Tema 64 · Policía Nacional (Escala Ejecutiva)
Las actitudes. Estereotipos y prejuicios
Epígrafe oficial: Actitudes: definición. Componentes de las actitudes. Principales estrategias para el cambio de actitudes. Relación actitud-conducta. Estereotipos y prejuicios. Dogmatismo y autoritarismo. Percepción social y atribución. Conducta de ayuda. Atracción interpersonal y relaciones interpersonales íntimas. Agresividad. Medios de comunicación e influencia social.
Tema desarrollado para preparar el primer ejercicio de conocimientos de la Escala Ejecutiva (Inspector/a) de la Policía Nacional. La información es orientativa y está verificada a la fecha de actualización; el contenido evaluable lo fija el temario del anexo II de tu convocatoria (Resolución de 31 de julio de 2025, BOE-A-2025-16611). Es el tema del bloque B con más preguntas oficiales acreditadas: las definiciones de estereotipo, prejuicio y dogmatismo y la escala F de Adorno han caído literalmente en convocatorias de 2014, 2017, 2019, 2024 y 2025.
Índice
- 1. Las actitudes: definición, funciones y componentes
- 2. Formación y medida de las actitudes
- 3. Estrategias para el cambio de actitudes
- 4. La relación actitud-conducta
- 5. Estereotipos y prejuicios
- 6. Dogmatismo y autoritarismo
- 7. Percepción social y atribución
- 8. La conducta de ayuda
- 9. Atracción interpersonal y relaciones íntimas
- 10. La agresividad
- 11. Medios de comunicación e influencia social
- Ideas fuerza
1. Las actitudes: definición, funciones y componentes
Una actitud es una predisposición aprendida a responder de manera favorable o desfavorable ante un objeto, persona, grupo, situación o idea (el objeto de actitud). Es, junto con el concepto de grupo, la noción central de la psicología social, hasta el punto de que Allport llegó a definirla como su concepto más característico e indispensable. De la definición se extraen sus notas esenciales: es aprendida —no innata—, es evaluativa (siempre implica una valoración en el eje a favor/en contra), es relativamente estable pero modificable, es inferida (no se observa directamente: se deduce de respuestas verbales o conductuales) y tiene un objeto concreto.
Las actitudes cumplen funciones que explican por qué las mantenemos y por qué son tan resistentes al cambio. La clasificación clásica de Katz distingue cuatro: la función utilitaria o instrumental (nos ayudan a obtener recompensas y evitar castigos), la función de conocimiento (organizan y simplifican la realidad, ahorrándonos procesamiento), la función expresiva de valores (permiten manifestar quiénes somos y a qué grupo pertenecemos) y la función defensiva del yo (protegen la autoestima proyectando en otros lo que no aceptamos de nosotros mismos). Esta última es especialmente relevante para entender el prejuicio.
El modelo más aceptado sobre su estructura interna es el tripartito o modelo de los tres componentes, que hay que dominar porque se pregunta constantemente:
| Componente | Naturaleza | Ejemplo (actitud hacia la policía) |
|---|---|---|
| Cognitivo | Creencias, ideas y conocimientos sobre el objeto | «La policía resuelve pocos delitos» / «La policía protege eficazmente» |
| Afectivo | Emociones y sentimientos que suscita; es el núcleo de la actitud | Desconfianza y temor / seguridad y respeto |
| Conductual o conativo | Tendencia o intención de actuar de cierto modo | Evitar pedir ayuda / colaborar y denunciar |
Los tres componentes tienden a la coherencia, pero no siempre coinciden: se puede saber que fumar es nocivo (cognitivo), disfrutar fumando (afectivo) y seguir fumando (conductual). Cuando la incoherencia se hace consciente aparece la tensión que Festinger llamó disonancia. Conviene además no confundir la actitud con conceptos vecinos: la creencia es solo el componente cognitivo, sin carga evaluativa necesaria; la opinión es la expresión verbal de una actitud; el valor es un principio más general y abstracto que orienta a muchas actitudes a la vez —Guy Rocher lo definió como la manera de ser o de obrar que una persona o una colectividad juzgan ideal y que hace deseables o estimables a los seres o conductas a los que se atribuye—; y el hábito es una conducta automatizada sin componente evaluativo actual.
2. Formación y medida de las actitudes
Las actitudes se forman por varias vías que son, en realidad, las tres formas de aprendizaje: el condicionamiento clásico (asociar el objeto con estímulos que ya provocan emociones, mecanismo básico de la publicidad y la propaganda), el condicionamiento operante (expresar una actitud y ser reforzado o castigado por el entorno), el aprendizaje observacional (imitar las actitudes de los modelos: familia, iguales, referentes mediáticos) y la experiencia directa con el objeto, que produce actitudes más accesibles, más firmes y más predictivas de la conducta. A ello se suma el mero contacto repetido: el efecto de mera exposición descrito por Zajonc demuestra que la exposición repetida a un estímulo neutro aumenta por sí sola la preferencia por él.
Su medida plantea la dificultad de que no son directamente observables. Los instrumentos clásicos son tres escalas: la de Thurstone o de intervalos aparentemente iguales, en la que jueces asignan un valor a cada ítem y la puntuación del sujeto es la media de los que acepta; la de Likert o de rangos sumados, la más utilizada, en la que se expresa el grado de acuerdo con cada afirmación en una escala ordinal de cinco o siete puntos; y el diferencial semántico de Osgood, que sitúa el objeto entre pares de adjetivos opuestos (bueno-malo, fuerte-débil, activo-pasivo) y del que se derivan las tres dimensiones universales de evaluación, potencia y actividad. También se emplea el escalograma de Guttman, de ítems acumulativos.
El problema común a todos ellos es la deseabilidad social, que resulta particularmente aguda en actitudes socialmente censuradas como el prejuicio. Por eso se han desarrollado medidas indirectas o implícitas —tiempos de reacción en tareas de asociación, indicadores psicofisiológicos, medidas no obstrusivas— y técnicas como la de la «tubería falsa», en la que se hace creer al sujeto que un aparato detecta sus verdaderas actitudes. Su hallazgo más citado es que muchas personas sin prejuicio explícito muestran asociaciones implícitas negativas, lo que ha dado lugar a los conceptos de prejuicio sutil, moderno y aversivo.
3. Estrategias para el cambio de actitudes
El estudio del cambio de actitudes se organiza en torno a la persuasión. El modelo de Yale de Hovland y sus colaboradores lo analizó descomponiendo el proceso en cuatro elementos, respondiendo a la pregunta «quién dice qué, por qué canal y a quién»:
- La fuente: persuade más la que goza de credibilidad (competencia y sinceridad percibidas), atractivo y semejanza con el receptor. Un fenómeno interesante es el efecto durmiente: con el tiempo el mensaje se disocia de su fuente, de modo que un contenido procedente de una fuente poco creíble puede acabar ganando influencia.
- El mensaje: influyen la argumentación unilateral o bilateral (esta última es más eficaz con público informado o inicialmente contrario), el orden de los argumentos (efectos de primacía y recencia), la repetición y las apelaciones al miedo, que solo funcionan si son de intensidad moderada y van acompañadas de instrucciones concretas sobre qué hacer; si el miedo es excesivo y no se ofrece salida, se produce evitación defensiva del mensaje.
- El canal: los mensajes complejos persuaden más por escrito; los simples y emocionales, por vía audiovisual.
- El receptor: importan su implicación con el tema, su conocimiento previo, su autoestima y su necesidad de cognición.
La formulación moderna es el modelo de probabilidad de elaboración de Petty y Cacioppo, que distingue dos rutas. La ruta central opera cuando el receptor tiene motivación y capacidad para procesar: analiza los argumentos, y el cambio de actitud resultante es duradero, resistente a la contrapropaganda y predictivo de la conducta. La ruta periférica opera cuando falta motivación o capacidad: el receptor se guía por claves superficiales —el atractivo o el prestigio del emisor, el número de argumentos más que su calidad, la música, la repetición—, y el cambio es superficial, inestable y poco predictivo. La consecuencia práctica es clara: una campaña que busque un cambio duradero (de seguridad vial, de prevención) debe dar argumentos y facilitar su procesamiento, no limitarse al impacto emocional.
La segunda gran vía de cambio es la disonancia cognitiva de Leon Festinger (1957): cuando una persona mantiene simultáneamente dos cogniciones incompatibles —o actúa en contra de su actitud— experimenta un estado de tensión desagradable que la motiva a reducirlo. Puede hacerlo cambiando la conducta, cambiando la actitud, añadiendo cogniciones consonantes o restando importancia al asunto. Su corolario más contraintuitivo, demostrado con el clásico experimento de la tarea aburrida y la recompensa de un dólar frente a la de veinte, es el de la justificación insuficiente: quien realiza una conducta contraactitudinal con un incentivo pequeño cambia más su actitud que quien recibe un incentivo grande, porque este último ya tiene una justificación externa y no necesita justificarse internamente.
Otras estrategias relevantes son la inoculación de McGuire —exponer previamente a una versión débil de los argumentos contrarios genera «anticuerpos» que aumentan la resistencia a la persuasión posterior, principio que hoy se aplica a la lucha contra la desinformación—, la reactancia psicológica de Brehm —cuando alguien percibe amenazada su libertad de elección reacciona reafirmándose en la posición amenazada, motivo por el cual los mensajes autoritarios producen a menudo el efecto contrario— y los seis principios de influencia de Cialdini: reciprocidad, compromiso y coherencia, aprobación social, simpatía, autoridad y escasez. De ellos derivan las técnicas del pie en la puerta (pedir primero algo pequeño para conseguir después algo grande, apoyada en el compromiso) y el portazo en la cara (pedir primero algo desmesurado para que el favor real parezca razonable, apoyada en la reciprocidad de las concesiones), ambas de uso frecuente en la ingeniería social y en los fraudes.
4. La relación actitud-conducta
La pregunta de si las actitudes predicen la conducta tiene una historia célebre. En 1934, Richard LaPiere recorrió Estados Unidos con una pareja de origen chino y solo fueron rechazados en uno de los más de doscientos establecimientos visitados; meses después escribió a esos mismos establecimientos preguntando si admitirían a clientes chinos, y más del 90 % de los que respondieron dijeron que no. La discrepancia entre lo declarado y lo hecho fue tan llamativa que llevó a algunos autores a cuestionar la utilidad misma del concepto de actitud.
La investigación posterior ha establecido que las actitudes sí predicen la conducta, pero solo bajo determinadas condiciones. Predicen mejor cuando existe correspondencia de especificidad entre actitud y conducta (una actitud general hacia el medio ambiente predice mal si uno recicla; una actitud específica hacia reciclar el vidrio en el propio barrio lo predice bien); cuando la actitud es accesible y viene a la mente con rapidez; cuando procede de la experiencia directa; cuando el sujeto está implicado con el tema; cuando se mide la conducta agregada a lo largo de muchas ocasiones y no un acto aislado; y cuando la situación no impone presiones fuertes en sentido contrario.
El modelo que formaliza esta relación es la teoría de la acción razonada de Fishbein y Ajzen, después ampliada por Ajzen como teoría de la conducta planificada. Según ella, el mejor predictor inmediato de la conducta es la intención de realizarla, y esa intención depende de tres factores: la actitud hacia la conducta, la norma subjetiva (lo que el sujeto cree que esperan de él las personas significativas) y el control conductual percibido (hasta qué punto cree que puede hacerlo, concepto próximo a la autoeficacia de Bandura). Es el marco de referencia en el diseño de campañas: para que alguien deje de beber antes de conducir no basta con cambiar su actitud, hay que actuar también sobre lo que percibe como norma de su entorno y sobre su percepción de que puede hacerlo.
5. Estereotipos y prejuicios
5.1. Los tres conceptos: estereotipo, prejuicio y discriminación
Los tres conceptos se corresponden exactamente con los tres componentes de la actitud, y esa es la clave para no confundirlos jamás:
| Concepto | Componente | Definición |
|---|---|---|
| Estereotipo | Cognitivo | Conjunto de creencias compartidas sobre los atributos que caracterizan a un grupo social |
| Prejuicio | Afectivo | Actitud —habitualmente negativa u hostil— hacia alguien por el hecho de pertenecer a un grupo |
| Discriminación | Conductual | Conducta de trato desigual e injustificado hacia alguien por su pertenencia grupal |
El término estereotipo procede del lenguaje de la imprenta y fue introducido en las ciencias sociales por el periodista Walter Lippmann en La opinión pública (1922), que los describió como «las imágenes que tenemos en la cabeza». Una formulación muy preguntada lo define como una imagen mental muy simplificada y generalizada, basada en creencias compartidas, que tiende a exagerar un determinado rasgo que se atribuye al grupo en cuestión. Otra definición clásica, la de Mackie (1973), los caracteriza como «creencias populares sobre los atributos que caracterizan a una categoría social y sobre los que hay un acuerdo sustancial». Sus rasgos son, pues, la simplificación, la generalización a todos los miembros del grupo, el carácter compartido socialmente, la resistencia al cambio y la posibilidad de tener contenido positivo o negativo. No son necesariamente falsos ni malintencionados: son un producto normal del proceso de categorización con el que la mente ahorra esfuerzo, y su peligro está en aplicarlos al individuo concreto.
El prejuicio tiene su definición canónica en Gordon Allport: es una actitud hostil o prevenida hacia una persona que pertenece a un grupo, simplemente porque pertenece a ese grupo, y a la que por ello se supone poseedora de las cualidades objetables atribuidas al grupo. Sus notas son que se dirige a la persona por su pertenencia grupal y no por su conducta, que es una prejuzgamiento anterior al conocimiento, que es resistente a la evidencia contraria y que puede existir sin discriminación —y la discriminación, a su vez, existir sin prejuicio, por mera conformidad con la norma del entorno—. Allport describió además una escala de manifestaciones de gravedad creciente: hablar mal del grupo, evitarlo, discriminarlo, agredirlo físicamente y, en el extremo, el exterminio. Esa gradación explica por qué el discurso de odio no es inocuo: es el primer peldaño de una escalada documentada.
5.2. El origen del prejuicio
Las explicaciones se agrupan en cuatro niveles. En el nivel cognitivo, el prejuicio se apoya en la categorización social, que produce inevitablemente tres sesgos: el favoritismo endogrupal (valorar mejor al propio grupo), el efecto de homogeneidad del exogrupo («todos ellos son iguales», mientras el propio grupo se percibe diverso) y el error último de atribución (atribuir las conductas negativas del exogrupo a su carácter y las positivas a la casualidad, invirtiendo el criterio para el endogrupo). Se suman la correlación ilusoria —percibir relación entre la pertenencia a un grupo minoritario y las conductas infrecuentes, porque ambas son llamativas— y la profecía autocumplida.
En el nivel motivacional se sitúan la hipótesis del chivo expiatorio, derivada de la teoría de la frustración-agresión: la frustración generada por causas difusas se desplaza hacia un grupo vulnerable e identificable; y la teoría de la identidad social de Tajfel y Turner, según la cual una parte de nuestra autoestima procede de los grupos a los que pertenecemos, de modo que menospreciar al exogrupo es una vía para elevar la propia valía. Los experimentos de grupo mínimo de Tajfel demostraron que basta una categorización arbitraria —repartir a los sujetos según una preferencia pictórica trivial— para que aparezca el favoritismo endogrupal.
En el nivel intergrupal, la teoría del conflicto realista de Muzafer Sherif sostiene que el prejuicio nace de la competencia real por recursos escasos. Su experimento del campamento de Robbers Cave es el más citado de la psicología social: dos grupos de niños desarrollaron hostilidad al competir por premios excluyentes, y esa hostilidad no se redujo con el mero contacto agradable, sino solo cuando se les impusieron metas supraordenadas que exigían la cooperación de ambos. En el nivel sociocultural, finalmente, el prejuicio se aprende por socialización: se transmite en la familia, el grupo de iguales y los medios, y se sostiene en normas sociales que lo legitiman.
Las formas actuales del prejuicio son mayoritariamente encubiertas, porque la norma social lo censura abiertamente. Se habla de prejuicio sutil o moderno —que niega la existencia de discriminación, muestra hostilidad ante las demandas del grupo y resentimiento ante las políticas de igualdad, y se expresa exagerando las diferencias culturales en lugar de afirmar la inferioridad— y de prejuicio aversivo, propio de personas que se consideran igualitarias y que discriminan solo cuando la situación es ambigua y permite justificar la conducta por otras razones.
5.3. La reducción del prejuicio
La estrategia mejor documentada es la hipótesis del contacto de Allport (1954): el contacto entre grupos reduce el prejuicio, pero no cualquier contacto. Se requieren cuatro condiciones: igualdad de estatus entre los participantes en la situación, objetivos comunes, cooperación —no competencia— para alcanzarlos y apoyo institucional o de las autoridades y normas. Cuando faltan, el contacto puede incluso aumentar la hostilidad. A ello se añaden la recategorización (crear una identidad común superior que englobe a ambos grupos), la individuación (conocer a las personas como individuos y no como ejemplares de una categoría), la educación y el establecimiento de normas claras contra la discriminación. En el ámbito policial esto se traduce en la policía de proximidad, en los protocolos frente a los delitos de odio y en la prohibición y erradicación del perfilado étnico, que es discriminación en sentido técnico, es ineficaz y destruye la confianza de la que depende la información policial.
6. Dogmatismo y autoritarismo
Tras la Segunda Guerra Mundial, la psicología social se preguntó qué tipo de estructura psicológica hacía a alguien proclive al fascismo. Theodor W. Adorno y sus colaboradores (Frenkel-Brunswik, Levinson y Sanford) publicaron en 1950 La personalidad autoritaria, fruto de investigaciones desarrolladas a finales de los años cuarenta. Describieron un síndrome caracterizado por la sumisión acrítica a la autoridad del propio grupo, la agresión contra quienes se apartan de la norma convencional, el convencionalismo rígido, el pensamiento en categorías rígidas y estereotipadas, la intolerancia a la ambigüedad, la superstición, la preocupación por el poder y la dureza y una proyección de los impulsos propios sobre los demás. Lo atribuyeron a una educación infantil severa y punitiva, cuya hostilidad hacia los padres no puede expresarse y se desplaza hacia grupos débiles. El instrumento que crearon para medirlo, y que fue uno de los más utilizados en los estudios sobre personalidad autoritaria de los años sesenta, es la escala F —la «F» de fascismo—, junto a otras escalas complementarias de antisemitismo, etnocentrismo y conservadurismo político-económico.
Milton Rokeach objetó que la escala F confundía autoritarismo con ideología de derechas y propuso un concepto ideológicamente neutro: el dogmatismo, que definió como una organización cognoscitiva de convicciones acerca de la realidad relativamente cerrada la cual, apoyándose en algunas ideas de valor pretendidamente absoluto, proporciona una base para sostener patrones de intolerancia hacia otros. Es, en sus términos, la mente cerrada: lo que caracteriza al dogmático no es el contenido de sus creencias, sino su estructura rígida, la separación tajante entre el sistema de creencias y el de descreencias, la dependencia de la autoridad y el rechazo de la información discrepante. Por eso puede haber dogmáticos de cualquier signo ideológico. Lo midió con la escala D y desarrolló también un influyente estudio de los valores, distinguiendo los terminales (metas de la existencia: libertad, igualdad, seguridad) de los instrumentales (modos de conducta: honestidad, responsabilidad).
Los desarrollos posteriores han refinado el concepto. Bob Altemeyer depuró la escala F en su medida del autoritarismo de derechas (RWA), reducido a tres agrupamientos —sumisión, agresión y convencionalismo autoritarios— y entendido como una actitud aprendida, no como una estructura de personalidad. Sidanius y Pratto formularon la orientación a la dominancia social (SDO): la preferencia por que existan jerarquías entre grupos y por que el propio esté arriba. Ambas variables predicen el prejuicio, pero por caminos distintos: el RWA por la amenaza percibida al orden y el SDO por la competencia por el estatus.
La lectura profesional de este apartado es incómoda pero necesaria. Las organizaciones jerárquicas y con capacidad coercitiva pueden resultar atractivas para personas con puntuaciones altas en estas dimensiones, y la investigación sobre abusos policiales identifica de forma consistente el autoritarismo, el cinismo y la despersonalización del ciudadano como factores de riesgo. De ahí la importancia de la selección, de la formación en derechos humanos, de una cultura organizativa que valore el juicio crítico y la rendición de cuentas, y de la supervisión activa por parte del mando. Conviene precisar, para no caer en el tópico contrario, que disciplina no es autoritarismo: la primera es la sujeción a normas legítimas y públicas; el segundo, la sumisión acrítica unida a la agresión contra el diferente.
7. Percepción social y atribución
La percepción social es el proceso por el que formamos impresiones y juicios sobre las demás personas. Solomon Asch demostró que la formación de impresiones no es una simple suma de rasgos, sino una configuración con estructura: existen rasgos centrales —como «cálido» o «frío»— que reorganizan el significado de todos los demás, mientras otros son periféricos. Demostró también el efecto de primacía: la información recibida en primer lugar pesa más en la impresión final, porque orienta la interpretación de lo que viene después. A ello se suman el efecto halo (extender una valoración positiva o negativa en un aspecto al resto de las características de la persona: quien nos parece atractivo nos parece también más inteligente y honrado), las teorías implícitas de la personalidad (creencias sobre qué rasgos van juntos) y la profecía autocumplida, cuya versión clásica es el efecto Pigmalión: las expectativas del observador modifican su conducta hacia el observado y acaban provocando en él la conducta esperada.
La atribución es el proceso por el que explicamos las causas de la conducta, propia y ajena. Fritz Heider, su fundador, describió al ser humano como un «psicólogo ingenuo» que busca causas, y estableció la distinción básica entre causas internas o disposicionales (rasgos, intenciones, capacidad, esfuerzo) y externas o situacionales (presiones, azar, dificultad de la tarea). Jones y Davis formularon la teoría de la inferencia correspondiente: atribuimos una conducta a una disposición estable sobre todo cuando ha sido libremente elegida, es socialmente indeseable y produce efectos no comunes a otras alternativas. Harold Kelley propuso el modelo de covariación, que atribuye la conducta según tres tipos de información: el consenso (¿hacen lo mismo los demás?), la distintividad (¿se comporta así solo ante este estímulo?) y la consistencia (¿lo hace siempre?). Consenso y distintividad altos con consistencia alta conducen a una atribución externa; consenso y distintividad bajos con consistencia alta, a una atribución interna.
Estos procesos están sistemáticamente sesgados, y conocer los sesgos es de aplicación directa en la investigación y en la valoración de testimonios:
- Error fundamental de atribución (o sesgo de correspondencia): tendencia a sobrestimar las causas internas y a subestimar las situacionales al explicar la conducta ajena.
- Sesgo actor-observador: explicamos nuestra propia conducta por la situación («llegué tarde porque había tráfico») y la ajena por su carácter («llegó tarde porque es un informal»).
- Sesgo de autoservicio o autoensalzamiento: atribuimos los éxitos a causas internas y los fracasos a causas externas, para proteger la autoestima.
- Falso consenso: sobrestimamos cuánta gente comparte nuestras opiniones y conductas.
- Creencia en un mundo justo (Melvin Lerner): la necesidad de creer que el mundo es un lugar ordenado donde cada uno recibe lo que merece. Su consecuencia es demoledora: para preservar esa creencia ante el sufrimiento de un inocente, el observador tiende a culpar a la víctima —«algo habría hecho», «por qué iría por ahí a esas horas»—. Es el fundamento psicológico de la victimización secundaria, motivo por el cual erradicar esos juicios de la atención policial no es una cuestión de cortesía, sino de calidad profesional.
8. La conducta de ayuda
La conducta prosocial es toda acción destinada a beneficiar a otros; el altruismo es la modalidad realizada sin esperar beneficio propio e incluso asumiendo un coste. El fenómeno más estudiado y de mayor interés policial es el efecto espectador (bystander effect), descrito por Bibb Latané y John Darley a raíz del asesinato de Kitty Genovese en Nueva York (1964), un caso cuyo relato periodístico original sobre el número de testigos pasivos ha sido después muy matizado, pero que impulsó una línea de investigación sólida. El hallazgo central es contraintuitivo: cuantas más personas presencian una emergencia, menor es la probabilidad de que alguna intervenga, y mayor la demora en hacerlo.
Latané y Darley lo explicaron mediante un modelo de cinco pasos, en cada uno de los cuales el proceso puede detenerse: advertir el suceso; interpretarlo como una emergencia; asumir la responsabilidad de actuar; saber cómo ayudar; y decidir intervenir. Tres mecanismos frenan la ayuda: la difusión de responsabilidad (con muchos presentes, la responsabilidad de cada uno se diluye y se supone que otro actuará), la ignorancia pluralista (al ver que nadie reacciona, cada uno concluye que no se trata de una emergencia real) y la aprensión a la evaluación (miedo a hacer el ridículo o a equivocarse ante testigos). Sobre esa base se apoya la recomendación operativa que se enseña en cualquier curso de primeros auxilios y que conviene difundir: quien necesita ayuda debe señalar a una persona concreta y darle una instrucción específica —«usted, el del abrigo azul, llame al 112»—, porque así se rompe la difusión de responsabilidad.
Favorecen la ayuda el estado de ánimo positivo, la semejanza percibida con la víctima, la claridad de la situación, la existencia de modelos que ya están ayudando, la competencia percibida para hacerlo y el entorno rural frente al urbano (donde la sobrecarga de estímulos reduce la atención al otro). Entre las explicaciones motivacionales, la hipótesis empatía-altruismo de Batson sostiene que la empatía genera una motivación genuinamente altruista, frente a los modelos que reducen toda ayuda al alivio del malestar propio o al cálculo de costes y beneficios.
9. Atracción interpersonal y relaciones íntimas
Los determinantes clásicos de la atracción interpersonal están bien establecidos. La proximidad física es el más potente de todos, porque aumenta la probabilidad de contacto y actúa a través de la familiaridad —el ya citado efecto de mera exposición de Zajonc—. La semejanza en actitudes, valores, origen social y nivel educativo es un predictor mucho mejor que la complementariedad, contra lo que sugiere el refranero. El atractivo físico pesa sobre todo en los primeros momentos, y opera con el estereotipo de «lo bello es bueno» —una forma de efecto halo—, si bien la hipótesis del emparejamiento muestra que las parejas tienden a formarse entre personas de atractivo similar. Finalmente, la reciprocidad: nos atrae quien nos muestra que le atraemos.
Sobre las relaciones íntimas, el modelo más citado es la teoría triangular del amor de Sternberg, que descompone el amor en tres componentes cuyas combinaciones producen distintos tipos: la intimidad (cercanía, confianza, vínculo afectivo), la pasión (atracción física y sexual, activación intensa) y el compromiso (decisión de mantener la relación). El «amor romántico» combina intimidad y pasión; el «amor de compañía», intimidad y compromiso; el amor consumado reúne los tres. Se distingue asimismo el amor apasionado —intenso, absorbente y de duración limitada— del amor de compañía, más estable. Otros marcos relevantes son la teoría del intercambio social y de la equidad —las relaciones se mantienen mientras la razón entre costes y beneficios resulta satisfactoria en comparación con las alternativas disponibles— y el apego adulto, que proyecta los estilos seguro, evitativo y ansioso-ambivalente de la infancia sobre las relaciones de pareja.
La aplicación policial es directa en el análisis de la violencia en la pareja. La teoría del intercambio y del nivel de comparación de alternativas ayuda a entender por qué una víctima permanece en la relación —dependencia económica, aislamiento de la red de apoyo, miedo, hijos, ausencia de alternativas percibidas—, junto con la indefensión aprendida y el ciclo de la violencia descrito por Leonore Walker, con sus fases de acumulación de tensión, explosión y luna de miel o arrepentimiento, que refuerza intermitentemente el vínculo. Comprender estos mecanismos evita el juicio simplista de «por qué no se va» y mejora tanto la valoración del riesgo como la calidad de la atención.
10. La agresividad
La agresión es toda conducta intencionada dirigida a causar daño a otro ser vivo que está motivado a evitarlo. Los tres elementos de la definición son necesarios: la intención excluye el daño accidental, el daño puede ser físico o psicológico y la motivación de la víctima a evitarlo excluye supuestos consentidos. Se distingue de la violencia, que suele reservarse para la agresión de intensidad grave, y de la agresividad, que designa la disposición o rasgo. Sus tipos principales son la agresión hostil, emocional o reactiva —impulsiva, movida por la ira y con el daño como fin en sí mismo— y la agresión instrumental o proactiva —fría, planificada y orientada a obtener otra cosa, que es la característica del delito patrimonial violento y de la delincuencia organizada—; y la agresión directa frente a la indirecta o relacional (rumores, exclusión, difamación).
Las teorías se ordenan en cuatro grandes familias:
- Instintivas o biológicas: Freud postuló un instinto de muerte (Thanatos) y la necesidad de descarga o catarsis; Konrad Lorenz, desde la etología, entendió la agresión como un instinto adaptativo con energía acumulable. La investigación posterior no ha respaldado la hipótesis de la catarsis: descargar la agresión no la reduce, sino que tiende a incrementarla. En el plano biológico sí están documentadas las contribuciones de la testosterona (asociación moderada y bidireccional), de una baja actividad serotoninérgica y de la disfunción de la corteza prefrontal.
- Hipótesis de la frustración-agresión: formulada por Dollard, Miller y colaboradores (1939), sostenía originalmente que toda frustración produce agresión y toda agresión procede de una frustración, formulación demasiado rígida. Leonard Berkowitz la reformuló: la frustración genera ira o disposición a agredir, que se traduce en agresión solo si están presentes claves agresivas en la situación; de ahí el célebre efecto arma, según el cual la mera presencia de un arma incrementa la respuesta agresiva, dato de evidente interés para la política de armas y para la gestión de intervenciones.
- Aprendizaje social (Bandura): la agresión se aprende por observación de modelos y se mantiene por sus consecuencias, según se ha visto en el tema del aprendizaje.
- Modelos cognitivos integradores: el modelo general de la agresión combina variables de la persona y de la situación, que actúan sobre el estado interno (cognición, afecto y activación) y sobre los procesos de valoración y decisión.
Entre los factores situacionales con efecto documentado destacan el alcohol —que reduce la inhibición y estrecha la atención a las claves provocadoras—, el calor y otros estresores ambientales, el hacinamiento, el dolor y la provocación, y el anonimato, que produce desindividuación: la pérdida de la autoconciencia y del sentido de responsabilidad individual dentro de una masa, que reduce el control de los impulsos y facilita conductas que la persona no realizaría a solas. Este último concepto es capital para entender la violencia en concentraciones y espectáculos deportivos, y explica por qué las tácticas de identificación individualizada y de comunicación directa resultan preventivamente más eficaces que las que refuerzan la percepción de masa indiferenciada.
11. Medios de comunicación e influencia social
La influencia social es el cambio en los juicios, actitudes o conductas de una persona producido por la presencia real o imaginada de otras. Se distinguen dos motivos: la influencia normativa (ceder para ser aceptado y evitar el rechazo, que produce sobre todo conformidad pública) y la influencia informativa (aceptar la información ajena como evidencia sobre la realidad, sobre todo en situaciones ambiguas, que produce conversión privada). Sus tres modalidades clásicas son:
- Conformidad: los experimentos de Solomon Asch sobre juicios de longitud de líneas mostraron que una proporción muy alta de sujetos se plegaba al menos una vez al juicio unánime y manifiestamente erróneo de la mayoría. La conformidad crece con el tamaño del grupo hasta un punto y, sobre todo, depende de la unanimidad: basta un solo aliado discrepante para que se desplome. Es el fundamento psicológico de proteger a quien denuncia irregularidades dentro de una organización.
- Obediencia a la autoridad: los experimentos de Stanley Milgram demostraron que una mayoría de personas corrientes administraba descargas supuestamente peligrosas a otra persona cuando lo ordenaba una autoridad legítima en un contexto que la respaldaba. Milgram explicó el resultado por el estado agéntico: el sujeto deja de sentirse autor de sus actos y se percibe como mero ejecutor de la voluntad ajena, con la consiguiente transferencia de responsabilidad. La obediencia disminuía con la proximidad a la víctima, con el alejamiento de la autoridad y con la presencia de modelos que se negaban. La enseñanza para cualquier organización jerárquica es precisamente la contraria a la del tópico: la obediencia debida no ampara el cumplimiento de órdenes manifiestamente ilícitas, y los principios básicos de actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad imponen la adecuación al ordenamiento jurídico por encima de la orden recibida.
- Influencia minoritaria: Serge Moscovici demostró que una minoría consistente, coherente en el tiempo y entre sus miembros, sin rigidez y sin apariencia de interés propio, puede influir en la mayoría; y que su influencia, aunque más lenta, tiende a producir conversión privada y cambio profundo, mientras la de la mayoría produce sobre todo sumisión pública. Es el mecanismo por el que cambian las normas sociales.
En cuanto a los medios de comunicación, la investigación ha superado tanto la vieja tesis de los efectos todopoderosos como la de los efectos nulos. Los modelos vigentes describen efectos reales pero indirectos y acumulativos: la agenda-setting de McCombs y Shaw sostiene que los medios no dicen tanto qué pensar como sobre qué pensar, fijando la jerarquía de temas que el público considera importantes; el encuadre o framing describe cómo la forma de presentar un asunto —el marco elegido, lo que se destaca y lo que se omite— condiciona su interpretación; la teoría del cultivo de Gerbner sostiene que la exposición prolongada a contenidos violentos genera el «síndrome del mundo cruel», una sobrestimación del riesgo real de victimización que tiene consecuencias directas sobre la sensación de inseguridad; y la espiral del silencio de Noelle-Neumann explica que quienes creen que su opinión es minoritaria tienden a callar por miedo al aislamiento, lo que refuerza la apariencia de consenso.
El entorno digital ha añadido problemas nuevos que un mando policial debe conocer: la desinformación y su propagación acelerada, los bulos asociados a sucesos críticos, la polarización alimentada por la personalización algorítmica y las llamadas cámaras de eco, y el sesgo de confirmación, que lleva a buscar y valorar solo la información que confirma lo que ya se cree. Estos fenómenos afectan tanto a la ciudadanía como a la propia investigación: el sesgo de confirmación es uno de los errores documentados en las investigaciones que acabaron en condenas erróneas, y su antídoto profesional es la búsqueda deliberada de hipótesis alternativas y de información que refute la hipótesis preferida.
Ideas fuerza
- Actitud: predisposición aprendida a responder de forma favorable o desfavorable ante un objeto. Funciones de Katz: utilitaria, de conocimiento, expresiva de valores y defensiva del yo.
- Tres componentes: cognitivo (creencias), afectivo (emociones, el núcleo) y conductual o conativo (tendencia a actuar). Guy Rocher definió los valores.
- Medida: escala de Thurstone (intervalos aparentemente iguales), de Likert (rangos sumados, la más usada) y diferencial semántico de Osgood (evaluación, potencia y actividad).
- Persuasión: modelo de Yale (fuente, mensaje, canal, receptor; efecto durmiente) y modelo de probabilidad de elaboración de Petty y Cacioppo: ruta central (argumentos, cambio duradero) y ruta periférica (claves superficiales, cambio frágil).
- Disonancia cognitiva (Festinger, 1957): tensión por cogniciones incompatibles. Justificación insuficiente: con incentivo pequeño se cambia MÁS la actitud. Inoculación (McGuire) y reactancia (Brehm). Cialdini: reciprocidad, compromiso, aprobación social, simpatía, autoridad y escasez; pie en la puerta y portazo en la cara.
- LaPiere (1934) mostró la discrepancia entre actitud declarada y conducta. Ajzen: la conducta planificada predice la conducta por la intención, que depende de la actitud, la norma subjetiva y el control conductual percibido.
- ⭐ ESTEREOTIPO = componente cognitivo: «imagen mental muy simplificada y generalizada, basada en creencias compartidas, que exagera un rasgo del grupo». Término de Lippmann (1922); definición de Mackie (1973): «creencias populares sobre los atributos que caracterizan a una categoría social y sobre los que hay un acuerdo sustancial».
- ⭐ PREJUICIO = componente afectivo. Definición de Allport: «actitud hostil o prevenida hacia una persona que pertenece a un grupo, simplemente porque pertenece a ese grupo, suponiendo que posee las cualidades objetables atribuidas al grupo». DISCRIMINACIÓN = componente conductual.
- Origen del prejuicio: categorización (favoritismo endogrupal, homogeneidad del exogrupo, error último de atribución), chivo expiatorio, identidad social (Tajfel y Turner, grupos mínimos) y conflicto realista (Sherif, Robbers Cave, resuelto con metas supraordenadas).
- Hipótesis del contacto (Allport, 1954): reduce el prejuicio si hay igualdad de estatus, objetivos comunes, cooperación y apoyo institucional.
- ⭐ Adorno y colaboradores: personalidad autoritaria (1950), medida con la ESCALA F («F» de fascismo), creada a finales de los años 40 y muy usada en los estudios de los 60.
- ⭐ Rokeach: DOGMATISMO = «organización cognoscitiva de convicciones acerca de la realidad relativamente cerrada que, apoyándose en ideas de valor pretendidamente absoluto, proporciona base para sostener patrones de intolerancia hacia otros». Es la mente cerrada, medida con la escala D, e ideológicamente neutra. Altemeyer: RWA; Sidanius y Pratto: dominancia social.
- Asch: rasgos centrales y efecto de primacía. Efecto halo y efecto Pigmalión. Heider: atribución interna/externa. Kelley: consenso, distintividad y consistencia.
- Sesgos: error fundamental de atribución (sobrestimar lo interno en la conducta ajena), actor-observador, autoservicio y creencia en un mundo justo (Lerner), que lleva a culpar a la víctima y es la raíz de la victimización secundaria.
- Efecto espectador (Latané y Darley, caso Kitty Genovese): cuantos más testigos, menos ayuda. Causas: difusión de responsabilidad, ignorancia pluralista y aprensión a la evaluación. Cinco pasos: advertir, interpretar, asumir responsabilidad, saber cómo y decidir. Remedio: señalar a una persona concreta.
- Atracción: proximidad, familiaridad (mera exposición, Zajonc), semejanza, atractivo físico («lo bello es bueno») y reciprocidad. Sternberg: teoría triangular del amor = intimidad, pasión y compromiso.
- Agresión: conducta intencionada de causar daño. Hostil/reactiva frente a instrumental/proactiva. Dollard y Miller: frustración-agresión, reformulada por Berkowitz (claves agresivas, efecto arma). La catarsis NO reduce la agresión. Desindividuación por anonimato en la masa.
- Influencia: normativa (ser aceptado) e informativa (saber la verdad). Asch (conformidad; basta un aliado para romperla), Milgram (obediencia; estado agéntico) y Moscovici (influencia minoritaria por consistencia, produce conversión privada).
- Medios: agenda-setting (McCombs y Shaw: sobre qué pensar), framing, teoría del cultivo (Gerbner: síndrome del mundo cruel y sensación de inseguridad) y espiral del silencio (Noelle-Neumann). En lo digital: desinformación, cámaras de eco y sesgo de confirmación.
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