Tema 67 · Policía Nacional (Escala Ejecutiva)
Comportamientos colectivos y emergencias
Epígrafe oficial: Comportamientos colectivos: la conducta humana ante situaciones de emergencia. Comunicación con afectados en situaciones de emergencia. Consecuencias psicológicas provocadas por las catástrofes.
Tema desarrollado para preparar el primer ejercicio de conocimientos de la Escala Ejecutiva (Inspector/a) de la Policía Nacional. La información es orientativa y está verificada a la fecha de actualización; el contenido evaluable lo fija el temario del anexo II de tu convocatoria (Resolución de 31 de julio de 2025, BOE-A-2025-16611). Es un tema con presencia acreditada en convocatorias oficiales: las características de la masa según Le Bon, el elemento que homogeneiza la masa según Blumer y los tipos de masa de Canetti han caído literalmente.
Índice
- 1. El comportamiento colectivo: concepto y formas
- 2. Las teorías clásicas de la masa
- 3. El rumor
- 4. La conducta humana ante la emergencia
- 5. La comunicación con los afectados
- 6. Consecuencias psicológicas de las catástrofes
- 7. El impacto sobre los intervinientes
- 8. Aplicación al trabajo policial
- Ideas fuerza
1. El comportamiento colectivo: concepto y formas
El comportamiento colectivo es la conducta que desarrolla un conjunto numeroso de personas que reaccionan de forma relativamente espontánea ante una situación ambigua, novedosa o de crisis, al margen de las normas y de la estructura social ordinarias. Sus rasgos característicos son la espontaneidad —no está prescrito por normas previas—, el carácter transitorio y poco estructurado, la emergencia de normas nuevas propias de la situación, la ambigüedad del contexto que lo provoca y el anonimato relativo de sus participantes.
Herbert Blumer, que sistematizó el campo, distinguió varias formas elementales de comportamiento colectivo:
- La multitud o muchedumbre: agrupación física, transitoria y con un foco común de atención. Blumer distinguió cuatro tipos: la casual (los curiosos que se detienen ante un accidente, con implicación mínima), la convencional (el público de un espectáculo, que sigue normas establecidas), la expresiva (una fiesta o un concierto, donde la emoción es un fin en sí misma) y la actuante (la que se orienta a un objetivo externo, con capacidad de agresión).
- La masa: a diferencia de la multitud, sus miembros están físicamente dispersos, son heterogéneos y anónimos, no interactúan entre sí y actúan individualmente. Lo que les da unidad no es la copresencia, sino el hecho de estar atendiendo al mismo objeto de interés.
- El público: conjunto de personas enfrentadas a una cuestión discutida, sobre la que existen opiniones divergentes y que se resuelve mediante discusión racional. De él surge la opinión pública.
- El movimiento social: la forma más estructurada y duradera, con objetivos definidos, liderazgo, organización y una ideología que orienta la acción de cambio o de resistencia al cambio.
Dato de examen: a la pregunta de qué elemento proporciona carácter homogéneo a una masa según Herbert Blumer, la respuesta que da por buena el examen oficial es el ser objeto de interés: lo que unifica a la masa no es la identidad de sentimientos ni el contexto sociocultural, sino que todos sus miembros están orientados hacia el mismo objeto.
Junto a estas formas se describen otros episodios de comportamiento colectivo que conviene identificar: el pánico, huida colectiva ante una amenaza percibida; el estallido hostil, agresión colectiva dirigida contra un objetivo al que se atribuye la culpa; la histeria colectiva o enfermedad psicógena masiva, en la que se propagan síntomas físicos reales —mareos, náuseas, desvanecimientos— sin causa orgánica identificable, típicamente en espacios cerrados y ante la sospecha de un agente tóxico; las modas y los entusiasmos pasajeros, de adhesión rápida y masiva y desaparición igual de brusca; y el rumor, que atraviesa a todos los anteriores.
Neil Smelser propuso la explicación estructural más citada, conocida como teoría del valor añadido: el comportamiento colectivo no se produce por una causa única, sino cuando se acumulan sucesivamente seis determinantes, cada uno de los cuales estrecha el abanico de resultados posibles. Son la conducibilidad estructural (que el contexto haga posible ese tipo de conducta), la tensión estructural (un conflicto, una privación o una amenaza), el surgimiento y difusión de una creencia generalizada que identifica el problema y su causa, un factor precipitante o suceso desencadenante concreto, la movilización de los participantes para la acción —donde suele aparecer el liderazgo— y, por último, el funcionamiento del control social, que puede impedir el episodio, reconducirlo o, si actúa de forma torpe o desproporcionada, agravarlo. Este último determinante es el que más interesa desde la perspectiva policial: el control social no es un factor externo al fenómeno, sino uno de sus ingredientes.
2. Las teorías clásicas de la masa
2.1. Le Bon y la psicología de las masas
Gustave Le Bon publicó en 1895 Psicología de las masas, la obra fundacional del campo. Su tesis central es que, al integrarse en una masa, el individuo experimenta una transformación profunda: desaparece su personalidad consciente y se forma un alma colectiva que hace pensar y sentir a todos de un modo distinto a como lo harían aisladamente. Le Bon lo explicó por tres mecanismos: el anonimato, que produce un sentimiento de poder invencible y la desaparición del sentido de responsabilidad; el contagio mental, por el que las emociones y las conductas se propagan como un fenómeno hipnótico; y la sugestionabilidad, que sitúa al individuo en un estado próximo al del hipnotizado y le lleva a ejecutar actos contrarios a su carácter.
Las características de la masa según Le Bon, que se preguntan de forma directa, son la exclusión de la razón en el obrar, la reacción rápida y emocional, una especial capacidad para ser influida y sugestionada, la impulsividad e irritabilidad, la intolerancia y el autoritarismo, el sentimiento de omnipotencia y la irresponsabilidad. Le Bon sostenía además que en la masa el individuo desciende varios peldaños en la escala de la civilización, planteamiento hoy criticado por su elitismo y por su falta de base empírica, pero cuya influencia sobre el estudio del orden público y sobre la propia teoría de la desindividuación es innegable.
Dato de examen: a la pregunta de cuáles son las características de la masa según Le Bon, la respuesta oficial reúne la exclusión de la razón en el obrar, la reacción rápida y emocional y la capacidad especial para ser influenciada. Las tres son correctas a la vez.
2.2. Tarde, Freud y McDougall
Gabriel Tarde, contemporáneo y rival intelectual de Le Bon, sostuvo que el siglo que comenzaba no sería el de las masas sino el del público: una colectividad puramente espiritual y dispersa, creada por la prensa, cuyos miembros no necesitan estar juntos porque los une la conciencia de compartir simultáneamente las mismas ideas. Es una anticipación notable de los públicos de los medios de comunicación y de las redes digitales. Tarde explicó además la difusión de las conductas —incluida la delictiva— por sus leyes de la imitación.
Sigmund Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), aceptó las descripciones de Le Bon pero ofreció otra explicación: lo que mantiene unida a la masa son los lazos libidinales, y el mecanismo decisivo es que los miembros sustituyen su ideal del yo por la figura del líder y, al compartir ese mismo objeto, se identifican entre sí. De ahí que la desaparición del líder pueda producir el pánico y la disgregación de la masa. William McDougall, por su parte, distinguió la masa desorganizada —emocional e irracional— de la masa organizada, en la que la continuidad, la tradición y la estructura elevan el nivel de la conducta colectiva por encima del de sus miembros aislados.
2.3. Canetti: los tipos de masa
Elias Canetti, en Masa y poder (1960), ofreció la descripción fenomenológica más rica del fenómeno. Atribuyó a la masa cuatro rasgos esenciales: quiere crecer siempre, dentro de ella reina la igualdad, ama la densidad y necesita una dirección u orientación hacia una meta, sin la cual se disgrega. Su aportación más preguntada es la tipología de masas según su meta:
| Tipo de masa | Rasgo definitorio |
|---|---|
| De acoso | Se forma para matar a una víctima conocida y alcanzable; su meta es rápida y la participación reparte la responsabilidad (el linchamiento). |
| De huida o de fuga | Nace de una amenaza común; todos huyen en la misma dirección y la igualdad se mantiene mientras dura el peligro. |
| De prohibición | Se constituye por una negativa colectiva a seguir haciendo lo que hasta entonces se hacía (la huelga). |
| De inversión | Los que estaban abajo se descargan de sus aguijones de mando y invierten la relación de dominación (la revolución). |
| De fiesta o festiva | La abundancia y el disfrute son el fin; no hay meta externa ni amenaza. |
| De lamento | Se forma en torno a la muerte de alguien significativo y su meta es el duelo compartido. |
| De guerra | Doble masa enfrentada a otra, con la meta de la destrucción recíproca. |
Dato de examen: el autor que distingue la masa de guerra, la masa de acoso, la masa de inversión, la masa festiva y la masa de lamento es Elias Canetti, no Le Bon ni Tarde. Ha caído con esas tres opciones.
2.4. Las teorías modernas
La psicología social contemporánea ha sustituido el modelo del contagio irracional por explicaciones con soporte empírico:
- Teoría de la convergencia: la masa no transforma a las personas; simplemente reúne a quienes ya compartían predisposiciones y actitudes. La conducta colectiva expresa lo que sus miembros ya eran, no un alma nueva.
- Teoría de la norma emergente, de Ralph Turner y Lewis Killian: en la situación ambigua los presentes buscan una definición de lo que está pasando; unas pocas conductas destacadas se toman por la norma del grupo y el resto se ajusta a ella por presión de conformidad. La masa no es unánime: hay líderes, seguidores activos, cautelosos y simples espectadores, y lo que parece unanimidad es en realidad la ilusión que produce el silencio de los discrepantes.
- Modelo de identidad social del comportamiento de masas (Reicher y otros): en la multitud no se pierde la identidad, sino que la identidad personal se sustituye por la social compartida. La conducta no se desinhibe al azar, sino que se ajusta a las normas de esa identidad, lo que explica que los desórdenes tengan objetivos selectivos y no indiscriminados. Su corolario operativo es de primer orden para el orden público: una actuación policial indiscriminada sobre una multitud heterogénea puede unificarla en una identidad de oposición y crear el conflicto que pretendía evitar.
- Desindividuación: el anonimato, la difusión de responsabilidad y la alta activación reducen la autoconciencia y la autorregulación, aumentando la sensibilidad a las claves inmediatas de la situación.
3. El rumor
El rumor es una información no verificada que circula de persona a persona en un contexto de ambigüedad, y es un componente inseparable de toda emergencia. Gordon Allport y Leo Postman formularon su ley básica: la intensidad del rumor es proporcional a la importancia del asunto para quien lo transmite multiplicada por la ambigüedad de las pruebas disponibles. Que la relación sea multiplicativa tiene una consecuencia práctica decisiva: si cualquiera de los dos factores es cero, no hay rumor. Como la importancia de un desastre no se puede reducir, el único modo de combatir el rumor es eliminar la ambigüedad con información oficial, rápida, veraz y frecuente.
Allport y Postman describieron además tres procesos de distorsión en la transmisión: la nivelación (el relato se acorta y pierde detalles), la acentuación (unos pocos elementos se magnifican y pasan a ocupar el centro) y la asimilación (el contenido se reorganiza para encajar con los intereses, prejuicios y expectativas de quien lo cuenta). Junto al rumor operan el pánico como respuesta de huida y la histeria colectiva, en la que se propagan síntomas físicos sin causa orgánica identificable.
4. La conducta humana ante la emergencia
4.1. Emergencia, catástrofe y desastre
Conviene deslindar los términos. La emergencia es una situación que requiere una actuación inmediata y que puede resolverse con los recursos ordinarios disponibles. La catástrofe es un suceso de aparición generalmente súbita que produce daños graves y numerosas víctimas y que desborda la capacidad de respuesta ordinaria, obligando a movilizar recursos extraordinarios. El desastre añade la nota de la ruptura del funcionamiento de la comunidad afectada, que pierde su capacidad de responder por sí misma. La diferencia clave, por tanto, no está en el número absoluto de víctimas sino en la desproporción entre las necesidades y los recursos disponibles.
Por su origen se distinguen las catástrofes naturales (terremotos, inundaciones, incendios forestales), las tecnológicas o antrópicas no intencionadas (accidentes industriales, químicos, de transporte) y las intencionadas (atentados terroristas, conflictos). El impacto psicológico es mayor en las de origen humano intencionado que en las naturales, porque a la pérdida se añade la ruptura de la confianza básica en los demás.
4.2. Los mitos sobre el comportamiento en desastres
La investigación empírica sobre desastres reales ha desmentido de forma consistente la imagen popular, alimentada por el cine y por la propia teoría de Le Bon. Conviene conocer los mitos porque su desmentido es materia de examen y de intervención:
- Mito del pánico generalizado: el pánico masivo es infrecuente y requiere condiciones muy específicas. La respuesta habitual es más bien la lentitud en reaccionar y la búsqueda de confirmación, no la estampida.
- Mito del saqueo: el saqueo generalizado tras un desastre es excepcional; lo que aumenta de forma masiva es la conducta prosocial y la ayuda espontánea entre desconocidos.
- Mito de la pasividad: las víctimas no quedan paralizadas esperando ayuda. Los primeros intervinientes reales son los propios supervivientes y los vecinos, que rescatan a la mayoría de los atrapados antes de que lleguen los servicios oficiales.
- Mito de la conducta antisocial: emerge una comunidad terapéutica o de altruismo, con debilitamiento temporal de las barreras sociales y aumento de la solidaridad.
- Mito de que todos sufrirán un trauma permanente: la respuesta mayoritaria a largo plazo es la resiliencia; solo una minoría desarrolla un trastorno crónico.
El error opuesto también existe: negar todo riesgo de comportamiento colectivo peligroso. Las aglomeraciones en espacios cerrados o acotados sí producen tragedias, pero su causa habitual no es el «pánico» sino la compresión de la multitud por fallos de aforo, de señalización y de gestión de flujos.
4.3. Las fases de la respuesta
La secuencia temporal de una catástrofe se describe habitualmente en las siguientes fases, que conviene conocer porque cada una exige una intervención distinta:
| Fase | Qué ocurre |
|---|---|
| Preimpacto: amenaza y aviso | Existe la advertencia. Predomina la negación y la búsqueda de confirmación; el aviso ambiguo retrasa la respuesta. |
| Impacto | El suceso se produce. Es la fase más breve e intensa: predominan la conducta de supervivencia y las reacciones de estrés agudo. |
| Inventario o recuento | Inmediatamente después, cada persona evalúa qué ha pasado, se localiza y busca a los suyos. Es cuando la afiliación domina la conducta. |
| Rescate o heroica | Altruismo intenso, ayuda espontánea, energía elevada. Los supervivientes rescatan y asisten antes de la llegada de los servicios. |
| Luna de miel | Con la llegada de la ayuda y la atención pública surge un optimismo compartido y una fuerte cohesión comunitaria. Dura semanas. |
| Desilusión | Se retiran los medios y la atención mediática; aparecen la burocracia, los agravios y la sensación de abandono. Es la fase de mayor riesgo psicológico. |
| Reconstrucción | Se recupera el funcionamiento y se elabora una nueva normalidad; puede aparecer crecimiento postraumático. |
4.4. La reacción individual y el pánico
La descripción clásica de la respuesta individual en el momento del impacto reparte a los afectados en tres grupos de proporciones muy desiguales: en torno a un 10-15 % conserva la calma y actúa de forma eficaz y organizada; alrededor del 70-75 %, la gran mayoría, presenta aturdimiento, conducta automática, confusión y estrechamiento del campo de conciencia, siendo muy susceptible a las instrucciones que reciba; y otro 10-15 % presenta reacciones desorganizadas o inadecuadas, como gritos, parálisis o conductas contraproducentes. La consecuencia operativa es enorme: la mayoría obedece instrucciones claras, y por eso la presencia de alguien que dé indicaciones firmes y comprensibles es el factor que más reduce las víctimas.
El pánico, entendido como huida colectiva desorganizada, no es la reacción normal. Requiere la concurrencia de varias condiciones: la percepción de una amenaza inminente y grave, la creencia de que las vías de escape son limitadas y se están cerrando, la sensación de que la huida es aún posible pero solo durante un breve intervalo, la falta de información fiable y la ruptura de la comunicación entre los presentes y con quienes dirigen. Ninguna de esas condiciones es la simple presencia de mucha gente: por eso la prevención pasa por la información, la señalización y la comunicación, no por ocultar la situación para «evitar el pánico», estrategia que produce exactamente el efecto contrario.
4.5. La conducta de evacuación
El estudio de las evacuaciones reales ha establecido varios hechos contraintuitivos. El tiempo de reacción —el que transcurre entre la señal de alarma y el inicio del movimiento— suele ser mayor que el tiempo de desplazamiento, y es donde se pierden las vidas: la gente busca confirmación, recoge sus pertenencias, termina lo que estaba haciendo o pregunta a los demás. La afiliación domina la conducta: las personas tienden a evacuar con su grupo y a buscar a los suyos antes de salir, incluso en dirección contraria a la evacuación. Y prevalece el sesgo de familiaridad: se sale por donde se entró, aunque haya salidas de emergencia más próximas y mejor señalizadas. De ahí que los mensajes eficaces sean los que identifican quién debe hacer qué y por dónde, con instrucciones concretas y repetidas por una fuente reconocible.
4.6. La emergencia intencionada: el atentado
Las emergencias de origen intencionado presentan particularidades que las separan de las naturales y de las accidentales, y que un mando policial debe conocer. La primera es psicológica: al daño material y personal se añade la ruptura de la confianza básica en los demás y en la seguridad del entorno cotidiano, lo que explica que el impacto psicológico documentado sea mayor que en catástrofes naturales de magnitud comparable, y que se extienda mucho más allá de los presentes, alcanzando a una población que no estuvo allí pero que se identifica con las víctimas.
La segunda es operativa. El escenario es simultáneamente lugar de rescate, escena del crimen y zona de riesgo persistente, por la posibilidad de artefactos secundarios dirigidos precisamente contra quienes acuden a auxiliar, o de agresores todavía activos. De ahí que el orden de prioridades sea seguridad, rescate y preservación de indicios, en ese orden, y que la evacuación de heridos deba compatibilizarse con el registro de dónde estaba cada uno, información que después resultará decisiva para la investigación y para la identificación de las víctimas.
En cuanto a la conducta de los presentes, se reproducen los patrones ya descritos —lentitud en reaccionar, búsqueda de confirmación, afiliación con los allegados, salida por donde se entró— agravados por la ambigüedad inicial: los primeros instantes de un atentado suelen interpretarse como otra cosa (petardos, un accidente, una obra), y ese retraso en el reconocimiento de la amenaza es responsable de una parte importante de las víctimas. Por eso las recomendaciones internacionales de autoprotección para la población se han simplificado a una secuencia de tres verbos —huir si hay una vía segura, esconderse si no la hay, buscando protección sólida y silenciando el teléfono, y avisar a los servicios de emergencia en cuanto sea posible, aportando la información más concreta que se tenga—, cuyo mérito no es la originalidad sino la facilidad para recordarlas bajo estrés extremo, cuando la capacidad de decidir se estrecha drásticamente.
La tercera particularidad afecta a la información. En un atentado la presión mediática es máxima desde el primer minuto, circulan imágenes sin verificar y el rumor alcanza su intensidad máxima porque concurren la importancia extrema y la ambigüedad total. La respuesta que la evidencia respalda es la misma que en cualquier crisis, pero aplicada con más rigor: comparecer pronto aunque sea para decir lo poco que se sabe, mantener una única voz autorizada, no difundir identidades antes de la notificación a las familias, y ofrecer a la población instrucciones concretas y accionables —qué zonas evitar, dónde informarse, cómo localizar a un allegado— en lugar de llamamientos genéricos a la calma, que no informan y no tranquilizan.
5. La comunicación con los afectados
La intervención psicológica inmediata en emergencias se articula hoy en torno a los primeros auxilios psicológicos, un conjunto de actuaciones de apoyo humano, práctico y no intrusivo que puede prestar cualquier interviniente formado, no solo un psicólogo. Sus principios operativos, en la formulación difundida por los organismos internacionales, se resumen en tres verbos —observar, escuchar y conectar— y en cinco objetivos: proporcionar seguridad, favorecer la calma, promover la autoeficacia y el sentido de control, facilitar la conexión con la red de apoyo y transmitir esperanza realista.
Las reglas prácticas de la comunicación con el afectado son las siguientes:
- Presentarse e identificarse, explicando qué se va a hacer. La identidad y la función del interviniente reducen la incertidumbre.
- Atender primero a las necesidades básicas: seguridad física, abrigo, agua, alejamiento del escenario y de la exposición a las cámaras.
- Usar escucha activa: contacto visual, postura receptiva, silencios respetados, reformulación de lo dicho y validación de la emoción. No presionar para que relate el suceso: el relato se ofrece, no se extrae.
- Emplear frases cortas y concretas, repetir la información esencial y comprobar que se ha entendido; el estrechamiento del campo de conciencia reduce la capacidad de procesar mensajes complejos.
- No mentir ni prometer lo que no se puede garantizar. Una promesa incumplida destruye la confianza en todo el dispositivo.
- Evitar las frases hechas que minimizan («tranquilízate», «podría haber sido peor», «sé cómo te sientes», «el tiempo lo cura todo»). No consuelan y transmiten que la emoción del otro molesta.
- Dar tareas sencillas y realizables: recuperar el sentido de control es uno de los factores protectores mejor documentados.
La comunicación de malas noticias —muy en particular el fallecimiento de un allegado— es una de las funciones más exigentes del trabajo policial. Sus reglas: hacerla siempre en persona y nunca por teléfono si es evitable; asegurarse previamente de la identidad del fallecido y del receptor; buscar un lugar privado y que la persona esté sentada y acompañada; usar un lenguaje claro y directo, sin eufemismos como «se nos ha ido» o «lo hemos perdido», que generan confusión; anticipar con una frase de aviso («tengo que darle una mala noticia») que prepare el impacto; callar después y permitir la reacción, sea cual sea, sin intentar detenerla; ofrecer información concreta sobre los pasos siguientes; y no dejar sola a la persona, activando su red de apoyo.
La atención psicológica en una catástrofe se organiza además por niveles, con una lógica de triaje paralela a la sanitaria: no todos necesitan lo mismo ni al mismo tiempo. En el primer nivel, y para la mayoría, basta con las medidas básicas de protección, información y reunificación familiar, que puede prestar cualquier interviniente. El segundo nivel corresponde a quienes presentan una reacción intensa pero esperable y se benefician de los primeros auxilios psicológicos y del apoyo social reforzado. El tercer nivel queda para quienes muestran signos de alarma —desorganización grave de la conducta, disociación intensa, riesgo autolítico, agitación, incapacidad para el autocuidado— y requieren atención especializada inmediata. La regla práctica es que la derivación se decide por la funcionalidad —si la persona puede o no cuidar de sí misma y de quienes dependen de ella— y no por la intensidad aparente del llanto.
Hay además cuatro errores frecuentes que conviene tener identificados porque se cometen con buena intención: forzar el relato del suceso creyendo que desahoga, cuando puede reactivar el trauma; separar a las personas de sus allegados por razones organizativas, rompiendo el factor protector más potente; dar información no confirmada para calmar, que destruye la credibilidad de todo el dispositivo cuando se desmiente; y medicalizar de entrada una reacción normal, transmitiendo al afectado que su respuesta es patológica.
Distinta de esta es la comunicación de crisis dirigida a la población y a los medios. Sus principios son la rapidez —el primer mensaje fija el marco y el vacío lo ocupa el rumor—, la veracidad, incluida la de reconocer lo que no se sabe, la coherencia mediante una única voz autorizada, la frecuencia de las actualizaciones aunque no haya novedades, la utilidad práctica del mensaje —qué debe hacer cada cual— y el respeto a la intimidad y a la dignidad de las víctimas y de sus familias, evitando difundir identidades antes de la notificación a los allegados.
6. Consecuencias psicológicas de las catástrofes
Las reacciones inmediatas ante el impacto son, en su mayoría, respuestas normales ante una situación anormal, y así deben ser presentadas al afectado. Se manifiestan en cuatro planos: fisiológico (taquicardia, hiperventilación, temblor, náuseas, sudoración), cognitivo (confusión, desorientación, dificultades de atención y memoria, pensamientos intrusivos, sensación de irrealidad), emocional (miedo, embotamiento afectivo, ira, culpa, tristeza, ansiedad) y conductual (inquietud, aislamiento, llanto, conducta automática, hiperactividad desorganizada).
Cuando esas reacciones se estructuran clínicamente, los cuadros de referencia son dos:
- Trastorno de estrés agudo: aparece en los primeros días tras el suceso y su duración se sitúa entre tres días y un mes. Combina síntomas de intrusión, estado de ánimo negativo, disociación, evitación y activación.
- Trastorno de estrés postraumático: exige que los síntomas persistan más de un mes y produzcan malestar o deterioro significativos. Sus cuatro grupos de síntomas son la reexperimentación (recuerdos intrusivos, pesadillas, flashbacks, reactividad ante recordatorios), la evitación de estímulos asociados, las alteraciones cognitivas y del estado de ánimo (amnesia disociativa de parte del suceso, creencias negativas persistentes, culpa, anhedonia, desapego) y la hiperactivación (irritabilidad, hipervigilancia, sobresalto, insomnio, problemas de concentración). Cuando el inicio se demora más de seis meses se habla de expresión retardada.
Junto a ellos aparecen otras consecuencias frecuentes: el duelo por las pérdidas, que es un proceso normal y no un trastorno, salvo cuando se cronifica en un duelo complicado o prolongado, riesgo especialmente alto cuando la muerte fue súbita, violenta o cuando el cuerpo no aparece —la llamada pérdida ambigua—; la culpa del superviviente, es decir, el reproche por haber sobrevivido o por no haber salvado a otros; los cuadros depresivos y de ansiedad; el aumento del consumo de alcohol y otras sustancias como estrategia de afrontamiento; y las somatizaciones. En los menores el cuadro adopta formas propias: regresiones —enuresis, aferramiento—, juego repetitivo con el contenido del suceso, quejas somáticas y problemas escolares. En las personas mayores, la pérdida del entorno y de la red de apoyo pesa más que el suceso mismo.
Frente a esta imagen, es imprescindible subrayar dos hechos bien establecidos. El primero es que la resiliencia es la trayectoria mayoritaria: la mayor parte de las personas expuestas a un suceso traumático se recupera sin intervención clínica, y una parte experimenta crecimiento postraumático, esto es, cambios positivos en la valoración de la vida, en las relaciones y en la percepción de la propia fortaleza. El segundo es que el debriefing psicológico obligatorio en sesión única, muy extendido en los años noventa, no ha demostrado eficacia preventiva del trastorno de estrés postraumático y ha llegado a mostrar efectos perjudiciales en algunos estudios, por lo que las guías actuales no lo recomiendan de forma sistemática y prefieren la espera vigilante, el apoyo social y el tratamiento específico de quien lo necesite.
El duelo merece tratamiento propio, porque en una catástrofe es la consecuencia más extendida. Es la reacción normal ante una pérdida significativa, y no una enfermedad: patologizarlo es uno de los errores más frecuentes del interviniente inexperto. El modelo popular de Elisabeth Kübler-Ross describe cinco fases —negación, ira, negociación, depresión y aceptación—, pero conviene saber que fue formulado para el proceso del propio enfermo terminal, no para el superviviente, y que la investigación posterior ha desmentido que las fases se recorran en ese orden ni que sean universales. Los modelos vigentes son otros: William Worden describe el duelo como un conjunto de tareas activas —aceptar la realidad de la pérdida, elaborar el dolor, adaptarse a un entorno en el que el fallecido ya no está y recolocar emocionalmente al fallecido para seguir viviendo—; y el modelo del proceso dual de Stroebe y Schut explica que el doliente oscila entre una orientación a la pérdida (afrontar el dolor, recordar) y una orientación a la restauración (atender las tareas de la vida diaria), y que esa oscilación es sana, no evitación.
El duelo complicado o prolongado se sospecha cuando la intensidad no cede con el tiempo, hay incapacidad para reanudar la vida ordinaria y persiste el anhelo intenso del fallecido más allá de lo esperable culturalmente. Sus factores de riesgo son la muerte súbita, violenta o traumática, la de un hijo, la ausencia de cadáver —la pérdida ambigua, en la que no se puede cerrar el proceso porque no hay confirmación—, la falta de apoyo social y los duelos previos no elaborados. En las catástrofes concurren varios de ellos a la vez, lo que explica la importancia de que la identificación de las víctimas se haga bien y con rapidez: no es solo una cuestión judicial, sino la condición para que las familias puedan iniciar el duelo. El duelo desautorizado, aquel que el entorno no reconoce como legítimo, es una fuente añadida de sufrimiento.
Conviene por último tener presentes los factores de riesgo y de protección, porque orientan a quién priorizar. Aumentan el riesgo la exposición directa y prolongada al suceso, las lesiones sufridas, la pérdida de allegados, la percepción de amenaza para la propia vida, los antecedentes psiquiátricos, los sucesos traumáticos previos, la escasez de recursos económicos y la ausencia de apoyo social. Protegen, en cambio, una red de apoyo activa, la sensación de control y de eficacia, la información veraz recibida a tiempo, el sentido de comunidad y la posibilidad de participar en las tareas de recuperación. Ese es el motivo por el que dar tareas útiles a los afectados no es un gesto simbólico: es una intervención con efecto documentado.
7. El impacto sobre los intervinientes
Los profesionales que intervienen —policías, bomberos, sanitarios, psicólogos— son también afectados, y este apartado se olvida con frecuencia. Están expuestos a un estrés de rasgos propios: exposición repetida y acumulativa, contacto con cadáveres y con niños heridos, decisiones bajo incertidumbre, presión temporal, riesgo personal, posible conflicto entre lo que se puede y lo que se debería hacer, e identificación con las víctimas cuando estas se parecen a los suyos.
Los cuadros característicos son el estrés traumático secundario o traumatización vicaria, que reproduce los síntomas del trauma por exposición al sufrimiento ajeno; la fatiga por compasión, con pérdida progresiva de la capacidad de empatizar; el desgaste profesional o burnout, definido por Maslach mediante tres dimensiones —agotamiento emocional, despersonalización o cinismo y reducción de la realización personal—; y el daño moral, derivado de haber tenido que actuar en contra de los propios valores.
Las medidas protectoras son organizativas antes que individuales: formación previa y entrenamiento realista, turnos y descansos pautados dentro del propio dispositivo, briefing antes y desactivación operativa después, apoyo entre iguales, disponibilidad de atención psicológica sin estigma y liderazgo que reconozca el trabajo hecho. La lección práctica es que el cuidado del interviniente no es un asunto privado suyo, sino una responsabilidad del mando y una condición de la eficacia del dispositivo.
8. Aplicación al trabajo policial
Ordenando lo anterior desde el punto de vista de un Inspector, cabe destacar cuatro consecuencias operativas.
En orden público, el modelo de identidad social desaconseja la actuación indiscriminada: diferenciar entre quienes cometen los hechos y el resto de la concentración, comunicar de forma audible y comprensible lo que se va a hacer y por qué, y mantener abiertas las vías de salida son medidas que reducen el conflicto. La identificación individual visible de los agentes y la supervisión próxima del mando neutralizan el riesgo de desindividuación en el propio dispositivo.
En grandes aglomeraciones, el riesgo real no es el pánico sino la compresión de la multitud: la prevención está en el cálculo del aforo, la separación de flujos de entrada y salida, la señalización, el control de la densidad y la existencia de un plan de comunicación con megafonía audible.
En emergencias y catástrofes, la policía interviene en el acordonamiento y la seguridad de la zona, la regulación de accesos, el apoyo a la evacuación, la identificación de víctimas —donde España cuenta con equipos especializados y protocolos internacionales—, la atención e información a los familiares y la comunicación del fallecimiento. Conviene recordar que la mayoría de los presentes seguirá instrucciones claras, lo que convierte la comunicación en el instrumento de salvamento más potente disponible.
Y en el trato con los afectados, los primeros auxilios psicológicos y las reglas de comunicación de malas noticias no son un añadido humanitario: reducen la victimización secundaria, mejoran la calidad del testimonio que después necesitará la investigación y sostienen la confianza de la comunidad en la institución.
Ideas fuerza
- Blumer: multitud (casual, convencional, expresiva y actuante), masa (dispersa, anónima; la homogeneiza el ser objeto de interés), público (discute una cuestión) y movimiento social.
- Le Bon (1895): anonimato, contagio y sugestionabilidad. Características de la masa: exclusión de la razón en el obrar, reacción rápida y emocional y especial capacidad de ser influenciada.
- Tarde: el público, colectividad dispersa creada por la prensa. Freud: el líder sustituye al ideal del yo y su caída produce el pánico. McDougall: la masa organizada mejora la conducta colectiva.
- Canetti (Masa y poder): la masa quiere crecer, es igualitaria, ama la densidad y necesita dirección. Tipos: de acoso, huida, prohibición, inversión, fiesta, lamento y guerra.
- Turner y Killian: norma emergente — la masa no es unánime; la aparente unanimidad es el silencio de los discrepantes. Modelo de identidad social: la actuación policial indiscriminada unifica a la multitud contra la policía.
- Allport y Postman: rumor = importancia × ambigüedad. Si un factor es cero, no hay rumor; como la importancia no baja, se combate eliminando la ambigüedad. Distorsiones: nivelación, acentuación y asimilación.
- Mitos desmentidos: el pánico masivo y el saqueo son excepcionales; la respuesta habitual es la lentitud en reaccionar y la ayuda mutua; los primeros rescatadores son los propios supervivientes.
- Reparto en el impacto: 10-15 % actúa con eficacia · 70-75 % aturdimiento y conducta automática, muy sensible a las instrucciones · 10-15 % reacciones desorganizadas.
- Pánico: exige amenaza inminente, vías de escape percibidas como limitadas y que se cierran, falta de información y ruptura de la comunicación. No lo causa la cantidad de gente.
- Evacuación: el tiempo de reacción pesa más que el de desplazamiento; domina la afiliación (se sale con los tuyos) y el sesgo de familiaridad (se sale por donde se entró).
- Fases: preimpacto, impacto, inventario, rescate o heroica, luna de miel, desilusión (la de mayor riesgo psicológico) y reconstrucción.
- Malas noticias: en persona, en privado, sentado y acompañado, lenguaje directo sin eufemismos, frase de aviso, silencio después y no dejar sola a la persona.
- Estrés agudo: de 3 días a 1 mes. TEPT: más de un mes; reexperimentación, evitación, alteraciones cognitivo-emocionales e hiperactivación. El debriefing obligatorio de sesión única no está recomendado. La trayectoria mayoritaria es la resiliencia.
- Intervinientes: estrés traumático secundario, fatiga por compasión y burnout de Maslach (agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal). Protegerlos es responsabilidad del mando.
¿Te lo sabes? 🐂
Pon a prueba este tema con su test (y repásalo con las flashcards). Crea tu cuenta gratis para guardar tu progreso y repasar tus falladas. Gratis y siempre lo será.
