Tema 28 · Policía Nacional (Escala Básica)
Globalización y antiglobalización
Epígrafe oficial: Globalización y antiglobalización. Conceptos y características. Consecuencia de la globalización. Reacciones a la globalización. El Movimiento Antiglobalización: Organizaciones, objetivos e historia. El Foro Social Mundial.
Tema desarrollado a nivel élite para preparar el examen de conocimientos de la Escala Básica (100 preguntas, 50 minutos). La información es orientativa y está verificada a fecha de actualización: el contenido evaluable lo fija el temario del anexo I de tu convocatoria. Se trata de un tema de naturaleza conceptual, del bloque de materias sociales; los datos, fechas y autores que se citan son de referencia común y contrastada, sin cifras inventadas.
Índice
- 0. Introducción: un mundo interconectado
- 1. Concepto y características de la globalización
- 2. Dimensiones de la globalización
- 3. Causas y factores impulsores
- 4. Los organismos de la globalización económica
- 5. Consecuencias de la globalización
- 6. Reacciones ante la globalización
- 7. El Movimiento Antiglobalización: organizaciones, objetivos e historia
- 8. El Foro Social Mundial
- 9. Globalización, seguridad y actuación policial
- 10. Ideas fuerza para el test
0. Introducción: un mundo interconectado
La globalización es, probablemente, el fenómeno que mejor define el mundo contemporáneo. Nunca antes las economías, las sociedades y las culturas habían estado tan estrechamente interconectadas: una crisis financiera en un país repercute en cuestión de horas en las bolsas de todo el planeta; un producto se diseña en un continente, se fabrica en otro y se vende en un tercero; una noticia, una moda o una idea circulan de forma instantánea gracias a Internet. Este tema tiene un carácter marcadamente social —forma parte del bloque de materias sociales del temario— y exige comprender el proceso, sus dimensiones, sus consecuencias y las respuestas que ha suscitado, con especial atención al movimiento antiglobalización y al Foro Social Mundial.
El término se popularizó en las décadas de 1980 y 1990. Suele atribuirse al economista Theodore Levitt, que en 1983 habló de la «globalización de los mercados», aunque la idea de un mundo cada vez más integrado es anterior. Fue, sobre todo, el fin de la Guerra Fría —simbolizado por la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991)— lo que aceleró el proceso: desaparecida la división del mundo en dos bloques enfrentados, el modelo de economía de mercado se expandió a escala planetaria y prácticamente todos los países se incorporaron, en mayor o menor grado, a una misma red de intercambios.
Conviene advertir, no obstante, que la globalización no es un fenómeno enteramente nuevo. Los historiadores hablan de una «primera globalización» entre 1870 y 1914, durante la cual, al amparo del patrón oro y del abaratamiento de los transportes (el ferrocarril, el barco de vapor, el telégrafo), el comercio, los capitales y las personas circularon por el mundo con una intensidad notable. Aquel primer impulso quedó interrumpido por la Primera Guerra Mundial y por el proteccionismo del período de entreguerras, culminado con el crac de 1929 y la Gran Depresión. Lo que caracteriza a la globalización actual —a veces llamada «segunda globalización» o «hiperglobalización»— es su alcance verdaderamente planetario, su intensidad y, sobre todo, la velocidad casi instantánea que le imprime la revolución digital, muy superior a la de cualquier época anterior.
1. Concepto y características de la globalización
Puede definirse la globalización como el proceso de creciente integración e interdependencia de las economías, las sociedades y las culturas de los distintos países del mundo, impulsado por el avance de las tecnologías de la información y la comunicación, la liberalización del comercio y de los movimientos de capital y la reducción de las barreras entre los Estados. En síntesis, es la tendencia de los mercados, las empresas y las relaciones humanas a extenderse y a operar a escala mundial, superando las fronteras nacionales, de manera que lo que sucede en un punto del planeta afecta cada vez más al conjunto.
Sus características más relevantes son:
- Interconexión e interdependencia: lo que ocurre en un lugar afecta al resto; el mundo funciona como un sistema único (la «aldea global» de la que habló Marshall McLuhan).
- Inmediatez: las tecnologías de la información permiten comunicaciones y transacciones instantáneas a cualquier distancia, con una «compresión» del espacio y el tiempo (la distancia deja de ser un obstáculo).
- Libre circulación: de capitales, mercancías, servicios e información. En cambio, la circulación de personas sigue muy restringida, lo que constituye una de las grandes paradojas del proceso.
- Desregulación y liberalización: retirada de trabas al comercio y a las inversiones, apertura de los mercados, reducción de aranceles y privatizaciones.
- Protagonismo de las empresas multinacionales o transnacionales, que operan en muchos países y cuya facturación llega a superar el producto interior bruto de Estados enteros.
- Debilitamiento del Estado-nación: los Estados pierden capacidad para controlar por sí solos su economía, mientras ganan peso las instituciones y los organismos supranacionales.
- Homogeneización cultural: difusión de pautas de consumo, ocio y valores comunes a escala mundial, con predominio de la cultura occidental y anglosajona.
Conviene, además, no confundir la globalización con conceptos próximos. La internacionalización alude simplemente al aumento de las relaciones entre Estados y economías nacionales que siguen siendo la unidad básica; la globalización, en cambio, implica un grado mayor de integración, en el que las fronteras se difuminan y aparece un espacio económico y comunicativo verdaderamente mundial. Por eso hay quien prefiere el término «mundialización» (de origen francés) para subrayar ese carácter planetario. Y también es objeto de debate su valoración: los autores suelen agruparse entre los «hiperglobalistas» (que ven en ella una fuerza imparable que ha hecho casi irrelevante al Estado-nación), los «escépticos» (que relativizan su novedad y su alcance, recordando la globalización de 1870-1914) y los «transformacionalistas» (que la consideran un cambio profundo pero abierto, cuyo resultado dependerá de las decisiones políticas).
Dato de examen: la expresión «aldea global» es del sociólogo canadiense Marshall McLuhan, que la acuñó en los años sesenta para describir cómo los medios electrónicos «encogen» el planeta. Un distractor habitual la atribuye a Levitt (que habló de la «globalización de los mercados», 1983) o a un economista del FMI. Retén el binomio: McLuhan = aldea global; Levitt = globalización de los mercados.
2. Dimensiones de la globalización
La globalización no es un fenómeno únicamente económico; suele analizarse en varias dimensiones interrelacionadas que conviene distinguir con precisión:
- Dimensión económica: es la más visible. Comprende la expansión del comercio internacional, la libre circulación de capitales y los flujos financieros mundiales, la deslocalización de la producción hacia países con costes más bajos y el papel central de las empresas multinacionales. La economía se organiza en una cadena de valor global, en la que las distintas fases de un mismo producto (diseño, componentes, ensamblaje, distribución) se reparten entre varios países.
- Dimensión política: se traduce en la pérdida de soberanía efectiva del Estado-nación y en el auge de organizaciones internacionales y de foros de gobernanza global (ONU, Unión Europea, G-20). Surgen problemas «sin pasaporte» que ningún Estado puede resolver en solitario —cambio climático, pandemias, terrorismo internacional, migraciones—, lo que exige respuestas cooperativas y supranacionales.
- Dimensión cultural: la difusión mundial de productos culturales, marcas, modas y modelos de vida genera una cierta homogeneización —criticada como «McDonaldización» de la sociedad, expresión del sociólogo George Ritzer—, al tiempo que provoca reacciones de reafirmación de las identidades locales. Se habla de «glocalización» para expresar la combinación de lo global y lo local (pensar globalmente, actuar localmente, o adaptar el producto global a cada mercado).
- Dimensión tecnológica: es el gran motor del proceso. La revolución de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) —Internet, la telefonía móvil, la digitalización, la banda ancha— y los avances en el transporte (el contenedor estandarizado, el transporte aéreo y marítimo masivo) han hecho posible la interconexión mundial a un coste cada vez menor.
- Dimensión social y demográfica: la globalización se manifiesta también en los grandes movimientos migratorios, en la difusión mundial de estilos de vida y en la aparición de una sociedad civil global que se organiza más allá de las fronteras (ONG, redes de activistas, movimientos transnacionales). Es una paradoja del proceso que, mientras las mercancías y los capitales circulan casi libremente, la circulación de personas siga sometida a fuertes controles fronterizos.
Estas dimensiones no son compartimentos estancos, sino caras de un mismo proceso que se refuerzan mutuamente: la tecnología habilita la economía global, la economía global reclama una gobernanza política supranacional, y todo ello transforma la cultura y las relaciones sociales. El opositor debe saber identificarlas por separado, porque el examen suele preguntar «¿a qué dimensión pertenece tal rasgo?».
La dimensión social y demográfica merece un desarrollo específico por su conexión con la función policial. Los grandes flujos migratorios son, a la vez, causa y consecuencia de la globalización: las diferencias de renta entre regiones, los conflictos y la información instantánea sobre las condiciones de vida en otros lugares impulsan el desplazamiento de millones de personas. La globalización genera así sociedades cada vez más plurales y multiculturales, lo que enriquece la convivencia pero también puede generar tensiones que la Policía ha de saber gestionar con imparcialidad. A esta dimensión pertenece igualmente la emergencia de una opinión pública mundial y de una sociedad civil transnacional que se moviliza por causas globales (los derechos humanos, el clima, la paz) sirviéndose de las mismas redes que emplea la economía. La paradoja ya señalada se agudiza aquí: los capitales y las mercancías cruzan las fronteras casi sin trabas, mientras que las personas encuentran barreras crecientes, lo que sitúa el control de fronteras y la gestión de la inmigración en el centro del debate político contemporáneo.
3. Causas y factores impulsores
La globalización actual es el resultado de la confluencia de varios factores que actúan de manera simultánea:
- La revolución tecnológica, sobre todo de las TIC, que abarata y acelera las comunicaciones y el transporte hasta hacerlos casi instantáneos y de alcance global.
- La liberalización del comercio y de las finanzas, impulsada desde los años ochenta por políticas de corte neoliberal que promovieron la apertura de mercados, la desregulación y la reducción de aranceles y de controles de capital.
- El fin de la Guerra Fría y el hundimiento del bloque comunista, que eliminaron la división del mundo en dos sistemas económicos antagónicos y extendieron la economía de mercado a antiguas economías planificadas.
- El papel de las empresas multinacionales, que organizan su producción y sus ventas a escala planetaria buscando las mejores condiciones de coste, fiscalidad y mercado en cada lugar.
- La actuación de los organismos económicos internacionales —el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC)—, que han promovido la apertura y la integración de las economías nacionales.
El marco ideológico que dio impulso a esta apertura suele identificarse con el llamado «Consenso de Washington», expresión acuñada por el economista John Williamson en 1989 para designar el conjunto de recetas de política económica —disciplina fiscal, liberalización del comercio y de las finanzas, privatizaciones, desregulación y apertura a la inversión extranjera— que promovían los organismos internacionales con sede en Washington (FMI, Banco Mundial, Tesoro de los Estados Unidos) y que se aplicaron, en especial, a los países en desarrollo. Estas políticas de corte neoliberal, impulsadas en los años ochenta por gobiernos como los de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido, son el trasfondo que explica la aceleración de la globalización económica y, al mismo tiempo, buena parte de las críticas que suscitaría después.
En las últimas décadas, la globalización ha entrado en una nueva fase marcada por la economía digital. La irrupción de las grandes plataformas tecnológicas —las conocidas como «Big Tech»— ha creado mercados de alcance mundial en los que unas pocas empresas dominan sectores enteros (buscadores, redes sociales, comercio electrónico, computación en la nube, inteligencia artificial). El dato personal se ha convertido en una materia prima económica de primer orden, lo que plantea nuevos desafíos de regulación, de fiscalidad y de protección de derechos que los Estados y organizaciones como la Unión Europea tratan de afrontar. Esta «globalización digital» acentúa a la vez las oportunidades (acceso instantáneo a la información y a los mercados) y los riesgos (concentración de poder, brecha digital, dependencia tecnológica, ciberamenazas).
4. Los organismos de la globalización económica
La gobernanza económica mundial descansa en un conjunto de instituciones y foros cuyo nombre, fecha de creación y función conviene conocer, porque son objeto frecuente de pregunta y porque frente a algunos de ellos reaccionará el movimiento antiglobalización:
- El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) nacieron de los acuerdos de Bretton Woods (1944), en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, y tienen su sede en Washington. El FMI vela por la estabilidad del sistema monetario y financiero internacional y concede préstamos a los países con dificultades de balanza de pagos, normalmente a cambio de programas de ajuste. El Banco Mundial financia proyectos de desarrollo y de lucha contra la pobreza. Ambos fueron muy criticados por el altermundismo por las condiciones (a menudo de austeridad y liberalización) que imponían a los países receptores.
- La Organización Mundial del Comercio (OMC) se creó en 1995 como sucesora del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, de 1947). Su misión es liberalizar y regular el comercio internacional y resolver los conflictos comerciales entre Estados. Tiene su sede en Ginebra. Fue el blanco de la protesta fundacional del movimiento antiglobalización (Seattle, 1999).
- Los foros de las grandes potencias: el G-7 (las siete grandes economías industrializadas), que fue G-8 durante los años en que incluyó a Rusia, y el G-20, que reúne a las principales economías desarrolladas y emergentes y que ganó protagonismo como principal foro de coordinación económica mundial a raíz de la crisis financiera de 2008.
- El Foro Económico Mundial de Davos, una fundación privada que reúne cada año en esa localidad suiza a líderes políticos y empresariales para debatir la agenda económica global. Se convertiría en el símbolo del «poder económico mundial» frente al que se organizaría el Foro Social Mundial.
Junto a estos organismos globales, existen procesos de integración regional que pueden entenderse como respuestas parciales a la globalización: la Unión Europea es el ejemplo más avanzado, pero también hay acuerdos como los tratados de libre comercio en América o los bloques asiáticos. La integración regional permite a los Estados afrontar juntos —cediendo cuotas de soberanía a instituciones comunes— retos que ninguno de ellos podría abordar en solitario.
Dato de examen: fija tres datos que suelen preguntarse. La OMC es de 1995 y sucede al GATT (1947). El FMI y el Banco Mundial nacen en Bretton Woods (1944). Y Davos (Foro Económico Mundial) es el contrapunto frente al que se crea el Foro Social Mundial (Porto Alegre, 2001). No confundas el Foro Económico (Davos, élites económicas) con el Foro Social (Porto Alegre, sociedad civil).
5. Consecuencias de la globalización
Las consecuencias de la globalización son objeto de intenso debate. Suelen presentarse agrupadas en aspectos positivos y negativos, aunque muchos son las dos caras de la misma moneda: un mismo hecho puede ser una oportunidad para unos y un perjuicio para otros.
Entre los efectos habitualmente valorados como positivos se citan:
- Un notable crecimiento económico y del comercio mundial, con la incorporación de grandes economías emergentes al circuito global.
- El acceso a una variedad enorme de bienes y servicios a precios más bajos para los consumidores.
- La difusión del conocimiento y de la tecnología, que llega a más lugares del planeta y acorta distancias en educación y salud.
- La reducción de la pobreza extrema en algunas regiones (especialmente en Asia) y la mejora de ciertos indicadores de desarrollo humano.
- Un mayor intercambio cultural y una mayor conciencia de los problemas globales compartidos.
Entre los efectos considerados negativos figuran:
- El aumento de las desigualdades, tanto entre países ricos y pobres (la «brecha Norte-Sur») como dentro de cada sociedad, con una creciente concentración de la riqueza.
- La deslocalización de empresas hacia países con menores costes laborales y ambientales, con cierre de fábricas y pérdida de empleo industrial en los países de origen y, en ocasiones, explotación laboral en los de destino.
- La precarización del trabajo y la presión a la baja sobre los derechos y salarios de los trabajadores.
- El deterioro medioambiental derivado de un modelo productivo intensivo, del transporte masivo de mercancías y del agotamiento de recursos.
- La inestabilidad financiera: la libre circulación de capitales facilita el «contagio» de las crisis, como mostró la crisis financiera de 2008, que se propagó por todo el mundo en cuestión de meses.
- La homogeneización cultural y la amenaza a las identidades y culturas locales y a la diversidad lingüística.
- La brecha digital entre quienes tienen acceso a las nuevas tecnologías y quienes no, que reproduce y amplifica las desigualdades preexistentes.
- El poder creciente de las multinacionales, que puede escapar al control de los Estados y erosionar la capacidad de decisión democrática.
Estos efectos se aprecian con nitidez en fenómenos muy debatidos. La competencia fiscal a la baja y el recurso a los paraísos fiscales permiten que grandes empresas y fortunas eludan la tributación, mermando los recursos de los Estados para sostener los servicios públicos. La concentración de la riqueza ha alcanzado niveles que suscitan alarma, denunciados periódicamente por organizaciones internacionales y por ONG como Oxfam. Y las crisis financieras —de la crisis asiática de 1997 a la gran crisis de 2008 iniciada con las hipotecas de alto riesgo (subprime) en Estados Unidos— han mostrado cómo la libre circulación de capitales puede propagar el pánico de un mercado a otro en cuestión de horas, con costes sociales que acaban pagando millones de trabajadores y familias. La deslocalización, por su parte, ilustra la tensión característica del proceso: abarata los productos y crea empleo en los países de destino, pero destruye tejido industrial y empleo en los de origen. Todo ello alimenta la percepción de que la globalización, junto a indudables oportunidades, reparte de forma muy desigual sus beneficios y sus riesgos.
Dato de examen: distingue con cuidado dos brechas que el test tiende a confundir. La brecha Norte-Sur es la desigualdad económica y de desarrollo entre los países ricos (el «Norte» global) y los países pobres (el «Sur» global). La brecha digital es la desigualdad en el acceso a las tecnologías de la información (Internet, dispositivos, competencias digitales), que se da tanto entre países como dentro de cada sociedad. La brecha digital reproduce y amplifica las demás desigualdades, porque quien queda excluido de lo digital queda hoy excluido de la educación, el empleo y los servicios.
6. Reacciones ante la globalización
Frente a la globalización se han articulado posturas muy diversas que conviene distinguir:
- Los defensores o «globalistas», de inspiración liberal, que ven en la globalización un motor de crecimiento, prosperidad y libertad, y que confían en que sus beneficios acaben alcanzando a todos («la marea alta levanta todos los barcos»).
- Los críticos o «altermundistas» (también llamados «alterglobalización» o «altermundialismo»), que no rechazan la globalización en sí, sino su modelo neoliberal actual, y que reclaman «otra globalización» más justa, solidaria y respetuosa con las personas y el medio ambiente. Su lema es «otro mundo es posible».
- Los antiglobalización en sentido estricto, que se oponen frontalmente a la globalización tal como se está produciendo y a las instituciones que la encarnan.
Es importante matizar que la etiqueta «antiglobalización», que se popularizó en los medios de comunicación, resulta imprecisa: la mayoría de estos movimientos prefieren denominarse «altermundistas» o partidarios de una «globalización alternativa», porque no rechazan la interconexión mundial —de hecho se organizan globalmente y usan intensivamente las nuevas tecnologías—, sino el modelo económico dominante y sus consecuencias sociales. Se trata, por tanto, más de una crítica al tipo de globalización que a la globalización como tal.
Junto a la crítica altermundista, de raíz progresista, ha surgido en los últimos años una reacción distinta frente a la globalización, de signo proteccionista y nacionalista. Fenómenos como el Brexit (la salida del Reino Unido de la Unión Europea), el auge de discursos que reivindican el control de las fronteras, o las guerras comerciales entre grandes potencias, expresan un cierto repliegue o «desglobalización», acentuado por sacudidas como la pandemia de COVID-19 —que evidenció la fragilidad de las cadenas de suministro globales— y por las tensiones geopolíticas. Se debate hoy, por ello, si la globalización ha alcanzado su cénit y si asistimos a una fase de reordenación en la que los Estados y los bloques regionales recuperan protagonismo.
En el plano de las ideas, la crítica a la globalización neoliberal ha contado con voces intelectuales de gran repercusión. El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, que fue economista jefe del Banco Mundial, denunció en El malestar en la globalización (2002) el modo en que el FMI había gestionado las crisis. La periodista Naomi Klein popularizó, con su libro No Logo (1999), la crítica al poder de las grandes marcas y multinacionales. A ellos se suman figuras como Susan George (una de las impulsoras de ATTAC), la activista india Vandana Shiva —crítica de la globalización agroalimentaria— o el lingüista Noam Chomsky. Frente a estos, los defensores de la globalización (economistas de orientación liberal, organismos internacionales) sostienen que la apertura de los mercados ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza y que sus problemas se corrigen con más y mejor globalización, no con menos.
7. El Movimiento Antiglobalización: organizaciones, objetivos e historia
El movimiento antiglobalización (o altermundista) es un conjunto heterogéneo y plural de organizaciones, colectivos y personas —ecologistas, sindicatos, organizaciones no gubernamentales, movimientos campesinos, grupos de defensa de los derechos humanos, colectivos de izquierda— que comparten la crítica al modelo neoliberal de globalización y que actúan de manera descentralizada, en forma de red, sin una dirección única ni una ideología homogénea. Precisamente esa forma reticular, sin jerarquía ni portavoz único, es uno de sus rasgos definitorios y lo distingue de los movimientos sociales clásicos.
En cuanto a su historia, se suele señalar como precedente simbólico el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas (México) el 1 de enero de 1994, fecha en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte; los zapatistas organizaron en 1996 un «Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo» que muchos consideran germen del movimiento. Pero fue en 1999 cuando alcanzó visibilidad mundial con la llamada «Batalla de Seattle»: las protestas masivas contra la reunión de la Organización Mundial del Comercio en esa ciudad estadounidense, que llegaron a bloquear la cumbre y sorprendieron a la opinión pública por su magnitud.
A partir de ahí, las grandes cumbres internacionales se convirtieron en escenario de manifestaciones: la reunión del FMI y el Banco Mundial en Praga (2000), las cumbres del G-8 —con especial gravedad la de Génova en julio de 2001, con centenares de miles de manifestantes y la muerte del joven Carlo Giuliani— o las reuniones del Foro Económico Mundial de Davos. En España, la cumbre de la Unión Europea de Barcelona (2002) reunió a una manifestación multitudinaria. El punto culminante de esta movilización de la sociedad civil global fueron las protestas mundiales del 15 de febrero de 2003 contra la guerra de Irak, coordinadas simultáneamente en centenares de ciudades de todo el planeta. La mayoría de estas movilizaciones fueron pacíficas, aunque en ellas se infiltraron a veces grupos violentos minoritarios (los llamados «bloques negros»).
Entre sus objetivos se cuentan: la condonación de la deuda externa de los países pobres; el establecimiento de una tasa sobre las transacciones financieras internacionales (la conocida «tasa Tobin»); un comercio internacional más justo; la defensa de los derechos laborales y sociales; la protección del medio ambiente; y una mayor democratización y transparencia de los organismos internacionales, a los que reprochan un déficit de control democrático.
La tasa Tobin merece una precisión: fue propuesta en 1972 por el premio Nobel de Economía James Tobin como un pequeño impuesto sobre las transacciones internacionales de divisas, con el fin de frenar la especulación financiera a corto plazo. El movimiento altermundista la recuperó como bandera para reclamar que los mercados financieros contribuyan a financiar el desarrollo y los bienes públicos globales.
Entre las organizaciones más representativas destaca ATTAC (Asociación por la Tasa a las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana), nacida en Francia en 1998 —a raíz de un célebre editorial de Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique— y que reivindica precisamente la tasa Tobin; la Vía Campesina, coordinadora internacional de organizaciones campesinas; junto a numerosas ONG (como Greenpeace, Oxfam o Amigos de la Tierra), sindicatos y colectivos sociales de todo el mundo. El movimiento se caracteriza precisamente por esta diversidad: no hay una organización que lo dirija, sino una red flexible de colectivos que convergen puntualmente en campañas y movilizaciones concretas y que se coordinan a través de Internet.
Dato de examen: tres hitos que se preguntan mucho. La «Batalla de Seattle» (1999, contra la OMC) es el bautismo mediático del movimiento; Génova (2001), la cumbre del G-8 más trágica; y ATTAC (1998, Francia), la organización emblemática, ligada a la tasa Tobin (propuesta por James Tobin en 1972). El lema unificador es «otro mundo es posible».
8. El Foro Social Mundial
La expresión organizada más importante del movimiento altermundista es el Foro Social Mundial (FSM). Nació en 2001, cuando se celebró su primera edición en la ciudad brasileña de Porto Alegre, como contrapunto deliberado al Foro Económico Mundial de Davos: mientras en Davos se reúnen los líderes económicos y políticos del mundo, el Foro Social Mundial se concibió como el gran encuentro de la sociedad civil y de los movimientos sociales alternativos.
El FSM se define como un «espacio abierto» de encuentro, reflexión, debate e intercambio de movimientos y organizaciones de la sociedad civil que se oponen al neoliberalismo y a la dominación del mundo por el capital, y que trabajan por la construcción de alternativas. No es un órgano de poder ni adopta decisiones vinculantes en nombre de sus participantes: es un foro de intercambio de experiencias y propuestas, plural y horizontal, sin liderazgo único. Su lema, que se ha convertido en la bandera de todo el movimiento, es «Otro mundo es posible».
El Foro se dotó en 2001 de una Carta de Principios que fija su naturaleza: un espacio plural, diverso, no confesional, no gubernamental y no partidista, que no pretende ser una instancia representativa de la sociedad civil mundial ni permite la participación con carácter oficial de partidos ni de organizaciones armadas. No es casual su calendario: durante sus primeros años se celebró en enero, coincidiendo en el tiempo con la reunión de Davos, para subrayar el contraste entre las dos visiones del mundo, la del «Norte económico» y la de los movimientos sociales.
Tras sus primeras ediciones en Porto Alegre, el Foro se ha celebrado en distintos lugares del mundo (India, Kenia, Venezuela, Senegal, Túnez, Brasil...) y ha inspirado la aparición de foros sociales regionales, nacionales y temáticos (como el Foro Social Europeo). Constituye, en definitiva, la principal plataforma internacional de la crítica organizada a la globalización neoliberal, aunque su influencia haya conocido altibajos con el paso de los años.
Dato de examen: retén la ecuación de contrastes. Davos (Foro Económico Mundial, Suiza, enero, élites económicas y políticas) frente a Porto Alegre (Foro Social Mundial, Brasil, 2001, sociedad civil y movimientos sociales). El FSM es un «espacio abierto», plural, no partidista y no confesional, que no adopta decisiones vinculantes en nombre de sus participantes ni tiene un liderazgo único. Un distractor frecuente lo describe como una «organización con dirección centralizada» o le atribuye la toma de acuerdos obligatorios: es falso, es un foro de intercambio, no un órgano de decisión.
9. Globalización, seguridad y actuación policial
La globalización tiene una vertiente de seguridad que interesa directamente a la Policía y que constituye el enlace de este tema con la función profesional. Por un lado, las grandes cumbres internacionales y las manifestaciones antiglobalización plantean retos de orden público: la gestión de concentraciones multitudinarias, la protección de autoridades, delegaciones y sedes, y la distinción entre la protesta pacífica —amparada por los derechos de reunión y manifestación (art. 21 CE)— y los grupos violentos minoritarios (los «bloques negros») que aprovechan estas convocatorias para provocar altercados, daños y enfrentamientos.
Por otro lado, la misma interconexión mundial que impulsa la economía facilita también la criminalidad organizada transnacional, es decir, la delincuencia que opera a través de las fronteras aprovechando la libre circulación y las nuevas tecnologías. Sus manifestaciones más graves son el tráfico internacional de drogas, el tráfico de armas, la trata de seres humanos y el tráfico de migrantes, el blanqueo de capitales (que da apariencia lícita a los beneficios del delito) y la corrupción asociada. Estas organizaciones actúan como auténticas «empresas del crimen» con ramificaciones en varios países. El instrumento internacional de referencia en la materia es la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional (Convención de Palermo, 2000), con sus protocolos sobre trata y tráfico de personas.
Especial relevancia tiene el terrorismo global, que se sirve de la globalización para financiarse, comunicarse, propagar su propaganda y coordinar atentados a escala internacional, así como para la radicalización a distancia de individuos a través de Internet. Y, cada vez más, las ciberamenazas: la ciberdelincuencia (fraudes, estafas, ataques a sistemas), el ciberterrorismo y los ataques a infraestructuras críticas no conocen fronteras y pueden lanzarse desde cualquier punto del planeta contra víctimas situadas en otro continente. El ciberespacio se ha convertido así en un nuevo escenario de la seguridad global.
Frente a estas amenazas globales, la respuesta policial exige una cooperación internacional reforzada a través de organismos como INTERPOL (Organización Internacional de Policía Criminal, de cooperación policial mundial, con sede en Lyon), EUROPOL (Agencia de la Unión Europea para la Cooperación Policial, con sede en La Haya) y los instrumentos de cooperación judicial (Eurojust, la orden europea de detención y entrega o «euroorden», los equipos conjuntos de investigación). En el marco de la Unión Europea, el espacio Schengen suprimió los controles en las fronteras interiores, lo que exigió reforzar la frontera exterior común —gestionada con el apoyo de la agencia Frontex— y desarrollar sistemas de información compartida. La Unión Europea puede verse, así, como una respuesta a la globalización: al ceder cuotas de soberanía a un ente supranacional, los Estados miembros ganan capacidad para afrontar juntos retos —económicos, migratorios, de seguridad, medioambientales— que ninguno de ellos podría abordar en solitario.
La actitud del funcionario ante este tema no debe ser, por tanto, la de un mero espectador. Comprender la globalización ayuda a entender el contexto social en el que se desarrolla la labor policial: unas manifestaciones que hay que proteger cuando son pacíficas y contener cuando derivan en violencia; unas nuevas formas de delincuencia que exigen formación y cooperación internacional; y una ciudadanía diversa, en una sociedad cada vez más plural, a la que la Policía debe servir con respeto a los derechos humanos y sin discriminación de ningún tipo. En definitiva, el policía del siglo XXI ha de comprender que muchos de los fenómenos delictivos que combate tienen una dimensión que trasciende las fronteras nacionales y que la seguridad se ha «globalizado» al mismo ritmo que la economía.
10. Ideas fuerza para el test
- La globalización es el proceso de creciente integración e interdependencia mundial de economías, sociedades y culturas, impulsado por las TIC y la liberalización del comercio y los capitales. El término se popularizó en los años 80-90; se atribuye a Theodore Levitt (1983).
- Se aceleró con el fin de la Guerra Fría (caída del Muro de Berlín, 1989; fin de la URSS, 1991). Hubo una «primera globalización» en 1870-1914.
- Características: interconexión, inmediatez, libre circulación de capitales, mercancías e información (no de personas), desregulación, multinacionales y debilitamiento del Estado-nación. La «aldea global» es de McLuhan.
- Dimensiones: económica (la más visible), política, cultural («McDonaldización», «glocalización»), tecnológica (el motor) y social/demográfica.
- Marco ideológico: el Consenso de Washington (John Williamson, 1989) y el neoliberalismo (Reagan, Thatcher). Instituciones: FMI y Banco Mundial (Bretton Woods, 1944) y OMC (1995, sucesora del GATT de 1947); foros G-7/G-8/G-20 y Foro Económico Mundial de Davos.
- Consecuencias: crecimiento y acceso a bienes, pero también desigualdad (brecha Norte-Sur), deslocalización, precariedad, daño ambiental, contagio de crisis financieras (2008), homogeneización cultural y brecha digital.
- El movimiento antiglobalización/altermundista es plural y en red; no rechaza la globalización sino su modelo neoliberal; su lema es «otro mundo es posible». Hito fundacional: la «Batalla de Seattle» (1999, contra la OMC); Génova 2001. Organización emblemática: ATTAC (1998, tasa Tobin, propuesta por James Tobin en 1972).
- El Foro Social Mundial nació en 2001 en Porto Alegre (Brasil) como contrapunto a Davos; es un «espacio abierto» de la sociedad civil, con Carta de Principios (2001) y el lema «Otro mundo es posible».
- Vertiente de seguridad: orden público en las cumbres y criminalidad organizada transnacional (drogas, armas, trata, blanqueo; Convención de Palermo, 2000), terrorismo global y ciberamenazas, que exigen cooperación policial internacional (INTERPOL, EUROPOL, Schengen, Frontex).
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