Tema 29 · Policía Nacional (Escala Básica)
Actitudes y valores sociales
Epígrafe oficial: Actitudes y valores sociales. Formación de las actitudes: concepto, componentes y funciones. Estereotipos, prejuicios y discriminación. Actitudes de la personalidad autoritaria: xenofobia y dogmatismo. Los grupos sociales.
Tema desarrollado a nivel élite para preparar el examen de conocimientos de la Escala Básica (100 preguntas, 50 minutos). La información es orientativa y está verificada a fecha de actualización: el contenido evaluable lo fija el temario del anexo I de tu convocatoria. Es un tema conceptual, de psicología social; los autores, teorías y fechas que se citan son de referencia académica contrastada.
Índice
- 0. Introducción: por qué interesa a la Policía
- 1. Las actitudes: concepto
- 2. Componentes de las actitudes
- 3. Funciones de las actitudes
- 4. Formación y cambio de las actitudes
- 5. Los valores sociales
- 6. Estereotipos, prejuicios y discriminación
- 7. La personalidad autoritaria: xenofobia y dogmatismo
- 8. Los grupos sociales
- 9. Ideas fuerza para el test
0. Introducción: por qué interesa a la Policía
Este tema pertenece al bloque de materias sociales y se adentra en la psicología social, la disciplina que estudia cómo la presencia real o imaginada de los demás influye en los pensamientos, los sentimientos y la conducta de las personas. Comprender qué son las actitudes y los valores, cómo se forman los estereotipos, los prejuicios y la discriminación, y cómo funcionan los grupos sociales no es un lujo teórico para el policía: es una herramienta esencial de su trabajo. El agente trata a diario con personas y grupos muy diversos, debe saber reconocer sus propios sesgos para no dejarse llevar por ellos, y ha de servir a la ciudadanía sin discriminación de ningún tipo, tal como exigen la Constitución y el código deontológico policial. Además, muchas de las situaciones que gestiona —una concentración, un conflicto vecinal, una situación de tensión colectiva, una negociación— solo se entienden bien a la luz de estos conceptos. Por eso el temario incorpora esta materia: no como un contenido meramente académico, sino como una herramienta profesional que ayuda al policía a comprender a las personas y a los grupos con los que se relaciona y a actuar con mayor eficacia y mejor trato.
Antes de entrar en materia conviene fijar el mapa conceptual del tema, porque sus piezas encajan entre sí. En el centro está la actitud, con sus tres componentes (pensar, sentir, actuar). De cada componente se desprende un fenómeno social: del pensar, los estereotipos; del sentir, los prejuicios; del actuar, la discriminación. Por debajo de las actitudes están los valores, principios más generales que les dan coherencia. Y todo ello se aprende a través de la socialización y se despliega en el seno de los grupos sociales. Quien retenga este esquema —actitud y sus componentes, valores, estereotipo-prejuicio-discriminación, personalidad autoritaria y grupos— tendrá ordenado todo el tema y resolverá con soltura las preguntas de correspondencia, que son las más frecuentes.
1. Las actitudes: concepto
Una actitud es una predisposición aprendida a responder de forma favorable o desfavorable ante un objeto, una persona, un grupo o una situación. La definición clásica es la de Gordon Allport (1935), para quien la actitud es «un estado mental y neural de disposición, organizado a través de la experiencia, que ejerce una influencia directriz o dinámica sobre la respuesta del individuo ante todos los objetos y situaciones con los que se relaciona». Esta definición ha sido la más citada de toda la psicología social y sigue vigente en lo sustancial.
De esa definición se extraen las notas características de las actitudes: son aprendidas (no innatas: se adquieren mediante la experiencia y la socialización); son relativamente estables y duraderas, aunque pueden cambiar; se dirigen siempre hacia un objeto (el «objeto de actitud»); implican una valoración o dimensión evaluativa (a favor o en contra, agrado o desagrado); y predisponen a la acción, orientando la conducta sin determinarla de forma mecánica. Conviene distinguir la actitud de conceptos próximos: la opinión es la expresión verbal de una actitud; la creencia es la idea que se tiene sobre algo (su componente cognitivo); el hábito es una conducta automatizada; y el valor es un principio más general y abstracto que sirve de fundamento a muchas actitudes.
Toda actitud puede describirse atendiendo a varias propiedades o dimensiones: la dirección o valencia (positiva o negativa, a favor o en contra del objeto); la intensidad (el grado o fuerza con que se mantiene, desde la indiferencia hasta la pasión); la centralidad (la mayor o menor conexión de la actitud con los valores nucleares de la persona, lo que la hace más resistente al cambio); y la accesibilidad (la facilidad con que la actitud se activa en la mente ante el objeto). El concepto de actitud ha sido tan central en esta disciplina que autores como el propio Allport llegaron a afirmar que era el concepto «más distintivo e indispensable» de la psicología social, porque permite predecir y comprender buena parte de la conducta social de las personas y sirve de puente entre el individuo y la sociedad.
Dato de examen: memoriza el nombre y la fecha: la definición clásica de actitud es de Gordon Allport, 1935. Retén también los tres rasgos que más se preguntan: la actitud es aprendida (no innata), es evaluativa (implica valoración) y predispone a la acción (pero no la determina). No confundas actitud con opinión (esta es su expresión verbal) ni con valor (más general y abstracto).
2. Componentes de las actitudes
El modelo más aceptado es el modelo tripartito (o modelo de los tres componentes, también llamado modelo ABC por sus siglas en inglés). Según él, toda actitud consta de tres elementos:
- Componente cognitivo (del inglés cognition): son las ideas, creencias y conocimientos que la persona tiene sobre el objeto de actitud. Es la parte «pensada»: lo que creemos saber sobre algo. Los estereotipos pertenecen a este componente.
- Componente afectivo (affect): son los sentimientos y emociones que el objeto despierta (agrado o desagrado, simpatía o rechazo). Es la parte «sentida» y suele considerarse el núcleo de la actitud. El prejuicio pertenece a este componente.
- Componente conductual o conativo (behaviour): es la tendencia o predisposición a actuar de un determinado modo respecto del objeto. Es la parte «dispuesta a hacerse». La discriminación pertenece a este componente.
Los tres componentes suelen ser coherentes entre sí (tendemos a sentir, pensar y actuar en la misma dirección respecto de un objeto), pero no siempre coinciden con la conducta efectiva: una persona puede tener una actitud negativa hacia un grupo (afecto) y, sin embargo, no actuar de forma discriminatoria por temor a la sanción o a la desaprobación social. Esta posible discrepancia entre actitud y conducta quedó ilustrada por un estudio clásico de Richard LaPiere (1934): recorrió Estados Unidos con una pareja de origen chino y apenas fue rechazado en los establecimientos que visitaron, pero, cuando después preguntó por escrito a esos mismos establecimientos si admitirían a clientes chinos, la gran mayoría respondió que no. La conducta real (aceptación) contradecía la actitud declarada (rechazo), lo que muestra que las actitudes predisponen, pero no determinan mecánicamente, el comportamiento.
Precisamente porque no se observan directamente, las actitudes se miden de forma indirecta mediante escalas. Las más conocidas son la escala de Thurstone (1928, pionera en sostener que «las actitudes pueden medirse»), la escala de Likert (1932), que gradúa el acuerdo o desacuerdo con una serie de afirmaciones (del «totalmente de acuerdo» al «totalmente en desacuerdo») y es la más utilizada por su sencillez, y el diferencial semántico de Osgood, que sitúa el objeto entre pares de adjetivos opuestos (bueno-malo, fuerte-débil, agradable-desagradable). Junto a estas medidas directas o explícitas existen hoy medidas indirectas o implícitas —como los tiempos de reacción del test de asociaciones implícitas— que tratan de captar actitudes que la persona no quiere o no puede declarar abiertamente, como ciertos prejuicios inconscientes.
Dato de examen: la correspondencia entre los tres componentes y los tres fenómenos del prejuicio es la pregunta estrella del tema. Cognitivo = estereotipo (pienso), afectivo = prejuicio (siento), conductual = discriminación (actúo). Y la escala más utilizada para medir actitudes es la de Likert (1932). El estudio de LaPiere (1934) demuestra que la actitud declarada no siempre predice la conducta real.
3. Funciones de las actitudes
Por qué mantenemos las actitudes, para qué nos sirven, es una pregunta que respondió el psicólogo Daniel Katz (1960) con una clásica clasificación de las funciones que las actitudes cumplen para el individuo:
- Función instrumental, utilitaria o adaptativa: las actitudes nos ayudan a obtener recompensas y evitar castigos, adaptándonos al medio. Tendemos a desarrollar actitudes favorables hacia lo que nos beneficia y desfavorables hacia lo que nos perjudica.
- Función defensiva del yo (ego-defensiva): ciertas actitudes nos protegen de la ansiedad y de las amenazas a nuestra autoestima. Por ejemplo, el prejuicio hacia un grupo puede servir para proyectar en él los propios conflictos o para sentirse superior.
- Función expresiva de valores: las actitudes nos permiten manifestar quiénes somos y expresar nuestros valores e identidad más profunda ante los demás, reafirmando el concepto que tenemos de nosotros mismos.
- Función de conocimiento: las actitudes organizan y simplifican la enorme cantidad de información que recibimos, dando sentido y orden al mundo y permitiéndonos anticipar lo que va a ocurrir sin tener que analizarlo todo de nuevo.
Conocer estas funciones tiene una utilidad práctica de primer orden: para cambiar una actitud es más eficaz dirigirse a la función que esa actitud cumple para la persona. No se combate del mismo modo un prejuicio que sirve para expresar valores que uno que cumple una función defensiva del yo; en el primer caso habrá que apelar a otros valores del sujeto, y en el segundo, reducir la amenaza o la inseguridad que lo alimenta. Esta perspectiva funcional explica también por qué algunas actitudes son tan resistentes al cambio: cuanto más útiles resulten para la persona (más funciones cumplan), más difícil será modificarlas.
Dato de examen: las cuatro funciones de Katz son las que más se preguntan y suelen aparecer con nombres alternativos: instrumental (o utilitaria o adaptativa), defensiva del yo (o ego-defensiva), expresiva de valores y de conocimiento (u organizativa). Un distractor habitual añade una quinta función inexistente o cambia la definición de la defensiva del yo por la expresiva de valores. La clave para diferenciarlas: la defensiva del yo protege la autoestima; la expresiva de valores manifiesta la identidad.
4. Formación y cambio de las actitudes
Las actitudes se aprenden, principalmente a través de dos grandes vías. La primera es el aprendizaje en sentido estricto: por condicionamiento clásico (asociando un objeto con estímulos agradables o desagradables), por condicionamiento instrumental u operante (según las actitudes o su expresión sean premiadas o castigadas) y, muy especialmente, por aprendizaje social, vicario o por observación (imitando los modelos que nos rodean, como describió Albert Bandura). La segunda vía es la socialización: a lo largo de la vida, los distintos agentes socializadores —la familia (el primero y más influyente), la escuela, el grupo de iguales, los medios de comunicación y hoy las redes sociales— nos transmiten actitudes y valores, a menudo de forma no intencionada.
Las actitudes, aunque estables, pueden cambiar. Dos enfoques son de referencia obligada. El primero es la teoría de la disonancia cognitiva de Leon Festinger (1957): cuando una persona mantiene a la vez dos cogniciones incoherentes (por ejemplo, «fumar es perjudicial» y «yo fumo»), experimenta un estado de tensión desagradable —la disonancia— que la impulsa a reducirla, ya sea cambiando la actitud, cambiando la conducta o añadiendo nuevas cogniciones que justifiquen la contradicción. El experimento más célebre que lo demuestra es el de Festinger y Carlsmith (1959): los participantes que habían mentido sobre lo interesante de una tarea aburrida cambiaron su actitud (llegaron a creer que la tarea era interesante) más quienes habían recibido una recompensa pequeña (un dólar) que quienes habían recibido una grande (veinte dólares); la razón es que la recompensa grande proporcionaba una justificación externa suficiente para la mentira, mientras que la pequeña obligaba a reducir la disonancia cambiando la propia actitud. Es la paradoja de que a menor recompensa, mayor cambio de actitud.
El segundo enfoque es el estudio de la persuasión: la investigación clásica de la Escuela de Yale, dirigida por Carl Hovland, analizó los factores que hacen eficaz un mensaje persuasivo, agrupándolos en la fuente (quién emite: su credibilidad, experiencia y atractivo), el mensaje (qué se dice y cómo: apelaciones al miedo, orden de los argumentos, mensajes uni- o bilaterales), el canal (por qué medio) y el receptor (a quién se dirige: su implicación, su inteligencia, su autoestima). De esta tradición procede la observación del efecto durmiente (sleeper effect), según la cual un mensaje de una fuente poco creíble puede aumentar su influencia con el paso del tiempo, cuando se olvida la fuente pero se recuerda el contenido.
Un modelo posterior muy citado es el modelo de probabilidad de elaboración (ELM) de Petty y Cacioppo, que distingue dos rutas de persuasión: la ruta central, en la que el receptor procesa cuidadosamente los argumentos y produce un cambio de actitud sólido y duradero, y la ruta periférica, en la que la persona se deja llevar por señales superficiales (el atractivo del emisor, el número de argumentos, la música, el prestigio) y genera un cambio más frágil y pasajero. Frente a los intentos de persuasión, las personas también desarrollan mecanismos de resistencia, como la reactancia (rechazo de aquello que se percibe como una imposición a la propia libertad) o la inoculación (descrita por McGuire: exponer a la persona a versiones débiles de los argumentos contrarios la «vacuna» y refuerza su actitud frente a ataques posteriores).
Sobre la relación entre la actitud y la conducta, la teoría de la acción razonada de Fishbein y Ajzen (después ampliada por Ajzen como teoría de la conducta planificada) sostiene que el mejor predictor del comportamiento no es la actitud aislada, sino la intención de conducta, que depende a su vez de dos factores: la actitud de la persona hacia esa conducta concreta y la norma subjetiva (lo que la persona cree que los demás significativos esperan de ella). La teoría de la conducta planificada añade un tercer factor, el control conductual percibido (la facilidad o dificultad que la persona cree tener para realizar la conducta). Cuanto más específica sea la actitud respecto de la conducta y más fuerte la intención, mejor predice el comportamiento real.
Dato de examen: no cruces los autores. Disonancia cognitiva = Festinger (1957), con el experimento de Festinger y Carlsmith (1959) del dólar frente a los veinte dólares (a menor recompensa, mayor cambio de actitud). Persuasión = Escuela de Yale (Hovland), con los cuatro factores fuente-mensaje-canal-receptor. Dos rutas (central y periférica) = ELM de Petty y Cacioppo. Acción razonada = Fishbein y Ajzen.
5. Los valores sociales
Los valores son principios, creencias o convicciones profundas que orientan la conducta de las personas y que sirven de criterio para preferir, elegir y juzgar. Responden a lo que se considera deseable (la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la honestidad, la paz). Se diferencian de las actitudes en que son más generales, abstractos y estables: mientras una actitud se dirige a un objeto concreto, un valor es un principio que fundamenta muchas actitudes distintas. Por eso se dice que los valores están en la base del sistema de actitudes de la persona y le dan coherencia; constituyen, en cierto modo, el «esqueleto» sobre el que se organizan las actitudes.
El psicólogo Milton Rokeach, en The Nature of Human Values (1973), distinguió dos tipos de valores: los valores terminales (las metas o fines últimos que se persiguen en la vida, como la felicidad, la seguridad familiar, la libertad o un mundo en paz) y los valores instrumentales (los modos de conducta que se consideran preferibles para alcanzar aquellas metas, como la honestidad, la responsabilidad, la valentía o la obediencia). Rokeach elaboró incluso una escala con dieciocho valores de cada tipo. Más recientemente, Shalom Schwartz ha propuesto una teoría de los valores básicos humanos, con una decena de valores universales (autodirección, estimulación, hedonismo, logro, poder, seguridad, conformidad, tradición, benevolencia y universalismo) organizados en una estructura circular en la que unos son compatibles (los adyacentes) y otros entran en conflicto entre sí (los opuestos), a lo largo de dos grandes ejes: apertura al cambio frente a conservación, y autopromoción frente a autotrascendencia.
No deben confundirse los valores con las normas sociales: los valores son principios abstractos y generales sobre lo deseable, mientras que las normas son reglas concretas de conducta que prescriben lo que se debe o no se debe hacer en situaciones determinadas, y cuyo incumplimiento acarrea algún tipo de sanción (jurídica o social). Las normas son, en cierto modo, la concreción de los valores en pautas de comportamiento observable. Los valores tienen, además, una dimensión social e histórica: cada sociedad y cada cultura comparte un conjunto de valores dominantes que transmite a sus miembros y que puede variar con el tiempo (piénsese en la evolución de los valores relativos a la igualdad entre mujeres y hombres o a la diversidad). En una sociedad democrática, valores como la dignidad de la persona, la libertad, la igualdad, el pluralismo y la tolerancia constituyen el fundamento de la convivencia; la propia Constitución española proclama en su artículo 1.1 la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político como «valores superiores» del ordenamiento jurídico.
Dato de examen: Rokeach distingue valores terminales (metas o fines) e instrumentales (modos de conducta). Schwartz propone diez valores básicos universales en estructura circular. Y no confundas valor (principio abstracto sobre lo deseable) con norma (regla concreta de conducta con sanción). Ojo: Rokeach aparece dos veces en el tema, aquí con los valores (terminales e instrumentales) y más abajo con el dogmatismo y la escala D. Retén también que los valores están en la base de las actitudes: son más generales, abstractos y estables, y una misma persona jerarquiza sus valores en un sistema de valores propio.
6. Estereotipos, prejuicios y discriminación
Estos tres conceptos, muy relacionados entre sí, se corresponden de forma casi exacta con los tres componentes de la actitud, y es fundamental no confundirlos, porque es una pregunta muy habitual de examen:
- El estereotipo es el componente cognitivo: una creencia o imagen simplificada, generalizada y compartida sobre las características de los miembros de un grupo («los de tal lugar son...»). El término lo popularizó el periodista Walter Lippmann en su obra La opinión pública (1922), definiéndolo como «las imágenes que tenemos en la cabeza». Los estereotipos ahorran esfuerzo mental (son «atajos» cognitivos), pero deforman la realidad al atribuir a todos los miembros de un grupo unos rasgos uniformes.
- El prejuicio es el componente afectivo: una actitud (por lo general negativa) hacia un grupo y sus miembros, un «pre-juicio» o juicio previo emitido sin fundamento suficiente y resistente a la información que lo contradice. El prejuicio racial, étnico, de género o religioso son ejemplos típicos.
- La discriminación es el componente conductual: el trato desigual, injusto y perjudicial que se dispensa a una persona por el mero hecho de pertenecer a un determinado grupo. Es la traducción en conducta del estereotipo y el prejuicio.
La secuencia típica es, por tanto: estereotipo (pienso) → prejuicio (siento) → discriminación (actúo). No obstante, no siempre se encadenan: se puede tener un prejuicio y no discriminar (por control social o normativo), del mismo modo que la discriminación puede estar institucionalizada al margen de los sentimientos individuales. Y la discriminación puede ser directa (trato explícitamente desfavorable) o indirecta (una práctica en apariencia neutra que perjudica de hecho a un grupo).
Los estereotipos, aunque a menudo negativos, pueden ser también positivos (atribuir virtudes a un grupo), pero en ambos casos deforman la realidad al ignorar la diversidad interna del colectivo. Un fenómeno especialmente importante es el de la profecía autocumplida (concepto de Robert Merton): cuando esperamos de alguien un determinado comportamiento por el estereotipo que le aplicamos, tendemos a tratarlo de un modo que acaba provocando en él precisamente esa conducta, con lo que el estereotipo se «confirma» a sí mismo. En la misma línea, la amenaza del estereotipo (Claude Steele) describe cómo el mero temor a confirmar un estereotipo negativo sobre el propio grupo puede empeorar el rendimiento de una persona. Estos mecanismos muestran hasta qué punto los estereotipos y prejuicios, además de injustos, tienen efectos reales sobre las personas.
La psicología social ha descrito, además, formas sutiles de prejuicio que sustituyen al racismo abierto y socialmente reprobado. El racismo moderno o simbólico se expresa de manera encubierta, negando que exista discriminación y oponiéndose a las políticas que favorecen a las minorías con argumentos aparentemente no raciales. El racismo aversivo se da en personas que se creen igualitarias pero que experimentan incomodidad ante el grupo ajeno y lo evitan. Frente al prejuicio y la discriminación, los ordenamientos jurídicos han introducido medidas de acción positiva (a veces llamada «discriminación positiva»): tratos favorables temporales dirigidos a corregir situaciones históricas de desventaja de determinados colectivos (por ejemplo, en materia de igualdad entre mujeres y hombres o de discapacidad), que no vulneran el principio de igualdad porque persiguen precisamente hacerlo efectivo.
Entre las estrategias para reducir el prejuicio, la más estudiada es la hipótesis del contacto, formulada por Gordon Allport en La naturaleza del prejuicio (1954): el contacto entre miembros de grupos distintos reduce el prejuicio, siempre que se den ciertas condiciones —igualdad de estatus en la situación, cooperación hacia metas comunes, apoyo institucional o normativo y ausencia de competencia—. La discriminación, además, está prohibida por el Derecho: el artículo 14 de la Constitución consagra la igualdad ante la ley y la no discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Para el policía, comprender estos mecanismos es esencial: le ayuda a detectar sus propios sesgos y a evitar la elaboración de perfiles discriminatorios, además de a reconocer y atender adecuadamente los delitos motivados por el odio.
Dato de examen: el estereotipo es cognitivo y su término lo popularizó Lippmann (1922). La hipótesis del contacto para reducir el prejuicio es de Allport (1954) y exige condiciones (igualdad de estatus, cooperación, apoyo institucional). La profecía autocumplida es de Merton. No confundas prejuicio (actitud, se siente) con discriminación (conducta, se hace).
7. La personalidad autoritaria: xenofobia y dogmatismo
Tras la Segunda Guerra Mundial, la psicología social se preguntó qué tipo de personalidad predispone al prejuicio, al racismo y a la adhesión a ideologías totalitarias. La respuesta más influyente fue la teoría de la personalidad autoritaria, formulada por Theodor W. Adorno y sus colaboradores (Frenkel-Brunswik, Levinson y Sanford), vinculados a la Escuela de Frankfurt, en la obra La personalidad autoritaria (1950). Para medirla elaboraron la célebre «escala F» (de fascismo).
La personalidad autoritaria se caracteriza por rasgos como el convencionalismo (apego rígido a las normas convencionales), la sumisión acrítica a la autoridad del propio grupo, la agresividad autoritaria hacia quienes se desvían de las normas, el rechazo de lo subjetivo e imaginativo, el pensamiento rígido en categorías (blanco o negro), la superstición y la preocupación por el poder y la fuerza, y una fuerte tendencia al etnocentrismo y al prejuicio hacia los grupos ajenos. De esta estructura de personalidad brota con facilidad la xenofobia —el rechazo, miedo u hostilidad hacia el extranjero o hacia lo extraño y diferente—, así como el racismo (que añade la creencia en la superioridad de unas razas sobre otras).
Un concepto complementario es el dogmatismo, estudiado por Milton Rokeach en La mente abierta y la mente cerrada (1960), quien lo midió con la «escala D». El dogmatismo es un sistema de creencias cerrado y rígido, caracterizado por la intolerancia hacia las ideas ajenas y la incapacidad para revisar las propias convicciones ante nuevos datos. La aportación decisiva de Rokeach fue mostrar que la mente cerrada no es patrimonio de una ideología concreta: puede darse un autoritarismo tanto de derechas como de izquierdas, pues lo que define al dogmático no es el contenido de lo que cree, sino la forma cerrada e intransigente en que lo cree. Con ello superaba una limitación de la escala F, que solo captaba el autoritarismo de signo conservador.
Conviene precisar algunos conceptos afines que suelen confundirse. El etnocentrismo es la tendencia a juzgar a las demás culturas y grupos tomando como medida los valores del propio, considerándolo superior; su opuesto sería el relativismo cultural. La xenofobia es el rechazo u hostilidad hacia el extranjero por el hecho de serlo. El racismo añade la creencia en la existencia de razas humanas jerarquizadas y en la superioridad de unas sobre otras. La homofobia, la aporofobia (rechazo al pobre, término acuñado por la filósofa Adela Cortina), el antisemitismo o el antigitanismo son otras manifestaciones del prejuicio dirigidas a colectivos concretos. La investigación posterior sobre el autoritarismo ha continuado con autores como Bob Altemeyer, que reformuló el concepto en la llamada escala de autoritarismo de derechas (RWA). Frente a todas estas actitudes, la convivencia democrática reclama justamente lo contrario: tolerancia, pensamiento crítico y apertura a la diversidad, valores que el funcionario policial ha de encarnar de manera ejemplar, pues sirve por igual a toda la ciudadanía.
Dato de examen: distingue las dos escalas y sus autores. La personalidad autoritaria la formuló Adorno (1950) y se mide con la escala F (de fascismo). El dogmatismo (mente cerrada) lo estudió Rokeach (1960) con la escala D, y su clave es que puede ser de derechas o de izquierdas. Xenofobia (rechazo al extranjero) y etnocentrismo (juzgar a los demás desde el propio grupo) no son sinónimos.
8. Los grupos sociales
El ser humano es un ser social que vive integrado en grupos. Un grupo social es un conjunto de personas que interactúan entre sí, comparten ciertos objetivos o normas y tienen conciencia de pertenecer a una unidad (un sentimiento de «nosotros»). No es un grupo cualquier agregado de personas: una mera aglomeración en la calle o quienes comparten una característica sin interactuar (una «categoría social», como «los mayores de sesenta años») no forman un grupo en sentido estricto. Los rasgos que definen a un grupo son, pues, la interacción recíproca, la existencia de objetivos o normas comunes, una cierta estabilidad en el tiempo y la conciencia de pertenencia (el sentimiento de «nosotros»). La familia es el grupo primario por excelencia y el primer agente socializador; a través de ella el individuo adquiere el lenguaje, los valores básicos y las primeras normas de convivencia.
Existen numerosas clasificaciones de los grupos, que conviene conocer:
- Grupos primarios y grupos secundarios (distinción de Charles H. Cooley). Los primarios son reducidos, con relaciones íntimas, personales y cara a cara, cargadas de afecto (la familia, el grupo de amigos); son básicos en la formación de la personalidad. Los secundarios son más amplios, con relaciones impersonales, formales e instrumentales, orientadas a un fin (una empresa, un partido, una asociación, una gran organización).
- Endogrupo y exogrupo. El endogrupo (o «grupo de nosotros») es aquel al que la persona siente pertenecer y con el que se identifica; el exogrupo (o «grupo de ellos») es el grupo ajeno, visto desde fuera. La tendencia a valorar más al propio grupo y a menospreciar al ajeno se denomina etnocentrismo y está en el origen de muchos prejuicios y conflictos intergrupales.
- Grupo de pertenencia y grupo de referencia. El de pertenencia es aquel del que la persona forma parte efectivamente; el de referencia es aquel que le sirve de modelo o marco de comparación para sus actitudes y su conducta, aunque no pertenezca a él (aquel al que aspira o con cuyos valores se identifica).
- Grupos formales e informales, según tengan o no una estructura, unas normas y unos roles establecidos de manera oficial.
Todo grupo posee una estructura interna que conviene conocer. Sus elementos básicos son: los roles (los papeles o funciones que cada miembro desempeña dentro del grupo); el estatus (la posición o prestigio que cada miembro ocupa en la jerarquía interna); las normas (las reglas, explícitas o implícitas, que regulan la conducta de los miembros); la cohesión (el grado de atracción que el grupo ejerce sobre sus integrantes y de unión entre ellos); y el liderazgo (la capacidad de influir y dirigir al grupo hacia sus objetivos, ya sea un liderazgo formal o informal, orientado a la tarea o a las relaciones socioafectivas). El tamaño influye también en la dinámica: los grupos pequeños permiten una interacción más intensa, mientras que en los grandes aumenta la formalización y la despersonalización. La comprensión de esta estructura resulta muy útil para la actividad policial, tanto para negociar o mediar con un colectivo como para prevenir e interpretar los comportamientos de las agrupaciones, bandas y multitudes.
La psicología social ha estudiado numerosos fenómenos de grupo de gran interés: la conformidad o presión hacia la norma común (estudiada por Solomon Asch en sus experimentos sobre la longitud de unas líneas, en los que los sujetos se plegaban a la opinión errónea de la mayoría); la obediencia a la autoridad (los célebres experimentos de Stanley Milgram, que mostraron hasta qué punto personas normales son capaces de infligir daño a otra si una autoridad se lo ordena); la facilitación social (la presencia de otros mejora el rendimiento en tareas sencillas y lo empeora en las difíciles); la holgazanería social o social loafing (el menor esfuerzo individual cuando se diluye la responsabilidad en el grupo); y la teoría de la identidad social de Henri Tajfel, según la cual parte de nuestra autoestima procede de los grupos a los que pertenecemos, lo que nos lleva a favorecer al endogrupo frente al exogrupo incluso en ausencia de conflicto real de intereses.
Otros procesos grupales relevantes son el pensamiento de grupo o «groupthink» (descrito por Irving Janis), la tendencia de los grupos muy cohesionados a buscar la unanimidad hasta el punto de silenciar las opiniones discrepantes y tomar decisiones erróneas; la polarización grupal, según la cual la discusión en grupo tiende a acentuar la postura inicial dominante, volviéndola más extrema; y la desindividuación, la pérdida del sentido de la identidad y de la responsabilidad individual que experimenta la persona inmersa en una masa o multitud, y que puede favorecer conductas impulsivas o violentas que no se darían de forma aislada. El estudio de las masas tiene un precedente clásico en la obra Psicología de las masas de Gustave Le Bon (1895). Todos estos procesos ayudan a entender comportamientos colectivos —desde una manifestación pacífica hasta una avalancha, un altercado o una situación de pánico— que el policía ha de saber interpretar y gestionar en su trabajo de mantenimiento del orden público y de protección de las personas.
Dato de examen: asocia cada fenómeno con su autor. Conformidad = Asch; obediencia = Milgram; identidad social = Tajfel; pensamiento de grupo (groupthink) = Janis; psicología de las masas = Le Bon (1895). Y la distinción básica de grupos, primarios/secundarios, es de Cooley. No confundas grupo de pertenencia (al que perteneces) con grupo de referencia (el que tomas como modelo).
9. Ideas fuerza para el test
- La actitud es una predisposición aprendida a responder de forma favorable o desfavorable ante un objeto; definición clásica de Allport (1935). Es aprendida, estable, evaluativa y predispone a la acción (sin determinarla: estudio de LaPiere, 1934).
- Componentes de la actitud (modelo tripartito o ABC): cognitivo (creencias), afectivo (sentimientos, su núcleo) y conductual/conativo (tendencia a actuar). Se miden con escalas: la más usada es la de Likert (1932).
- Funciones de las actitudes (Katz, 1960): instrumental/adaptativa, defensiva del yo, expresiva de valores y de conocimiento.
- Cambio de actitudes: disonancia cognitiva de Festinger (1957), con el experimento de Festinger y Carlsmith (1959) (a menor recompensa, mayor cambio); persuasión (Escuela de Yale, Hovland: fuente, mensaje, canal, receptor); dos rutas del ELM (Petty y Cacioppo); y acción razonada (Fishbein y Ajzen).
- Los valores son principios más generales y estables que fundamentan las actitudes; Rokeach distinguió valores terminales (metas) e instrumentales (modos de conducta); Schwartz propuso 10 valores básicos en estructura circular. La CE proclama los valores superiores en su art. 1.1.
- Correspondencia clave: estereotipo = componente cognitivo (creencia sobre un grupo; término de Lippmann, 1922); prejuicio = componente afectivo (actitud negativa previa); discriminación = componente conductual (trato desigual). La hipótesis del contacto (Allport, 1954) reduce el prejuicio.
- La personalidad autoritaria la formuló Adorno (1950) y se mide con la escala F; predispone a la xenofobia (rechazo al extranjero) y al etnocentrismo. El dogmatismo (mente cerrada) lo estudió Rokeach con la escala D, y puede ser de derechas o de izquierdas.
- Grupos: primarios (íntimos, cara a cara: familia) vs secundarios (formales, instrumentales) de Cooley; endogrupo («nosotros») vs exogrupo («ellos»); grupo de pertenencia vs de referencia (modelo de comparación). Fenómenos: conformidad (Asch), obediencia (Milgram), identidad social (Tajfel), groupthink (Janis), masas (Le Bon, 1895).
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