amplitud.
- Respiración normal del adulto: 12-20 rpm. Taquipnea >20; bradipnea <12; apnea = ausencia; disnea = dificultad.
- La respiración se cuenta sin que el paciente lo note (porque es voluntaria), a menudo justo después del pulso.
- Presión arterial normal orientativa: 120/80 mmHg; la sistólica es la alta y la diastólica la baja. HTA ≥ 140/90.
- Al medir la tensión: paciente en reposo, brazo a la altura del corazón, manguito adecuado; no en un brazo con vía, fístula o mastectomía.
- La saturación de oxígeno se mide con el pulsioxímetro; normal ≥ 95 %; el esmalte de uñas, el frío y el movimiento la falsean.
- El dolor es la quinta constante: se valora con escalas (numérica 0-10, EVA, de caras) y «lo que el paciente dice que le duele, le duele»; el balance hídrico mide líquidos que entran y salen.
- Se registra el valor real en la gráfica (permite ver la tendencia) y se comunica de inmediato cualquier valor anómalo al equipo de enfermería.
- Los valores normales dependen de la edad: el niño tiene frecuencias cardíaca y respiratoria más altas y la tensión más baja que el adulto.
- Signos de alarma a comunicar: cianosis, disnea o tiraje, pulso filiforme, saturación < 90 %, fiebre alta o tensión muy alterada.
En definitiva, tomar las constantes vitales es mucho más que manejar aparatos: es escuchar lo que el cuerpo dice a través de sus números. El auxiliar que conoce los valores normales, aplica bien la técnica y —sobre todo— sabe reconocer y comunicar lo anormal se convierte en un centinela imprescindible para la seguridad del paciente. Cada temperatura, cada pulso y cada tensión son pequeñas piezas de información que, bien tomadas, bien registradas y bien comunicadas, permiten al equipo detectar a tiempo un problema y actuar antes de que se agrave. En esa vigilancia continua y discreta reside buena parte del valor del trabajo del TCAE.
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