Tema 61 · Policía Nacional (Escala Ejecutiva)
La personalidad
Epígrafe oficial: Personalidad: influencias genéticas y culturales en la personalidad. La teoría de Cattell. La teoría de Eysenck. El modelo de los cinco factores.
Tema desarrollado para preparar el primer ejercicio de conocimientos de la Escala Ejecutiva (Inspector/a) de la Policía Nacional. La información es orientativa y está verificada a la fecha de actualización; el contenido evaluable lo fija el temario del anexo II de tu convocatoria (Resolución de 31 de julio de 2025, BOE-A-2025-16611). Es un tema del bloque B (Ciencias Sociales) de máximo rendimiento en el examen: los modelos de Cattell, Eysenck y los cinco factores se preguntan de forma muy literal, y las tipologías clásicas —especialmente los somatotipos de Sheldon— han caído en convocatorias oficiales.
Índice
- 1. Concepto de personalidad
- 2. Los grandes enfoques en el estudio de la personalidad
- 3. Las tipologías clásicas
- 4. Influencias genéticas en la personalidad
- 5. Influencias culturales en la personalidad
- 6. La teoría de Cattell
- 7. La teoría de Eysenck
- 8. El modelo de los cinco factores
- 9. La evaluación de la personalidad
- 10. Personalidad y delincuencia: alcance y cautelas
- Ideas fuerza
1. Concepto de personalidad
La personalidad es la organización relativamente estable y propia de cada individuo de aquellas características —cognitivas, afectivas y conductuales— que determinan su forma peculiar y consistente de pensar, sentir y comportarse, y que permiten diferenciarlo de los demás y predecir en cierta medida su conducta. La palabra procede del latín persona, la máscara del actor teatral, y esa etimología resume la doble cara del concepto: lo que se muestra y lo que hay detrás.
De la definición se extraen los rasgos esenciales del concepto. La personalidad es estructural (no es una lista de conductas sueltas, sino una organización), relativamente estable en el tiempo, consistente entre situaciones distintas, única para cada persona y predictiva del comportamiento en un grado apreciable, aunque nunca total. Es también, y esto importa, tanto producto de la biología y la experiencia como causa del modo en que la persona selecciona e interpreta las situaciones que vive.
Conviene distinguirla de dos términos vecinos. El temperamento es la dimensión más biológica, constitucional y hereditaria de la personalidad: está presente desde muy temprano, se refiere sobre todo al tono emocional y al nivel de actividad, y se modifica poco. El carácter designa la dimensión más aprendida y valorativa: los hábitos y las disposiciones que la persona adquiere por educación y experiencia, con una connotación moral que el temperamento no tiene. La fórmula tradicional es que la personalidad resulta de la interacción entre temperamento y carácter.
El gran debate de la disciplina en el siglo XX es el de la consistencia. Las teorías internalistas o de rasgo sostienen que la conducta se explica por disposiciones internas estables. En 1968, Walter Mischel puso en cuestión ese supuesto al observar que las correlaciones entre los rasgos medidos por cuestionario y la conducta observada rara vez superaban un valor en torno a 0,30 —el llamado «coeficiente de personalidad»—, y defendió una posición situacionista: la conducta depende sobre todo de la situación. La síntesis actual es el interaccionismo: conducta y contexto se determinan recíprocamente, los rasgos predicen bien la conducta agregada a lo largo de muchas situaciones (aunque no cada acto concreto), y las personas no reciben las situaciones pasivamente, sino que las eligen, las provocan y las interpretan según su personalidad. Mischel añadió después la noción de firmas conductuales: lo estable no es «ser agresivo», sino el patrón «si ocurre X, entonces reacciono de tal modo».
Dato de examen: el temperamento es la base biológica y hereditaria; el carácter, la parte aprendida y valorativa; la personalidad integra ambos. Mischel (1968) abrió la polémica persona-situación con el llamado coeficiente de personalidad de 0,30; la posición dominante hoy es el interaccionismo.
2. Los grandes enfoques en el estudio de la personalidad
Antes de entrar en los modelos factoriales que el temario cita expresamente, conviene tener el mapa de las cinco grandes familias teóricas, porque explican por qué Cattell, Eysenck y los cinco factores comparten método y se distinguen solo por el nivel de análisis.
- El enfoque psicodinámico arranca de Freud, que describió un aparato psíquico con tres instancias en conflicto: el ello, depósito de los impulsos que se rige por el principio del placer; el yo, que media con la realidad y se rige por el principio de realidad; y el superyó, instancia moral formada por interiorización de las normas parentales. Del conflicto entre ellos nace la ansiedad, que el yo maneja con mecanismos de defensa inconscientes: represión, proyección, negación, racionalización, formación reactiva, desplazamiento, regresión y sublimación. Sus continuadores se apartaron del determinismo sexual: Adler subrayó el sentimiento de inferioridad y su compensación mediante el afán de superación, y acuñó el concepto de estilo de vida; Jung propuso el inconsciente colectivo y los arquetipos, y fue quien introdujo los términos introversión y extraversión que después medirían Eysenck y los modelos factoriales; y Horney o Fromm subrayaron los factores sociales y culturales.
- El enfoque de rasgos y factorial, al que pertenecen Allport, Cattell, Eysenck y el modelo de los cinco grandes, busca describir la personalidad mediante dimensiones medibles y con capacidad predictiva, generalmente obtenidas por análisis estadístico.
- El enfoque conductual y del aprendizaje social entiende la personalidad como el repertorio de conductas aprendidas por condicionamiento y modelado. Aquí se sitúan la autoeficacia y el determinismo recíproco de Bandura y el locus de control de Rotter: la expectativa generalizada de que los resultados dependen de la propia conducta (locus interno) o de la suerte, el azar y los demás (locus externo).
- El enfoque humanista o fenomenológico pone el acento en la experiencia subjetiva y en la tendencia a la autorrealización. Rogers describió la relación entre el yo real y el yo ideal, y sostuvo que la incongruencia entre ambos genera malestar, mientras que la aceptación positiva incondicional favorece el desarrollo; Maslow ordenó las necesidades humanas en una jerarquía que culmina en la autorrealización.
- El enfoque cognitivo se centra en cómo la persona interpreta la realidad. George Kelly concibió al ser humano como un «científico» que formula y contrasta constructos personales, dimensiones bipolares con las que anticipa los acontecimientos.
Dentro del enfoque de rasgos, Gordon Allport (1897-1967) merece mención propia por dos razones. La primera es su defensa del estudio idiográfico —comprender a la persona concreta en su singularidad— frente al enfoque nomotético —buscar leyes generales aplicables a todos— dominante en Cattell y Eysenck. La segunda es su clasificación de los rasgos por su peso en la conducta: los cardinales son tan dominantes que impregnan casi toda la conducta de la persona y son poco frecuentes; los centrales son las cinco a diez disposiciones características que describiríamos al presentar a alguien; y los secundarios son preferencias más específicas y dependientes de la situación. Suyo es también, con Odbert, el catálogo léxico de casi dieciocho mil términos de 1936 del que arrancan todos los modelos factoriales posteriores, y el concepto de autonomía funcional de los motivos: una conducta puede independizarse del motivo que la originó y mantenerse por sí misma.
3. Las tipologías clásicas
Las tipologías agrupan a las personas en categorías discretas a partir de un criterio, generalmente corporal o humoral. Son el precedente histórico de las teorías de rasgos y, aunque científicamente superadas, se preguntan con frecuencia porque son fáciles de identificar.
- Hipócrates y Galeno: la teoría de los cuatro humores. El predominio de uno de los fluidos corporales determina el temperamento: sanguíneo (sangre: alegre, sociable, optimista), colérico (bilis amarilla: irascible, impulsivo, enérgico), melancólico (bilis negra: triste, reflexivo, pesimista) y flemático (flema: tranquilo, lento, imperturbable). Sigue viva en el lenguaje común y, curiosamente, Eysenck la reinterpretó situando los cuatro tipos en el cruce de sus dimensiones de extraversión y neuroticismo.
- Ernst Kretschmer (1921), psiquiatra alemán, relacionó la constitución corporal con la predisposición a determinados trastornos: el tipo leptosomático o asténico (delgado, alargado) con el temperamento esquizotímico y la esquizofrenia; el tipo pícnico (redondeado, de miembros cortos) con el temperamento ciclotímico y la psicosis maníaco-depresiva; el tipo atlético (musculoso) con el temperamento viscoso y la epilepsia; y añadió un cuarto tipo displásico o irregular.
- William Sheldon perfeccionó ese planteamiento con la teoría del somatotipo, que sustituye las categorías cerradas por tres componentes presentes en distinto grado en cada persona, puntuados de 1 a 7 a partir del desarrollo de las tres capas embrionarias. Los tres tipos son el endomorfo (predominio digestivo y visceral: cuerpo redondeado y blando), el mesomorfo (predominio muscular y óseo: cuerpo atlético y robusto) y el ectomorfo (predominio del sistema nervioso y la piel: cuerpo delgado, frágil y alargado). A cada uno le asoció un temperamento: viscerotonía (sociable, amante de la comodidad y de la comida), somatotonía (enérgico, asertivo, aventurero, agresivo) y cerebrotonía (reservado, inhibido, hipersensible, amante de la soledad).
El vínculo de Sheldon con la criminología procede de que sus trabajos, y sobre todo los de los esposos Glueck, encontraron una sobrerrepresentación del componente mesomorfo entre los jóvenes delincuentes. La lectura correcta de ese dato no es causal: la musculatura no produce delito. Las explicaciones plausibles son que el joven fuerte tiene más éxito en la conducta agresiva y por tanto la refuerza, que es más reclutado por los grupos que la ejercen y que existe un sesgo de selección en las muestras institucionalizadas. Hoy la tipología de Sheldon carece de valor explicativo, pero el enunciado de sus tres somatotipos es una pregunta oficial acreditada.
Es imprescindible no confundir tres nombres que aparecen juntos en el examen. Cesare Lombroso, con El hombre delincuente (1876), formuló la teoría del delincuente nato, un tipo criminal identificable por estigmas físicos atávicos; es el origen de la antropología criminal y está científicamente rechazado, además de servir de advertencia sobre los peligros del determinismo biológico. Alphonse Bertillon, en cambio, no elaboró teoría alguna de la personalidad: creó en 1879 el sistema antropométrico de identificación —el bertillonaje—, basado en once medidas corporales, la fotografía de frente y perfil y el retrato hablado, que fue el primer método científico de identificación de delincuentes y fue después desplazado por la dactiloscopia. Que la identificación delictiva antropométrica proceda de Bertillon —y no de Sheldon ni de Kretschmer— es también una pregunta oficial documentada.
4. Influencias genéticas en la personalidad
La genética de la conducta estudia en qué medida las diferencias individuales en un rasgo se deben a diferencias genéticas. Su concepto central es la heredabilidad, un índice que va de 0 a 1 y que expresa qué proporción de la variabilidad observada en una población puede atribuirse a la variación genética. Hay que entenderlo bien para no incurrir en el error más común del tema: la heredabilidad no dice qué parte de la personalidad de una persona viene de sus genes; es un dato poblacional, depende del ambiente concreto de esa población y puede cambiar si el ambiente cambia.
Los métodos clásicos son tres. Los estudios de gemelos comparan la semejanza de los monocigóticos (idénticos, que comparten el 100 % de sus genes) con la de los dicigóticos (que comparten en promedio el 50 %, como cualquier par de hermanos): si los primeros se parecen mucho más, se infiere influencia genética. Los estudios de adopción comparan al adoptado con sus padres biológicos (con los que comparte genes pero no ambiente) y con los adoptivos (ambiente sin genes). Y los estudios de gemelos criados separados combinan ambos diseños; el más conocido es el de Minnesota.
Los resultados son notablemente convergentes: la heredabilidad de los grandes rasgos de personalidad se sitúa aproximadamente entre el 40 % y el 50 %, sin que ningún rasgo alcance valores próximos al determinismo ni sea prácticamente nulo. De ahí se sigue que más de la mitad de la variabilidad se debe a factores no genéticos. Y aquí aparece un hallazgo contraintuitivo y muy sólido: dentro de esa parte ambiental pesa muchísimo más el ambiente no compartido —las experiencias propias de cada hermano: sus amistades, sus profesores, sus enfermedades, el trato diferencial que recibe— que el ambiente compartido, es decir, el hogar común, cuya influencia sobre la personalidad adulta resulta sorprendentemente pequeña. Dos hermanos criados en la misma casa se parecen mucho menos de lo que la intuición sugiere.
La relación entre genes y ambiente no es aditiva, sino interactiva. Se describen dos fenómenos: la interacción gen-ambiente (un mismo ambiente afecta de modo distinto según el genotipo: el ejemplo clásico es que el maltrato en la infancia predice conducta antisocial sobre todo en quienes portan determinadas variantes genéticas relacionadas con la monoaminooxidasa) y la correlación gen-ambiente, que puede ser pasiva (los padres transmiten a la vez genes y ambiente), evocativa (las características del niño provocan determinadas reacciones del entorno) y activa o de selección de nicho (la persona busca ambientes acordes con sus disposiciones). La epigenética añade que la experiencia puede modificar la expresión de los genes sin alterar su secuencia. La conclusión que hay que llevarse es que la pregunta «¿herencia o ambiente?» está mal formulada: lo que existe es una interacción permanente entre ambos.
5. Influencias culturales en la personalidad
La cultura —el conjunto de significados, valores, normas y prácticas compartidos por un grupo— influye en la personalidad por varias vías: proporciona los modelos de conducta valorada, define los roles disponibles, establece las reglas de expresión emocional (qué emociones se pueden manifestar y ante quién) y determina, mediante la socialización y los estilos de crianza, qué disposiciones se refuerzan y cuáles se inhiben. La antropología cultural acuñó los conceptos de personalidad básica (Kardiner: el núcleo compartido por los miembros de una cultura) y de personalidad modal (el perfil más frecuente en ella), así como el de carácter social de Fromm.
La dimensión cultural más estudiada es la que opone el individualismo al colectivismo, descrita empíricamente por Geert Hofstede. En las culturas individualistas el yo se define por atributos internos y estables, se valoran la autonomía, el logro personal y la coherencia interna, y la autoestima se apoya en distinguirse. En las colectivistas el yo se define en relación con el grupo, se valoran la armonía, la lealtad y la obligación, y la conducta se ajusta más al contexto y al rol. Hofstede describió otras dimensiones —distancia al poder, evitación de la incertidumbre, orientación a corto o largo plazo y masculinidad-feminidad— que ayudan a interpretar diferencias en la relación con la autoridad y con la norma, algo de interés directo en un cuerpo policial que actúa en una sociedad diversa.
Este análisis obliga a una cautela metodológica importante: buena parte de la investigación clásica sobre personalidad se hizo con muestras de sociedades occidentales, educadas, industrializadas, ricas y democráticas, que no representan a la mayoría de la humanidad. La investigación transcultural muestra, con todo, que la estructura de los cinco grandes factores se replica de forma razonable en culturas muy distintas, lo que sugiere una base universal en la organización de los rasgos, aunque su expresión concreta y su valoración social varíen.
6. La teoría de Cattell
Raymond Bernard Cattell (1905-1998) construyó la teoría de la personalidad más ambiciosa de las basadas en el análisis factorial, una técnica estadística que reduce un gran número de variables correlacionadas a un número menor de factores o dimensiones subyacentes. Su punto de partida fue el enfoque léxico —la hipótesis de que las diferencias individuales relevantes han quedado codificadas en el lenguaje natural—: partiendo de la lista de casi 18.000 términos de Allport y Odbert (1936), la depuró hasta unos 4.500, la redujo a unas 171 agrupaciones y, tras sucesivos análisis, llegó a los dieciséis factores de su modelo.
Cattell define el rasgo como una tendencia relativamente permanente a reaccionar de determinada manera, y lo entiende sobre todo como un instrumento de predicción. Su clasificación de los rasgos es la parte más preguntada:
- Por su nivel de profundidad: los rasgos superficiales son conjuntos de conductas que aparecen juntas y resultan observables a simple vista, pero no tienen por qué compartir una causa común; los rasgos fuente, originarios o de origen son las dimensiones subyacentes que el análisis factorial descubre y que constituyen la verdadera estructura de la personalidad. Son estos los que interesan y los que integran el 16PF.
- Por su origen: constitucionales (de base biológica y hereditaria) y moldeados por el ambiente (aprendidos).
- Por su contenido: temperamentales (el cómo se hace algo: estilo), dinámicos (el por qué: motivación) y aptitudinales (el cuánto se puede hacer: capacidad).
- Por su generalidad: comunes (presentes en todas las personas en distinto grado) y únicos (propios de un individuo).
El instrumento resultante es el 16PF (Sixteen Personality Factor Questionnaire), que evalúa dieciséis factores primarios designados con letras y con pares de polos opuestos: afabilidad (A), razonamiento (B), estabilidad (C), dominancia (E), animación (F), atención a las normas (G), atrevimiento (H), sensibilidad (I), vigilancia (L), abstracción (M), privacidad (N), aprensión (O), apertura al cambio (Q1), autosuficiencia (Q2), perfeccionismo (Q3) y tensión (Q4). Un segundo análisis factorial sobre esos dieciséis produce cinco factores de segundo orden —entre ellos ansiedad, extraversión y dureza—, lo que enlaza su modelo con los de Eysenck y de los cinco grandes: la diferencia entre las tres teorías no es tanto de contenido como del nivel de generalidad en que cada una se detiene.
En el terreno motivacional, Cattell distingue los ergios —rasgos dinámicos innatos, equivalentes a impulsos o instintos, como el sexo, el miedo, la gregariedad o la autoafirmación— de los sentimientos o sentiments, estructuras adquiridas que organizan actitudes en torno a objetos culturales (la profesión, la familia, la religión), entre los que ocupa un lugar rector el sentimiento del yo. Las relaciones entre ergios, sentimientos y actitudes se representan en el enrejado dinámico (dynamic lattice) mediante cadenas de subsidiación. Y su propuesta de predicción es la ecuación de especificación, que estima la conducta en una situación concreta sumando los rasgos del sujeto ponderados por la relevancia que cada uno tiene en esa situación: una formulación temprana del interaccionismo.
Cattell empleó además tres fuentes de datos complementarias: los datos L (life record: registros de la vida real y valoraciones de observadores), los datos Q (questionnaire: autoinforme) y los datos T (test: pruebas objetivas en las que el sujeto no sabe qué se mide). Suya es también, junto con Horn, la distinción entre inteligencia fluida —capacidad de razonar con material nuevo, de base biológica, que declina con la edad— e inteligencia cristalizada —conocimientos y estrategias acumulados por la experiencia y la cultura, que se mantiene o mejora—, que se estudia con detalle en el tema de psicología diferencial.
7. La teoría de Eysenck
7.1. El modelo jerárquico y las dimensiones PEN
Hans Jürgen Eysenck (1916-1997) también partió del análisis factorial, pero con una diferencia metodológica decisiva: empleó rotación ortogonal, que fuerza a que los factores resultantes sean independientes entre sí, mientras que Cattell utilizó rotación oblicua y admitió factores correlacionados. De ahí que Eysenck llegara a un número muy pequeño de dimensiones, amplias e independientes, frente a los dieciséis factores de Cattell.
Su modelo es jerárquico y consta de cuatro niveles ordenados de menor a mayor generalidad: en la base, las respuestas específicas (conductas concretas observadas una vez); por encima, las respuestas habituales (las que se repiten en situaciones semejantes); después, los rasgos (conjuntos de respuestas habituales que covarían, como la sociabilidad o la impulsividad); y en la cúspide, los tipos o dimensiones, que agrupan rasgos correlacionados. Es importante subrayar que para Eysenck los «tipos» no son categorías cerradas, sino dimensiones continuas en las que cada persona ocupa una posición.
Las dimensiones son tres y su acrónimo es PEN:
- Extraversión-Introversión (E). El extravertido es sociable, activo, impulsivo, buscador de sensaciones, optimista y despreocupado; el introvertido es reservado, reflexivo, controlado, ordenado y prefiere entornos poco estimulantes.
- Neuroticismo-Estabilidad emocional (N). Mide la inestabilidad emocional: la puntuación alta corresponde a personas ansiosas, preocupadas, con cambios de humor, hipersensibles al estrés y con quejas somáticas; la baja, a personas serenas, tranquilas y resistentes.
- Psicoticismo (P), incorporado más tarde al modelo. Puntuaciones altas describen a personas frías, impersonales, agresivas, egocéntricas, impulsivas, poco empáticas, insensibles a los demás y con escasa consideración por las normas sociales; la puntuación baja corresponde a personas empáticas y convencionales. No equivale a padecer una psicosis: es una dimensión de predisposición.
El cruce de las dos primeras dimensiones reproduce, como se apuntó, los cuatro temperamentos clásicos: introvertido y estable, flemático; introvertido e inestable, melancólico; extravertido y estable, sanguíneo; extravertido e inestable, colérico. Sus cuestionarios fueron sucesivamente el MPI, el EPI (que mide E y N) y el EPQ (que añade P y una escala L de sinceridad o disimulo).
7.2. Las bases biológicas
La aportación más original de Eysenck es que sus dimensiones no son meras etiquetas descriptivas, sino que tienen un sustrato biológico hereditario. La extraversión se explica por el nivel de activación cortical (arousal) regulado por el sistema activador reticular ascendente: los introvertidos presentan un nivel basal de activación más alto, por lo que se saturan pronto y evitan la estimulación intensa, mientras que los extravertidos tienen un nivel basal más bajo y necesitan buscar estimulación —ruido, compañía, riesgo, novedad— para alcanzar su nivel óptimo. De ahí se derivan predicciones comprobables: los introvertidos toleran peor el ruido al estudiar, rinden mejor en tareas monótonas de vigilancia y son más sensibles al dolor y a los efectos de los estimulantes.
El neuroticismo se atribuye a la labilidad del sistema límbico o «cerebro visceral» y a la reactividad del sistema nervioso autónomo: las personas con N alto responden con más intensidad y tardan más en recuperar la calma tras un estímulo emocional. El psicoticismo se ha relacionado, de forma más tentativa, con los niveles de andrógenos y con la actividad dopaminérgica y una baja actividad de la monoaminooxidasa.
7.3. Personalidad y conducta antisocial
Eysenck formuló una teoría de la delincuencia que conecta directamente su modelo con el condicionamiento. Su punto de partida es que la conciencia moral no es innata: se adquiere por condicionamiento clásico, al asociarse repetidamente la conducta prohibida con la reprobación y el castigo, de modo que la sola idea de transgredir genera una respuesta anticipatoria de ansiedad que inhibe la conducta. Quien se condiciona mal socializa mal.
Y quien se condiciona peor, según su modelo, es el extravertido, precisamente por su baja activación cortical. Si a un E alto se le suma un N alto —que amplifica por impulso las conductas existentes— y un P alto —que aporta frialdad afectiva, falta de empatía y desprecio por la norma—, se obtiene el perfil de mayor riesgo. La formulación clásica es que las personas con conducta antisocial tienden a puntuar alto en las tres dimensiones, siendo P la más asociada a la delincuencia grave y violenta. La investigación posterior ha confirmado con solidez la relación del psicoticismo y del neuroticismo, y de forma mucho más débil la de la extraversión, y ha sustituido la teoría global por modelos más finos; pero su valor sigue siendo el de haber ofrecido la primera explicación biopsicosocial contrastable de la conducta delictiva, que integra herencia, aprendizaje y ambiente sin reducirse a ninguno de los tres.
8. El modelo de los cinco factores
El modelo de los cinco factores (Five Factor Model) o de los cinco grandes (Big Five) es hoy el marco de mayor consenso en el estudio de la personalidad. No lo inventó un autor, sino que emergió por convergencia empírica: distintos equipos que analizaban factorialmente términos del lenguaje natural —Tupes y Christal en 1961, Norman en 1963 y después Goldberg, que acuñó la etiqueta— encontraban una y otra vez la misma estructura de cinco dimensiones. Paul Costa y Robert McCrae la consolidaron como teoría y construyeron el cuestionario de referencia, el NEO-PI-R, que evalúa cada factor a través de seis facetas, treinta en total.
Los cinco factores se recuerdan con el acrónimo inglés OCEAN:
| Factor | Puntuación alta | Puntuación baja |
|---|---|---|
| Apertura a la experiencia (Openness) | Imaginativo, curioso, con intereses amplios, tolerante con lo nuevo, sensible al arte | Convencional, práctico, con intereses estrechos, prefiere la rutina |
| Responsabilidad o conciencia (Conscientiousness) | Organizado, disciplinado, perseverante, cumplidor, orientado al logro | Desorganizado, negligente, poco fiable, impulsivo |
| Extraversión | Sociable, asertivo, activo, hablador, buscador de emociones positivas | Reservado, tranquilo, independiente, poco expresivo |
| Amabilidad o agradabilidad (Agreeableness) | Cooperativo, confiado, altruista, empático, conciliador | Suspicaz, competitivo, hostil, poco cooperativo |
| Neuroticismo o inestabilidad emocional | Ansioso, vulnerable, irritable, con cambios de humor | Sereno, seguro, resistente al estrés (estabilidad emocional) |
El modelo ha acumulado un notable apoyo empírico: su estructura se replica en culturas e idiomas muy diversos, presenta una heredabilidad del orden del 40-50 %, muestra una considerable estabilidad a partir de los treinta años y tiene validez predictiva demostrada. Entre las relaciones mejor establecidas destacan que la responsabilidad es el mejor predictor de personalidad del rendimiento laboral en prácticamente cualquier ocupación y también de la salud y la longevidad; que la estabilidad emocional predice el afrontamiento del estrés; y que la combinación de baja responsabilidad y baja amabilidad es la que más se asocia a la conducta antisocial. Con el tiempo se observa además una maduración normativa: la responsabilidad y la amabilidad tienden a aumentar y el neuroticismo a disminuir con la edad adulta.
Las críticas señalan que se trata de un modelo descriptivo más que explicativo —clasifica bien, pero no dice por qué—, que depende del lenguaje del que parte, que ignora aspectos como la motivación o el sentido de identidad y que cinco factores podrían ser insuficientes. De esta última objeción nació el modelo HEXACO de Ashton y Lee, que añade un sexto factor, la honestidad-humildad (sinceridad, ausencia de codicia, modestia, rechazo de la manipulación), con una capacidad predictiva de la conducta antisocial, la corrupción y la explotación de los demás superior a la de cualquiera de los cinco clásicos, lo que lo hace especialmente interesante en el ámbito de la integridad profesional.
Dato de examen: Cattell = 16 factores (16PF), rasgos superficiales frente a rasgos fuente. Eysenck = 3 dimensiones (PEN: psicoticismo, extraversión, neuroticismo), con base biológica y modelo jerárquico de cuatro niveles. Costa y McCrae = 5 factores (OCEAN), instrumento NEO-PI-R. Ashton y Lee = 6 (HEXACO, con honestidad-humildad).
9. La evaluación de la personalidad
Los instrumentos de evaluación se agrupan en cuatro familias. Los cuestionarios o inventarios de autoinforme son los más usados por su fiabilidad, su facilidad de aplicación y su baremación: además de los ya citados 16PF, EPQ y NEO-PI-R, destaca el MMPI, de orientación clínica y construcción empírica. Su punto débil es la deseabilidad social y la simulación, que se controlan mediante escalas de validez —de sinceridad, de infrecuencia y de defensividad— y con ítems de redacción neutra.
Las técnicas proyectivas presentan estímulos ambiguos sobre los que el sujeto «proyecta» su mundo interno: el test de manchas de tinta de Rorschach, el test de apercepción temática (TAT) de Murray, el test de frustración de Rosenzweig y las pruebas gráficas. Su ventaja teórica es que resultan difíciles de falsear; su problema, una fiabilidad y validez muy discutidas y una fuerte dependencia del criterio del evaluador, por lo que en contextos de decisión —selección de personal, informes forenses— su valor probatorio es muy limitado y nunca deben usarse como única fuente.
Se emplean además las técnicas objetivas (registros psicofisiológicos y pruebas de rendimiento en las que el sujeto ignora qué se está midiendo, los datos T de Cattell) y las técnicas observacionales y de entrevista, incluida la entrevista conductual estructurada, que en selección de personal muestra mejores índices de validez predictiva que la entrevista libre.
Cualquiera que sea la técnica, un instrumento solo es utilizable si cumple tres exigencias psicométricas que conviene manejar con propiedad. La fiabilidad es la precisión o consistencia de la medida: que el test dé resultados estables si se repite (fiabilidad test-retest), que sus ítems midan lo mismo (consistencia interna) y que dos evaluadores coincidan (fiabilidad interjueces). La validez es que el test mida lo que dice medir, y se descompone en validez de contenido (los ítems representan bien el dominio), de criterio —concurrente o predictiva, según el criterio se recoja a la vez o en el futuro— y de constructo (el test se comporta como cabría esperar del concepto teórico). Y la tipificación o baremación permite interpretar la puntuación directa comparándola con la de un grupo normativo adecuado, mediante puntuaciones típicas, percentiles, eneatipos o decatipos. Un test puede ser fiable sin ser válido —medir con precisión algo distinto de lo que pretende—, pero no puede ser válido si no es fiable.
Debe subrayarse, por último, que ninguna prueba de personalidad detecta la mentira. El llamado «detector de mentiras» o polígrafo registra activación fisiológica (respiración, conductancia de la piel, actividad cardiovascular), que es un indicador inespecífico de activación emocional y no un marcador del engaño: su tasa de falsos positivos es elevada, la comunidad científica no lo considera concluyente y en el proceso penal español no constituye medio de prueba admisible. La valoración de la credibilidad de un testimonio se hace por otras vías —análisis del contenido de la declaración y contraste con el resto del material probatorio—, nunca por el perfil de personalidad del declarante.
En el ámbito policial esta materia tiene una aplicación directa: los procesos selectivos de los cuerpos policiales incluyen pruebas psicotécnicas de personalidad y una entrevista personal cuya finalidad es valorar la adecuación del aspirante al perfil profesional. El criterio técnico correcto es que estas pruebas se emplean fundamentalmente para descartar perfiles incompatibles —inestabilidad emocional marcada, impulsividad, rigidez, indicadores de riesgo en el manejo de la autoridad y de las armas— y no para «predecir al buen policía», objetivo mucho más discutible. Igualmente relevante es su uso en la evaluación periódica del personal expuesto a incidentes críticos y en los programas de apoyo psicológico.
10. Personalidad y delincuencia: alcance y cautelas
Más allá de Eysenck, la investigación ha identificado varias variables de personalidad con relación consistente —aunque siempre moderada— con la conducta antisocial. La impulsividad y el bajo autocontrol son las mejor establecidas: la teoría general del delito de Gottfredson y Hirschi (1990) sostiene que el bajo autocontrol, formado en la infancia por una socialización familiar deficiente, es el factor individual común a la delincuencia y a otras conductas de riesgo. La búsqueda de sensaciones descrita por Zuckerman —la necesidad de experiencias novedosas, intensas y variadas, con disposición a asumir riesgos para obtenerlas— explica una parte de la delincuencia juvenil, del consumo de sustancias y de la conducción temeraria.
Se ha popularizado también el concepto de tríada oscura (Paulhus y Williams, 2002), que agrupa tres rasgos subclínicos socialmente aversivos pero distinguibles: el narcisismo (grandiosidad, necesidad de admiración, sentimiento de merecimiento), el maquiavelismo (manipulación instrumental, cinismo, estrategia) y la psicopatía (baja empatía y ansiedad, impulsividad, insensibilidad emocional), siendo esta última la más asociada a la conducta antisocial grave. La psicopatía se evalúa con la escala de Robert Hare, la PCL-R, de veinte ítems agrupados en un factor interpersonal-afectivo y otro de estilo de vida antisocial; es uno de los instrumentos con mejor capacidad de predicción de la reincidencia violenta, y por eso se emplea en valoración del riesgo, junto con guías estructuradas como el HCR-20.
Ahora bien, la cautela es obligada, y es de las que un mando policial debe tener interiorizadas. No existe una «personalidad criminal»: los rasgos citados aparecen también en personas que nunca delinquen y faltan en muchas que sí lo hacen; las correlaciones son moderadas y explican una fracción pequeña de la varianza; la conducta delictiva es multicausal e incluye factores sociales, económicos, situacionales y de oportunidad que pesan tanto o más que los individuales; y la mayor parte de la investigación se realiza con población penitenciaria, es decir, con quienes fueron detenidos y condenados, lo que introduce un sesgo evidente. Los perfiles de personalidad sirven para orientar la valoración del riesgo, el tratamiento y la prevención; nunca para identificar sospechosos ni para justificar decisiones que afecten a derechos, que solo pueden fundarse en hechos y en indicios objetivos.
Esa cautela se traduce en una distinción operativa que conviene tener clara. La elaboración de perfiles criminológicos (criminal profiling) es una técnica de apoyo a la investigación que, a partir del análisis de la escena, del modo de comisión y de la victimología, formula hipótesis sobre las características probables del autor desconocido con el fin de priorizar líneas de investigación y acotar el universo de sospechosos. Su utilidad es real pero limitada: no identifica a nadie, no constituye prueba, se aplica a un número reducido de delitos —esencialmente seriales, violentos y con componente expresivo— y su fiabilidad depende por completo de la calidad de los datos de partida. Nada tiene que ver, en cambio, con el perfilado étnico o racial, que consiste en seleccionar a una persona para una identificación o un control por su apariencia, origen o pertenencia a un grupo y no por su conducta: es una práctica discriminatoria, contraria al principio de igualdad y a los principios básicos de actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, ineficaz desde el punto de vista policial y gravemente lesiva para la confianza de la ciudadanía en la institución.
Por último, la personalidad importa también «hacia dentro» de la organización. La profesión policial expone a estresores crónicos —turnicidad, exposición a la violencia, incertidumbre, presión pública— y a incidentes críticos que pueden desbordar los recursos habituales de afrontamiento. Las variables de personalidad modulan el impacto: el neuroticismo alto es un factor de vulnerabilidad, mientras que la estabilidad emocional, la autoeficacia, el sentido de control y el apoyo social operan como factores protectores frente al desgaste profesional —caracterizado por agotamiento emocional, despersonalización o cinismo hacia el ciudadano y baja realización personal— y frente al estrés postraumático. Conocer estos mecanismos forma parte de las competencias de mando: la prevención de riesgos psicosociales, la desactivación tras incidentes críticos y la detección temprana de señales de alarma en los subordinados son responsabilidades de dirección, no solo del servicio de prevención.
Ideas fuerza
- Personalidad: organización estable y propia de cada individuo que explica su forma consistente de pensar, sentir y comportarse. Temperamento = base biológica y heredada; carácter = parte aprendida y valorativa.
- Mischel (1968) abrió la polémica persona-situación (coeficiente de personalidad ≈ 0,30); la síntesis actual es el interaccionismo.
- Hipócrates y Galeno: cuatro humores → sanguíneo, colérico, melancólico y flemático. Kretschmer: leptosomático/asténico, pícnico, atlético y displásico.
- ⭐ Sheldon, teoría del somatotipo: ENDOMORFO, MESOMORFO y ECTOMORFO, con los temperamentos viscerotonía, somatotonía y cerebrotonía. Pregunta oficial de la Policía Nacional (2019).
- ⭐ La identificación delictiva antropométrica es de Bertillon (no de Sheldon ni de Kretschmer); el delincuente nato con estigmas físicos es de Lombroso. Pregunta oficial (2014).
- Heredabilidad de los rasgos de personalidad: en torno al 40-50 %. Es un dato poblacional, no individual. Pesa más el ambiente NO compartido que el compartido.
- Cultura: Hofstede e individualismo/colectivismo, distancia al poder y evitación de la incertidumbre; personalidad básica (Kardiner) y modal.
- Cattell: análisis factorial oblicuo y enfoque léxico → 16 factores (16PF). Rasgos superficiales (observables) frente a fuente u originarios (subyacentes); constitucionales/ambientales; temperamentales, dinámicos y aptitudinales. Ergios (innatos) y sentimientos (adquiridos); ecuación de especificación; datos L, Q y T.
- Eysenck: análisis factorial ortogonal → dimensiones independientes. Modelo jerárquico de cuatro niveles: respuestas específicas → habituales → rasgos → tipos o dimensiones.
- PEN: Psicoticismo (frialdad, agresividad, falta de empatía), Extraversión (baja activación cortical del SARA → busca estimulación) y Neuroticismo (labilidad del sistema límbico). Cuestionarios MPI, EPI y EPQ (con escala L de sinceridad).
- Eysenck y delincuencia: la conciencia moral se adquiere por condicionamiento; quien se condiciona mal socializa mal. Perfil de riesgo: alto en E, N y P, siendo P el más ligado a la delincuencia grave.
- Cinco grandes (Costa y McCrae, NEO-PI-R, 6 facetas por factor): OCEAN = Apertura, Responsabilidad, Extraversión, Amabilidad y Neuroticismo. La responsabilidad es el mejor predictor del rendimiento laboral. HEXACO (Ashton y Lee) añade la honestidad-humildad.
- Evaluación: cuestionarios (16PF, EPQ, NEO-PI-R, MMPI), proyectivas (Rorschach, TAT, de validez discutida), objetivas y entrevista. Control de la deseabilidad social con escalas de validez.
- Delincuencia: bajo autocontrol (Gottfredson y Hirschi), búsqueda de sensaciones (Zuckerman), tríada oscura (narcisismo, maquiavelismo y psicopatía) y PCL-R de Hare. Pero no existe una «personalidad criminal»: las correlaciones son moderadas y la conducta delictiva es multicausal.
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