Tema 56 · Policía Nacional (Escala Ejecutiva)
Bases fisiológicas del comportamiento humano
Epígrafe oficial: Bases fisiológicas del comportamiento humano. El sistema nervioso central: el encéfalo y la médula espinal. El sistema nervioso periférico. El sistema neuroendocrino. Receptores sensoriales y sentidos. La vista y el oído.
Tema desarrollado para preparar el primer ejercicio de conocimientos de la Escala Ejecutiva (Inspector/a) de la Policía Nacional. La información es orientativa y está verificada a la fecha de actualización; el contenido evaluable lo fija el temario del anexo II de tu convocatoria (Resolución de 31 de julio de 2025, BOE-A-2025-16611). Es un tema del bloque B (Ciencias Sociales) de contenido psicobiológico: la conducta humana tiene un sustrato físico —el sistema nervioso y el endocrino— cuyo conocimiento básico ayuda a comprender la percepción, la memoria, la emoción y la respuesta al estrés, de gran interés para la función policial.
Índice
- 1. El sustrato del comportamiento: la neurona y la transmisión nerviosa
- 2. Organización general del sistema nervioso
- 3. El sistema nervioso central: el encéfalo
- 4. El sistema nervioso central: la médula espinal
- 5. El sistema nervioso periférico
- 6. El sistema neuroendocrino
- 7. Cerebro y conducta: plasticidad y lateralización
- 8. Receptores sensoriales y sentidos
- 9. La vista
- 10. El oído
- Ideas fuerza
1. El sustrato del comportamiento: la neurona y la transmisión nerviosa
El comportamiento —todo lo que el ser humano hace, siente, percibe o piensa— tiene una base fisiológica: es el resultado de la actividad del sistema nervioso, en estrecha colaboración con el sistema endocrino. La unidad anatómica y funcional del sistema nervioso es la neurona, célula especializada en recibir, procesar y transmitir información en forma de señales eléctricas y químicas. El sistema nervioso humano contiene una cifra colosal de neuronas: las estimaciones actuales la sitúan en unos 86.000 millones.
En una neurona típica se distinguen tres partes: el soma o cuerpo celular (que contiene el núcleo y dirige el metabolismo de la célula); las dendritas, prolongaciones ramificadas que reciben los impulsos procedentes de otras neuronas; y el axón, una prolongación única y alargada que conduce el impulso hacia otras células, terminando en los botones sinápticos. Muchos axones están recubiertos por la vaina de mielina —producida por las células de Schwann en el sistema nervioso periférico y por los oligodendrocitos en el central—, interrumpida a intervalos por los nódulos de Ranvier; la mielina permite una conducción del impulso mucho más rápida (conducción saltatoria).
El impulso nervioso o potencial de acción es un cambio eléctrico que recorre la neurona gracias al movimiento de iones (sodio y potasio) a través de la membrana, regulado por la bomba de sodio-potasio. Cuando el impulso llega al final del axón, la comunicación con la siguiente célula se produce en la sinapsis: entre la neurona presináptica y la postsináptica hay un pequeño espacio, la hendidura sináptica, que el impulso salva mediante la liberación de sustancias químicas llamadas neurotransmisores (como la acetilcolina, la dopamina, la serotonina, la noradrenalina, el GABA o el glutamato). Junto a las neuronas existen las células de la neuroglía (astrocitos, oligodendrocitos, microglía), que las sostienen, nutren, aíslan y defienden. Esta maquinaria celular es la base última de toda percepción, emoción y conducta.
Conviene detenerse en el potencial de acción, el mecanismo del impulso nervioso. En reposo, la membrana de la neurona está polarizada: mantiene una diferencia de carga entre el interior (negativo) y el exterior (positivo), el llamado potencial de reposo, de unos −70 milivoltios, que sostienen la bomba de sodio-potasio (expulsa sodio e introduce potasio) y la distinta permeabilidad de la membrana a cada ion. Cuando un estímulo despolariza la membrana hasta alcanzar un umbral crítico (en torno a −55 mV), se abren los canales de sodio y este entra masivamente, invirtiendo la polaridad: se dispara el potencial de acción. Acto seguido, la salida de potasio repolariza la membrana y la devuelve al reposo. El potencial de acción obedece a la ley del «todo o nada»: o se dispara con su amplitud completa, o no se dispara; la intensidad del estímulo no se codifica en el tamaño del impulso, sino en su frecuencia (número de impulsos por segundo). Tras cada disparo hay un breve periodo refractario en el que la neurona no puede volver a excitarse, lo que asegura que el impulso avance en un solo sentido. En los axones mielinizados, el impulso «salta» de un nódulo de Ranvier al siguiente (conducción saltatoria) y alcanza velocidades de más de 100 metros por segundo, muy superiores a las de las fibras sin mielina.
La comunicación entre neuronas es sobre todo química y sigue en la sinapsis una secuencia precisa: el potencial de acción llega al botón terminal del axón, provoca la entrada de calcio y esta desencadena la liberación del neurotransmisor guardado en las vesículas sinápticas; el neurotransmisor difunde por la hendidura y se une a receptores específicos de la membrana postsináptica, en los que encaja como una llave en su cerradura, con un efecto excitador o inhibidor. Por último, la señal se apaga: el neurotransmisor es recaptado por la neurona presináptica o degradado por enzimas. Existen también sinapsis eléctricas, más rápidas pero mucho menos frecuentes, en las que la corriente pasa directamente de una célula a otra. Buena parte de los psicofármacos y de las drogas actúan justamente sobre estos pasos: imitando al neurotransmisor, bloqueando su receptor o impidiendo su recaptación (así funcionan, por ejemplo, muchos antidepresivos, ansiolíticos y estimulantes).
Atendiendo a su función, se distinguen tres tipos de neuronas: las sensitivas o aferentes, que llevan la información desde los receptores hacia el sistema nervioso central; las motoras o eferentes, que conducen las órdenes desde el centro hacia los músculos y las glándulas; y las interneuronas o de asociación, que conectan unas neuronas con otras dentro del SNC y son las más numerosas. La transmisión sináptica puede ser excitadora (favorece que la neurona siguiente se active) o inhibidora (dificulta su activación), de modo que el comportamiento resulta del equilibrio entre miles de señales.
Los distintos neurotransmisores están estrechamente ligados a la conducta y a los estados mentales, lo que tiene interés tanto clínico como criminológico. La acetilcolina interviene en el movimiento muscular, la atención y la memoria; la dopamina, en el movimiento, la motivación y el sistema de recompensa (su desregulación se asocia a las adicciones y a trastornos como el parkinsonismo o la esquizofrenia); la serotonina, en el estado de ánimo, el sueño y el control de los impulsos (su déficit se relaciona con la depresión y la agresividad); la noradrenalina, en la activación y la respuesta al estrés; el GABA es el principal neurotransmisor inhibidor (calma y ansiólisis) y el glutamato, el principal excitador. Numerosas drogas y psicofármacos actúan precisamente alterando estos sistemas de neurotransmisión.
El número de neuronas es enorme —unos 86.000 millones (la cifra clásica de «100.000 millones» era una aproximación hoy corregida)—, y cada una se conecta con otras muchas a través de billones de sinapsis. La siguiente tabla resume los principales neurotransmisores y su relación con la conducta:
| Neurotransmisor | Función principal y relación con la conducta |
|---|---|
| Acetilcolina | Contracción muscular, atención, aprendizaje y memoria. Su déficit se asocia a la enfermedad de Alzheimer. |
| Dopamina | Movimiento, motivación y sistema de recompensa. Su déficit se liga al Parkinson; su desregulación, a las adicciones y a la esquizofrenia. |
| Serotonina | Estado de ánimo, sueño, apetito y control de los impulsos. Su déficit se relaciona con la depresión y la agresividad. |
| Noradrenalina | Activación, vigilancia y respuesta al estrés (junto con la adrenalina). |
| GABA | Principal neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso central; produce calma (efecto de los ansiolíticos). |
| Glutamato | Principal neurotransmisor excitador; interviene en el aprendizaje y la memoria. |
| Endorfinas | Neuropéptidos que reducen el dolor y producen bienestar (los «opioides» naturales del cerebro). |
Dato de examen: la neurona se comunica en la sinapsis mediante neurotransmisores. El impulso o potencial de acción cumple la ley del «todo o nada» y parte de un potencial de reposo de −70 mV. Memoriza las parejas clave: dopamina (recompensa/Parkinson), serotonina (ánimo/depresión), acetilcolina (memoria/Alzheimer), GABA (inhibidor) y glutamato (excitador). El cerebro humano tiene unos 86.000 millones de neuronas.
2. Organización general del sistema nervioso
Desde el punto de vista anatómico, el sistema nervioso se divide en dos grandes partes. El sistema nervioso central (SNC), formado por el encéfalo (contenido en el cráneo) y la médula espinal (alojada en la columna vertebral), que es el centro de integración y elaboración de la información. Y el sistema nervioso periférico (SNP), constituido por los nervios y ganglios que conectan el SNC con el resto del organismo, transmitiendo la información sensorial hacia el centro y las órdenes motoras desde él. Tanto el encéfalo como la médula están protegidos por los huesos, por tres membranas llamadas meninges (duramadre, aracnoides y piamadre) y por el líquido cefalorraquídeo, que amortigua y nutre.
Desde el punto de vista funcional, se distingue el sistema nervioso somático (que gobierna las funciones de relación con el exterior: la sensibilidad consciente y el movimiento voluntario de los músculos) del sistema nervioso autónomo o vegetativo (que regula, de forma involuntaria, el funcionamiento de los órganos internos: corazón, respiración, digestión, glándulas). En la sustancia gris predominan los cuerpos de las neuronas, y en la sustancia blanca, los axones mielinizados que forman las vías de conducción.
3. El sistema nervioso central: el encéfalo
El encéfalo es la parte del SNC contenida en el cráneo y el órgano más complejo del cuerpo. Suelen distinguirse en él cuatro grandes regiones: el cerebro, el diencéfalo, el tronco encefálico y el cerebelo.
El cerebro es la porción más voluminosa. Su capa más externa, la corteza cerebral, es sustancia gris muy plegada (circunvoluciones y surcos, que aumentan la superficie) y constituye el asiento de las funciones superiores: percepción consciente, movimiento voluntario, lenguaje, razonamiento y memoria. Está dividida en dos hemisferios (derecho e izquierdo), unidos por el cuerpo calloso y con cierta especialización (en la mayoría de las personas el hemisferio izquierdo predomina en el lenguaje y el análisis lógico, y el derecho en lo espacial y lo global). Cada hemisferio se divide en cuatro lóbulos: el frontal (movimiento voluntario, funciones ejecutivas y planificación, y, en el área de Broca, la producción del lenguaje), el parietal (sensibilidad somática: tacto, temperatura, dolor, posición), el temporal (audición, memoria y, en el área de Wernicke, la comprensión del lenguaje) y el occipital (visión). Dos surcos son de referencia clásica: la cisura de Rolando o surco central y la cisura de Silvio o surco lateral.
| Lóbulo cerebral | Funciones principales |
|---|---|
| Frontal | Movimiento voluntario (corteza motora), funciones ejecutivas, planificación, razonamiento y personalidad; área de Broca (producción del lenguaje). |
| Parietal | Sensibilidad somática (tacto, temperatura, dolor, presión y posición) e integración espacial. |
| Temporal | Audición y memoria; área de Wernicke (comprensión del lenguaje). |
| Occipital | Visión (corteza visual primaria). |
Bajo la corteza se encuentran estructuras internas de gran importancia. En el diencéfalo destacan el tálamo (gran estación de relevo que filtra y distribuye hacia la corteza casi toda la información sensorial) y el hipotálamo (centro que regula la homeostasis: hambre, sed, temperatura, sueño, conducta sexual, y que controla el sistema autónomo y el endocrino a través de la hipófisis). El sistema límbico —con la amígdala (emociones, especialmente el miedo y la agresividad) y el hipocampo (formación de la memoria)— es el sustrato de la vida emocional. Los ganglios basales participan en el control del movimiento.
El tronco encefálico conecta el cerebro con la médula y comprende, de arriba abajo, el mesencéfalo, la protuberancia (o puente de Varolio) y el bulbo raquídeo (o médula oblonga), que aloja centros de funciones vitales automáticas como la respiración y el ritmo cardíaco. En el tronco se sitúa la formación reticular, clave en la vigilia, la atención y el nivel de alerta. Por último, el cerebelo, situado en la parte posterior, coordina el movimiento, regula el equilibrio, el tono muscular y la precisión de los actos motores aprendidos.
Un rasgo esencial de la organización cerebral es la organización cruzada o contralateral: cada hemisferio controla y recibe la información del lado opuesto del cuerpo, de modo que una lesión en el hemisferio izquierdo suele afectar a la mitad derecha del cuerpo, y viceversa. La plasticidad y la lateralización del cerebro, esenciales para entender la relación entre el órgano y la conducta, se desarrollan en el epígrafe 7.
Dato de examen: el encéfalo tiene cuatro regiones: cerebro (telencéfalo), diencéfalo (tálamo e hipotálamo), tronco encefálico (mesencéfalo, protuberancia y bulbo) y cerebelo. Ubica cada función: lenguaje-producción en el lóbulo frontal (Broca), lenguaje-comprensión en el temporal (Wernicke), visión en el occipital y sensibilidad somática en el parietal. El tálamo es la estación de relevo sensorial; el hipotálamo regula la homeostasis; la amígdala, las emociones (miedo); el hipocampo, la memoria; el bulbo raquídeo, funciones vitales (respiración, latido); y el cerebelo, el equilibrio y la coordinación.
4. El sistema nervioso central: la médula espinal
La médula espinal es un cordón nervioso que se prolonga desde el bulbo raquídeo y desciende alojado y protegido en el interior del canal de la columna vertebral. De ella nacen los 31 pares de nervios espinales (o raquídeos) que forman parte del sistema nervioso periférico. Es importante recordar que en la médula la disposición de las sustancias es inversa a la del cerebro: la sustancia gris (con los cuerpos neuronales) ocupa el interior, con forma de H o de mariposa, y la sustancia blanca (las vías de axones) se sitúa por fuera.
La médula cumple dos funciones esenciales. Como vía de conducción, transmite los impulsos sensitivos que ascienden hacia el encéfalo y las órdenes motoras que descienden desde él. Y como centro reflejo, permite respuestas rápidas y automáticas sin necesidad de que la información llegue al cerebro: es el acto reflejo. En el arco reflejo más simple, un receptor capta el estímulo, una neurona sensitiva lo lleva a la médula, allí se conecta (directamente o mediante una interneurona) con una neurona motora, y esta ordena la respuesta al músculo. El reflejo de retirada ante un pinchazo o el calor es el ejemplo típico: la mano se aparta antes incluso de que seamos conscientes del dolor, lo que tiene un evidente valor protector. Otros reflejos, como el rotuliano (la extensión de la pierna al percutir el tendón de la rodilla), se exploran en medicina porque su alteración informa del estado del sistema nervioso. Los reflejos son, por tanto, respuestas innatas, rápidas e involuntarias que no requieren aprendizaje ni intervención de la voluntad.
Dato de examen: de la médula espinal nacen 31 pares de nervios espinales. En la médula la sustancia gris está dentro (en forma de H) y la blanca fuera (al revés que en el cerebro). Sus dos funciones son la conducción (vías ascendentes sensitivas y descendentes motoras) y el acto reflejo, respuesta innata, rápida e involuntaria; el arco reflejo es: receptor → neurona sensitiva → médula → neurona motora → efector.
5. El sistema nervioso periférico
El sistema nervioso periférico (SNP) está formado por todos los nervios que salen del SNC y lo conectan con el resto del cuerpo. Comprende los 12 pares de nervios craneales (que nacen del encéfalo e inervan sobre todo la cabeza y el cuello, incluidos los sentidos) y los 31 pares de nervios espinales (que nacen de la médula). Funcionalmente, el SNP se divide en somático y autónomo.
Varios de los nervios craneales están directamente ligados a los sentidos y a la expresión, lo que los hace especialmente relevantes: el olfativo (I par, olfato), el óptico (II par, visión), los que mueven el ojo, el trigémino (V par, sensibilidad de la cara y masticación), el facial (VII par, expresión facial y gusto), el vestibulococlear o auditivo (VIII par, audición y equilibrio) y el vago (X par, con amplias funciones vegetativas sobre las vísceras). Los nervios espinales, por su parte, son mixtos: cada uno posee una raíz posterior sensitiva (que entra en la médula) y una raíz anterior motora (que sale de ella), de modo que un mismo nervio conduce a la vez información sensorial y órdenes de movimiento para una región concreta del cuerpo.
El sistema nervioso somático gobierna la relación consciente con el medio: conduce hacia el SNC la información sensitiva (de los sentidos y de la piel) y lleva a los músculos esqueléticos las órdenes del movimiento voluntario. El sistema nervioso autónomo o vegetativo regula de forma involuntaria las funciones de los órganos internos, y se subdivide en dos ramas de acción generalmente antagónica que mantienen el equilibrio del organismo:
- El sistema simpático prepara al cuerpo para la acción y el gasto de energía, activando la respuesta de «lucha o huida» ante una amenaza o el estrés: acelera el corazón, dilata las pupilas y los bronquios, libera glucosa, inhibe la digestión y provoca la secreción de adrenalina.
- El sistema parasimpático favorece el reposo, el ahorro de energía y la digestión: reduce la frecuencia cardíaca, contrae las pupilas y estimula la actividad digestiva. Domina en los estados de calma.
Este doble mando explica reacciones fisiológicas de gran interés para la función policial (taquicardia, sudoración, midriasis, temblor en situaciones de peligro), que son respuestas automáticas del organismo ante el estrés agudo.
| Órgano o función | Simpático (lucha o huida) | Parasimpático (reposo) |
|---|---|---|
| Frecuencia cardíaca | Aumenta | Disminuye |
| Pupila | Dilata (midriasis) | Contrae (miosis) |
| Bronquios | Dilata | Contrae |
| Digestión | Inhibe | Estimula |
| Médula suprarrenal | Libera adrenalina | Sin efecto |
Dato de examen: el SNP comprende 12 pares de nervios craneales y 31 pares de nervios espinales. Funcionalmente: somático (voluntario, relación con el medio) y autónomo o vegetativo (involuntario). El autónomo se divide en simpático («lucha o huida»: taquicardia, midriasis, adrenalina) y parasimpático (reposo y digestión), de acción antagónica.
6. El sistema neuroendocrino
El comportamiento no depende solo del sistema nervioso, sino también del sistema endocrino, formado por las glándulas que vierten a la sangre unas sustancias mensajeras llamadas hormonas, que regulan a distancia el metabolismo, el crecimiento, la reproducción y numerosas conductas. Ambos sistemas están íntimamente conectados —de ahí el término neuroendocrino—: el hipotálamo es el puente que enlaza el sistema nervioso con el endocrino, pues controla la hipófisis o glándula pituitaria. La diferencia entre ambos modos de comunicación es de velocidad y duración: la señal nerviosa es muy rápida, precisa y de efecto breve, mientras que la hormonal es más lenta, difusa y de efectos duraderos, lo que las hace complementarias en la regulación del organismo y de la conducta.
La hipófisis, situada en la base del encéfalo, es la glándula «maestra», porque sus hormonas dirigen a las demás glándulas. Entre las principales glándulas endocrinas figuran: la tiroides (con la tiroxina, que regula el metabolismo); las paratiroides (calcio); las glándulas suprarrenales (situadas sobre los riñones), cuya médula produce adrenalina y noradrenalina —hormonas del estrés que preparan para la acción— y cuya corteza produce cortisol (respuesta al estrés prolongado) y aldosterona; el páncreas (con la insulina y el glucagón, que regulan la glucosa); las gónadas (ovarios y testículos, con las hormonas sexuales: estrógenos, progesterona y testosterona); y la glándula pineal (melatonina, que regula los ritmos de sueño-vigilia). La estrecha relación entre hormonas y conducta se aprecia con claridad en la respuesta al estrés, en la que se coordinan el sistema simpático y el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal.
Conviene detenerse en esta respuesta al estrés, de gran relevancia para el trabajo policial. Ante una amenaza se activan dos vías: una rápida, la del sistema nervioso simpático, que ordena a la médula suprarrenal liberar adrenalina (aumento inmediato de la frecuencia cardíaca, la tensión, la respiración y el aporte de glucosa, con dilatación de las pupilas); y otra más lenta y sostenida, la del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, que culmina en la liberación de cortisol por la corteza suprarrenal para movilizar energía y mantener la alerta. El fisiólogo Hans Selye describió en 1936 el síndrome general de adaptación, con tres fases: alarma (reacción inicial de choque y contrachoque), resistencia (el organismo se adapta y afronta el estresor) y agotamiento (si el estrés es intenso y prolongado, las defensas se agotan y aparecen la fatiga, la enfermedad y las alteraciones psicológicas). Un nivel moderado de activación mejora el rendimiento, pero el exceso lo deteriora, lo que subraya la importancia del control del estrés en las profesiones de riesgo.
| Glándula | Hormona(s) | Función principal |
|---|---|---|
| Hipófisis (pituitaria) | Hormonas trópicas, del crecimiento, oxitocina y antidiurética | Glándula «maestra»: dirige a las demás glándulas. |
| Tiroides | Tiroxina | Regula el metabolismo. |
| Suprarrenales | Adrenalina y noradrenalina; cortisol | Respuesta al estrés, aguda y sostenida. |
| Páncreas | Insulina y glucagón | Regulan la glucosa en sangre. |
| Gónadas | Estrógenos y progesterona; testosterona | Caracteres sexuales y reproducción. |
| Pineal | Melatonina | Regula el ritmo de sueño-vigilia. |
Dato de examen: el hipotálamo enlaza el sistema nervioso y el endocrino controlando la hipófisis (glándula «maestra»). Ante el estrés se activan dos vías: la rápida del simpático (adrenalina de la médula suprarrenal) y la lenta del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (cortisol). Hans Selye (1936) describió el síndrome general de adaptación en tres fases: alarma, resistencia y agotamiento.
7. Cerebro y conducta: plasticidad y lateralización
Toda la conducta —percibir, recordar, decidir, emocionarse, hablar— tiene su asiento en la actividad del cerebro. Dos propiedades fundamentales explican cómo ese órgano sostiene el comportamiento y cómo puede cambiar: la plasticidad y la lateralización.
La plasticidad neuronal o neuroplasticidad es la capacidad del sistema nervioso para modificar su estructura y sus conexiones a lo largo de la vida en respuesta a la experiencia, el aprendizaje y las lesiones. Cada vez que aprendemos algo se refuerzan o se crean nuevas sinapsis, y las que no se usan se debilitan; en ese remodelado continuo se basan la memoria y la adquisición de destrezas. La plasticidad es máxima en la infancia —cuando el cerebro está en pleno desarrollo—, pero persiste, atenuada, durante toda la vida adulta. Tiene además un valor reparador: tras una lesión (un ictus, un traumatismo), áreas sanas pueden asumir en cierta medida funciones de las dañadas, lo que fundamenta la rehabilitación neurológica. Un fenómeno excepcional es la neurogénesis, la formación de neuronas nuevas, que en el adulto se limita a zonas muy concretas como el hipocampo.
La lateralización o especialización hemisférica designa el hecho de que los dos hemisferios cerebrales, aunque muy similares y en constante cooperación, no son del todo idénticos en sus funciones. En la mayoría de las personas (sobre todo diestras), el hemisferio izquierdo predomina en el lenguaje, el cálculo y el razonamiento lógico-analítico y secuencial, mientras que el hemisferio derecho destaca en las capacidades visoespaciales, la percepción global, la música y el reconocimiento de rostros y emociones. Ambos se comunican por el cuerpo calloso, el gran haz de fibras que los une. Conviene evitar el mito simplista de las «personas de hemisferio izquierdo o derecho»: la especialización es relativa y los dos hemisferios trabajan siempre de forma coordinada.
Ligadas a la lateralización del lenguaje están dos áreas clásicas, descubiertas en el siglo XIX a partir de pacientes con lesiones: el área de Broca (en el lóbulo frontal izquierdo), cuya lesión produce una afasia de producción (se comprende, pero cuesta articular el habla), y el área de Wernicke (en el lóbulo temporal izquierdo), cuya lesión produce una afasia de comprensión (se habla con fluidez, pero sin sentido, y no se entiende a los demás). La prueba más espectacular de la especialización procede de los estudios del cerebro escindido (split-brain) de Roger Sperry —Premio Nobel de Medicina en 1981— en pacientes a los que se había seccionado el cuerpo calloso para tratar una epilepsia grave: al quedar los hemisferios «incomunicados», pudo demostrarse experimentalmente que cada uno procesaba la información de forma independiente.
El conocimiento de la relación entre el cerebro y la conducta procede de varias vías. Históricamente, del estudio de pacientes con lesiones —el método más antiguo: relacionar el daño de un área con el déficit que produce, como en el célebre caso de Phineas Gage, cuya lesión frontal alteró su personalidad—. Hoy, de las técnicas de neuroimagen, que permiten observar el cerebro vivo y en funcionamiento: el electroencefalograma (EEG) registra su actividad eléctrica; la tomografía por emisión de positrones (PET) y, sobre todo, la resonancia magnética funcional (RMf) muestran qué zonas se activan durante cada tarea mental. Gracias a ellas, la antigua frenología —la falsa doctrina de Gall que pretendía leer el carácter en los bultos del cráneo— ha dado paso a una cartografía rigurosa de las funciones cerebrales. Para la función policial, estas bases explican fenómenos de gran interés: cómo el estrés agudo modifica el funcionamiento del cerebro y la percepción, por qué ciertas lesiones o consumos alteran el control de los impulsos y la conducta, o cómo el entrenamiento —gracias a la plasticidad— consolida destrezas que después se ejecutan de forma automática incluso bajo presión.
Dato de examen: la plasticidad (o neuroplasticidad) es la capacidad del cerebro de cambiar sus conexiones con la experiencia y de reorganizarse tras una lesión. En la lateralización, el hemisferio izquierdo domina el lenguaje y lo lógico, y el derecho, lo visoespacial y global; ambos se comunican por el cuerpo calloso. Broca (frontal) = producción del habla; Wernicke (temporal) = comprensión. Los estudios del cerebro escindido son de Sperry (Nobel 1981).
8. Receptores sensoriales y sentidos
Para comportarnos necesitamos información del medio externo e interno. Esa información la captan los receptores sensoriales, estructuras especializadas capaces de detectar un determinado tipo de estímulo y de convertirlo en impulsos nerviosos que el sistema nervioso puede interpretar; este proceso de conversión se denomina transducción. La sensación es la captación del estímulo, y la percepción, su interpretación y organización por el cerebro (un mismo estímulo puede percibirse de distinto modo según la atención, la experiencia y las expectativas, lo que explica muchos errores del testimonio).
Según el tipo de estímulo que detectan, los receptores se clasifican en: mecanorreceptores (presión, tacto, sonido, equilibrio); termorreceptores (temperatura); nocirreceptores (dolor); quimiorreceptores (sustancias químicas: el gusto y el olfato); y fotorreceptores (la luz: la visión). A partir de ellos se organizan los sentidos: además de los cinco clásicos —vista, oído, olfato, gusto y tacto—, existen sentidos internos como la propiocepción (posición y movimiento del propio cuerpo) y el sentido del equilibrio. Los dos sentidos que el temario destaca por su importancia y complejidad son la vista y el oído.
El estudio de la relación entre los estímulos físicos y las sensaciones que provocan corresponde a la psicofísica. Dos conceptos son básicos: el umbral absoluto, que es la mínima intensidad de un estímulo capaz de ser detectada, y el umbral diferencial, que es la mínima diferencia perceptible entre dos estímulos. Los receptores tienden además a la adaptación sensorial: cuando un estímulo se mantiene constante, la respuesta disminuye y dejamos de percibirlo con la misma intensidad (nos «acostumbramos» a un olor o a un ruido de fondo). Finalmente, la percepción no es una copia pasiva de la realidad, sino una construcción activa del cerebro, que organiza los datos sensoriales, los completa y los interpreta según la atención, la experiencia previa y las expectativas; de ahí las ilusiones perceptivas y los errores de identificación, tan relevantes en el testimonio de testigos y víctimas.
9. La vista
La vista es el sentido que capta la luz y nos proporciona la mayor parte de la información sobre el entorno. Su órgano es el ojo o globo ocular, en el que se distinguen tres capas o túnicas. La externa comprende la esclerótica (el «blanco» del ojo, protector) y, en su parte anterior y transparente, la córnea, por donde entra la luz. La capa media o úvea incluye la coroides, el cuerpo ciliar y el iris, la parte coloreada que regula, mediante la pupila, la cantidad de luz que entra (la pupila se contrae con luz intensa y se dilata con poca luz). La capa interna es la retina.
Entre la córnea y el cristalino está el humor acuoso; tras el iris se sitúa el cristalino, una lente que cambia de curvatura para enfocar los objetos a distinta distancia (fenómeno de la acomodación); y la cavidad posterior está rellena por el humor vítreo. La retina es la membrana donde se encuentran las células fotorreceptoras: los conos, responsables de la visión en color y con buena luz, concentrados en la fóvea (zona de máxima agudeza), y los bastones, más sensibles, responsables de la visión con poca luz y de la percepción del blanco y negro (visión nocturna y periférica). El punto por donde el nervio óptico (segundo par craneal) sale del ojo carece de fotorreceptores y constituye el punto ciego. Los impulsos viajan por el nervio óptico, se cruzan parcialmente en el quiasma óptico y llegan, tras hacer relevo en el tálamo, a la corteza visual del lóbulo occipital, donde se forma la imagen consciente.
El ojo funciona, en conjunto, como una cámara: la córnea y el cristalino enfocan la luz sobre la retina, donde se forma una imagen invertida que el cerebro reinterpreta. Cuando el enfoque no es correcto por la forma del globo ocular o del cristalino aparecen los defectos de refracción: la miopía (dificultad para ver de lejos, la imagen se forma delante de la retina), la hipermetropía (dificultad para ver de cerca), el astigmatismo (visión distorsionada por una curvatura irregular de la córnea) y la presbicia o vista cansada (pérdida de acomodación con la edad). Es importante para la labor policial la adaptación a la oscuridad: al pasar de la luz a la penumbra, los bastones necesitan varios minutos para alcanzar su máxima sensibilidad, lo que explica por qué al principio apenas vemos en un lugar oscuro. La visión del color depende de tres tipos de conos sensibles a distintas longitudes de onda; su alteración da lugar al daltonismo. Estos factores —junto con la iluminación y la distancia— condicionan de manera decisiva lo que un testigo pudo realmente ver.
Dato de examen: en la retina, los conos dan la visión en color y con buena luz (concentrados en la fóvea), y los bastones, la visión con poca luz y periférica (visión nocturna). La luz llega a la corteza occipital por el nervio óptico (II par craneal), tras cruzarse en el quiasma óptico. El punto ciego es la salida del nervio óptico (carece de fotorreceptores).
10. El oído
El oído es el órgano de la audición y, además, del equilibrio. Se divide en tres partes. El oído externo, formado por el pabellón auricular (la oreja) y el conducto auditivo externo, que recoge y conduce las ondas sonoras hasta la membrana timpánica (tímpano), que vibra con el sonido. El oído medio es una cavidad que contiene la cadena de huesecillos —martillo, yunque y estribo—, que transmiten y amplifican las vibraciones del tímpano hacia el oído interno; esta cavidad se comunica con la faringe por la trompa de Eustaquio, que iguala las presiones.
El oído interno o laberinto aloja dos sistemas. Para la audición, la cóclea o caracol, un conducto en espiral relleno de líquido en cuyo interior se encuentra el órgano de Corti, con las células ciliadas que transforman las vibraciones en impulsos nerviosos (transducción del sonido). Para el equilibrio, el vestíbulo (con el utrículo y el sáculo, que informan de la posición de la cabeza y de las aceleraciones lineales) y los tres conductos semicirculares (que detectan los movimientos de rotación). Toda esta información viaja al encéfalo por el nervio vestibulococlear o auditivo (octavo par craneal), y los estímulos sonoros se interpretan finalmente en la corteza auditiva del lóbulo temporal. Conocer estas bases sensoriales ayuda a valorar con realismo la fiabilidad de la percepción de testigos y víctimas, condicionada por la iluminación, la distancia, el ruido o el estado emocional.
El sonido es una onda que se caracteriza por dos propiedades que el oído distingue: la frecuencia (número de vibraciones por segundo, medida en hercios), que percibimos como tono —grave o agudo—, y la amplitud, que percibimos como intensidad o volumen y se mide en decibelios. El oído humano capta aproximadamente las frecuencias comprendidas entre 20 y 20.000 hercios, un rango que se reduce con la edad. La exposición prolongada a ruidos intensos daña las células ciliadas del órgano de Corti y produce hipoacusia (pérdida de audición), que puede ser irreversible. Además de oír, el oído interno es esencial para el equilibrio y la orientación espacial; sus alteraciones provocan vértigo e inestabilidad. Comprender los límites y las condiciones de la audición —el enmascaramiento por el ruido ambiental, la dificultad para localizar la fuente de un sonido o para reconocer una voz en malas condiciones— es igualmente útil al valorar la prueba testifical y las declaraciones sobre lo que alguien afirma haber oído.
Dato de examen: el oído medio contiene la cadena de huesecillos martillo, yunque y estribo. En el oído interno, la cóclea (con el órgano de Corti) se ocupa de la audición, y el vestíbulo y los tres conductos semicirculares, del equilibrio. La información viaja por el nervio vestibulococlear (VIII par) hasta la corteza temporal. El oído humano capta entre 20 y 20.000 hercios.
Ideas fuerza
- Neurona = unidad del sistema nervioso: soma, dendritas (reciben) y axón (conduce). Mielina (Schwann en SNP, oligodendrocitos en SNC) + nódulos de Ranvier = conducción rápida. Comunicación en la sinapsis por neurotransmisores.
- Anatómicamente: SNC (encéfalo + médula) y SNP (nervios). Funcionalmente: somático (voluntario) y autónomo (involuntario). Protección: huesos, meninges (duramadre, aracnoides, piamadre) y líquido cefalorraquídeo.
- Encéfalo: cerebro (corteza + lóbulos frontal —motor/Broca—, parietal —sensitivo—, temporal —audición/Wernicke/memoria—, occipital —visión—; 2 hemisferios unidos por el cuerpo calloso); diencéfalo (tálamo = relevo sensorial; hipotálamo = homeostasis y control endocrino); sistema límbico (amígdala = emoción/miedo; hipocampo = memoria); tronco (mesencéfalo, protuberancia, bulbo = funciones vitales); cerebelo = coordinación y equilibrio.
- Médula espinal: 31 pares de nervios espinales; sustancia gris dentro (en H) y blanca fuera (al revés que el cerebro). Funciones: conducción + acto reflejo (arco reflejo: receptor → neurona sensitiva → médula → neurona motora → músculo).
- SNP: 12 pares craneales + 31 pares espinales. Autónomo: simpático («lucha o huida», gasto, adrenalina, midriasis, taquicardia) vs parasimpático (reposo, digestión, ahorro).
- Neuroendocrino: el hipotálamo enlaza nervioso y endocrino controlando la hipófisis (glándula «maestra»). Tiroides (tiroxina), suprarrenales (adrenalina/noradrenalina y cortisol = estrés), páncreas (insulina/glucagón), gónadas (hormonas sexuales), pineal (melatonina).
- Receptores: convierten el estímulo en impulso (transducción). Tipos: mecano-, termo-, noci-, quimio- y fotorreceptores. Sensación (captar) ≠ percepción (interpretar) → base de los errores del testimonio.
- Vista: córnea → pupila/iris → cristalino (acomodación) → retina (conos = color/luz, fóvea; bastones = poca luz/nocturna) → nervio óptico (II par) → quiasma → corteza occipital. Punto ciego = salida del nervio óptico.
- Oído: externo (pabellón, conducto, tímpano) → medio (martillo, yunque, estribo; trompa de Eustaquio) → interno (cóclea/órgano de Corti = audición; vestíbulo y conductos semicirculares = equilibrio) → nervio vestibulococlear (VIII par) → corteza temporal.
- Impulso nervioso: potencial de reposo −70 mV; el potencial de acción sigue la ley del «todo o nada». El cerebro tiene unos 86.000 millones de neuronas. Neurotransmisores clave: dopamina (recompensa), serotonina (ánimo), acetilcolina (memoria), GABA (inhibidor) y glutamato (excitador).
- Cerebro y conducta: plasticidad (cambio de conexiones con la experiencia; reorganización tras lesión) y lateralización (izquierdo = lenguaje/lógica; derecho = visoespacial; unidos por el cuerpo calloso). Broca = habla; Wernicke = comprensión; cerebro escindido = Sperry (Nobel 1981).
- Sistema endocrino: el hipotálamo controla la hipófisis («maestra»). Estrés: adrenalina (rápida) + cortisol (eje H-H-suprarrenal). Selye (1936): alarma, resistencia y agotamiento.
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